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Posts Tagged ‘reciclaje’

El primero de los ejercicios del “Curso de periodismo ambiental” que estoy haciendo proponía un estudio y reflexión del siguiente vídeo, que me encantó:

Hoy es el Día de la Tierra, y la lectura de otra carta debería hacer que nos preguntásemos: ¿deseamos vivir o sobrevivir?

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Lo he visto mientras me ponía al día con las entradas de algunos de vuestros blogs y me ha encantado. Txema, en su blog 1/4 de ambiente nos invita a la reflexión en torno a las conocidas “R” (en su versión clásica, “Reducir, reutilizar y reciclar”) y la importancia del orden de los factores en este caso: “La primera R es la que cuenta”.

El vídeo es genial y me permito la licencia de traéroslo en esta brevísima entrada, ya que en su día hablé sobre este tema en un par de ocasiones (sobre las actitudes de la ciudadanía y en torno a una presentación que me llegó por correo eletrónico)

Salud.

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Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Julio Cortázar, “Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj”.

Soy un informático atípico. No es que yo lo quiera así, ni tampoco que deje de hacerlo, pero lo soy. Más que geek me considero, en ocasiones, un nostálgico de la tecnología. De los ordenadores de 8 bits, de un mundo donde las relaciones personales se sobreponían a las limitaciones tecnológicas del momento con ánimo, honestidad y cariño. Considero que los avances tecnológicos (al menos los alcanzados en el sector que me ocupa profesionalmente, el de la informática) se sustentan en la ineficiencia. Hemos avanzado tanto que matamos moscas a cañonazos y, de paso, agotamos toda la pólvora. De esto hablaré algún día a través de un nuevo proyecto que acabo de poner en marcha, de forma paralela a mi remozado Lobosoft,  el blog de Informática, sociedad y medio ambiente.

De cualquier modo, de lo que quería hablar hoy es de cómo un artilugio que hace tres lustros era visto únicamente en películas de James Bond y similares pasó a convertirse de elemento útil para ciertas personas a objeto de deseo de la población, elemento indispensable de nuestras vidas y elemento perecedero sujeto a cambios de la moda gracias a una querida (y errónea, a mi parecer) picaresca en su renovación: el teléfono móvil.

Tengo móvil desde hace unos cuantos años; me hice con él cuando buena parte de la gente ya había cambiado alguna vez de modelo para, creía yo, usarlo como apoyo si alguna vez me quedaba tirado en la carretera con el coche o en el monte (donde descubrí después que, por aquel entonces, apenas había cobertura con la compañía con la que operaba  en aquel entonces a poco que te salieses de los núcleos urbanos). Después fui viendo como cada vez se imponía más su uso, se abarataban hasta cierto punto los costes de las llamadas y empezaban a pedirte su número en encuestas, solicitudes de trabajo, de estudios… El móvil había llegado a todos los sectores de la sociedad. Y comenzó a ser objeto de cambio en las transacciones con las compañías telefónicas dentro de la guerra por tener más usuarios. “Me quedo contigo si me das tal móvil a menor precio”; “Sí, he solicitado la ‘portabilidad’ de número, pero no me voy si me das gratis aquel móvil”; “Señor, le informamos de que tiene tropecientos mil puntos gracias a los cuales podrá conseguir cualquier móvil de nuestro catálogo a bajo precio”; “Señora, aproveche ahora la oferta de móviles: le ofrecemos este modelo gratis por 1000 puntos y su permanencia en nuestra compañía durante un año más”.

Suelo dejarme el móvil olvidado en casa, a veces no lo enciendo durante días, no le presto la menor atención a menos que espere alguna llamada o sepa que pueden llamarme por alguna urgencia. Tal vez por eso me molesta encontrarme con varios mensajes publicitarios de la compañía a la que pago religiosamente cada mes por sus servicios diciéndome que puedo cambiar cada año gratis de móvil. Que es su compromiso hacia mí, como cliente. También es posible que acoja con cierto grado de desidia las noticias de los conocidos que me comunican, algunos con ilusión, otros con mirada pícara y aire de suficiencia, que han conseguido un modelo de móvil ultramoderno simplemente solicitando un cambio de compañía, esperando la llamada de la propia y haciéndose de rogar. Que nada de malo tendría, por otro lado, si necesitasen el teléfono (se les ha averiado o no funciona bien por algún motivo y, al fin y al cabo, las empresas también hacen su buen agosto a costa de las tarifas que aplican y de engaños de todo tipo al consumidor), pero que me indigna si ese cambio se produce cada seis meses, o cada año, o cuando sale un modelo nuevo al mercado que nos tienta con sus sonido envolvente y su capacidad de conexión a redes inalámbricas. Entonces pienso en el coltán necesario para fabricar esos móviles, en el sufrimiento que hay detrás del mismo, en lo innecesario de tantas de nuestras “necesidades”.

Si atendemos a la definición de Economía dada por algunos autores, “la economía es la ciencia  que se encarga del estudio de la satisfacción de las necesidades humanas mediante bienes que, siendo escasos, tienen usos alternativos entre los cuales hay que optar”, según definición de Lionel Robbins, y para Engels “la economía política es la ciencia que estudia las leyes que rigen la producción, la distribución, la circulación y el consumo de los bienes materiales que satisfacen necesidades humanas”. Es posible la elección, sí, pero ¿cuáles son las necesidades? ¿Las básicas para la subsistencia o se incluye también ahí el mero capricho? ¿Dónde se impone marcar un límite cuando estas necesidades son siempre crecientes? ¿Cuando para muchos no es posible esta elección y no ven cubiertas las más mínimas con alguna garantía? No siempre más es mejor, ni lo más novedoso tiene porqué satisfacernos realmente. Y lo material, los artículos de consumo, siendo necesarios en muchos casos, no pueden (ni deben) sustituir a los valores morales o aquellos otros, intangibles, que nos hacen ser verdaderamente humanos.

Por todo eso, y aunque realmente no soy nadie para decirle a cualquier otra persona lo que debe (o más bien, lo que debería de) hacer, lo cierto es que me gustaría pedir que se actuase con cordura, que ya no solo con la telefonía móvil sino con cualquier objeto de consumo: que seamos consumidores y no consumistas. Todos tenemos nuestros pequeños caprichos y no se trata de vivir en completa austeridad pero sí que se hace cada día más necesario ser coherentes con las limitaciones que nos impone el planeta en que vivimos y con el dolor ajeno que, al fin y al cabo, es el que paga los excesos de un conjunto ínfimo del total de la Humanidad.

Por último, a mi actual compañía le he escrito  solicitando información sobre si es posible que el importe de ese “móvil gratis que se comprometen a permitirme cambiar cada año” pueda dedicarse a algún fin humanitario, ya que en mi caso no cambio de teléfono a menos que se haya roto el que uso en cada momento. Si se dignan a contestarme os haré saber su respuesta.

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No, no se trata de la entrada (como “artículo”) del blog sino del comienzo del episodio “MonkeyBART” de la serie de animación norteamericana “Los Simpson” que ha creado Bansky, el artista urbano, anónimo pintor de grafitis que se emitió el pasado 10 de octubre en EEUU y que pude ver ayer. Tras la emisión del mismo se ha desatado la polémica y es que el vídeo, como podréis apreciar si aún no lo habíais visto, se las trae. Pero no porque sea duro en sí mismo, que lo es, sino porque ha puesto en evidencia cómo una serie inicialmente crítica y ácida con la sociedad norteamericana como era  “Los Simpson” no es más que otro producto de consumo de este capitalismo desbocado que gobierna la práctica totalidad del globo terráqueo. Algo que ya se sabía pero que presenta ahora la ironía de ser criticado desde su propio formato y espacio.

La entrada me viene, además, que ni pintada como introducción a un próximo texto que quiero traer al  blog: “China Blue”. Pero eso será dentro de unos días. Entretanto os dejo con el comienzo de “MonkeyBART”:

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Hace tiempo tenía una sección en otro de mis blogs llamada “¡Por fin viernes!”. En ella publicaba, cada viernes (obvio, ¿verdad?), una breve selección de artículos que habían llamado mi atención durante la semana y que creía que podrían interesar a los lectores del blog. Durante la última semana he estado solucionando un problema con un ataque hacker a Lobosoft.es y se me ha ocurrido que, como hasta dentro de casi un mes las andanzas de este trotalomas que escribe se restringirán casi exclusivamente a los trazos de mis apuntes y los libros de texto (ni tan siquiera los reseñables en Homo libris tendrán, por desgracia, un espacio destacado), podía retomar esa buena costumbre y dejar por aquí enlazadas algunas entradas y noticias que me han interesado estos días. Es más, alguna de las temáticas sobre las que tratan quería que llegasen al blog en algún momento, como es el de la Biodiversidad y el discurso “paraecologista” que en torno a esta se está llevando a cabo (me consta que es necesario educar y formar, enseñar a valorar, pero sin dejar de lado la existencia de un problema cada vez más grave sobre el que convendría concienciar. Es lo de siempre: hacer que hacemos sin hacer nada).

En fin, no me enrollo más. Ahí van las entradas de la semana.

  • Keko Bola nos habla sobre biodiversidad y sobre la huella ecológica de nuestra especie en su entrada “¿Valgo más muerto que vivo?”, un artículo de lo más interesante y documentado que invita a la reflexión y la autocrítica.
  • También me he encontrado con una simulación de lo más impactante sobre los niveles que alcanza el tráfico aéreo en nuestros días. Llama la atención en qué regiones (y entre cuales de ellas) se produce un mayor número de vuelos (y, por ende, un mayor aporte de contaminantes a la atmósfera así como en la necesidad de insumos para mantener el nivel del sistema productivo). Este vídeo enlaza a la perfección la entrada anterior con la siguiente de nuestra lista.
  • Cuando el Eyjafjalla entró en erupción se me pasó por la cabeza que sería muy interesante contrastar hasta qué punto su nivel de emisiones era compensado por la reducción que se habría producido por el cierre del espacio aéreo europeo. Poco después comprobé que no era el único que había tenido la idea y que varios sitios webs constataban que el Eyjafjalla emitía menos CO2 a la atmósfera que los aviones paralizados. Está claro que el CO2 no es más que uno de los gases invernadero que entran en juego dentro del problema del cambio climático, pero actualmente es el indicador más usado (y esperemos no tener que vérnosla con el metano, por ejemplo), por lo que la comparación me parece interesante, máxime cuando es uno de los argumentos esgrimidos en contra del cambio climático en el documental “La gran estafa del calentamiento global” (sí, de este verano no pasa que lo traiga al blog junto a “Una verdad incómoda”). Salvando el hecho de que se incrementaron enormemente los transportes por mar y tierra, lo cierto es que este hecho resalta algunos aspectos que me parecen bastante llamativos: la dependencia que tenemos de otras regiones en un mundo tan globalizado como este; lo insignificantes que podemos llegar a ser cuando la Tierra se manifiesta con fenómenos como este, o como los terremotos que, por desgracia, han sufrido algunos países este año. En esta web podemos ver otro vídeo con una simulación del restablecimiento del tráfico aéreo en Europa, también muy impactante.
  • Hoy mismo me encontraba, además, con una noticia bastante llamativa: “España aprueba experimentos con transgénicos en 64 localidades”. Tras ser el primer productor europeo de OMG, seguimos a la cabeza de la experimentación con estos productos que pueden ser uno de los problemas perversos más peligrosos con los que podríamos enfrentarnos si, como denunciara Commoner en su día, permitimos que la tecnología adelante al saber científico.
  • Si nos preguntamos cómo podemos cambiar esto, deberíamos pensar en si hoy deciden los políticos que nos “representan”, o lo hacen por ellos el mercado. Desde hace ya muchos años son las grandes multinacionales y los bancos quienes deciden el rumbo que toman los países. Caemos y pagamos sus crisis pero, ¿quién decide en último término qué comprar? No cabe duda de que el sistema productivo impone al consumidor su criterio (es la cinta sin fin de la producción), pero nosotros, como consumidores, podríamos contribuir a cambiar el sistema con el voto de cada uno de nosotros, no con el que depositamos en las urnas cada cuatro años, sino en la tienda, el supermercado o el centro comercial cada vez que pasamos por la caja. Sobre  esto se reflexiona en Aventuras y desventuras de un Ambientólogo.com.
  • No todo ha sido malo, en cualquier caso. La crisis nos enseña algo que no nos convendría olvidar: “no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita”. Os dejo con el buen sabor de boca de las fotografías de Sekano en “La Habana”, la hermosísima Libellula quadrimaculata de Silvia en “A través de mi visor” y las experiencias de Javier con un pequeño búho real, momentos que nos enriquecen verdaderamente.

Además de todo lo anterior tendría que añadir que este blog recibió un (inmerecido, qué duda cabe, pero muy agradecido) premio que espero replicar pronto aquí. A ver si de este fin de semana no pasa que traiga aquí el Premio Blog de Oro que mi visor tampoco puede dejar escapar. 😉

Disfrutad del campo los que podáis, y los que no, de todo lo bueno que tengáis cerca. ¡Buen fin de semana!

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Los exámenes y trabajos a entregar me hacen retrotraerme estos días a una época que creí pasada y que vuelve nuevamente a mi vida. Pero sarna con gusto no pica, dicen, así que no me quejo por ello. Eso sí, apenas me deja tiempo para actualizar por aquí y, aunque me consta que tenemos varios temas pendientes, no será hasta febrero -me temo- que pueda hacerles frente.

Entretanto, os dejo con un vídeo que he encontrado en Internet y que me ha gustado bastante. Habría aspectos que matizar, por supuesto, pero en general está bastante bien. Y es que el cambio climático no es (de momento) un problema, sino un síntoma: el del enfermizo ritmo de vida que nos impone el “progreso”. La pérdida de biodiversidad (dado que este es el año internacional de la misma, estaré encantado en traer al blog el debate sobre este auténtico drama que atenaza el equilibrio de la Biosfera) es otra de las manifestaciones de ese “crecimiento” que tanto parece desear nuestra sociedad. Hace mucho que recito, como El Cabrero, aquello de “y entre más pasan los años / más me aparto del rebaño porque no sé a donde va“.

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Entrada de la presentación. Promete, ¿verdad?

Entrada de la presentación. Promete, ¿verdad?

Este fin de semana un amigo me remitió un correo con la presentación que traigo ahora al blog, preguntándome qué me parecía. Me puse manos a la obra, contestándole punto a punto sobre lo que afirmaban las diapositivas, y para cuando terminé me di cuenta de dos cosas. La primera fue constatar lo pesado que soy escribiendo, con esta “locuacidad escrita” que estáis a punto de sufrir. La segunda, que el correo de respuesta daba para una entrada en estas andanzas, y ya que hay que reciclar y dado que posiblemente muchos de vosotros recibiréis esta presentación o alguna similar en las próximas semanas, puede que os interese leer lo que escribí y, de paso, entablar un sano y siempre enriquecedor debate en torno a este tema.

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La de las bolsas de plástico no es únicamente una “campaña” publicitaria en contra del uso tremendamente extendido de aquellas, sino que viene respaldada por el Plan Nacional Integrado de Residuos, mediante el que se pretende reducir al 50% el consumo de bolsas de plástico “de un solo uso”, entre otros envases que tienen un fin similar. Se trata pues de una campaña auspiciada por una iniciativa gubernamental, y el que las empresas lo utilicen en beneficio propio es otra cuestión en la que entraremos dentro de poco, pero es básicamente cierta: las grandes superficies y supermercados aprovecharán la ambigüedad de la norma para minorar costes e incrementar, de paso, sus beneficios. Ahora, que sea un engaño… nos engañarán si no nos informamos, si no cuestionamos todo aquello que se nos presente “en bandeja” y listo para consumir. Vamos a evitarlo, pues.

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No se dice que las bolsas de plástico no sean reciclables (al menos yo nunca lo he visto ni afirmado así), sino que no son biodegradables. O, para ser más correctos, que la naturaleza tarda muchísimos años en llegar a degradar sus componentes hasta el punto en que puedan ser descompuestos por los microorganismos en sustancias químicas elementales. Eso sí, las bolsas de plástico no se reciclarán si no son arrojadas a los contenedores adecuados (los amarillos), y ciertamente así ocurre con millones de bolsas al año. Aproximadamente el 90% de las bolsas de plástico no se reciclan, lo que no quiere decir que no se tiren o desechen de otra forma, sino simplemente que no van a parar al contenedor amarillo, que es el paso previo en su camino de convertirse en “lentejitas” de plástico que volverán a ser convertidas en bolsas u otros elementos del mismo material.

Que una bolsa expuesta al sol se descomponga en unos meses no indica que ya no contamine, ni que haya sido “asimilada” por la naturaleza. De hecho, puede ser filtrada a las aguas o terminar contaminando el suelo, ya que la exposición solar provoca únicamente una disgregación de sus componentes (fenómeno físico-químico, por la acción de los rayos solares y el incremento de temperatura), pero no por ello es “asimilada” aún por la naturaleza (fenómeno bioquímico, de descomposición por parte de diversos microorganismos). Es cierto que hay estudios en los que consigue reducirse el tiempo necesario a unos pocos meses (precisamente usando bacterias y otros microorganismos cultivados), y me parecen interesantes en una primera aproximación, aunque habría que ver la viabilidad de los mismos y si no tienen efectos secundarios que causen otros problemas. De no ocurrir así, serían una buena opción para reducir los tiempos de degradación del plástico, aunque no supondría tampoco una solución al VERDADERO problema, el que parece que no queremos ver: nuestra dependencia del petróleo y los combustibles fósiles. Llevaremos únicamente 50 años usando bolsas de plástico, pero es posible estimar el tiempo de descomposición del plástico en la naturaleza. Esto es simplemente cuestión de química y matemáticas.

Respecto a sustituirlas por otras de tela, sería lo mejor que podríamos hacer. Ahora entramos en el tema de la rafia (de la rafia como sustancia plástica, o la inclusión de derivados del petróleo en su manejo, no la rafia auténtica, que sí es una fibra natural). Yo no soy tan mayor (o eso creo 😉 ), y recuerdo perfectamente cuando acompañaba a mi madre a hacer la compra, e íbamos con una bolsa de tela que se lavaba y reutilizaba hasta que no aguantaba más. Nos iba muy bien en aquellos días sin contaminar de forma sistemática (que también se hacía, pero no tantísimo con el plástico) y sin consumir, consumir, consumir…

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Que las grandes compañías ganan con la operación, es algo que está muy claro y somos muchos los que lo hemos denunciado a día de hoy. Deberían descontar de los precios el dinero que ya nos están cobrando, de forma indirecta, por un coste que repercuten sobre el importe de los productos. En pocas palabras: que deberían bajar los precios, o descontar de la compra el importe de las bolsas. Hasta la fecha, el único distribuidor que hará esto -que a mí me conste- es Eroski, que descontará 1 céntimo por cada bolsa ahorrada (lo harán en base a la volumetría de los productos adquiridos). Otros supermercados ya cobran por las bolsas de plástico (Dia, Lidl, Aldi…), por lo que hipotéticamente no incluyen ese importe actualmente en los artículos que compramos allí. Así que, al menos en esto, sí que tiene razón la presentación: se debería obligar a las empresas a descontar ese coste de los precios.

Que las bolsas que venderán ahora suponen un ingreso para ellos, también es cierto. Pero claro, nadie nos obliga a comprarlas, ¿verdad? Todo es acostumbrarse a ir con nuestra bolsa a comprar. Las de “rafia” que venderán también están fabricadas con productos derivados del petróleo, por lo que, por supuesto, contaminan igualmente. La única ventaja que tienen es que son de varios usos y no se rompen con tanta facilidad, pero yo seguiría apostando por bolsas de tela (y por no comprarlas a los hipermercados/supermercados).

El plástico es un subproducto del petróleo, ciertamente. Del mismo, sólo el 5% se destina a bolsas de plástico, pero por el uso que se les da suponen un importante impacto sobre el medio ambiente. A lo que hay que tender es a dejar de consumir petróleo, amigo mío. De todas formas, mientras se siga consumiendo, tranquilos que algún uso le darán a esos “desechos”. En cualquier caso, volvemos al verdadero problema: la dependencia de los combustibles fósiles, el uso excesivo que hacemos del petróleo y de sus derivados. Ahora se sataniza a las bolsas “camiseta” de un solo uso, pero la problemática va más allá: Los envases individuales de los productos de bollería, las bandejas de poliestireno de la carne y la fruta, el envoltorio de plástico de todos ellos, y así con un largo etcétera cuyo uso habría que replantearse. Hay que empezar por algún lado, y el de las bolsas de plástico es un punto de partida, pero no deberíamos quedarnos ahí. A mí no me escandaliza la campaña, ni que las compañías lo aprovechen para ganar dinero (siempre lo hacen, ¿no?). Esos son otros problemas de concepto de una sociedad eminentemente capitalista, en los que también podríamos entrar, pero no es lo que nos ocupa ahora. A mí lo que me indigna (de cara a lo que hablamos, que es el medio ambiente) es que sea el consumidor el que pague los platos rotos de una mala gestión ambiental, y que el Gobierno no ofrezca soluciones efectivas al problema. Si prohíbes, da alternativas, creo yo. Y no dejes en manos de los de siempre la solución, máxime cuando se está manifestando tan insuficiente y controvertida como es el caso.

España es un importante productor de bolsas de plástico, eso es cierto. También éramos líderes en la construcción de casas que se vendían a precios injustificados. Otra actividad en la que destacamos es en la producción de maíz transgénico. Y encima, seremos los últimos en salir de la crisis, al menos respecto a otros países de nuestro entorno. Ante todo esto, va siendo hora de reorientar nuestra forma de hacer las cosas, ¿no te parece? 😉

La alternativa a las bolsas de uno solo uso que nos ofrecen los hipermercados estarán fabricadas en Extremo Oriente… ¿Y? También están fabricados allí los artículos que la gente compra en los “Todo a x euros”, o muchos de los productos que se adquieren habitualmente. No se trata de hacer demagogia con las bolsas de plástico, como parece ser el caso, sino de buscar y fomentar el consumo de productos locales. Si van a traer de allí las bolsas de rafia, ¿por qué no producimos aquí bolsas de cáñamo? Es barato, fácil de producir, no es necesario usar pesticidas y las bolsas serían muy resistentes. Podríamos venderlas a buen precio bajo el lema de ecológicas, pues lo serían, planteando así una verdadera alternativa a las de plástico. ¿Por qué no actuamos (bien) de una vez, en lugar de seguir llorando por las esquinas?

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Me gustaría ver cifras sobre la emisión de CO2 para el reciclado del papel y el plástico, porque la presentación habla con ambigüedad, y he buscado sin éxito información sobre las mismas. De todas formas, el problema del reciclado es que no sólo se genera CO2 (al que parece que quieren convertir en el único demonio de nuestros días). El CO2, como el metano, son gases que contribuyen al efecto invernadero y, por consiguiente, al calentamiento global, pero no son el único problema existente en nuestros procesos productivos. En la fabricación y el reciclado del papel se utilizan (cada vez menos, por fortuna) sustancias contaminantes como el cloro o diversos ácidos, como el clorhídrico, y en los del plástico ocurrirá otro tanto. El reciclado es la “tercera R” (Reducir, Reutilizar, Reciclar), por lo que debería ser la última opción, la que se llevase a cabo únicamente cuando ya hemos puesto en práctica las dos anteriores. Desde luego, con las bolsas de plástico no ocurre esto en la actualidad. Ahora profundizaremos en la cuestión.

Nos hablan de la reutilización de los envase de vidrio. He aquí uno de los caballos de batalla a los que me he referido siempre al hablar del reciclado y por qué debería de llevarse a cabo en último término. Tiempo atrás, los envases de vidrio se reutilizaban. Tú comprabas una botella de refresco, de zumo o de cerveza (por poner algunos ejemplos), e ibas a por ella con el casco de la última que habías consumido, y de no llevarla te veías obligado a pagarla aparte. Después, esas botellas se lavaban y volvían a utilizarse. Deberíamos REUTILIZAR antes que RECICLAR. Es mucho más barato, más óptimo energéticamente y menos agresivo con el medio ambiente llevar a cabo este tipo de gestión de nuestros residuos.

Con todo lo dicho anteriormente, está claro que se debería reutilizar el vidrio, y ahí sí que incidiría respecto a lo que dice la diapositiva. Pero el vidrio es reciclable prácticamente sin límite alguno, y el plástico no. Además, este último proviene del petróleo, con lo cual yo seguiría apostando por envases de vidrio frente a los de plástico, pero eso sí, con la salvedad de que se reutilicen y no se reciclen sistemáticamente. Romper una botella para hacer otra me parece uno de los absurdos más grandes que venimos llevando a cabo desde que el mundo es mundo.

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Completamente de acuerdo en este punto: debemos exigir el reciclado del plástico que se deposita en los contenedores amarillos. Para exigir también sería bueno ser coherentes y depositar en esos contenedores todos los residuos que generemos de envases y demás envoltorios. También habría que exigir alternativas a las bolsas de basura tradicionales, que también son de plástico y de un solo uso, pidiendo alternativas biodegradables.

En cuanto a exigir que las grandes superficies gestionen los residuos de los envases que generan, no me parece una mala idea. Habría que pedirles también que no usen plásticos en otros tipos de embalajes (como apuntaba anteriormente). De paso, que tuvieran que hacerse cargo de estos residuos posiblemente les llevaría a reducir el uso de embalajes. Eso sí, posiblemente subirían en primer lugar los precios de los productos “para acometer este nuevo coste” y, una vez que nos cobrasen por el proceso, comenzarían a reducir la cantidad de envases utilizados para incrementar el beneficio de la operación.

El último punto creo que está mal formulado. Me parece que se refiere a que las autoridades deberían exigir a los supermercados y grandes superficies que asuman el hecho de que están cobrando por nada. Es decir, que si antes incluían el coste de las bolsas en el precio final del productor, ahora deberían descontarlo. Ahí, completamente de acuerdo, como también dije más arriba.

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Bueno, yo mandaría una presentación que fuese más fiel a la verdad, ya que no todo es como lo pintan, y hace demasiado uso de la demagogia. Que se informe a la población me parece genial, pero que se haga adecuadamente ya que no lo hacen los propios medios de comunicación ni el propio Gobierno. También habría que añadirle una propuesta por hacernos responsables de nuestras acciones. Lo que tantas veces hemos hablado, que no todo es blanco o negro, que hay tonos grises, y que todos debemos poner algo de nuestra parte. 🙂

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