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Posts Tagged ‘Félix Rodríguez de la Fuente’

Estos ismaelitas del mundo animal, aunque abundan en las regiones más agrestes de España y Portugal, raras veces se ponen a tiro. Mucho más astuto que el zorro, el lobo jamás olvida el peligro ni a su adversario, el hombre. Cuando se les alerta en una montería, los lobos avanzan lentamente, escudriñando su camino como mariscales en territorio enemigo, y al llegar a algún risco o mancha se echan, esperando la llegada de los ojeadores, que han de pasar a un lado, permitiéndoles retroceder huyendo hacia atrás.
[…]
Demasiado astuto para caer en trampa alguna, ha disminuido, sin embargo, la cifra de lobos en los últimos años, debido al empleo de veneno; creemos, sin embargo, que subsistirán los lobos en España durante siglos.

La España agreste. La caza. Abel Chapman y Walter J. Buck. (1893)

Mi nombre es Trotalomas y soy “naturómano”. Ya, ya sé que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua no incluye esta palabra. Ni tan siquiera existe, a diferencia de naturista, naturalista, naturópata, vengan o no recogidas sus acepciones en el DRAE, pero debería aparecer grabada a fuego, pues tal es la sensación que nos recorre por dentro a quienes caemos en dicha adicción. Mi primer “camello”, junto a mi padre, y a la vez que él, el que posiblemente más me haya marcado, habría cumplido hoy ochenta y cuatro años si no fuese porque en un fatídico día de hace treinta y dos le perdimos. Efectivamente, soy un adicto a la naturaleza y hablo de Félix Rodríguez de la Fuente.

Félix Rodríguez de la Fuente y un terrible lobo feroz. ;)

Félix Rodríguez de la Fuente y un terrible lobo feroz.

Si hoy día Félix levantase la cabeza posiblemente sentiría en su corazón dolor ante el tronar de las armas de fuego y el silencio del aullido del lobo. Él, que fue el precursor en nuestros país de un cambio de mentalidad, él, que hizo que las “alimañas” dejasen de serlo para convertirse en águilas culebreras, en buitres sabios, en bellas matadoras, en linces y en lobos. En animales con nombre propio, científico y poético en la voz del inmortal burgalés. Hacia el lobo, nuestro histórico rival, guardaba Félix una especial devoción, pero ¡ay!, corren tiempos aciagos para nuestro superpredador. La Junta de Castilla y León, la especialista en plagas, cansada de andar a la busca y captura de topillos, ha propuesto a la Comisión Europea que le deje jugar con el futuro de las poblaciones loberas al sur del río Duero. Para ello, el lobo debería pasar de ser considerada especie prioritaria a cinegética. Esto es, pasaríamos de proteger a la especie y su hábitat (lo que redunda en beneficio para otras especies que cohabitan en dicho espacio con el cánido) a permitir su caza.

El lobo pasaba por una situación extrema cuando, como apuntaba algo más arriba, Félix realizó una jugada maestra para salvarlo. La forma de proteger a dicha especie fue pedir, precisamente, que los lobos pudieran ser cazados. Así, la Ley de Caza de 1970 convirtió a una alimaña sin valor en un trofeo cinegético y, como tal, había que protegerlo. No se permitiría su caza salvo en determinados periodos del año y siempre con métodos autorizados. Atrás quedarían el veneno, los cepos y los lazos, al menos oficialmente, sistemas que podrían ser definidos sin pudor como de tortura y muerte. El que fuera nuestro más sagaz competidor desde tiempos ancestrales entraba entonces a nuestro salón a través de la televisión y no parecía tan fiero como lo pintaban las tradiciones orales y escritas.

Pasados los años, los pocos centenares de lobos que quedaban en la península han ido recuperándose. En el norte de España, en Castilla y León y Galicia, fundamentalmente, cuentan con poblaciones viables a pesar de las presiones que sufre la especie; fragmentación de hábitats debido a cambios de uso del suelo y a la construcción de infraestructuras lineales, caza furtiva, rechazo institucional, poco aprecio por parte del sector ganadero, hibridación con perros cimarrones (que son, en realidad, los que anotan en su haber la mayor parte de ataques a rebaños de ganado) y un suma y sigue demasiado extenso como para no preocuparse. En el sur del país la situación es mucho más problemática. En Andalucía la especie está en grave peligro de extinción y nuestro Canis lupus signatus no pasa por el mejor de los momentos. Así las cosas, resulta un despropósito plantearse siquiera que una especie tan emblemática, con tan pocos efectivos, que tanto ha costado proteger hasta llevarla a obtener una figura de protección adecuada, pase a ser un trofeo de caza. Lo que hace cuarenta años fue una visión de iluminado, una bendición de manos de Félix, hoy constituiría un atraso, un paso en falso, el reflejo de una ignorancia supina y un completo error.

Por esto, porque Félix así lo habría querido, por mor de la biofília y de la “naturomanía”, y, en definitiva, porque es parte de nuestro patrimonio natural, hay que recordar que el lobo vivo vale más que el lobo muerto. Luchemos por él, que no nos lo roben.

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Si hay un modo verbal en castellano con el que no me llevo bien es, sin duda alguna, el imperativo, máxime si viene en la forma de declamaciones grandiosas, que conminan a actuar con tanto apremio que no dejan lugar a la reflexión. Comprendo —no saben cuánto— que la común pasividad y el adocenamiento de buena parte de la sociedad puedan sacar de quicio a cualquiera que desee ver plasmados cambios que lo hagan acercarse a unos valores de justicia universal, pero la imposición no puede ser en modo alguno parte del camino a seguir para alcanzarlos, ya que esta precisamente es uno de los males a derrocar. Como en el “Canto a la libertad” del nunca suficientemente recordado José Luis Labordeta:

También será posible
que esa hermosa mañana
ni tú, ni yo, ni el otro
la lleguemos a ver,
pero habrá que empujarla
para que pueda ser.

Podré estar más o menos de acuerdo con lo anterior, pero a estas alturas y antes de que sigas divagando, Trotalomas —os diréis—, podrías explicar a qué viene semejante parrafada. Concreto, entonces. Pero tal vez no de inmediato, ya me conocéis, je, je.

Desde que tengo memoria he sentido una irrefrenable curiosidad por la naturaleza, por la ciencia y, en particular, por las ciencias que estudian la naturaleza. Entendiendo también que las actividades que desarrolla el hombre impactan en gran medida sobre ella, un sentimiento conservacionista me acompañó también desde siempre. No es de extrañar, además, siendo parte de una de las generaciones que creció cobijada bajo el ala de uno de los más grandes divulgadores que ha dado este país: Félix Rodríguez de la Fuente. Conforme pasaban los años, y aunque tanto por formación como profesionalmente he terminado siendo informático, seguía observando la naturaleza, sintiéndome vinculado a ella como un naturalista ciertamente aficionado pero no por ello menos apasionado y disciplinado en su estudio. Finalmente, como sabéis quienes seguís el blog, me adentré hace un par de años en una nueva aventura, la de estudiar Ciencias Ambientales por la UNED (ya que compaginar la vida laboral con el estudio de Biología en la universidad presencial se convertía en un reto harto dificultoso). Esta aventura me está deparando muy gratos momentos y ciertamente la estoy disfrutando, a mi parecer, más que si la hubiese emprendido sin haber estado estos años aprendiendo por mi cuenta, vinculado a personas que trabajan en pro de la defensa de la naturaleza y de la mejora de nuestro entorno, participando en asociaciones (muy particularmente en la Agrupación de Voluntariado Ambiental AUCA) donde he tenido oportunidad de aprender de mis compañeros, de trabajar manejando leyes, conocer las entretelas del urbanismo municipal, llevar a cabo actividades de educación ambiental, de anillamiento científico de aves, reforestando zonas degradadas o contribuyendo a extinguir incendios que hacían otro tanto con la vida en los bosques.

Durante estos años se han dado situaciones en las que enfrentados, por ejemplo, a un proyecto urbanístico que impactaría negativamente sobre un área protegida, los argumentos esgrimidos por miembros de otras asociaciones (con una fuerte componente ecologista, en este caso) restaban peso, que no validez, a los propios. Esto es, en un pleno municipal donde se está debatiendo la idoneidad o no del proyecto no es de recibo presentarse con una bolsa de tierra negra y esgrimirla como si de un arma se tratase para argumentar que los terrenos, no por baldíos, han de ser poco productivos: «¡Arena del desierto convertida en tierra fértil por la adición de restos de podas y limpieza de hojarasca! Existen técnicas que convertirían esas tierras de secano en tierra productiva de vega», argüía nuestro acompañante. Después de esta afirmación que no tiene en cuenta el equilibrio de los ecosistemas ni unas mínimas premisas en lo tocante a la edafología, a ver cómo dotas de peso lo que tenías pensado decir acerca de las repercusiones sociales y ambientales del proyecto, con datos correlacionados de proyectos de similares características en otras ubicaciones. Como suele decirse, con amigos así quién necesita enemigos.

A estas alturas habréis comprendido de qué va la entrada. Resulta más que comprensible que, en ocasiones, nos expresemos con vehemencia cuando vemos peligrar algo que amamos, sobre todo cuando ves que mucha gente permanece alienada por un sistema que ha sido diseñado precisamente para manejar con facilidad a las masas. Pero un discurso marcado por el alarmismo y que incita a la acción de forma irreflexiva está abocado al fracaso.

Uno de los colectivos que adolece de este problema es el de los animalistas, es decir, de personas y asociaciones que defienden los derechos de los animales. Obviamente cualquier generalización supone sesgar la verdad y dentro de cualquier agrupación hay personas muy válidas, sensatas y coherentes con sus ideas, pero la percepción que he ido adquiriendo del movimiento, en general, es la de que la histeria ha venido a sustituir a la vehemencia que mencionaba anteriormente. He llegado a darme de baja de listas de distribución de correo y a huir de grupos de este tipo en redes sociales básicamente por lo tremebundo y apremiante de los mensajes que enviaban. Mensajes donde la corrección ortotipográfica y la “netiqueta”, dicho sea de paso, brillaban por su ausencia. Para muestra, un botón (o varios, basados en mensajes reales):

LE SACRIFICAN MAÑANAN !!!! HEMBRITA JOVEN, PERRER MADRID !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Contacto para salvarle: xxxx@xxxmail.com DIFUNDE¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡

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ADOPCIÓN O SACRIFICIO!!! OS PEDIMOS AYUDA PARA DIFUNDIR Y ETIQUETAR A ESTA PRECIOSIDAD QUE VAN A MATAR.

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Acabo de recibir este correo, por favor es muy urgente, la sacrifican mañana. Por favor, urgentísimo, confirmado por XXXXXXX hoy XXXXXXX.
Nadie se ha interesado por este pequeñajo. Le queda 1 día como mucho. Es verdad, no es para agilizarlo, es la puta realidad. Por favor ¿hay alguien que pueda ayudar a XXXX a sacarlo hoy de la perrera de XXXX en XXXXXXX? Se lo cargan YA¡¡
Contacto urgentísimo: XXXXXXXX xxxxxx @xxxxxmail.com TELEFONO: XXXXXXXX MUY URGENTE ¡¡¡ Lo sacrifican MAÑANA!!!—HOY

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upps!!! no le deseo el mal a nadie pero el novillero se lo merece!!! Muy machito al principio y luego ????? Creo que solo el Toro le dio una probadita de lo que el siente durante toda su patetica y absurda feria Taurina!!! YO SI LE VOY AL TORO!!!

Aunque la intención sea más que loable, lo cierto es que la forma en que se lleva a cabo la difusión de información no puede ser más nefasta. Posiblemente quienes se encuentran dentro de ese círculo no perciben realmente el impacto que causa la forma en que transmiten las noticias, pero más de una persona puede sentirse intimidada y mostrarse entonces reacia a colaborar o a simpatizar con el mensaje y el mensajero: justo lo contrario de lo que se pretendía. Convendría recordar aquí el concepto de perfil psicográfico y cómo determina el modo en que reaccionamos ante algo novedoso, una propuesta o reto. Os remito, por ejemplo, al artículo de George Marshall en Yes! Magazine sobre las actitudes frente al cambio climático, “Why We Find It So Hard to Act Against Climate Change”.

Otra opción inadmisible es usar la violencia para dar visibilidad a las acciones de protesta o para alcanzar unos fines. Por ejemplo, la quema de campos de transgénicos por parte de activistas de Greenpeace les deslegitima. Uno puede estar más o menos de acuerdo con el uso de los trangénicos o plantear alternativas a su uso. Pero la violencia no engendra más que violencia y rechazo. Una buena argumentación bien documentada convencerá, o no, a una persona para que se sitúe en una postura en contra de los transgénicos, o del modelo de agricultura al que van ligados, o al sistema productivo en general, pero un acto delictivo solo da argumentos a quienes ven en él una muestra de intransigencia y fanatismo. No se trata de una tarea sencilla y no es susceptible de convertirse en simplista (ni por parte de quienes no desean los transgénicos ni por la de quienes los ven absolutamente necesarios para una población creciente): los transgénicos forman parte de un complejo sistema donde entran el modelo de sociedades actuales, el crecimiento poblacional, el incremento en el consumo de recursos per cápita, el modelo productivo… Su producción va ligada a una agricultura industrial que, por otro lado, también existe sin ellos y que forma parte del problema. Esa agricultura existe porque cada vez somos más humanos en el planeta y consumimos mayor cantidad de carne. Cada vez somos más porque se ha mejorado la sanidad, el acceso a los alimentos y a la energía. Pero el planeta es finito y se impone una decisión: dejar de crecer si ese crecimiento hipoteca el de las generaciones venideras o seguir haciéndolo y confiando en unos avances tecnológicos que no sabemos si se producirán o, en el caso de los existentes, qué repercusiones tendrá su uso sobre el entorno.

En definitiva, hay que informar, hay que crear opinión pública, hay que fomentar la crítica (incluyendo la autocrítica, por supuesto) y la formación de una población que sea capaz de entender a los científicos y exigir a sus políticos el cumplimiento de unas medidas que hagan posible la vida sobre el planeta en términos de justicia y equidad intergeneracional e interespecífica. Y para ello se hace necesario el uso de un lenguaje apropiado, sustentado en realidades y que despierte conciencias, no que las ahuyente.

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Una vez más, amigo Félix, felicidades en tu cumpleaños.

Hemos de hacer todo cuanto esté en nuestras manos, hemos de luchar juntos, unidos, tenazmente, para que, como ha muerto la roca de los halcones, no muera también una roca mucho mas grande, una roca redonda, inmensa, una roca con corazón de hierro y basalto, una roca con piel de agua y nubes, una roca con voz de trinos de pájaros y rumor de brisa, en la que se está mezclando con demasiada fuerza el estruendo de las máquinas inventadas por los hombres; una roca que viaja por el espacio tripulada por la especie humana y por todos los animales vivientes; una roca que a mi me gusta llamar planeta azul.

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La música tradicional irlandesa me enamoró la primera vez que la escuché. La “música celta”, ese cajón de sastre en el que se encierran las músicas folk de tantos lugares amados, que pierden el nombre, siempre sonoro (Galicia, Irlanda, Escocia, Bretaña…) cuando con sus acordes diluyen las fronteras hasta hacerlas desaparecer.

Hoy, tras un día bastante agotador, llego del trabajo para encontrarme con la grata sorpresa que Rocío, mi pareja, me ha preparado: Paddy Moloney me hace entrega de un billete Dublín-México: “San Patricio”. Sí, como lo oyen, la música del último disco de los irlandeses lo llena todo, las gaitas juegan con las guitarras y The Chieftains, siempre geniales, me transportan de inmediato hasta México y me brindan el reencuentro con alguien que es más que un amigo; Sergio, mi carnal, el amigo que siempre estuvo ahí (tantos años ya, ¿verdad?) y con el que, curiosa incongruencia, por mucho tiempo que pase pareciera que nos vimos el día anterior cuando nos reencontramos y, sin embargo, al separarnos aunque sea por unos días el tiempo parece demorarse, empecinarse en no permitirnos volver a vernos, algo que siempre tarda demasiado.

Hace unos días preguntaba a Alberto, otro gran amigo, y a Sergio por sus recuerdos sobre Félix, al que pretendía homenajear humildemente desde este blog. Quedaba pendiente mi entrada, en parte porque ellos resumían a la perfección buena parte de mis sentimientos hacia el maestro, hacia este querido doctor que supo cambiar la forma de pensar de todo un país. La pasada semana asistí junto a Alberto a unas jornadas que se celebraban a caballo entre Málaga y Granada, donde se pretendía recordar su figura y que contaban con la presencia de algunos de sus colaboradores (me encantó escuchar a Carlos Sanz García hablándonos del lobo ibérico). Para muchos, Félix sigue vivo en su legado y, aunque nos dejó una herencia inseparable del trabajo duro en pro de la conservación de la naturaleza, lo cierto es que resulta impagable este sentimiento que despertó, o más bien alimentó, en todos nosotros.

Recuerdo, cuando niño, cómo salía al campo armado de bolígrafo, bloc de notas, algunos tarros y un cazamariposas de fabricación casera dispuesto a perderme en el infinito “bosque” de la Vega de Granada, a localizar barbos en el Genil y a explorar las lomas y barrancos de nuestra querida Dehesilla, queriendo ser Félix. Cada noche en la que emitían “El hombre y la Tierra” era una fiesta, leer Fauna una aventura y emular a Félix una necesidad.

Araña

Un bonito ejemplar, cortesía de Lammermoor & Cía. ¡Gracias!

Ahora que The Chieftains me llevan a México, aprovecho la oportunidad para abrazar a Sergio, para mandarle a Pati muchísimos besos y decirles que se les echa infinitamente de menos. Y dirán ustedes, los demás que leen ahora estas palabras, que a qué viene este batiburrillo de sentimientos, de viajes (aunque sean, de momento, simplemente de corazón), este conjunto de pensamientos sin más orden o concierto que el que imponen las notas de la música tradicional mexicana hilvanadas en la tonada de la gaita. Viene, amigos míos, a que eso es Félix para mí: pura esencia de vida, curiosidad insaciable por conocer cuanto nos rodea y fuerza para defender hasta el fin aquello en lo que creemos. En definitiva, creo que echamos de menos a Félix porque, como él, sentimos la necesidad de disfrutar y sentir la vida hasta el último aliento sin dejar, jamás, de luchar por nuestros sueños. Un objetivo este del que, aunque por diversas circunstancias -¡ay!- he tenido que apartarme en algunas ocasiones, sigue atrayéndome como el Norte a la aguja de una brújula.

Sea como fuere, va a resultar que este no ha sido un día tan malo. Gracias, preciosa.

Gracias, amigos.

Hasta cada momento.

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Recordar a Félix es acordarme de la infancia, de los primeros años siguiendo al maestro. No recorrí el camino solo sino, por contra, con la mejor compañía posible. Creo que pocas personas me conocen y saben de mi pasión por la naturaleza como Sergio, mi amigo de tantos años y tantas vivencias. Ni el tiempo ni la distancia han podido, ni podrán acaso, minar la profunda amistad que nos une. Por eso, no podía dejar pasar en esos días la oportunidad de que nos regalara algunas palabras en torno a la figura de Félix y lo que supuso para él seguirle. Os dejo con Sergio, que nos cuenta que…

Cuando me planteo en soledad por qué me hice biólogo, recorriendo mentalmente el camino que me ha conducido a esta profesión, invariablemente comienzo evocando la imagen de un gran sol rojo saliendo de detrás de una encina. Esa imagen la tengo muy grabada en lo más profundo de mis recuerdos. Y esa imagen que evoca mi mente, aparece indisociablemente con un fondo de música instrumental, muy basada en la percusión, que me pone la piel de gallina, que me llena de recuerdos vivísimos, sobre todo en compañía de mi mejor amigo de la escuela (¡aquella E.G.B.!) con el cual compartía (y comparto) mi primera y más arraigada afición que jamás he tenido, y que ha conducido profesionalmente mi vida. Si empiezo a indagar más en los recuerdos, tengo que reconocer que también los primeros libros que ojeé, sentado a horcajadas en el sofá del salón de la entonces casa familiar, eran tomos de una enciclopedia, con cubiertas marrones y con un animal grabado en bajo relieve, y que me aseguraban penetrar en un mundo fascinante de criaturas extrañas y paisajes idílicos alrededor del planeta Tierra. Recuerdo que acariciaba al animal grabado en la portada, contorneando su silueta con las yemas de mis dedos, y para cada tomo un animal distinto, como para grabarme su figura con el tacto y poder identificar a esa especie, en las circunstancias que fueran, desde aquellos días hasta hoy mismo. Casi se puede decir que aprendí a leer con los pies de foto de aquellos entrañables libros. Esos libros, que guardo como tesoro, son los tomos de la enciclopedia FAUNA.

Y es que para mí, como para muchos niños de aquellas generaciones, la obra de Félix Rodríguez de la Fuente tuvo una fuerte influencia en mi vida. Recuerdo perfectamente que el sólo sonido de aquella música con la que se introducían los capítulos televisivos del “Hombre y la Tierra” me hacían dejar lo que tuviera entre manos para sentarme delante del televisor con la finalidad de no perder ni un ínfimo detalle de todas las imágenes y todas las palabras que me conducían al maravilloso mundo de la naturaleza ibérica. Acompañados de la voz de Félix, vimos jugar a los lirones caretos dentro de troncos de árboles caídos; atendimos a la historia increíble del gran macho montés que, rendido de su última batalla, recordaba toda su vida mientras esperaba la inevitable muerte en fauces de los lobos; conocimos Doñana en sus cuatro estaciones del año; observamos los lances de los halcones peregrinos en las estepas castellanas; nos hicimos amigos de Taiga, el azor; aprendimos los secretos del bosque; lloramos la muerte de las camadas de lobos en manos de cazadores; admiramos los paisajes de Cazorla, el cañón del río Lobos, las Tablas de Daimiel o el refugio de rapaces de Montejo de la Sierra; descubrimos el sigilo del lince (príncipe del bosque), las aventuras del señor raposo, a los piratas de la espesura, la soberbia del Gran Duque, y a un sinfín de pobladores de los montes y bosques de nuestra tierra.

El pasado domingo 14 de febrero, de este 2010, se cumplieron los 30 años del fatídico día en que la vida lo abandonó. Un accidente de avioneta en Shaktoolik (Alaska) mientras filmaba la “Iditarod Trail Sled Dog Race” (la carrera de trineos tirados por perros más dura del mundo) nos arrebató a un genio de la oración y de la divulgación de la naturaleza, a un enorme naturalista con aires científicos muy entusiasmado por el comportamiento animal, por la diversidad natural y admiró profundamente a unos seres con los cuales siempre se identificó y de los cuales siempre se acompañó. Murió el día de su cumpleaños, como cerrando un ciclo perfecto en la temporalidad en que medimos el transcurso de la vida. Justo 52 años. Y con él murieron también el cámara Teodoro Roa, el ayudante Alberto Mariano Huéscar y el piloto Warren Dobson; todos grandes profesionales a los que también dedico un recuerdo de su fantástica labor como participantes en el equipo de filmación en Alaska. No hubo supervivientes.

Ese 14 de marzo de hace 30 años, los habitantes de los bosques caducifolios, de la taiga y de las selvas tropicales; de los ríos, desiertos, sabanas y estepas; de las montañas, los hielos y el matorral mediterráneo, lloraron la pérdida de un amigo, de un compañero que luchó contra viento y marea por su protección a pesar de que corrían tiempos difíciles para la fauna y flora. Porque hasta la aparición de Félix, tanto la capacidad de destrucción del hombre como la secular consideración de que los otros habitantes de este planeta eran seres inferiores, como objetos para uso y disfrute del ser humano, estuvieron a punto de extinguir numerosas especies, hasta el punto de que muchas de ellas no existirían hoy día. Se opuso duramente a la ley de alimañas que daba la luz de salida al exterminio de los depredadores (y con ellos, probablemente, al colapso de los ecosistemas). Luchó contra la persecución de lobos, osos, águilas y linces, que han sido nuestros vecinos desde la prehistoria. Se alió con las encinas y robles que componen los bosques ibéricos para que no fueran transformados en “tristes y utilitarios regadíos”. Como por arte de magia, transformó el corazón de las gentes, la visión del pueblo hacia una naturaleza infravalorada, hasta conseguir la protección legal de especies y ecosistemas que años antes hubiera sido imposible concebir como protegidos.

Félix Samuel Rodríguez de la Fuente, el amigo Félix, el verdadero amigo de los animales, fue un gran orador. De eso no cabe duda. Tanto su voz penetrante como su rico léxico dejaba embelesado a todos los oyentes, pero siempre en el idioma de la gente sencilla, de la gente llana, de la gente que colmaba los pueblos de entonces. Tenía mucho poder explicativo y de convencimiento. Esa era su herramienta de trabajo. Fue capaz de hacer comprender la necesidad de naturaleza que tenemos las sociedades humanas, haciendo participe al propio ser humano como elemento del ecosistema, argumento que era infalible hasta para el más citadino de los hombres: el hombre era una especie más de la red de lo vivo. Y eso siempre lo tuvo muy claro, pues fue un gran admirador de las culturas ancestrales con las que tuvo la dicha de interaccionar en sus viajes a África, Sudamérica o la misma Alaska; y supo visualizar qué tan perfectamente funciona la biosfera cuando el hombre no reniega de su papel como especie integrada a un ecosistema.

Además, fue muy innovador en su obra, tanto en la fílmica como en la escrita. La serie de fascículos de Fauna, de la editorial Salvat, fue la primera obra de fauna ordenada según las grandes regiones biogeográficas en las que se divide el mundo, permitiéndonos así una amplia visión en conjunto de las comunidades faunísticas y su interrelación, de los ecosistemas donde desarrollan sus actividades, de las adaptaciones que les permiten sobrevivir y de la evolución como respuesta a las condiciones de clima y geografía. Nos mostró las especies que coexisten en un mismo lugar y cómo se relacionan entre ellas; hecho este que repitió en sus filmaciones dando la que fue, probablemente, la serie española de documentales de fauna más espectacular de las realizadas hasta la fecha, y en mi opinión, no igualada: “El Hombre y la Tierra”. Nos enseñó a amar la naturaleza bajo la premisa de comprenderla; porque sólo comprendiéndola podía ser amada.

Aunque la divulgación de la naturaleza mediante sus obras escritas y sus documentales fueron los que lo lanzaron a la fama internacional, Félix fue conocido también como un gran cetrero entre aquellos que comparten esta actividad. Hizo una verdadera investigación sobre el arte de la caza con aves rapaces, desempolvando libros medievales como El libro de la caza de las aves de D. Pero López de Ayala, o El libro de la caça de D. Juan Manuel. Escribió numerosos artículos en revistas y periódicos sobre este arte milenario culminando con su famoso libro El arte de la cetrería que es hoy día imprescindible para aprender cetrería en casi todo el mundo. Y, seguramente, si se tuviera que nombrar al mejor cetrero de Europa del siglo XX, todos los que comparten esta afición no dudarían en nombrar a Félix Rodríguez de la Fuente. Hizo volar desde su puño halcones, águilas, azores y gavilanes de todo tipo. Apasionado del vuelo de estas magníficas aves, disfrutaba de las piruetas de aquellos halcones baharíes en sus queridas estepas castellanas, muchos de los cuales fueron protagonistas en sus documentales.

En resumen, Félix era un genio. Un genio de la divulgación, un genio de la pasión por la naturaleza. Pero sobre todo, fue un genio por inculcar a tantos de nosotros el amor a la naturaleza, sabiendo lo importante que es, precisamente, porque nosotros mismos somos parte de ella. Amor que había desaparecido en los hombres hace muchos años en este mundo industrializado y que, gracias a una persona como él, conseguimos de nuevo adquirir. Muchos de nosotros, que veíamos sus documentales, que leíamos sus libros y sus artículos en periódicos, que escuchábamos sus charlas, sus intervenciones en la radio, en televisión, etc., lloramos amargamente aquél día. La noticia de la muerte de Félix fue un jarro de agua fría. Fue una pérdida similar a la de un familiar, a la de un amigo empeñado en hacernos acompañarlo todos los días al campo, para enseñarnos lo maravilloso que es nuestro mundo. Hace 30 años murió Félix, dejando el mundo mejor que lo encontró, y dejándonos un legado de conservacionismo que aún pesa mucho entre nosotros. No podemos ni debemos olvidar eso. Al menos yo no lo olvido. Aún cuando me pregunto quién soy, a qué me dedico, sigo escuchando esa música… sigo viendo el sol rojo saliendo detrás de la encina.

Sergio de Haro Guijarro

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Félix nos dejó. No se fue solo. Con él perdimos a Teodoro Roa, Alberto Huéscar y el piloto de la avioneta, Warren Dobson. Pero, sobre todo, se marchó el adalid de la naturaleza, el amigo de los animales, la voz de quienes no pueden defenderse.

De él nos queda su figura, su labor, el legado de su obra y el amor por la naturaleza en un país que, antes de que él la descubriera para todos, trataba a cualquier animal del que no se pudiera sacar un provecho directo como alimañas.

Hasta cada momento, amigo Félix. Sigues vivo en el corazón de muchos de nosotros.

Para saber más:

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Preguntado mi buen amigo Alberto por su visión sobre Félix, por lo que representó en su vida y su evolución personal, este nos cuenta que…

Recuerdo perfectamente el momento que vi por primera vez “El hombre y la Tierra”, era el capítulo dedicado a las rapaces nocturnas, y aquellas palabras: “ Queridos amigos, como en las películas de ciencia ficción esto es una guerra acústica, se trata de huir sin ser escuchado”, mientras un búho chico acechaba a un ratoncillo de campo me hicieron abrir los ojos sobremanera y, a partir de aquel instante,  me convertí en Félixiano ; mi curiosidad por las rapaces nocturnas perdura desde entonces.

Como a tantos españoles, yo fui uno más a los que Félix Rodríguez de la Fuente marco irremediablemente, para siempre. Por mi edad, no pertenezco a esa generación que creció con Félix, sino a esa otra generación que lo conoció cuando ya era leyenda. Desde que tengo uso de razón, crecí con una desmesurada curiosidad hacia lo animal, pero que se incrementó con dos buenas razones. La primera, mis orígenes maternos, enclavados cerca del Refugio de Rapaces de Montejo de la Vega (Segovia), fundado precisamente por Félix, y en el que se respiraba naturaleza salvaje por doquier. La segunda es Félix Rodríguez de la Fuente en sí mismo.

Mi padre guardaba en un rincón de la estantería el primer tomo de la Enciclopedia Fauna, que nunca llegó a completar. Era uno de los tomos dedicados a África; la impresión desprendía un olor que le daba un toque especial. No sé cuantas veces habré tenido ese tomo en mis manos, desde que miraba las ilustraciones porque no sabía leer, a los innumerables dibujos que hice mirando su láminas, hasta conseguir que las pastas quedarán lisas, sin las letras doradas características, desgastadas por el uso. Cuando tuve diez años, conseguí ahorrar cinco mil pesetas, que fueron destinadas a comprarme la enciclopedia entera de segunda mano,  convirtiéndose en mi mayor tesoro.

Recuerdo que grababa cada capítulo de “El hombre y la Tierra” con un viejo casete, ya que en aquella época el vídeo sólo estaba al alcance de algunos afortunados. Conseguí crear una colección enorme, diseñando cada carátula, lo que me llevo a casi memorizar el diálogo de cada capítulo.

A lo largo de los años, con más uso de razón, fui profundizando en la obra de Félix, consiguiendo otras publicaciones y comprendiendo la huella que Félix dejo en la sociedad. De toda la obra de Félix, hubo una frase, que se me marcó a fuego en lo más profundo de mí, y que es la que mueve mi mundo, para lograr que nunca se produzca.

“El día que España se haya transformado en un inmenso criadero de perdices y hayan desaparecido los azores, los halcones, las águilas y todos los hermosos y necesarios animales carniceros; el día que hayamos conseguido una fauna mutilada, chata y unilateral; el día que podamos ufanarnos de matar miles de perdices en todos nuestros ojeos, habrá llegado el principio del fin (…)”.

Estos recuerdos, de abuelo Cebolleta, son una parte de lo que Félix produjo en mí, y seguramente muchos son comunes  a los que tienen todas aquellas personas que estamos ligados de una forma u otra a lo natural.

Muchos dicen que Félix consiguió crear conciencia aprovechando las oportunidades que le brindó una sociedad que empezaba abrir los ojos. Yo creo que Félix hubiera marcado esa huella en cualquier época en la que hubiese vivido. Si consiguió todo lo que consiguió, con un medio que tenían uno de cada diez españoles… ¿os imagináis que hubiera sido capaz de hacer si hubiera tenido Facebook?

A.F.H.

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