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… me temo que el jornalero aún no fue capaz de decirle nada al amo. Aunque despoblada, sin árboles, no quedó desolada (porque el sol ahora es justiciero en verano y no hay quien la atraviese sin echarlos de menos). Siguiendo con la entrada que acabo de publicar, dejo por aquí una imagen que refleja cómo es la plaza en la actualidad, con un par de magnolios que plantaron junto al ayuntamiento y que no han crecido pese a llevar allí 24 años, imagino que por la falta de suelo. Como contraste, algunas fotografías antiguas, donde se ve cómo era esa misma plaza hace unas décadas, y eso que no estaban aún crecidos los imponentes cipreses que llegaron a alcanzar la altura de las torres de la iglesia, creciendo en su costado izquierdo.

La plaza de España en la actualidad

La plaza de España en la actualidad

La plaza de España en la actualidad

La plaza de España, cuando todavía se permitía el tránsito de vehículos. Se ven los cipreses, pequeños aún, a la izquierda de la iglesia.

Plaza durante una celebración. Se observa el arbolado de la misma.

Plaza durante una celebración. Se observa el arbolado de la misma.

La iglesia, con dos imponentes árboles a sus costados.

La iglesia, con dos imponentes árboles a sus costados.

Las fotografías antiguas pertenecen a sus autores y las he tomado de la página de Facebook de Santa Fe de Granada. La actual pertenece a Google Street View.

Recupero para el blog tres entradas que escribí hace siete años y medio durante mi primera andadura «blogueril». Mantenía mi primer blog, La Dehesilla News, y en él escribía, entre otras cosas, sobre la interacción de mis conciudadanos con el medio ambiente. Bajo el nombre común de «…buena sombra le cobija» recobía en tres entradas un paseo por el pueblo durante el que me daba por pensar en el (mal)trato que se daba a los árboles de nuestro entorno urbano. Que hoy traiga las entradas aquí no es fortuito. Las recordaba mientras trataba de debatir sobre la última poda y tala que se ha producido de forma masiva en el municipio. Aquí van, tal cual eran (salvo por la foto del peral, que he incluido tras buscarla en Google Street View).

 oOo

… buena sombra le cobija (13/06/2007)

Se dice que, en tiempos inmemoriales, allá por el medioevo, una ardilla habría podido cruzar la Península Ibérica desde los Pirineos hasta Gibraltar sin pisar el suelo, simplemente pasando de árbol a árbol. Ante una afirmación como ésta, cabría preguntarse, en primer lugar, qué motivaría a uno de estos roedores a realizar tal peregrinaje y, en segundo, para qué querría llegar a tierras anglosajonas, o que terminarían siéndolo en un futuro, con lo “bien que se vive” en España o Portugal. Ya que no tenemos posibilidad de dar respuesta a estas preguntas, nos queda al menos el (des)consuelo de una reflexión: antaño, en España, había más árboles que ahora. Tantos que, en comparación con aquél entonces, deberíamos crear una nueva figura de “taxón en peligro de extinción”, dada la escasez de figuras arbóreas que caracteriza nuestra geografía actual.

Para demostrar este hecho, el equipo de La Dehesilla News se ha propuesto llevar a cabo un experimento singular. Dando por sentado que actualmente es imposible cruzar la península de norte a sur, o de este a oeste, saltando de árbol en árbol, y por la más que probable posibilidad de dar al traste con el experimento tras un seguro golpetazo contra el suelo, hemos optado por restringir el campo de acción y desarrollar una prueba significativamente tan válida como la de nuestra amiga la ardilla. Como muestra estadísticamente significativa, hemos elegido el municipio de Santa Fe, y la prueba a realizar será atravesar el pueblo, no emulando al inmortal personaje creado por Burroughs, sino aprovechando el saber popular por aquello de “quien a buen árbol se arrima…”.

Así, dispuestos a recibir cuanta menos influencia maligna de los rayos solares sea posible, nos aprestamos a realizar nuestra hazaña, pertrechados con una botella de agua fría, en el extremo Este del municipio, justo en el acceso más cercano a la capital de provincia. Nuestro objetivo: el horizonte del sol poniente. Hora de inicio: 12:00AM.

Comenzamos nuestra excursión con el ánimo elevado. A nuestra derecha quedan algunas choperas, y las copas oscilando con la ligera brisa nos transmiten sensación de frescor. Ahora bien, en nuestro lado de la carretera sólo algunos árboles espaciados adornan la acera. Bueno, esperemos que sea poco tramo y pronto encontremos más sombra. Caminamos aceleradamente de uno a otro, haciendo ligeras pausas al lado de sus troncos. La acera, reventada por las raíces de algunos de ellos, constituye la muda evidencia de la falta de previsión de nuestros responsables (es un decir) políticos y representantes (otra falacia) ciudadanos, y de cómo prever el crecimiento de los árboles preparándoles un buen alcorque puede evitar futuros quebraderos de cabeza y de pavimento. Uno de los árboles es apenas un escuálido plantón. Le precedieron en su lugar varios ejemplares de su misma especie y, según vox populi, es uno de los vecinos el que, sistemáticamente, los fue asesinando cuando crecieron tanto que le tapaban “las vistas” a la carretera. Sí señor: patetismo bajuno y con denominación de origen. Pero volvamos a nuestro reto. Efectivamente, el tramo a superar inicialmente era corto: apenas media docena de árboles y, tras superarlo, contemplamos con resignación el campo minado que nos espera. La Avenida de la Hispanidad en pleno es una yerma extensión en la que, esporádicamente, encontramos exóticos árboles que, emulando a nuestras entrañables mimbreras, exhiben sus lánguidas ramas como si de sauces llorones se tratasen.

Nos miramos con decisión. ¿Qué incierto desenlace nos deparará el reto que nos hemos impuesto? Lo conoceremos en la próxima entrega, sólo aquí, en La Dehesilla News. Y, entretanto, les dejamos con unos agradables minutos musicales.

[…]

¿Sabrán por fin los cedros libaneses
que su voraz y sádico enemigo
no es el ébano gris de Camerún
ni el arrayán bastardo ni el morisco

ni la palma lineal de Camagüey
sino las hachas de los leñadores
la sierra de las grandes madereras
el rayo como látigo en la noche?

(Mario Benedetti – Joan Manuel Serrat)

 

… buena sombra le cobija (2) (18/06/2007)

En el último episodio:

Tras tomar la determinación de atravesar Santa Fe bajo la sombra de sus árboles, comenzamos nuestra ruta al inicio de la Avenida de la Hispanidad. Recorridos los primeros metros, contemplamos la extensión de la avenida frente a nosotros…

Los árboles que se presentan por delante se encuentran bastante espaciados entre sí, por lo que, emprendida la marcha, ésta se produce, qué remedio, a buen ritmo, intentando huir del implacable sol. Al llegar al primero de ellos nos damos cuenta, con resignación, de que sus bajas ramas nos impiden pasar con facilidad bajo el mismo. Cuentan, además, con agudas espinas en el fino ramaje, y sus pequeñas hojas apenas suponen protección para el viandante. El sol se ríe de ellas, las esquiva, las rodea, y cae a pleno sobre las cabezas de quienes busquen protección bajo ellos. Son bonitos, no cabe duda, e inútiles a nuestro propósito. Seguimos adelante, intentando alcanzar los más frondosos, hasta recorrer un par de centenares de metros. Acabamos de superar el reloj que, suspenso en el tiempo, marca la hora en la que un buen día se detuvo, situado en el centro de la avenida.

La memoria nos invade, recordándonos que, a nuestra diestra, antaño se alzaron los melocotoneros de un generoso huerto, a modo de isla entre el creciente urbanismo santaferino, en el lugar donde ahora se erigen varios bloques de pisos en cuyas entrañas habitarán, crecerán, dormirán, ¿soñarán?, futuros habitantes de Santa Fe, de nacimiento o adopción. Los ojos se humedecen al recordar los paseos alrededor del huerto, la humilde caseta que se erguía en el centro del mismo, su perímetro rodeado de olmos… y las lágrimas afloran al pensar como, no hace mucho, tras arrasar con los árboles y hundir los edificios sus cimientos en la fértil tierra de vega, usaron los olmos a modo de soporte para los andamios, quebrando sus ramas, desgajándolas hasta que caían como lánguidos brazos hasta el suelo, asfixiándolos bajo los balcones, haciéndolos desaparecer bajo la tela metálica que, con abrazo de oso, rodeaba sus indefensos troncos. Hasta que, exhaustos, se dejaron vencer, tornando la verde cabellera, ya rala por la forzada pérdida de hojas y ramas, en el amarillo otoñal que precedería a su invierno más largo. Ahora, quebradizos y escuálidos naranjos les sustituyen. De escasa envergadura y políticamente correctos, su altura no molestará a los habitantes de los pisos más bajos, máxime cuando algunos de ellos han caído ya, víctimas de su exigua fortaleza y del forzoso transplante al que fueron sometidos.

Ante todo lo ocurrido, parece que de nada sirvieron las solicitudes y sugerencias al “excelentísimoayuntamientodesantafe” o las cartas dirigidas a conocidos diarios granadinos. El verde del dinero prima sobre el del follaje de nuestros árboles, máxime cuando el cemento sepulta las buenas intenciones y las mejores palabras; y de nada sirve la nostalgia del recuerdo de la rugosa corteza de uno de esos olmos contra la palma de nuestra mano. Ni tan siquiera les salva el que, echando mano de bolígrafo y papel, nuestros ””’representantes””’ resuelvan un simplísimo problema de primaria:

Tenemos un conjunto de árboles, adquiridos por equis pesetas, hace veinte años, cuyo mantenimiento cuesta, céntimo arriba, céntimo abajo, otros nosecuantos euros/año, incluyendo riegos, podas, abono y cuidados varios. ¿Qué costo habrá supuesto para el bolsillo del contribuyente dicho mantenimiento, en el momento en que el constructor de turno decide que, pongamos, treinta árboles estorban a su planteamiento urbanístico y manda contra ellos a la máquina excavadora?

La solución: e=mc2.

La relatividad se manifiesta en nuestro esquema de ¿valores?.

… buena sombra le cobija (3) (23/07/2007)

Did we abolish Frost
The Summer would not cease;
If seasons perish or prevail
Is optional with us.
Emily Dickinson
(Si abolimos la escarcha
será siempre verano;
que existan estaciones
depende de nosotros.)

Continuamos con nuestro apasionante periplo, que nos está llevando de este a oeste en un recorrido a través del municipio de Santa Fe, buscando las sombras más propicias para dar esquinazo al implacable Lorenzo.

Tras los avances narrados en nuestro último escrito, proseguimos avanzando por la Avenida de la Hispanidad. A nuestra derecha, una impresionante conífera nos trae al recuerdo los tiempos en los que no estaba sola, sino que otros dos impresionantes árboles le acompañaban, hasta que cayeron, tras morir olvidados por la voluble memoria de nuestros gestores municipales, que podrían argüir que no fue así, aunque resulte cuando menos significativo que su muerte se fuese produciendo conforme entraban a formar parte del arbolado municipal.

Una vez más, el peso de los años se manifiesta, haciéndonos recordar que a nuestra izquierda, en su momento, se alzaron numerosos plátanos de sombra, de altura similar a la del último mohicano que se ubica a nuestra diestra. Antes de que la Avenida de la Hispanidad llevase incluso este nombre, y de que fueran construidos los numeros dúplex y bajos comerciales que ahora la conforman, se extendía a siniestra un huerto, y bajo la sombra de los plátanos “maullaban” los pavos reales cada tarde. Cuántos paseos andando o en bicicleta nos llevaron a sus alrededores, y cómo quedaron grabados en nuestra memoria, vinculados por siempre a esas imágenes y sonidos.

Prosigamos. Nuestro rápido avance nos lleva hasta el Arco de Granada, no sin antes dirigir la mirada al sudeste, donde, de adentrarnos, encontraríamos el Paseo de la Salud, que no recibe su nombre, precisamente, por la salud de los árboles centenarios que allí hallaremos, sino por el Cristo que en la ermita allí situada se encuentra. Estos plátanos de sombra, de troncos hendidos y baja altura, han sufrido a lo largo de su existencia de la presencia de hongos, de durísimas podas y todo tipo de daños y abandono. Parece que el dolor reflejado en el rostro del Cristo hubiese marcado para siempre el destino de estos buenos ladrones que le acompañan.
Recordamos también que, según acaba el Paseo, llegando a la ermita, se encuentra el Colegio Reyes Católicos y, más allá, una plaza ofrece la preciosa estampa de un peral indeseado: los vecinos no lo quieren porque en verano ofrece sus frutos que, despreciados, caen al suelo donde se pudren bajo este sol de justicia. En parte para evitarlo, y por otra, porque es ésta la política en cuestiones de jardinería, es podado en primavera, dejándolo mutilado tras seccionarle ramas de hasta treinta centímetros de diámetro.

peral01

Pero no es ésta la ruta que seguiremos hoy. Debemos cruzar el Arco, y seguir avanzando hacia la Plaza de España, centro de la ciudad, y ecuador de nuestro trayecto.

oOo

Y la noticia, más de un lustro después, sigue siendo la falta de consideración con que tratamos a nuestros verdes compañeros, a estos seres vivos que forman parte de nuestro paisaje, nuestra cultura, nuestra historia.

En la noticia en Ahora Granada pueden verse algunas de las fotografías que Auca, la Agrupación de voluntariado ambiental de Santa Fe, hemos tomado de la tala de árboles.

http://www.ahoragranada.com/noticia/denuncian-la-poda-de-arboles-indiscriminada-en-el-casco-urbano-de-santa-fe

Y en el boletín informativo de Otra Granada:

http://www.otragranada.org/spip.php?article763

Seguimos esperando información desde el consistorio municipal que, por otro lado, suspendió el viernes la tala de árboles tras requerirles dicha información. Ya os contaré en qué queda todo, aunque cansa que siempre se funcione a golpe de denuncia, de queja, y no de diálogo y acuerdo.

Naturaleza y vida

La vida de nuestra ciudad se estancaría si no fuera por los bosques inexplorados y los prados que la rodean. Necesitamos el tónico de lo salvaje, vagar de vez en cuando por los marjales donde acechan el avetoro y la gallineta y oír el estampido de la agachadiza, oler el susurro de la enea donde sólo construyen su nido los pájaros más salvajes y solitarios y el visón se arrastra con el pecho cerca de la tierra. Al mismo tiempo que nos tomamos en serio explorar y aprender todas las cosas, necesitamos que todas las cosas sean misteriosas y no hayan sido exploradas, que la tierra y el mar sean infinitamente salvajes, que no sean investigados ni sondeados por nosotros, porque son insondables. No podemos tener bastante de naturaleza. Hemos de remozarnos con la vista de un vigor inagotable, de rasgos vastos y titánicos, la costa del mar con sus naufragios, la nube de tormenta y la lluvia que dura tres semanas y produce inundaciones. Necesitamos ver nuestros límites superados y cierta vida pastando libremente donde nosotros no llegaremos nunca.

H. D. Thoreau, Walden.

Parque Nacional de Bryce Canyon, Utah, EEUU

Parque Nacional de Bryce Canyon, Utah, EEUU. Fotografía de Wikipedia.

Lawrence Gilman, el distinguido crítico musical, afirma en Nature in Music: «… M. Pierre Janet, que sostiene que aquellos que, en diferentes periodos históricos de la civilización del mundo, han expresado una fuerte atracción hacia el mundo natural, siempre han sido personas de un tipo determinado y concreto: emocionales, sometidas a cambios de humor, deseosas de romper con las tradiciones, esencialmente anti-convencionales. Mr. Havelock Ellis, en su estudio sobre la psicología del amor por la Naturaleza, caracteriza a todas estas personas, en mayor o menor grado, “de un temperamento excepcional”. En las manifestaciones más rotundas y simples de este tipo, estos amantes de la naturaleza salvaje han sentido un rechazo instintivo hacia sus entornos habituales… Chateaubriand, que veía poca utilidad en las montañas más allá de ser “las fuentes de ríos, una barrera contra los horrores de la guerra” es contrarrestado por Petrarca, el cual, tras escalar Mont Ventoux, observó que su alma “se elevaba a las más nobles contemplaciones en la cima”. (…) El mayor atractivo de la belleza natural siempre ha sido de suma importancia para aquellos individuos de hábitos emocionales, y especialmente para aquellos que poseen una imaginación libre y tendencia al inconformismo: en otras palabras, para los radicales de mentes poéticas de todos los tiempos y regiones».

En la «Nota al lector» de El trampero, de Vardis Fisher.

2014

Por el título de la entrada podríamos deducir sin mucho riesgo a equivocarnos que el blog ante el que nos encontramos sirve a modo de anuario a su autor. Lo cierto es que no me he prodigado demasiado en los últimos tiempos, más bien nada, a pesar de las buenas intenciones que declaraba en la última publicación, hace casi un año.

No es momento de volver a incidir en esto; en la escasez de entradas, en el bloqueo del escritor, en la falta de tiempo. El presente año ha venido cargado de cambios y de buenos y malos momentos, y quién sabe si sacaré tiempo para relatar aquellos que, siendo importantes, pueda creer que serán del interés de los lectores de esta bitácora, si es que hay alguien todavía al otro lado.

Pero sí es el momento de contaros una historia. Porque el bloqueo del escritor me llegó en el momento en el que quería contar aquí una curiosa historia que ocurrió hace justo un año. Una historia autoconclusiva en parte, abierta por otro lado y con un final en uno de los hilos narrativos que no me gustaría haber tenido que relatar. Sea como sea, lo que viene ahora es un «Cuento de Navidad».

«La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…» cantaba a ritmo de salsa Rubén Blades en una de las canciones que más recuerdo de mi infancia, «Pedro Navaja», y así ocurrió el 17 de diciembre del año pasado. En la mañana de dicho día, mi entonces pareja (y actual esposa ya que, como digo, el año ha dado mucho de sí) me enviaba una noticia que me llamó la atención y que tuiteé. Abría en Cártama, un pueblo malagueño, la mayor granja de huevos ecológicos de la provincia. Esto no habría tenido mayor trascendencia si no hubiera sido porque, un rato después, vi que una chica había retuiteado la noticia. ¿Y?, os preguntaréis. Bueno, su fotografía de perfil me resultó familiar. Era una imagen no demasiado clara, con algún efecto fotográfico, donde tampoco se la veía muy bien. Pero esa imagen la había visto antes. Mi memoria, que se complace en dejarme a la aventura en el momento menos adecuado, no me falló entonces. Con un chispazo me dije: ¡No puede ser! Cogí el móvil, busqué en él un contacto dentro de una conocida aplicación de mensajería y… sí que era.

Acto seguido le escribí a Azote. ¿Sabes lo que acaba de pasarme? No lo sabía, obviamente, y se quedó sorprendidísima en cuanto se lo conté. ¿Qué hago? ¿Le escribo? ¿Qué decirle? ¿Cómo explicar que la seguía teniendo ahí? Entretanto, seguía atando cabos. En Twitter vi que me seguía y yo la seguía a ella, y que también que con Azote mantenía contacto. De hecho, era previo al mío y posiblemente yo la había seguido a raíz de algún comentario compartido con mi pareja. Al fin y al cabo, por lo que fui averiguando, no solo compartían el amor por la filología y estudios en esta disciplina sino también amigos y conocidos en común.

Le escribí, por supuesto. Le dije que tenía algo que contarle sobre un pequeño amigo en común. Seis años atrás nos habíamos conocido porque ella, que tenía que viajar fuera de España, no podía hacerse cargo de un pequeño cobayo que le hacía compañía. De niño siempre tuve cobayas y, por aquél entonces, recién llegados a Málaga, buscaba una que adoptar. Encontré su anuncio en un foro de Internet, me puse en contacto con ella y quedamos una mañana en la capital para recoger al pequeño Trotty (Pisoni, en aquel momento, pero de su nuevo nombre ya os conté algo en el blog). Efectivamente, @mclasartec, a la que estáis tardando en seguir en Twitter si no lo hacéis ya, y leer su blog, si no lo conocíais antes, era la mamá de Trotty hasta el día en que que vino a casa y se convirtió en el alma mater de este blog.

trottydarwinmediana

La teoría de los seis grados de separación nos viene a decir que lo anterior no tiene demasiado de asombroso. Pero los sentimientos, el asombro, la alegría que sentí ese día sí que lo tuvo. Fue increíble que, siguiéndonos desde hacía tiempo, compartiendo libros y lecturas, nos diésemos cuenta de forma casual de que había algo más que nos unía. La primera intención que tuve al adoptarlo, enviarle de cuando en cuando algunas fotos de Trotty al móvil, el único medio de contacto que tenía, quedó en la nada con el tiempo. Me daba apuro escribirle sin ton ni son (a veces soy así de tonto, sí). Pero mantenía el número, por si acaso, y por eso, cuando las tecnologías avanzaron, pude ver esa foto y asociarla con la del perfil de Twitter.

Y este, aunque el estilo con el que está narrado no le haga parecerlo, es mi cuento de Navidad. Un cuento que me parece hermoso, lleno de magia por la época en la que sucedió y, sobre todo, por las alegrías que nos dio a quienes conocimos la historia y estuvimos vinculados gracias a Trotty.

Transcurrieron casi seis meses y, llegando el verano, Trotty nos dejó, como algunos sabéis. Resulta asombroso ver, comprender y, sobre todo, sentir cómo un ser tan pequeño pudo llegar a ser tan grande y a significar tanto. Los vínculos que ayudó a tender siguen ahí, la red que tejió a su alrededor perdura y su recuerdo, doloroso y amoroso a un tiempo, sigue acompañándome.

No podía volver al blog sin escribir sobre aquel maravillo encuentro. No podía escribir aquí sin traer ese cuento de Navidad que, a mis ojos, nada tiene que envidiar al archiconocido de Dickens. No podía, en resumen, reemprender estas andanzas sin rendir un cumplido aunque siempre indigno homenaje al único y verdadero Trotalomas.

TrottyCollage2

Gracias por vuestro tiempo y felices fiestas.

¡Salud!

…se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

Me siento finalmente frente al ordenador para escribir una entrada para el blog y despedir así el año 2013 que quedó atrás. Han transcurrido más de dos semanas de este nuevo año y casi dos meses desde la última entrada del blog. Con apenas nueve entradas, no puede decirse que me sienta orgulloso del año desde la perspectiva del blog y, sin embargo, posiblemente 2013 pase a mi historia personal como uno de los años más rompedores e interesantes de cuantos he vivido. Y eso, por desgracia, no se ha visto plasmado aquí.

Por eso, aunque mi intención no es ponerme al día con todo lo que ocurrió el año pasado, sí que me veo en cierto modo en deuda con las entradas que no fueron y que me habría gustado que estuvieran. La falta de inspiración a la hora de escribir no desapareció; de hecho, posiblemente, cuando acabe de escribir estas líneas y pulse el botón “Publicar”, no me sentiré muy orgulloso de ellas, pero es posible que contribuyan a romper ese hipotético maleficio que pesa sobre mis blogs, como ya ocurriera con la lectura hace unos meses: mi “temperatura literaria” ha vuelto a la normalidad, teniendo en cuenta, eso sí, la escasez del tiempo de que dispongo.

Una de las primeras entradas omitidas el pasado año tenía que ver con el deporte. Nunca he sido una persona muy deportista. Afirmar esto ya es decir que lo era algo, pero no: me confieso un ratón de biblioteca, de laboratorio, un singular personaje ajeno al ejercicio. Tampoco es que lo rehuyese, ya que nunca se me han caído los anillos por dedicarme a cualquier trabajo físico y, cuando se trataba de ir al campo, me convertía en un trotalomas digno de este nombre. No obstante, crecí siendo un niño enfermizo que no cultivó el placer por el deporte. Siendo así, 2013 fue un año realmente singular: me descubrí a principios de año comenzando a seguir una rutina deportiva no demasiado exigente pero sí constante (de ahí que pueda llamarla así). Y lo más curioso es que: ¡me gustaba! No me atraen los deportes competitivos, así que se trataba de una competición conmigo mismo en la que buscaba mejorar y sentirme mejor. Posiblemente me ayudó a ello el ambiente laboral un tanto viciado, por lo que el deporte me proporcionaba la satisfacción del trabajo realizado, me permitía desconectar y, de paso, dejar atrás el sedentarismo al que me obliga mi profesión.

No llegué a escribir la entrada anterior porque, cuando más animado estaba con mis progresos, comencé a sentir unas molestias en tras la rodilla derecha que se fueron extendiendo por toda la pierna y hasta la espalda. Lo que en principio creí que podría ser una tendinitis resultó ser un pinzamiento del nervio ciático debido a, maldita suerte la mía, una hernia de disco en la región lumbar. Esta ha venido a marcar el resto de 2013, y en cierto modo, vino a sumarse a los problemas que aquejaban mi estado de ánimo, no muy bueno por aquella época.

No puedo decir que el año haya sido el de la recuperación, pues todavía me queda por delante un camino incierto, pero sí que seguí acumulando progresos. Tuve que dejar la actividad física unos tres meses, al menos aquella que impactaba (nunca mejor dicho) sobre la espalda: nada de correr, nada de bicicleta, nada de levantar peso ni hacer una fuerza excesiva. Comencé a andar todo lo posible. Caminar, como pensaba el bueno de Thoreau, es un ejercicio tan bueno para el cuerpo como para el alma.

Creo que no podría mantener la salud ni el ánimo sin dedicar al menos cuatro horas diarias, y habitualmente más a deambular por bosques, colinas y praderas, libre por completo de toda atadura mundana. Podéis decirme, sin riesgo: “Te doy un penique por lo que estás pensando”; o un millar de libras. Cuando recuerdo a veces que los artesanos y los comerciantes se quedan en sus establecimientos no sólo la mañana entera, sino también toda la tarde, sin moverse, tantos de ellos, con las piernas cruzadas, como si las piernas se hubieran hecho para sentarse y no para estar de pie o caminar, pienso que son dignos de admiración por no haberse suicidado hace mucho tiempo.
[…]
Hay quien no camina nada; otros, lo hacen por carretera; unos pocos, atraviesan fincas. Las carreteras se han hecho para los caballos y los hombres de negocios. Yo viajo por ellas relativamente poco, porque no tengo prisa en llegar a ninguna venta, tienda, cuadra de alquiler o almacén al que lleven. Soy buen caballo de viaje, pero no por carretera. El paisajista, para indicar una carretera, usa figuras humanas. La mía no podría utilizarla. Yo me adentro en la Naturaleza, como lo hicieron los profetas y los poetas antiguos, Manu, Moisés, Homero, Chaucer. Podéis llamar a esto América, pero no es América; no la descubrió Américo Vespucio, ni Colón, ni ninguno de los otros. Hay más verdad sobre lo que yo he visto en la mitología que en ninguna de las denominadas historias de América…

En ese intervalo, surgieron diversos y precipitados cambios en el trabajo y tuve que realizar el viaje más largo que he emprendido hasta la fecha: Málaga-Malasia. Unos pocos kilómetros, la verdad, y unas cuantas horas de vuelo para pasarlas con la espalda dolorida en un asiento de avión. Pero bueno, dejando atrás esa parte de la historia, lo cierto es que constituyó una experiencia enriquecedora (más en lo personal que en lo profesional, la verdad sea dicha) e interesante. Aunque dejé algunas fotos en Facebook, la verdad es que quedó pendiente una entrada sobre este tema: no tuve oportunidad de disfrutar demasiado de aquellas pluvisilvas, pero incluso las aves de parques y jardines eran lo suficientemente distintas a aquellas a las que estamos acostumbrados en estas latitudes como para que mereciera la pena observarlas. Tras regresar del viaje, retomé el deporte. Una vez más, opté por las caminatas, pero también por la práctica del Pilates, que me descubrió que ser una alcayata sin flexibilidad es una opción personal.

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El último reto superado en 2013 fue, sin duda, uno bastante personal, también relacionado con el deporte. En octubre cumplí 38 años, que no es moco de pavo, y uno de los regalos me cambió completamente: mi prima me regaló un equipo de natación para lanzarme a practicarla. Posiblemente hayáis pensado antes, cuando os contaba lo del problema de espalda, que la natación era una excelente opción para seguir practicando deporte, desarrollar la musculatura de la espalda y ayudar a mi recuperación. No seré yo quien os quite la razón en eso, pero hace unos meses se daba una particular circunstancia que me lo impedía: no sabía nadar. Posiblemente, a mis años ya debería haber tenido tiempo de aprender, pero a ciertas experiencias desagradables de niño se le sumaba la carga psicológica de un par de ahogados en la familia. El caso es que, con el regalo de mi prima, me despojé de la vergüenza propia y del miedo y me inscribí en un curso de natación para adultos, desde cero. A mi prima Mamen y a mi paciente monitor, Curro, les debo estar como pez en el agua en menos de tres meses. Bueno, en realidad, como me gusta decir a mí, he pasado de roca basáltica a pumita, que no es poco.

Y básicamente ese fue el año pasado, muy a grandes rasgos, muy por encima. Habría mucho más que contar, pero sobre todo ello 2014 ofrecerá oportunidades, a buen seguro. Tan solo quedaría pendiente, para la próxima entrada, un cierre de año realmente sorprendente y divertido. Os emplazo en ella y, a partir de la misma, tendremos un año por completo en el que recuperar (así lo espero) el buen ritmo del blog.

¡Gracias por seguir ahí (tras 210 entradas)!

Hace 97 años, Jack London, que había conocido la fama y el éxito partiendo de la nada, fallecía en unas circunstancias que a día de hoy no han permitido saber si se suicidó o no.

London1905

Posiblemente sea uno de los autores que más me influyó en mi infancia y adolescencia, recorriendo con sus héroes los desiertos helados donde los lobos apenas pueden sobrevivir a los crudos inviernos. Hago referencia a él en el blog porque justamente me encuentra este día leyendo una de las obras a la que no me acerqué años atrás, El lobo de mar. En ella conoceremos a uno de los personajes más carismáticos que creó el autor, Lobo Larsen (Wolf Larsen).  Os dejo con él, barruntando mi regreso.

—Usted posee todas las cualidades necesarias para ser bueno —respondió Maud Brewster.
—¿Lo ven? —exclamó a medias irritado—. Sus palabras suenan a hueco. No hay nada claro, penetrante o definido en lo que acaban de decir. No puedo cogerlo con la mano y examinarlo. No es ni siquiera un pensamiento. Es una impresión, un sentimiento, algo basado en una ilusión pero no un producto del intelecto.
A medida que hablaba su voz se fue suavizando y adquirió una nota de intimidad:
—Saben, a veces también me gustaría estar ciego a las realidades de la vida y conocer tan sólo sus fantasías e ilusiones. Son falsas, por supuesto que son falsas, y contrarias a la razón; pero la razón me dice que, por falsas que sean, soñar y vivir de fantasías siempre proporciona más placer. Al fin y al cabo, el placer es el jornal de la vida. Vivir sin placer es un acto inútil. El trabajo de vivir sin ninguna retribución es peor que la muerte. El que más goza vive más, y sus sueños y fantasías son más gratificantes para ustedes que los hechos para mí.
Meneó la cabeza despacio, meditando.
—A veces tengo dudas sobre el valor de la razón. Los sueños tal vez sean más sustanciosos y placenteros. El placer emocional es más intenso y duradero que el intelectual, porque, además, éste se cobra en depresiones. El hastío de los sentidos que sigue al goce emocional se recupera rápidamente. Les envidio; sí, les envidio.
Se detuvo de pronto y sus labios dibujaron una de sus extrañas, inquisitivas sonrisas, al tiempo que añadía:
—Les envidio con la cabeza pero no con el corazón. Mi razón hace que les envidie. La envidia es un producto intelectual. Soy como el hombre sobrio apesadumbrado que ve a unos borrachos y también quisiera estar borracho.
—O como el cuerdo que contempla a unos locos y desea ser uno de ellos —dije riendo.
—Eso es —dijo—. Ustedes son una maldita y arruinada pareja de locos sin hechos en la cartera.
—Pero gastamos con más generosidad que usted —terció Maud Brewster.
—Porque no les cuesta nada.
—La eternidad nos financia —contestó ella.
—Sea cierto o no, es lo mismo. Gastan lo que no tienen y, a cambio, reciben más gastando lo que no tienen que yo gastando lo que he obtenido con gran esfuerzo.
—¿Por qué no cambia entonces el patrón de su sistema monetario? —bromeó la señorita Brewster.
Él la miró, casi esperanzado, y dijo con pesar:
—Demasiado tarde. Quizá me gustase, pero es demasiado tarde. Tengo la cartera repleta de monedas antiguas y es muy obstinada. Ya no podrá haber otra cosa de curso legal para mí.
Dejó de hablar y su mirada ausente se desvió perdiéndose en el plácido mar. La ancestral melancolía se había apoderado de él. Todo su cuerpo se estremecía. La razón le había puesto melancólico y dentro de pocas horas el demonio de la ira se agitaría en su interior. Me acordé de Charley Furuseth; la tristeza de Lobo Larsen era el castigo con el cual el materialista expía su materialismo.

http://www.youtube.com/watch?v=A-BKyUDr8PE

Otro fragmento del libro en Homo libris.

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