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Posts Tagged ‘reciclaje’

El primero de los ejercicios del “Curso de periodismo ambiental” que estoy haciendo proponía un estudio y reflexión del siguiente vídeo, que me encantó:

Hoy es el Día de la Tierra, y la lectura de otra carta debería hacer que nos preguntásemos: ¿deseamos vivir o sobrevivir?

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Lo he visto mientras me ponía al día con las entradas de algunos de vuestros blogs y me ha encantado. Txema, en su blog 1/4 de ambiente nos invita a la reflexión en torno a las conocidas “R” (en su versión clásica, “Reducir, reutilizar y reciclar”) y la importancia del orden de los factores en este caso: “La primera R es la que cuenta”.

El vídeo es genial y me permito la licencia de traéroslo en esta brevísima entrada, ya que en su día hablé sobre este tema en un par de ocasiones (sobre las actitudes de la ciudadanía y en torno a una presentación que me llegó por correo eletrónico)

Salud.

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Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Julio Cortázar, “Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj”.

Soy un informático atípico. No es que yo lo quiera así, ni tampoco que deje de hacerlo, pero lo soy. Más que geek me considero, en ocasiones, un nostálgico de la tecnología. De los ordenadores de 8 bits, de un mundo donde las relaciones personales se sobreponían a las limitaciones tecnológicas del momento con ánimo, honestidad y cariño. Considero que los avances tecnológicos (al menos los alcanzados en el sector que me ocupa profesionalmente, el de la informática) se sustentan en la ineficiencia. Hemos avanzado tanto que matamos moscas a cañonazos y, de paso, agotamos toda la pólvora. De esto hablaré algún día a través de un nuevo proyecto que acabo de poner en marcha, de forma paralela a mi remozado Lobosoft,  el blog de Informática, sociedad y medio ambiente.

De cualquier modo, de lo que quería hablar hoy es de cómo un artilugio que hace tres lustros era visto únicamente en películas de James Bond y similares pasó a convertirse de elemento útil para ciertas personas a objeto de deseo de la población, elemento indispensable de nuestras vidas y elemento perecedero sujeto a cambios de la moda gracias a una querida (y errónea, a mi parecer) picaresca en su renovación: el teléfono móvil.

Tengo móvil desde hace unos cuantos años; me hice con él cuando buena parte de la gente ya había cambiado alguna vez de modelo para, creía yo, usarlo como apoyo si alguna vez me quedaba tirado en la carretera con el coche o en el monte (donde descubrí después que, por aquel entonces, apenas había cobertura con la compañía con la que operaba  en aquel entonces a poco que te salieses de los núcleos urbanos). Después fui viendo como cada vez se imponía más su uso, se abarataban hasta cierto punto los costes de las llamadas y empezaban a pedirte su número en encuestas, solicitudes de trabajo, de estudios… El móvil había llegado a todos los sectores de la sociedad. Y comenzó a ser objeto de cambio en las transacciones con las compañías telefónicas dentro de la guerra por tener más usuarios. “Me quedo contigo si me das tal móvil a menor precio”; “Sí, he solicitado la ‘portabilidad’ de número, pero no me voy si me das gratis aquel móvil”; “Señor, le informamos de que tiene tropecientos mil puntos gracias a los cuales podrá conseguir cualquier móvil de nuestro catálogo a bajo precio”; “Señora, aproveche ahora la oferta de móviles: le ofrecemos este modelo gratis por 1000 puntos y su permanencia en nuestra compañía durante un año más”.

Suelo dejarme el móvil olvidado en casa, a veces no lo enciendo durante días, no le presto la menor atención a menos que espere alguna llamada o sepa que pueden llamarme por alguna urgencia. Tal vez por eso me molesta encontrarme con varios mensajes publicitarios de la compañía a la que pago religiosamente cada mes por sus servicios diciéndome que puedo cambiar cada año gratis de móvil. Que es su compromiso hacia mí, como cliente. También es posible que acoja con cierto grado de desidia las noticias de los conocidos que me comunican, algunos con ilusión, otros con mirada pícara y aire de suficiencia, que han conseguido un modelo de móvil ultramoderno simplemente solicitando un cambio de compañía, esperando la llamada de la propia y haciéndose de rogar. Que nada de malo tendría, por otro lado, si necesitasen el teléfono (se les ha averiado o no funciona bien por algún motivo y, al fin y al cabo, las empresas también hacen su buen agosto a costa de las tarifas que aplican y de engaños de todo tipo al consumidor), pero que me indigna si ese cambio se produce cada seis meses, o cada año, o cuando sale un modelo nuevo al mercado que nos tienta con sus sonido envolvente y su capacidad de conexión a redes inalámbricas. Entonces pienso en el coltán necesario para fabricar esos móviles, en el sufrimiento que hay detrás del mismo, en lo innecesario de tantas de nuestras “necesidades”.

Si atendemos a la definición de Economía dada por algunos autores, “la economía es la ciencia  que se encarga del estudio de la satisfacción de las necesidades humanas mediante bienes que, siendo escasos, tienen usos alternativos entre los cuales hay que optar”, según definición de Lionel Robbins, y para Engels “la economía política es la ciencia que estudia las leyes que rigen la producción, la distribución, la circulación y el consumo de los bienes materiales que satisfacen necesidades humanas”. Es posible la elección, sí, pero ¿cuáles son las necesidades? ¿Las básicas para la subsistencia o se incluye también ahí el mero capricho? ¿Dónde se impone marcar un límite cuando estas necesidades son siempre crecientes? ¿Cuando para muchos no es posible esta elección y no ven cubiertas las más mínimas con alguna garantía? No siempre más es mejor, ni lo más novedoso tiene porqué satisfacernos realmente. Y lo material, los artículos de consumo, siendo necesarios en muchos casos, no pueden (ni deben) sustituir a los valores morales o aquellos otros, intangibles, que nos hacen ser verdaderamente humanos.

Por todo eso, y aunque realmente no soy nadie para decirle a cualquier otra persona lo que debe (o más bien, lo que debería de) hacer, lo cierto es que me gustaría pedir que se actuase con cordura, que ya no solo con la telefonía móvil sino con cualquier objeto de consumo: que seamos consumidores y no consumistas. Todos tenemos nuestros pequeños caprichos y no se trata de vivir en completa austeridad pero sí que se hace cada día más necesario ser coherentes con las limitaciones que nos impone el planeta en que vivimos y con el dolor ajeno que, al fin y al cabo, es el que paga los excesos de un conjunto ínfimo del total de la Humanidad.

Por último, a mi actual compañía le he escrito  solicitando información sobre si es posible que el importe de ese “móvil gratis que se comprometen a permitirme cambiar cada año” pueda dedicarse a algún fin humanitario, ya que en mi caso no cambio de teléfono a menos que se haya roto el que uso en cada momento. Si se dignan a contestarme os haré saber su respuesta.

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No, no se trata de la entrada (como “artículo”) del blog sino del comienzo del episodio “MonkeyBART” de la serie de animación norteamericana “Los Simpson” que ha creado Bansky, el artista urbano, anónimo pintor de grafitis que se emitió el pasado 10 de octubre en EEUU y que pude ver ayer. Tras la emisión del mismo se ha desatado la polémica y es que el vídeo, como podréis apreciar si aún no lo habíais visto, se las trae. Pero no porque sea duro en sí mismo, que lo es, sino porque ha puesto en evidencia cómo una serie inicialmente crítica y ácida con la sociedad norteamericana como era  “Los Simpson” no es más que otro producto de consumo de este capitalismo desbocado que gobierna la práctica totalidad del globo terráqueo. Algo que ya se sabía pero que presenta ahora la ironía de ser criticado desde su propio formato y espacio.

La entrada me viene, además, que ni pintada como introducción a un próximo texto que quiero traer al  blog: “China Blue”. Pero eso será dentro de unos días. Entretanto os dejo con el comienzo de “MonkeyBART”:

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Hace tiempo tenía una sección en otro de mis blogs llamada “¡Por fin viernes!”. En ella publicaba, cada viernes (obvio, ¿verdad?), una breve selección de artículos que habían llamado mi atención durante la semana y que creía que podrían interesar a los lectores del blog. Durante la última semana he estado solucionando un problema con un ataque hacker a Lobosoft.es y se me ha ocurrido que, como hasta dentro de casi un mes las andanzas de este trotalomas que escribe se restringirán casi exclusivamente a los trazos de mis apuntes y los libros de texto (ni tan siquiera los reseñables en Homo libris tendrán, por desgracia, un espacio destacado), podía retomar esa buena costumbre y dejar por aquí enlazadas algunas entradas y noticias que me han interesado estos días. Es más, alguna de las temáticas sobre las que tratan quería que llegasen al blog en algún momento, como es el de la Biodiversidad y el discurso “paraecologista” que en torno a esta se está llevando a cabo (me consta que es necesario educar y formar, enseñar a valorar, pero sin dejar de lado la existencia de un problema cada vez más grave sobre el que convendría concienciar. Es lo de siempre: hacer que hacemos sin hacer nada).

En fin, no me enrollo más. Ahí van las entradas de la semana.

  • Keko Bola nos habla sobre biodiversidad y sobre la huella ecológica de nuestra especie en su entrada “¿Valgo más muerto que vivo?”, un artículo de lo más interesante y documentado que invita a la reflexión y la autocrítica.
  • También me he encontrado con una simulación de lo más impactante sobre los niveles que alcanza el tráfico aéreo en nuestros días. Llama la atención en qué regiones (y entre cuales de ellas) se produce un mayor número de vuelos (y, por ende, un mayor aporte de contaminantes a la atmósfera así como en la necesidad de insumos para mantener el nivel del sistema productivo). Este vídeo enlaza a la perfección la entrada anterior con la siguiente de nuestra lista.
  • Cuando el Eyjafjalla entró en erupción se me pasó por la cabeza que sería muy interesante contrastar hasta qué punto su nivel de emisiones era compensado por la reducción que se habría producido por el cierre del espacio aéreo europeo. Poco después comprobé que no era el único que había tenido la idea y que varios sitios webs constataban que el Eyjafjalla emitía menos CO2 a la atmósfera que los aviones paralizados. Está claro que el CO2 no es más que uno de los gases invernadero que entran en juego dentro del problema del cambio climático, pero actualmente es el indicador más usado (y esperemos no tener que vérnosla con el metano, por ejemplo), por lo que la comparación me parece interesante, máxime cuando es uno de los argumentos esgrimidos en contra del cambio climático en el documental “La gran estafa del calentamiento global” (sí, de este verano no pasa que lo traiga al blog junto a “Una verdad incómoda”). Salvando el hecho de que se incrementaron enormemente los transportes por mar y tierra, lo cierto es que este hecho resalta algunos aspectos que me parecen bastante llamativos: la dependencia que tenemos de otras regiones en un mundo tan globalizado como este; lo insignificantes que podemos llegar a ser cuando la Tierra se manifiesta con fenómenos como este, o como los terremotos que, por desgracia, han sufrido algunos países este año. En esta web podemos ver otro vídeo con una simulación del restablecimiento del tráfico aéreo en Europa, también muy impactante.
  • Hoy mismo me encontraba, además, con una noticia bastante llamativa: “España aprueba experimentos con transgénicos en 64 localidades”. Tras ser el primer productor europeo de OMG, seguimos a la cabeza de la experimentación con estos productos que pueden ser uno de los problemas perversos más peligrosos con los que podríamos enfrentarnos si, como denunciara Commoner en su día, permitimos que la tecnología adelante al saber científico.
  • Si nos preguntamos cómo podemos cambiar esto, deberíamos pensar en si hoy deciden los políticos que nos “representan”, o lo hacen por ellos el mercado. Desde hace ya muchos años son las grandes multinacionales y los bancos quienes deciden el rumbo que toman los países. Caemos y pagamos sus crisis pero, ¿quién decide en último término qué comprar? No cabe duda de que el sistema productivo impone al consumidor su criterio (es la cinta sin fin de la producción), pero nosotros, como consumidores, podríamos contribuir a cambiar el sistema con el voto de cada uno de nosotros, no con el que depositamos en las urnas cada cuatro años, sino en la tienda, el supermercado o el centro comercial cada vez que pasamos por la caja. Sobre  esto se reflexiona en Aventuras y desventuras de un Ambientólogo.com.
  • No todo ha sido malo, en cualquier caso. La crisis nos enseña algo que no nos convendría olvidar: “no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita”. Os dejo con el buen sabor de boca de las fotografías de Sekano en “La Habana”, la hermosísima Libellula quadrimaculata de Silvia en “A través de mi visor” y las experiencias de Javier con un pequeño búho real, momentos que nos enriquecen verdaderamente.

Además de todo lo anterior tendría que añadir que este blog recibió un (inmerecido, qué duda cabe, pero muy agradecido) premio que espero replicar pronto aquí. A ver si de este fin de semana no pasa que traiga aquí el Premio Blog de Oro que mi visor tampoco puede dejar escapar. 😉

Disfrutad del campo los que podáis, y los que no, de todo lo bueno que tengáis cerca. ¡Buen fin de semana!

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