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Se celebra hoy el Día internacional del libro infantil y juvenil, por lo que no quería dejar pasar la oportunidad de recomendar algunos títulos que, como trotalomesco Homo libris y padre del pequeño Aliso que me acompaña en mis andanzas y al que yo acompaño en sus primeras lecturas (que a veces son también mías, cuando no relecturas y reencuentros con mi pasado), me parecen de lo más interesantes.

Decía Delibes que «formar a los niños debe ser un sucesivo despertar de curiosidades, que luego, a lo largo de la vida, se irán saciando con la lectura y la experiencia», y en ese despertar de curiosidades, creo, hemos de estar presentes los padres. Alentando más que canalizando, permitiendo que se desborden sus intereses como las aguas de un río que, saliéndose de su cauce, inundan y nutren las tierras de su inteligencia.

A continuación, algunas propuestas para disfrutar y aprender con la lectura (y la naturaleza).

Los casos de Sherlock Tópez, de Lola Núñez y Rocío Antón, con ilustraciones de Lucía Serrano.

Una colección de libros que me enamoró desde que la descubrí hace un par de años y que, lo admito, he ido regalándome a mí a par que a Aliso. El propio nombre del protagonista ya nos da pistas, nunca mejor dicho, sobre la trama de los libros. Sherlock Tópez es un topo detective que, acompañado de su Watson particular, un pequeño ratón, se enfrentará a los casos más variopintos. Si ya de por sí la figura de Holmes representada por este topo es atractiva, más lo resultan los misterios a los que se enfrenta: la desaparición de los renacuajos de una charla, la magia de la lagartija que perdió su cola, el extraño polluelo aparecido en los nidos de varias avecillas que no se parece en nada al resto de hijos que tienen… La estructura de estos cuentos es común en toda la serie: estructuras repetitivas que dan sonoridad a la narración y hacen que el niño se familiarice con ella, pictogramas en el relato para unir las palabras y la imagen, unas ilustraciones deliciosas y, finalmente, el acompañamiento de un CD con el cuento narrado por un locutor y con la música para que lo leamos nosotros. Una delicia de colección que nos acerca a la lectura y a la naturaleza.

Editorial Edelvives, Los casos de Sherlock Tópez.

¿Qué le pasa al planeta?, de Eva Clemente

Me hice con él en una feria del libro de Málaga porque me llamó muchísimo la atención. El planeta empieza a tener picores y todos los habitantes empezamos a notar los efectos de la urticaria. Cuando se empiezan a desencadenar todo tipo de alarmantes fenómenos los niños se preguntan: ¿qué ocurre? Algo le ocurre al planeta y deberíamos escucharlo para saber cómo ayudarle (y ayudarnos, de paso).

Un libro para reflexionar, para trabajar con nuestros pequeños (y no tan pequeños, porque los padres somos los otros destinatarios de esta historia), ya en casa, ya en el colegio (o en nuestras asociaciones) los problemas que nuestros abusos sobre el planeta están causando: contaminación, deforestación, cambio climático, agotamiento de recursos… ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Cómo podemos hacerlo bien? Acciones individuales y colectivas que propicien el cambio. Porque es responsabilidad de todos y debemos propiciar buenos hábitos desde la infancia.

Por el tipo de ilustraciones y por la temática creo que es idóneo para niños de cierta edad (a partir de 5-6 años, tal vez), pero es posible trabajar con él a distintos niveles y creo que es un libro que puede tener una larga vida útil e ir creciendo en complejidad conforme lo hacen los niños. Incluye un cuento y una guía pedagógica para trabajar los conceptos y problemas que se exponen en el primero.

Ficha del libro en la web de la editorial Emonautas.

Guía infantil de aves de la ribera de Córdoba, de José María Domínguez

Me hice con este libro hará bastante más de un lustro y me sigue encantando cada vez que vuelvo a él, especialmente ahora, cuando con Aliso el genérico “patitos” pasa a convertirse en ánade real, cormorán o garza.

Aunque el título nos circunscriba a Córdoba (y, en particular, a la ribera del Guadalquivir y al maravilloso monumento natural Sotos de la Albolafia que no debéis dejar de visitar), lo cierto es que la guía resulta válida para disfrutarla en cualquier humedal de nuestras latitudes y las especies que muestra son bastante comunes y representativas como para que constituya un delicioso primer acercamiento a la identificación de aves y a la ornitología.

Del mismo autor resulta muy recomendable su ya descatalogado ¿Qué tal Neandertal? y tengo muchas ganas de echarle el ojo a su nuevo libro de divulgación científica para niños Evolución que, la verdad sea dicha, tiene muy buena pinta.

Entrada en el blog de la editorial El Páramo.

Mi primera guía de aves, de José Luis Gallego

Si el niño es algo mayor, la de José Luis Gallego es una guía también muy recomendable, aunque en este caso con fotografías en lugar de ilustraciones y un CD para aprender a identificar el canto de las especies que recoge el libro. Se recogen 30 especies y se agrupan por hábitat (bosques, campos y pueblos, humedales…), por lo que la búsqueda es muy rápida y, además, también podemos preparar con ella las excursiones que realicemos, realizando previamente una lectura y reconocimiento de aves por los ambientes que sabemos que vamos a visitar, aprendiendo así las especies de aves que veremos con mayor probabilidad.

Hace unos días se planteaba en un pleno del Ayuntamiento de mi pueblo natal, Santa Fe, una moción de apoyo a la caza y el silvestrismo, a instancias del PSOE y a petición de la Federación Andaluza de Caza. Hasta donde sé, es un movimiento que se está produciendo en numerosos municipios de la comunidad autónoma andaluza y que tiene relación con la postura que en otros territorios se está defendiendo desde distintas corporaciones y a distintos niveles.

Obviamente, esto ha reavivado la histórica lucha entre cazadores, ecologistas y animalistas (como la reciente noticia de la suspensión de la caza en Castilla y León a petición del PACMA), sin que parezca existir ánimo de entendimiento entre las distintas posturas. Algo parecido a lo que ocurrió hace poco con las cotorras en Málaga, sobre lo que escribí una entrada, aunque aquí con la particularidad de que se están mezclando (a mi parecer de forma tendenciosa) actividades legales y reguladas, como es la caza, con otras que están en un inquietante territorio fronterizo y que, a instancias de Europa, deberíamos empezar a olvidar: el silvestrismo.

La caza como actividad económica

La moción indica que la actividad cinegética la practican en nuestra comunidad autónoma un total de 220000 andaluces que, siendo un número considerable, constituyen menos del 2,4 % del total de la población de Andalucía. A continuación, el escrito remitido por la Federación Andaluza de Caza presenta una serie de datos pertenecientes al informe Impacto económico y social de la caza en España, por lo que que cambian el foco del territorio sobre el que estamos hablando (de Andalucía a España), así que hay que tener en cuenta que la magnitud y porcentajes de que están hablando son referentes a la totalidad del territorio español y no solamente del andaluz.

Habría que extrapolar, de ser posible, estos datos a Andalucía o bien contar con un estudio similar centrado en nuestro territorio, ya que los datos que pasan a darse a continuación están basados en unas estimaciones de la Junta de Andalucía de las cuales no se citan fuentes ni los datos del estudio. La ausencia de datos a una escala obliga en ocasiones a buscarlos a otra, pero conviene resaltar este hecho en una exposición como la que están llevando a cabo, especialmente cuando se presentan datos a una y otra de forma tan cercana.
No obstante, de lo expuesto en el escrito resulta evidente a todas luces que la caza como actividad económica posee actualmente una gran vitalidad, por lo que no creo que sea necesaria ninguna moción institucional de apoyo. Hay actividades en las que la Administración podría volcar sus esfuerzos ya que sí que suponen un menoscabo económico y un daño ambiental en nuestra comunidad autónoma. Por citar solo un ejemplo, la existencia de pozos ilegales que están dañando nuestro territorio, privatizando un bien que es de todos como el agua y dañando ecosistemas tan únicos como el del Parque Nacional de Doñana.

Además, convendría no obviar el coste de oportunidad que supone que un territorio se dedique a una actividad como la caza; esto es, cómo optar por desarrollar una actividad así puede reducir, e incluso anular, los beneficios presentes y futuros de actividades que, suponiendo un beneficio económico, sufren menoscabo por incompatibilidades que existirían con el ejercicio de la caza. Por ejemplo, la realización de actividades de turismo de naturaleza podrían verse impedidas durante los periodos de caza, la observación ornitológica sufriría incluso en periodos inhábiles para la caza, por la merma de ejemplares y por la actitud más desconfiada que presentarían. Recordemos que la ornitología mueve actualmente en Europa una importante cantidad de turistas, pues supone ya entre un 10 % y un 15 % del tráfico mundial de viajeros y es la opción con mayor crecimiento anual, con porcentajes superiores al 20 %, siendo, el asociado a la ornitología, el sector con “más pujanza”, y España es el primer país de Europa en observación de aves y el quinto a nivel mundial, por lo que existe un mercado por explotar adecuadamente que puede redundar en amplios beneficios económicos en nuestra región.

Los servicios medioambientales de la caza

Se citan en el escrito algunos servicios que prestaría la caza al entorno natural: conservación de la biodiversidad y de los ecosistemas mediante el control poblacional de especies y el control de plagas y enfermedades, labores de gestión y mantenimiento del monte en periodos no hábiles de caza.
Rebasaría la extensión deseable para una entrada de blog el entrar en detalle en la organización interna de un ecosistema y en cómo las distintas especies que lo componen interaccionan entre ellas y con el ambiente geológico hasta alcanzar un equilibrio. El hombre, siendo parte de estos ecosistemas, ha llegado a alterarlos gravemente: ya no cazamos con armas rudimentarias, sino con escopetas repetidoras; no recolectamos los frutos o cultivamos a pequeña escala, sino que usamos maquinaria, pesticidas y monocultivos en agricultura intensiva. Por todo esto, resulta de vital importancia que la gestión de los ecosistemas a los que se refiere el documento de apoyo se realice por profesionales, no teniendo únicamente en cuenta un objetivo (dotar de especies cinegéticas al coto).

Como escribió Miguel Delibes en Tiempos de desolación: «Mucho me temo que, en no pocos predios, lo único que se nos va a ocurrir para que la perdiz se recupere es lo peor que podía ocurrírsenos: abrir las puertas de las jaulas; sembrar los campos con perdices de granja como se hizo antaño en los ríos con las truchas y los cangrejos». Y esto es algo que he podido oír a cazadores (no el balde soy hijo y hermano de ellos) respecto a cómo se “siembran” los cotos con perdices, codornices o conejos unos días antes del comienzo del periodo de caza. Y cómo esos animales son abatidos con suma facilidad, desorientados como están, sin conocer el terreno, sin haber adquirido las habilidades para la supervivencia en la granja de la que vienen a morir en nuestros campos. Delibes lamentaba esto porque ni se le podía llamar deporte ni mucho menos caza.

Respecto a la biodiversidad, recordemos que por mor de la caza se han introducido en nuestro territorio especies como el arruí, que están produciendo daños insostenibles en sierras donde han sido liberados (por ejemplo, en Sierra Espuña han mermado hasta a siete especies protegidas de flora). En la contrapartida, tenemos el control de especies como el jabalí, que por su voracidad puede llegar a infligir daños en cultivos y depredar sobre otras especies. E incluso que con su orina nitrifica en exceso entornos en los que viven especies de flora endémica que se ven perjudicadas, como me comentó un profesor de la UNED que está ocurriendo en Sierra de Mijas, en Málaga.

Finalmente, en cuanto al control de enfermedades, aunque el control de ciertas poblaciones puede conllevar la reducción de vectores de transmisión de enfermedades (como el conocido caso de la sarna y la cabra montés), en otras el manejo inadecuado de animales, como en el caso de las “siembras” anteriormente mencionadas, puede llevar a expandir por un territorio más amplio alguna enfermedad. Citando la revista online de Club de caza: «En algunos casos, los manejos intensivos de ungulados cinegéticos artificiales enmascaran situaciones reales de sobreabundancia. Por ejemplo, una intensa suplementación artificial de alimento suele concurrir con una elevada difusión de algunas enfermedades, como la tuberculosis en el ciervo y la enfermedad de Aujeszky en el jabalí».

En resumen, ni todo es tan bueno, ni todo es tan malo. Obviamente, una buena gestión, controlada además por técnicos de la Administración, puede dar unos buenos resultados en cuanto a la gestión de nuestros espacios naturales, pero una gestión inadecuada también puede hacer más mal que bien al entorno natural. Por esto, creemos que la caza no debería “mimarse” de más, como piden los grupos políticos. No más, al menos, que otras actividades que notoriamente están contribuyendo a la conservación de nuestra naturaleza y, por supuesto, en todo momento la caza debería estar sometida a lo que dicte la ley.

El silvestrismo

Esta es la parte más delicada de la moción de apoyo y donde se quiere incluir, dentro de una actividad legal y reglada como es la caza, otra práctica que, como decíamos al comienzo de nuestro documento, está vetada por la Comunidad Europea y por cuyo incumplimiento hemos recibido los españoles varios toques de atención. Si bien nadie niega que la avifauna se enfrenta a graves problemas, como la fragmentación de hábitats y la pérdida de los mismos, el uso de pesticidas en agricultura, los cambios de uso de suelo o la caza ilegal, lo cierto es que la práctica del silvestrismo no resulta tan benévola como el PSOE señala en el documento.

La captura de estas aves les provoca una situación de estrés y angustia cuando quedan atrapadas, ya sea mediante el uso de liga, ya en las redes trampa. Su posterior transporte, hacinadas en jaulas, y su encierro en jaulas de reducidísimas dimensiones, no ayudan a estos animales, nacidos libres, de costumbres gregarias. En los anexos pueden verse algunas fotografías realizadas por la Guardia Civil de capturas de individuos por encima de los cupos asignados o por personas sin licencia. En cualquier caso, los métodos de captura y trato dado a las aves son similares.

Con el silvestrismo, España obvia la normativa 2009/147/CE que prohíbe explícitamente en su artículo 5 “matar o capturar de forma intencionada, sea cual sea el método empleado, todas las especies de aves que viven normalmente en estado salvaje en el territorio europeo”. La Comisión Europea ha avisado en varias ocasiones al Estado español de este incumplimiento. De seguir los pasos propuestos por el PSOE en Andalucía (y nos consta que este movimiento por parte del PSOE en Santa Fe es espejo del que se está dando en tantos municipios andaluces), podrían imponerse sanciones por parte de la CE a España. Sanciones que repercutirían en las arcas públicas a las que, recordemos, no contribuyen únicamente los 15000 practicantes del silvestrismo en Andalucía (un 0,178 % de la población andaluza).

La Comisión Europea, en su dictamen a raíz de los reiterados incumplimientos de España en este sentido, destapa las irregularidades que se han cometido y las contradicciones a las que se ha llegado. En Andalucía, por ejemplo, hubo desviaciones al alza de los cupos marcados a partir de 2012. También se alegó posteriormente que las motivaciones para proseguir con las capturas de ejemplares es la creación de una población reproductora para la cría en cautividad y, entre los motivos que se alegan para seguir con esta práctica, las asociaciones de caza indican que hay estudios de que la cría en cautividad de fringílidos no es viable. Esta contradicción entre las motivaciones alegadas para seguir con la práctica, además de la existencia de evidencias de cría en cautividad con éxito en países como Francia o Bélgica, han sido puestas en evidencia por la CE. En su documento:

 

Finalizando, la caza, con sus defensores y detractores, es una actividad con una serie de componentes (económicos, sociales, culturales, antropológicos) que podrán gustarnos más o menos, pero que está regulada y de la que, personalmente, pediría  a las administraciones que velasen por el cumplimiento de la ley y por estudios rigurosos sobre su viabilidad y, sobre todo, por velar por las especies y los ecosistemas. Pero lo que no ha lugar es a un apoyo institucional, entre otras cosas porque no es necesario a la vista de las bondades que defiende el propio colectivo de cazadores y sus asociaciones. Y menos, si pasa por “colar” junto a la caza al silvestrismo. Otra cuestión sobre la que valdría la pena reflexionar son las posibles motivaciones políticas del PSOE por mover ahora este asunto, cómo casa con su estrategia en la actualidad y qué otros agentes sociales han podido determinar el movimiento en estas fechas. Pero, por hoy, dejo la pluma y cojo los prismáticos.

Para saber más:

Cuando unos meses atrás vi que desde el Foro Ambiental de la UNED habían programado en Málaga una charla sobre especies invasoras, en particular sobre las cotorras argentinas (Myiopsitta monachus) que pueblan la ciudad, tomé buena nota en la agenda para seguir el evento. Finalmente, aunque no me fue posible asistir esa tarde a la charla, seguí con interés las noticias que fueron surgiendo a partir de la misma. En ellas se hacía notar que las propuestas de los expertos incluían la eliminación de las cotorras mediante el uso de carabinas de aire comprimido, acordonando zonas de la ciudad y abatiendo a las aves. Las reacciones no se hicieron de esperar: ciertos sectores de la ciudadanía lamentaban esta decisión, especialmente los grupos animalistas. El PACMA anunció una propuesta de controlar a medio plazo las poblaciones de cotorra mediante el uso de piensos esterilizantes. A mí me dio por compartir en Twitter esta medida y lo poco conveniente que resultaba, por desgracia, para controlar las poblaciones de cotorra y evitar los daños a la fauna y a la agricultura y se lió buena:

Todo empezó por aquí y siguió liándose a partir de este tuit.

El caso es que ya días atrás defendía en algún grupo de WhatsApp de pajareros aficionados a la ornitología que, a pesar de lo errado de las propuestas de PACMA, tampoco era cuestión el generalizar y tratar como ignorantes a todos los integrantes de estos grupos de ecologistas/animalistas. Mi experiencia personal me dice que en ellos hay de todo, como en cualquier grupo humano. Yo he colaborado con miembros de agrupaciones ecologistas para tratar de frenar algunos desaguisados y, como bien sabéis quienes me habéis leído desde hace tiempo, soy miembro de una agrupación de voluntariado ambiental. Creo que no es excluyente ser ecologista y ecólogo (el gran González Bernáldez, por ejemplo, lo demostró), es más, lo ideal sería que cualquier ecologista fuese, al menos, escéptico, que tuviese mentalidad crítica, científica, y cuestionase las verdades absolutas tratando de mantener una visión global e informada. (Algo que, por ejemplo, me gusta de Ciencias Ambientales es esa visión general que ofrece sobre nuestro entorno.) Después de la historia de Twitter (y del absoluto silencio en que se ha mantenido el perfil oficial de PACMA tras dos días de intensas discusiones sobre el tema) la verdad es que voy a terminar por dar la razón, aunque sea parcialmente, a quienes cuestionan la seriedad de esta agrupación política y social. Y si no, que me demuestren por qué no debería hacerlo.

Volviendo al tema que nos ocupa, las cotorras en Málaga (algo que sería extrapolable a otras ciudades, como Madrid, Barcelona o Sevilla, y esta última, que es la que nos queda más cerca, como ejemplo a no seguir a la hora de demorar las decisiones que están sufriendo los nóctulos), lo cierto es que es un problema que viene de lejos. Llevo viviendo en la provincia algo más de una década y desde que llegué me llamó la atención la proliferación de nidos de cotorras tanto en la capital como en el resto de la provincia, conforme la iba conociendo mejor, incluyendo parajes protegidos como la Desembocadura del Guadalhorce. Ya antaño, en la época en que vivía en Granada, recuerdo ver una colonia creciente de cotorras argentinas que anidaba en la zona del barrio de Bobadilla, a la entrada de la Chana, y que me sorprendía por su adaptación al clima de Granada capital, ciertamente más exigente que el de Málaga con sus fríos inviernos con temperaturas bajo cero. A lo largo de este tiempo las colonias de cotorra han crecido de una forma espectacular (y aterradora). La ausencia de predadores naturales, su inteligencia y adaptabilidad, han supuesto una ventaja competitiva frente a otras especies autóctonas que ahora sufren la presión de una población creciente de cotorras. No pueden más que venirme a la cabeza nuestros gorriones comunes (cada vez menos, por desgracia) que, por si no tenían bastante con las tórtolas turcas, ahora han de competir por los recursos (alimento, zonas de nidificación…) con las cotorras.

PACMA planteaba el uso de pienso esterilizante para controlar el crecimiento de las colonias de cotorra. Este método conlleva varios problemas que lo hacen inviable. Por un lado, no es posible asegurar que el 100 % de la población de cotorras llegue a ser estéril. Se podría frenar así el crecimiento de sus poblaciones, pero no aseguraríamos su exterminio local a largo plazo. Por otro lado, es un método no selectivo, por lo que nada nos aseguraría que el pienso no pueda ser ingerido por otras especies que no interese controlar, incluyendo aquellas que están en franca regresión a nivel europeo (como los gorriones). También es un método lento: las cotorras pueden vivir en torno a 15 años, por lo que, aunque llegase a frenarse el crecimiento de sus poblaciones, durante ese tiempo seguirían constituyendo un problema para los ecosistemas (incluyendo agroecosistemas) en los que se encontrasen. Y, además, según indica la SEO, los componentes esterilizantes de estos piensos podrían pasar a otras especies depredadoras, como por ejemplo los halcones peregrinos y otras rapaces que se encuentran en la ciudad y su entorno, perjudicando la viabilidad de sus poblaciones locales.

Por otro lado, otros métodos propuestos, como la captura mediante trampas (de dudosa viabilidad, dado el escaso éxito de capturas en estas aves que, por su inteligencia, son difíciles de engañar), mediante el uso de dardos sedantes (resulta difícil calcular la cantidad de anestesia para aves tan pequeñas, aparte del daño que se harían al caer dormidas, golpeándose con las ramas y el suelo), no son demasiado efectivos. Y habría que cuestionarse también lo ético de, una vez capturadas, qué hacer con esas aves: ¿las encerramos y mantenemos en cautividad de por vida, durante varios lustros? ¿Se “repatrian”, siendo especímenes que han nacido aquí en España, que pueden mostrar comportamiento anómalos y más agresivos que en su lugar de origen, que podrían portar parásitos y enfermedades a las poblaciones locales? Independientemente del coste económico de estas medidas, lo fundamental es que no resultan viables y, por desgracia (como decía en Twitter, a ninguno nos gusta que tengan que sacrificar a estos animales), no dan rápida solución a un problema que está afectando a otras especies autóctonas.

En resumen, que a nadie le gusta ver y saber que hay que sacrificar a unos animales que están aquí porque el hombre decidió traer a sus ascendientes para que sirviesen de animales de compañía. Y que, hartos de ellos, de sus ruidos y chismorreos, los dejasen en libertad para quitarse un problema creando uno mayor para nuestro entorno. El hombre aquí es el culpable directo, está claro. Y lo será también, de forma más o menos directa, cuando el cambio climático, por ejemplo, obligue a migrar o facilite el establecimiento de otras especies alóctonas, o expulse (o extinga) a especies autóctonas. Pero, en cualquier caso, lo primero que deberíamos exigirnos es capacidad de realizar una autocrítica informada, poniendo sobre la mesa todas las variables que entran en juego en este tipo de problemas siempre complejos. Para eso es fundamental informar a la población. Días atrás oía una conversación entre dos ciudadanos en la que mantenían que el virus que estaba matando a las tórtolas del parque Huelin de Málaga lo habían introducido los que querían ver el parque libre de tórtolas y que las próximas iban a ser las cotorras. La ignorancia es lo que deberíamos hacernos mirar.

Para saber más:

 

De cuando en cuando viene bien desconectar del trabajo, de la rutina, y conectar con los sentimientos y la pasión. Hay afortunados para quienes todo esto va junto y hacen de su pasión su forma de ganarse la vida. Yo estoy a medio camino y, aunque me gusta enormemente el mundo digital en el que me muevo a diario (eso sí, me gustaría dar unos pasos dentro del mismo hacia otro sector en el que sí me encontraría como pez en el agua y podría dedicar días y noches sin dormir gustosamente a esos menesteres), como imaginaréis la pasión va por otros derroteros; sendas poco holladas, campo a través, trotando lomas para descubrir universos ocultos dentro de nuestro mundo.

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De Málaga a Granada, pasando el «Boquete de Zafarraya»

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 Así fue fue como el pasado fin de semana me dirigí al entorno del pantano de los Bermejales, en Granada, para participar en el taller de macroinvertebrados que se impartía dentro del Programa Andarríos que tanto nos está enseñando sobre nuestros ecosistemas acuáticos en Andalucía y en el que AUCA, la agrupación de voluntariado ambiental de Santa Fe

, participa desde hace once años.

El taller se desarrolló a lo largo de la tarde del viernes y durante toda la jornada del sábado, incluyendo sesiones teóricas, prácticas de laboratorio y una salida de campo que disfrutamos como niños en un entorno fluvial cuidadísimo (y que siga así) por las familias de invertebrados que fuimos capaces de identificar en sus aguas.

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Aprovecho para enviar desde esta humilde loma saludos a toda la compañía y, especialmente, a Alfonso y a Matu, cuya labor al frente de Andarríos resulta tan encomiable y donde se ve que, además de su indudable profesionalidad, se dejan la piel porque les encanta, y a mis compañeros de AUCA.

Brotes de aliso

Con la tinta electrónica fresca aún de la anterior entrada me dispongo a escribir una segunda, una suerte de continuación de aquella, que rompa el encanto de la entrada única y bienintencionada en la que plasmo mis ganas por volver a escribir y que, finalmente, queda en suspenso porque las obligaciones y esa falaz sensación de que el tiempo vuela provocan que siempre haya algo importante que hacer. Aunque guarde siempre la esperanza de que se me permitirá sentarme a escribir en algún momento, las obligaciones fagocitan los buenos propósitos.

Así que, a modo de cuaderno de campo, como hacía antaño, y mientras doy forma en mi cabeza a algunas cosillas que quería compartir con vosotros por aquí, voy a desplegar en forma de álbum de fotos un par de salidas campestres por humedales cercanos con las que di término al año 2017.

El día 29 de diciembre fui a la Desembocadura del Guadalhorce aprovechando que era un día laborable y yo estaba de vacaciones. Últimamente me da la impresión de que este paraje está demasiado masificado, especialmente los fines de semana; familias paseando, gran cantidad de bicicletas de montaña a paso rápido con ciclistas hablando bastante alto o directamente a voces, gente corriendo, paseando al perro o simplemente otros pajareros disfrutando de la ornitología. En suma, mucha gente (entre la que me incluyo, por supuesto, aunque solo sea por el volumen generado) que puede llegar a molestar a los animales que hacen de aquel Paraje Natural su refugio.

Pasé la mañana deambulando de laguna en laguna, disfrutando con la visión de un águila calzada que se buscaba la pitanza de aquel día y parecía seguirme de una a otra haciendo piruetas para sortear el fuerte viento de la jornada, aunque no tuve suerte de ver a ninguna pescadora. A los pequeños alados (alguna lavandera blanca, tarabilla europea, gorrión común…) se les sumaron unos zampullines en la Laguna Grande y una buena cantidad de cormoranes, cigüeñuelas, ánade real y gaviotas en los demás observatorios.

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El 30 fui con el retoño de Aliso (el pequeño trotalomas, al que a partir de ahora llamaremos así, con nombre de árbol, ya que es de rápido crecimiento y viene conmigo de humedal en humedal 😉 ) a la Charca de Suárez de Motril. Un espacio emblemático para el conservacionismo que encontramos en plena ciudad, junto a un hotel, y que supuso un freno frente a la especulación inmobiliaria que iba a sustituir tierra y aguas por cemento en aquella zona y que ha quedado protegido para el disfrute de aves y personas. Allí me encontré con mi querido Alberto y pasamos juntos una deliciosa mañana, mucho menos ventosa que la anterior, realizando un recorrido completo por los senderos, entre lagunas, perdiendo la noción del tiempo hasta el punto de encontrarnos cerrada la puerta de entrada al llegar a ella. Allí nos acompañaron algunas garzas reales, más cormoranes y ánades reales, pato cuchara, zampullines, polla de agua, fochas y una chocha.

Acabamos la jornada en un barecito de la zona donde degustaríamos unas deliciosas gambas «del terreno» y acompañadas de un frío zumo de cebada. Aliso, por supuesto, haciendo gala de su descaro y simpatía, se hizo amigo de un gato que esperaba paciente la caída de alguna raspa o algo más suculento de las mesas del local. Una amistad peligrosa para ambos, ya que Aliso suele aplastar (literalmente) a Lupo, que sufre pacientemente el cariño de aquel, pero dudo mucho que este gato hubiese sido tan pacífico ante semejantes muestras de amor. Una experiencia que habrá que repetir, habida cuenta del disfrute de la pequeña larva y de los imagos.

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Beatus ille

De vida beata

En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.

Pareciera que, en aras de sobrevivir, he decidido hacer míos los versos de Gil de Biedma (con ese «beata» en su acepción de «feliz», eso sí) y relegar al olvido estas bitácoras mías que tantas alegrías me dieron en el pasado. Llevo un tiempo pensando retomar este blog, pero para ello debía hacerlo antes con las andanzas que lo caracterizaban. Y hoy, esta tarde, mientras me venía a la memoria la versión musical que de La vida que yo veo de Atxaga llevase a cabo Loquillo, recordé que hace tiempo publiqué una entrada por aquí en la que me lamentaba de mi poca productividad en cuanto al hábito de redactar. Cuatro años y medio han transcurrido desde entonces, prácticamente la mitad de la vida del blog, que en sus primeros tiempos mostraba una actividad mucho mayor y que en los últimos años ha permanecido en una suerte de diapausa sin aparente fin. De hecho, respecto al blog, el último par de años ha transcurrido sin pena ni gloria, demasiado ocupado en menesteres laborales y, afortunadamente, también en otros asuntos vitales mucho más satisfactorios. Así, el año y medio largo de edad que tiene mi pequeño, perteneciente a una nueva generación trotalomesca, ha sido apasionante, agotador, divertido, novedoso y sorprendente. Y me ha inspirado para desear volver por aquí, recuperarme a mí mismo, salir de este agujero donde, refugiado ante las inclemencias del día a día, preservo la vida, y despilfarrarla por el mundo, de loma en loma, cual simpar vividor.

El pasado año 2017 acabó felizmente y los últimos meses fueron de reencuentro con mi propio ser; volver a ir de concierto, recuperar el contacto con compañeros de Auca, la Agrupación de voluntariado ambiental de Santa Fe que siento como mi casa espiritual, salir de nuevo al campo sin más fin que el de disfrutar del camino, participar en actividades al aire libre, hasta sentirme de nuevo yo. Alegrarme y que se me ilumine tontamente la cara con una sonrisa al sorprenderme, un viernes por la tarde al salir del trabajo, escuchando en un podcast de «El bosque habitado» que ese texto de Edward O. Wilson que leían había salido de las páginas electrónicas de Andanzas de un Trotalomas. A esta comunidad conmovida le debo también muchas alegrías y de ellos me apetece también hablar por aquí, puesto que me acompañan habitualmente de camino al trabajo ahora que vivimos algo más lejos, por lo que los trayectos de ida y vuelta requieren de un poco más de tiempo.

Pastor de nubes

Eso sí, la nueva morada del Trotalomas invita a soñar. A hacerse, como canta El Cabrero, «Pastor de nubes», a ser un trotalomas saltaolas.

He decidido volver porque, pese a que en ambientes productivistas y buenrollistas las palabras de Beckett se interpreten como algo positivo (ese afán por levantarse y seguir adelante tras cada caída), su «Ever tried. Ever failed. No matter. Try Again. Fail again. Fail better.» puede interpretarse también (o más bien) desde una perspectiva negativa. Pero da igual, porque fallando una y otra vez, incluso haciéndolo de forma estrepitosa, continuamos aprendiendo. Y más nos vale, porque es el camino que estamos siguiendo. A lo mejor suena la flauta o tal vez la comunidad de personas conmovidas, que desean cambiar de rumbo, llega a conformar una masa crítica suficiente como para girar el timón.

Contad conmigo para ello. ¡Arriba las ramas!

Hay que vivir

Habrá que hacernos a la idea,
que sube la marea
y esto no da más de sí.
Habrá que darnos por vencidos
y echarnos al camino,
que no hay nortes por aquí.

Podría ser el caso, que esto no diese más de sí, que después de mucho tiempo cerrado el contenido se hubiese echado a perder. Que, ajado, no nos supiese a nada. Que fuese mejor una política de tierra quemada, cerrarlo y comenzar en otro lugar.

Al sueño americano,
se le han ido las manos
y ya no tiene nada que ofrecer,
sólo esperar y ver si cede
la gran bola de nieve
que se levanta por doquier.

Esto nos lo dirán mañana, tras estas elecciones presidenciales que pueden ser históricas por muchos motivos, pero que, me temo, no cambiarán el mundo a (mucho) mejor. Porque para buscar otros nortes que tengan algo que ofrecer tal vez los que deberíamos ser otros somos nosotros. Pero…

¡Hay que vivir!, amigo mío
antes que nada hay que vivir,
y ya va haciendo frío,
hay que burlar ese futuro
que empieza a hacerse muro en ti.

En eso estamos de acuerdo. Hay que vivir, hay que burlar ese frío que cala los huesos y hasta el alma, y no precisamente este frío que (un año más parece que no estemos en otoño) llega tarde a estos pagos, sino un frío existencial que merece la pena arrostrar. Entonces,

Habrá que componer de nuevo
el pozo y el granero
y aprender de nuevo a andar.
Hacer del sol nuestro aliado
pintar el horno ajado
y volver a respirar.
Quitarle centinelas,
al parque y a la escuela,
columpios y sonrisas volarán.
Sentirse libre y suficiente
al cierzo y al relente,
mientras se va dorando el pan.

No me parece una mala opción. Otros blogs amigos han pasado también por baches, por ausencias, y han vuelto a la carga. He vuelto a leer las palabras de quienes siguen detrás de ellos y me ha gustado reencontrarme con ellos. ¿Por qué no con el mío (con los míos) propios? Al fin y al cabo quiero dar un giro a las obligaciones impuestas a mí mismo este año académico.Ya veremos. Lo que es seguro es que hoy quería compartir aquí que siento que…

Habrá que demoler barreras,
crear nuevas maneras
y alzar otra verdad.
Desempolvar viejas creencias
que hablaban en esencia
sobre la simplicidad.
Darles a nuestros hijos,
el credo y el hechizo
del alba y el rescoldo
en el hogar.
Y si aún nos queda algo de tiempo,
poner la cara al viento
y aventurarnos a soñar.