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Archive for the ‘Artículos’ Category

Hace un par de semanas presentaba en Homo libris un fragmento del libro que estaba leyendo, Costumbres de insectos observadas en plena naturaleza, de P. Eugenio Saz, en el que se narraba una anécdota zoológica pero que, además de lo curioso de este hecho, despertaba la admiración por la naturaleza, por la observación de lo que nos rodea. Del espíritu del naturalista, en pocas palabras. Días después aprovechaba para comentar algo al respecto de mis propios recuerdos entomológicos, además de los de Fabre. Pues bien, como por allí dejé caer, había descubierto el libro del padre Saz gracias a un fragmento de uno de los capítulos que dedica a las hormigas que encontré escaneado  en un foro sobre mirmecología. Aprovecho ahora para reproducir toda la primera parte del capítulo, con un episodio completo sobre “La guerra de las hormigas”, tal cual aparece en el libro (incluyendo una deficiente puntuación que me ha llamado bastante la atención, pues otras partes de estos volúmenes dedicados a los insectos aparecen mejor escritas). Os dejo con esta apasionante aventura entomológica:

En 1898 me encontraba yo en Veruela, célebre monasterio, que perteneció a los monjes cistercienses antes de la exclaustración de los religiosos, y donde actualmente estudian los cursos de letras clásicas los jóvenes estudiantes jesuitas de la provincia de Aragón.

El monasterio está situado en un pintoresco valle, a las faldas del majestuoso Moncayo, en la provincia de Zaragoza, junto al pueblo de Vera y no lejos de las ciudades de Tarazona y Borja.

Los torreones y muros almenados le dan  un aspecto imponente de grandiosidad. A su rededor la amena vega, que lo circunda, limitada por bosques de carrascas en las cercanías. A medida que uno se aleja del monasterio, en dirección a la montaña, a las carrascas sustituyen los rebollos y las hayas, junto con otra muchedumbre de árboles y arbustos, que forman un bosque espeso sin interrupción hasta la hospedería e iglesia de Nuestra Señora de Moncayo, situadas a 1615 metros. La cumbre del Moncayo llega hasta 2315 m. sobre el nivel del mar. Desde aquellas alturas puede contemplar la vista en extenso y grandioso panorama toda la extensión de Aragón y Navarra, hasta que hacia el Norte queda limitada por los montes Pirineos, y hacia el Este y Sur por la cordillera, que corre paralela al Mediterráneo y por los montes de Teruel.

Estudiaba yo aquel año la retórica con uno de esos profesores de imperecedero recuerdo, que a veces encuentra uno en su carrera, y que dejan honda huella en la mente de los discípulos, que han tenido la suerte de pasar por sus aulas.

Los ánimos juveniles se solazaban en la clase de griego con la prelección de la Ilíada, expuesta y comentada por tan competente profesor: y al mismo tiempo que se iban notando las bellezas literarias de la obra imperecedera de Homero, quedaba uno interesado y enardecido con las luchas de los heróicos personajes de tan maravillosa epopeya. Los Aquiles, Héctores, Pátroclos y Agamenones nos eran familiares. Su buen o mal humor, sus iras y bravatas, sus luchas cuerpo a cuerpo, sus victorias y derrotas nos interesaban, como si hubieran acaecido en nuestros días.

En este estado de ánimo no se puede decir el interés que despertó en mí y en otros dos compañeros, con quienes iba de paseo, la lucha, que contemplamos por primera vez, entre dos hormigueros de Formica rufa L. en un bosque de carrascas, en la bifurcación, que hace el camino para la Virgen del Moncayo, no lejos de la fuente del Hierro.

Por causas desconocidas para el cronista parece que aquellos días habían roto las relaciones diplomáticas dos grandes hormigueros de los contornos, como en otros tiempos en el mismo valle el señor de Trasmoz había lanzado sus huestes contra los súbditos del Abad del monasterio de Veruela.

Nosotros encontramos ya a los dos bandos contrarios de  formica rufa en plena y encarnizada guerra. La acometida no era de grupos contra grupos, sino de cuerpo a cuerpo. Cada hormiga de un bando peleaba bravamente contra otra del bando contrario, o a lo más, dos contra una. No llevaban uniformes, que las distinguiesen; pero no por esto se equivocaban, acometiendo a alguna de sus compañeras. Dicen que por el olfato se distinguen los individuos del mismo hormiguero, y se reconocen los del bando contrario. Como si dijéramos: huele a griego, huele a troyano.

Parece que la lucha había comenzado ya hacía algún rato; pues, no se veían aquellos apresuramientos y corridas, que suelen preceder a las grandes batallas. Más bien, la imprecisión del conjunto era de lentitud, dictada por la prudencia, que sabe acometer con brío, mientras previene una sorpresa del adversario.

En un grande espacio estaba todo el suelo cubierto de combatientes en las más diversas posiciones, que imaginarse puede. Cada uno de nosotros pudo observar a su sabor las más variadas escenas de guerra, que nos recordaban los combates entre griegos y troyanos. Unas, apoyadas sobre las cuatro patas traseras y mandíbulas en ristre, se miraban frente a frente, sin duda, retándose a su manera, por temor de ser cada una de ellas la primera en acometer. Como, cuando dos muchachos se provocan con el “tócame”, “tócame tú primero”, temiendo ambos comenzar la pelea. Estas serán de la raza de las cobardes. Otras, más valientes, han ido en seguida a las inmediatas, y forcejean tenazmente, encajadas las mandíbulas de la una entre las mandíbulas de la otra.

A los pocos pasos observamos que una hormiga fornida ha cogido a su contraria por medio del tórax, y la lleva en alto, como un estandarte, yerta ya y sin vida. Cerca de allí vemos a otra, que lleva arrastrando a su contrincante, como otro Aquiles paseó arrastrando por los suelos el cadáver de Hector, atado por los pies a su carro de combate.

En un rincón se ve a una pobre hormiga, que corre deshalada, llevando la cabeza de su contraria, separada del tronco, fuertemente agarrada por sus mandíbulas a una de sus antenas. Se ve que en la lucha desesperada su enemigo procuró atenacearle la parte más sensible; pero ella pudo defenderse, y en un acto de coraje le pagó en la misma moneda, cogiéndola por el cuello, y cortándole la cabeza a cercén. Sin embargo, mientras no le vengan en ayuda sus compañeras, y desencajen aquellas terribles tenazas, quitándoselas de la antena, puede decirse que su enemigo sigue vengándose de ella, aún después de muerto.

Tal es el horror y la carnicería, que todo el campo de batalla queda sembrado de cadáveres en las más trágicas posiciones, entre medio de otras muchas hormigas, que siguen peleando.

Antes de partir, deseábamos ver los hormigueros enemigos, para ver lo que en ellos pasaba. No nos fue muy difícil encontrarlos. Al poco rato que buscamos por los alrededores, dimos con uno de ellos: enorme montón de palitos y restos vegetales, alto como de medio metro, y de más de un metro de circunferencia.

Muchas hormigas habían quedado guardando la ciudadela, y cuidando de los huevos, larvas y ninfas. Aquello sí que era agitación, subidas y bajadas, entradas y salidas, idas y venidas, como alocadas, recibiendo a las heridas, que venían de la refriega. Preguntarían, sin duda, nuevas del campo de batalla. Otras recogían los cadáveres de sus compañeras, y los metían dentro del hormiguero, para darles sepultura. ¡Qué ira la suya!

Esta aumentó, al remover uno de nosotros con un gran palo el montículo de palitos y hojarasca. Parece que con este enemigo no habían contado; pero, como no saben de donde les viene el monstruo aquel, que destroza su nido, aunque al principio se pongan en actitud amenazadora, abriendo enormemente sus mandíbulas, y cortando el aire a tijeretazos, pronto dejan esa actitud, y ponen toda su diligencia en recoger las larvas y las ninfas que quedan al descubierto. Ante el peligro del porvenir de la colonia, descuidan su propia defensa.

Es siempre curioso el ver la rapidez, con que un montón de ninfas desaparece en pocos segundos de la superficie. A toda prisa son cogidas por las obreras, quienes las ponen a salvo, metiéndolas en las profundidades del hormiguero.

El vulgo cree que estas ninfas son los huevos de las hormigas, pues así lo parecen, por estar envuelta cada una en su capullo de color blanco amarillento y de piel muy blanda. Basta desgarrar uno con tiento para que aparezca en su interior una ninfa blanquísima, pero que ya tiene todas las formas de una hormiga perfecta: bien sea una obrera, un macho o una hembra: estas son de tamaño mucho mayor que las otras. Las hembras y los machos tienen las alas replegadas en un muñón contra la parte inferior del tórax: en estado perfecto se distinguen por el tamaño y por las alas; las obreras no tienen alas.

Pero el tiempo vuela y es preciso que nos separemos de aquel interesante espectáculo. Con sentimiento tuvimos que partir, dejando a nuestras hormigas proseguir su encarnizada pelea.

Por el camino íbamos comentando aquellas luchas homéricas, que acabábamos de ver en las hormigas, tan parecidas en casi todos sus pormenores a aquellas otras, que tanto interés tenían para nosotros, cuando preleíamos la Ilíada en la clase de griego.

Hazañas de hombres o hazañas de hormigas en la guerra brutal y de exterminio de sus semejantes; de suyo, tan atroces son las unas como las otras, y sólo un motivo noble, como es la defensa de la patria, puede justificarlas. Pero, entre tantos horrores aun puede brotar el noble ideal, y la gloria alcanzada por los héroes es celebrada por los poetas. A las hazañas de las hormigas sólo les faltaba un Homero, que nos las contase en forma poética, como el verdadero o legendario Homero nos contó las hazañas de los hombres, las heróicas peleas de griegos y troyanos por la hegemonía de sus patrias respectivas, Grecia y Troya.

Historia, que se repite demasiadas veces, no sólo entre las hormigas y otros animales, que no tienen entendimiento, sino también, por desgracia, entre los hombres, que lo tienen, aunque a veces no lo parezca, como en este caso de la guerra fraticida, en el cual, si no lo han perdido del todo, por lo menos parece que les ha quedado completamente anestesiado por las pasiones violentas, que lo dominan.

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Aunque en plenos exámenes y con menos tiempo del que me gustaría, no deseaba dejar pasar por alto el Día Mundial del Medio Ambiente (no bromeo si digo que se me han ido las teclas a escribir “mundanal”), máxime en el Año de la Biodiversidad. Sí, esa diosa menguante que actúa como indicadora del estado de una crisis ecológica que va a la par de la de valores.

Traigo hoy un texto que escribí tres años atrás en el que sería mi primer blog, “La Dehesilla News”. Una bitácora que comencé con la intención de ser el diario del despropósito que supone vivir y convivir en Santa Fe y desde la que, durante un tiempo, intenté poner en evidencia con manifiesta ironía los desaguisados ambientales con que iba encontrándome en Granada y, más tarde, en Málaga.

La entrada en cuestión reflejaba mi desazón al ver cómo se alteran los ecosistemas fluviales sin tener en cuenta que son vitales para nuestra supervivencia. Si deterioramos la calidad de las aguas que nos alimentan, ¿qué futuro es posible? ¿Respetaremos otros sistemas que nos son (eso queremos creer al menos) menos vitales para nosotros? Muy relacionado con el que dejo en Homo libris (con un texto de Miguel Delibes y una imagen impactante del río Citarum), por desgracia no ha dejado de tener vigencia. En estos tres años han sido la Fuente de la Reina, el río Genil o el arroyo Salado los que han sufrido gravemente por nuestra mano. Y eso, en el entorno cercano a mi ciudad natal. ¿Cuantos ríos no se habrán convertido de plácidos cauces fluviales en conductos de transporte de lejías, detergentes y productos fitosanitarios? ¿En cuantos de ellos podrán seguir viviendo (y no sobreviviendo, o ni eso) peces y anfibios? ¿Habrá moscas de las piedras aún en ellos? ¿O llevan una carga de muerte que hace desaparecer, cual Othar, incluso a los antaño comunes matranzos?

No me extiendo más. Aquí queda el fragmento.

Es de bien nacidos…

Si hay algo de lo que peca en demasía el homo sapiens, ¿sapiens? es de ingratitud, y los ríos son el muerto reflejo de este hecho. Tendemos a olvidar, entre otras tantas cosas, que los ríos fueron vitales para el nacimiento y posterior expansión de las principales civilizaciones. Así, hace seis mil quinientos años se asientan entre el Tigris y el Éufrates los inicios de la civilización en la antigua Mesopotamia; cinco milenios atrás, la civilización egipcia floreció gracias a las inundaciones del Nilo; la civilización occidental surge a orillas del río Tíber, donde un pequeño grupo de pobladores decidió establecerse y fundar Roma. Podríamos seguir narrando de este modo nuestra Historia, que ha seguido, desde siempre, el curso de ríos grandes y pequeños.

Actualmente dependemos de ellos tanto como antaño. El Amazonas riega y da nombre al pulmón del planeta, la Amazonía. Algo más cerca, el río Ebro da vida a los campos de Aragón, y proporciona nutrientes vitales a los peces del Mediterráneo. Infinitos ríos constituyen el sistema circulatorio de la Tierra, distribuyendo el fluido vital. Pero, obcecados por nuestro desmesurado crecimiento despreciamos la memoria de nuestros antepasados, obviamos los motivos de por qué tantas ciudades y pueblos crecen a orillas de algún río, y los convertimos en meros canales de riego cuando no en simples basureros.

En Santa Fe también actuamos así, olvidando que el Genil es el río que ha proporcionado la riqueza a la Vega de Granada, que ésta es fruto de la sedimentación de detritos provocada por sus inundaciones y que el sistema de riego que nos ha dado de comer en tiempos de hambre, guerra y miseria forma parte de la herencia que nos dejaron los árabes y que fue parte de la cultura de nuestros mayores.

Estos días el alzheimer histórico hace mella en la comunidad de regantes de Chauchina, pueblo cercano a Santa Fe y con quien comparte río, el Genil, y arroyo, el Salado. Los agricultores, que son los que más le deben, han olvidado que la Fuente de la Reina es más que un simple canal de riego. El agua fresca que allí aflora calma la sed del caminante que ha buscado refugio en el bosque de galería que acompaña su trazado. Contempla, sobre el trasfondo de los sauces, olmos y saúcos, la batalla campal entre los trinos de ruiseñor y los gorjeos de la curruca.

Eso era ayer. Y anteayer. Hoy, la muerte en forma de máquina –esas máquinas que idolatramos-, arrasa con siglos de cultura, miles de recuerdos y cientos de árboles.

Desagradecidos.

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Hay pocas cosas más agradables que compartir un buen café y conversación con un amigo (tal vez se le podría equiparar disfrutar de una caliente taza de té y una buena lectura, aunque para un Homo libris podría considerarse casi, casi, lo mismo), de modo que cuando el otro día Alberto y yo compartíamos anécdotas y detalles de nuestras últimas andanzas me encontraba disfrutando de lo lindo. Llegado un determinado momento me comentó una situación un tanto peculiar que despertó mi curiosidad. Permitidme contárosla.

El viento en los sauces

Los personajes de El viento en los sauces

Mi amigo había salido al campo con un conocido suyo, a disfrutar de nuestra querida Vega de Granada y a visitar, de paso, una zorrera ocupada que no resultó tal. Al echar un vistazo al entorno y ver las huellas que entraban y salían de la oquedad quedó claro que sus ocupantes no eran rojizos raposos sino listados tejones. Al hacerlo notar Alberto, su acompañante realizó un curioso comentario que fue el que me trasladó aquel, despertando así mi curiosidad: “¿Pero son tejones de garra o de pezuña? Porque los de pezuña son buenos de comer”. Mi buen amigo se quedó extrañado ante la pregunta, pues resulta obvio que el huidizo mustélido está más que bien dotado de poderosas zarpas que le permiten horadar el suelo construyendo así amplias tejoneras en las que acomodarse.

Aunque ese momento insté a Alberto a buscar respuesta en un libro de criptozoología, lo cierto es que ambos quedamos pensativos tras las primeras risas: a los dos nos resultaba curiosamente familiar la pregunta. Ambos creíamos haber oído hablar con anterioridad del misterioso “tejón de pezuña”. La cosa quedó así, pero cuando volví a casa de mis padres le pregunté al mío por este curioso ser. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me respondió que, aunque él obviamente nunca había visto uno, desde que era pequeño había oído la expresión: “mejor que el de uña es el tejón de pezuña”. La situación clamaba al cielo ya que el tejón es probablemente el mustélido cuyo rastro es más fácil de reconocer gracias a la disposición de sus huellas: semiplantígrado y dotado de fuertes uñas, su planta es almohadillada y en nada se parecen a una pezuña.

Huella de tejón

Huella de tejón

Así estaban las cosas cuando pensé en investigar un poco sobre este misterio. A la espera de poder hablar con gente mayor de los pueblos de la Vega, he indagado un poco por Internet y me he encontrado con algo que tal vez no tenga mucho que ver, pero que resulta ciertamente interesante. Por un lado, existen referencias al consumo de tejón (o a la inconveniencia de este) en los libros sagrados del cristianismo y el judaísmo. Así, el Levítico habla de esta manera:

De entre los animales terrestres podréis comer estos: cualquier animal de pezuña partida, hendida en mitades y que rumia. Pero entre los que rumian o tienen pezuña hendida, no comeréis: el camello, pues aunque rumia no tiene partida la pezuña; será impuro para vosotros; ni el tejón porque rumia, pero no tiene partida la pezuña; será impuro para vosotros; ni la liebre porque rumia, pero no tiene la pezuña partida; será impura para vosotros; ni el cerdo, pues aunque tiene la pezuña partida, hendida en mitades, no rumia; será impuro para vosotros. No comeréis su carne ni tocaréis sus cadáveres; serán impuros para vosotros. De los animales acuáticos, de mar o de río podéis comer los que tienen escamas y aletas. Y todo reptil o animal acuático de los de mar o río que no tenga escamas y aletas tenedlo por inmundo, no lo comáis.

Resulta muy curioso que se hable del tejón como rumiante y de su “pezuña” no partida. Otro lugar donde pezuñas y tejones se dan la mano es en la literatura, en el Libro de los seres imaginarios de Jorge Luis Borges. Allí aparece la Leucrocota, ser mitológico con “patas de ciervo, cuello, cola y pecho de león, cabeza de tejón, pezuñas partidas, boca hasta las orejas y un hueso continuo en lugar de dientes”, que “Habita en Etiopía” y “es fama que remeda con dulzura la voz humana”.

Ya que salió el tema de la criptozoología algo más arriba, según parece en el siglo XIX Charles Fort recopiló información sobre lo que se dio en llamar “El caso del demonio de Devonshire”. En la mañana del 8 de febrero de 1885 la nieve, que en aquel duro invierno había llegado a cubrir incluso las tierras de Cornualles, fue el molde en que quedaron plasmadas las huellas de un misterioso ser. Tenían forma de U, como si se tratasen de pezuñas, medían unos diez centímetros de longitud por siete de anchura y se presentaban alineadas, separadas unos veinte centímetros y marcadas con toda claridad. Era, por hacernos a la idea, como si el animal tuviese una única pata y saltase sobre ella. Aunque fueron diversas las teorías presentadas (entre ellas, la presencia del maligno, de ahí el nombre de la leyenda), fue el paleontólogo Richard Owen el que hizo mención a un grupo de tejones como responsable de las huellas. La teoría no se sostuvo durante demasiado tiempo, pero entronca directamente con el tema que nos ocupa y resulta, no podemos negarlo, de lo más peculiar.

Respecto al “tejón de pezuña” tengo mi particular hipótesis; a ver qué os parece. El tejón tiene hábitos nocturnos, es un animal social y un omnívoro en toda regla: come desde raíces, plantas verdes, pequeños frutos o cereales hasta insectos, lombrices, pequeños mamíferos e incluso la miel que le da nombre en latín (Meles meles). Cuando entra en un maizal, por ejemplo, tumba las matas para alcanzar las panochas y devorarlas, y hoza el terreno buscando raíces y pequeños animalillos con los que alimentarse. Si uno de nuestros paisanos contemplase por la mañana algunos signos de la actividad noctámbula del tejón podría confundirla con la de otro animal de hábitos bastante similares pero que habría dejado la impronta de sus pezuñas en el barro. Efectivamente, se trataría del jabalí, y me pregunto si no será este nuestro particular “tejón de pezuña” que, además, “es más bueno de comer”.

He traído el tema al blog, de todos modos, porque me resulta de lo más llamativo. La fauna y los mitos populares han caminado en múltiples ocasiones de la mano. Qué decir de las lechuzas bebedoras de aceite en los cepillos de las iglesias, de los lobos como aliados del maligno y de las brujas o de la calvicie provocada por el escupitajo de la salamanquesa. Y también, por qué no, para preguntaros acerca del “tejón de pezuña” y si habéis oído hablar de él en alguna ocasión a vuestros mayores.

Créditos de las imágenes:

  • La fotografía de la huella de tejón pertenece al blog Imágenes del Campo.
  • El dibujo es una ilustración para El viento en los sauces, la maravillosa fábula de Kenneth Grahame.

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Ha regresado (como el buen turrón lupino) a casa por Navidad mi buen amigo Alberto y, aprovechando su retorno, me he aprovechado de su buen talante y mejor disposición para pedirle que nos cuente de primera mano su experiencia trabajando en un parque eólico. Él, por supuesto, ha tenido a bien reseñar escuetamente unas vivencias que han ocupado estos  últimos meses y, con buena pluma (qué mejor instrumento para un ornitólogo, ¿verdad?), nos ha regalado el texto que, con todo mi agradecimiento, compone esta entrada.


Mi amigo-hermano Miguel, me ha pedido que os cuente mi experiencia en Portugal, trabajando con aerogeneradores y aves. Gustoso me ofrezco a ello.

Como el maestro Félix decía con esa característica voz; “ Queridos amigos , nos encontramos ante el mayor fenómeno del Paleártico Occidental… ¡La migración de las aves! ”.Todos, unos más de cerca que otros, hemos oído hablar de la migración. Cuando llega el otoño se van las golondrinas, que por San Blas la cigüeña verás, y sabemos que Tarifa es famosa, aparte del surf, por ser el punto de Europa donde más aves en migración se concentran para cruzar el Estrecho.
Este año he descubierto un lugar, menos conocido, pero donde la migración es también importante, sobre todo, para aves juveniles. Ese lugar es Sagres.

Sagres está situado en el sur-oeste de Portugal, muy cerca del Cabo de San Vicente, hasta hace pocos siglos, el último lugar del mundo conocido. Por sus características geográficas, una minúscula península, y por la acción que los vientos tienen en ella, convierte este lugar, en la antesala que tienen muchas aves antes de llegar al Estrecho.

El hombre desde la antigüedad, ha observado la naturaleza, para aprender la forma de sacar partido a sus recursos. Y allí donde las aves planean sin esfuerzo, el hombre ha colocado aerogeneradores, que bajo la etiqueta de energía renovable, tienen un lado bastante menos ecológico.

Este año, cerca de Sagres, comenzaba a funcionar uno de estos parques eólicos, enclavado, en el Parque Natural de la Costa Bizantina, y dentro de una zona que pertenece a la Red Natura 2000.

Un equipo de personas, fuimos contratadas, para realizar la monitorización de las aves que en migración, pasan por dicho parque y poder realizar un estudio de dichas aves y minimizar el efecto que el parque tiene en ellas.Este grupo de personas estábamos repartidas alrededor del Parque, formando un anillo de unos 3 km de radio, de este modo cualquier movimiento de un bando podía ser controlado a unos 7 km de distancia. Existían unos criterios por los cuales el Parque podía ser parado, que básicamente consistían en la entrada en el área de especies amenazadas, o bandos mayores a 10 individuos a baja altura. Tomando datos de todo tipo.

Bandada de buitres alrededor de un aerogenerador.

Bandada de buitres alrededor de un aerogenerador.

De mi experiencia vivida, me gustaría contaros, la cara más amarga, la cara que no sale en ningún sitio. Cuando conté a mi gente, que marchaba a Portugal, muchos de ellos, me preguntaban el motivo de realizar este trabajo, no comprendían que un ave pudiera morir en un aerogenerador. “Las aves vuelan muy rápido y los molinos giran muy lentos”me decían.
Si no habéis tenido la oportunidad de visitar unos de estos parques, os invito a que lo hagáis. La torre de un aerogenerador suele medir unos 120 m de altura, las aspas miden 40m formando una circunferencia de 80m de diámetro. Un aspa tarda 4 segundos en dar una vuelta completa. Si hacéis una sencilla operación matemática, veréis que la velocidad de uno de estos molinos esta en los 250km/h.

A finales de Octubre, el primer día que el invierno comenzaba a mostrarse, un bando de unos 250 buitres leonados estaban llegando al Parque. Sabéis que las grandes aves planeadoras usan las corrientes térmicas para volar sin esfuerzo. Los buitres volaban cercanos a los 400 metros de altura y a unos dos kilómetros de distancia del parque, en principio todo estaba correcto, y se cumplían los criterios establecidos. Un viento frio del norte hizo aparición, eliminando de raíz la térmica de aire cálido donde volaban los buitres. En menos de dos minutos los buitres cambiaron de dirección, estas aves son como borreguillos, donde va el primero, el resto sigue detrás. El primer buitre tomo dirección al parque, y empezó a descender rápidamente en altura seguido por los demás, en dos minutos 250 buitres volaban entre el parque a 40 metros de altura.

El promotor del parque tardó 53 minutos en pararlo. El resultado por suerte o por desgracia fueron 3 buitres muertos. El desanimo se hizo latente entre todos los compañeros, porque nos vimos impotentes y sentíamos que habíamos fallado, aunque no tuviéramos culpa alguna.

La imagen de la muerte de esos animales, son de esas imágenes que la vida te hace que guardes, para que siempre la tengas presente. Es una muerte cruel y horrible.

Cuando llegamos al lugar, con un halo de esperanza de encontrar algún superviviente, el panorama era desolador. Dos de ellos yacían en el suelo, diseccionados en dos partes y un rastro de plumas por el suelo, nos hacía pensar que el tercero podía seguir vivo, nada más lejos de la realidad. El aspa disecciono una de sus alas, pero continuo con vida, del sufrimiento que le producía, le llevo a apuntarse el mismo una de sus patas y finalmente murió desangrado.

Las consecuencias del vuelo que se desarrolla peligrosamente cercano a un aerogenerador en movimiento.

Las consecuencias del vuelo que se desarrolla peligrosamente cercano a un aerogenerador en movimiento.

Semanas más tarde, la escena se repitió en dos parques cercanos, que debido a su antigüedad no están sujetos a este tipo de estudios. Desde la lejanía y con la experiencia vivida semanas atrás, vimos como varios buitres colisionaban, pero nos hacían pensar que podían seguir vivos. Abandonamos nuestros puestos y fuimos en su búsqueda. A nuestros pies, un barranco lleno de jaras y zarzas , que no nos dejaba ver más allá de un metro de distancia. Encontramos un buitre muerto pero casi con un mes de antigüedad, pero no abandonábamos la idea de encontrar uno vivo.

Al final, sin luz, ensangrentados por las zarzas, encontramos a uno vivo, el aspa le había golpeado pero de manera milagrosa, parecía estar bien. Lo llevamos a un CREA, donde le diagnosticaron una rotura de húmero, por lo que aquel fue su último vuelo. Ahora pasará a esa lista de animales irrecuperables (por nuestra culpa) que sirven para concienciarnos de lo que tenemos y que tan poco valoramos, por contradictorio que sea.

A lo largo de este tiempo, el parque fue parado innumerables veces, y la muerte de estos animales sirvió para que el promotor fuera más eficaz a la hora de parar el parque. Con nuestro trabajo, son muchas las aves que se han salvado de morir.

Buitre al pie del aerogenerador.

Buitre al pie del aerogenerador.

Portugal ahora está comenzando a instalar aerogeneradores, pero en España hace tiempo que están establecidos y no tengo constancia de que este tipo de trabajo se realice aquí. En España se hacen estudios de mortalidad, donde solo se dedican a recolectar los cadáveres, pero no ponen medidas para evitarlo. En Tarifa son cientos de aves las que mueren cada año, por los molinos, incluso existe un terrorismo ambiental, de las propias compañías eléctricas, que recogen los cadáveres y los distribuyen por parques de la competencia, para decir que ellos con más respetuosos con el medio ambiente que los demás.

Un parque eólico mueve millones de euros al año, y la construcción de uno de ellos queda amortizada en el primer año de funcionamiento y el resto son beneficios para la empresa. Si se destinara el 0,1% de lo que produce un parque al año, se podrían realizar este tipo de trabajo y ayudar a la conservación.

No solo las aves están amenazadas, los murciélagos también vuelan. Os puedo asegurar que encontrar un bicho muerto de tres metros de envergadura es complicado, imaginad un murciélago de varios gramos, que se puede desintegrar prácticamente con el impacto. ¿Alguien sabe cuántos mueren al año y como afecta a su población?. Nadie.

Habrá quien diga que los ecologistas no paran de quejarse, que primero piden energías limpias y ahora se quejan de sus consecuencias. Creo que no es cuestión de ser más o menos ecologista, creo que es una cuestión de principios y de hacer las cosas con coherencia, pero este país, sigue siendo un país de Manolos y Benitos, donde la chapuza esta a la orden del día.

Espero que esto cambie, y que este tipo de proyectos cada vez tenga más presencia, por que todos saldremos ganando, las aves las primeras.

Un saludo,

Alberto.

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Ayer hablaba con un compañero acerca de las problemáticas por las que están pasando las poblaciones de murciélagos en nuestro país. Comentábamos la noticia del virus que les está atacando, similar al Ébola pero que -según dicen- no parece patógeno. Le decía a mi amigo que, entre otros muchos problemas, nuestros hermosos quirópteros (la belleza, dicen, está en los ojos de quien mira, ¿no? Je, je) sufren el envenenamiento progresivo de los campos, devorando insectos que presentan en sus organismos numerosos compuestos químicos provenientes de herbicidas, insecticidas y demás pesticidas con que se aderezan los productos de la industria agrícola de nuestros días.

El caso es que, habla que te habla, y ya que veía la gran importancia de estos mamíferos en el control de plagas, le pregunté a mi compañero si había pensado en la cantidad de murciélagos que podía ver en las noches de verano (tan propicias para observarles en la anochecida) cuando era joven, y los que veía hoy día. Confirmó lo sabido: “¡Ostras! Es verdad, ahora no se ven tantos.”

Me acordé entonces de un artículo que escribí hace años para una revista cultural que comenzamos a publicar unos amigos y yo y que, aunque no alcanzó tan larga vida como otra musical que la precedió, sí que nos proporcionó bastantes satisfacciones. He recuperado el texto tal y como lo escribí en su momento,  y aquí os lo traigo, solicitando benevolencia para con él. Espero que os guste.

oOo

Resulta preocupante -o así debiera ser- para cualquier sociedad avanzada el comprobar de qué manera va perdiendo no sólo sus propios valores y costumbres, sino incluso su patrimonio cultural y biológico. Este último, el biológico, no parece haber sido nunca tomado demasiado en cuenta. Y, creo yo, y a buen seguro también tú, lector -y excúsame ese trato de confianza-, que no es cosa de tomarse a broma el perder un patrimonio irrecuperable, extenso por cuanto lo diverso de las especies, ecosistemas, climas, etc. que lo componen, y tan frágil que un ligero desequilibrio en esta tupida red que interrelaciona todos los componentes de cualquier ecosistema, conlleva una sucesión de acontecimientos difícilmente reparables por la pequeña mano del hombre, por más que, encerrados en nuestra actitud ególatra, nos creamos dueños de “echar a nuestra cazuela” todo lo que corra, nade, o vuele.

Tal vez creamos que no hay por qué ser tremendistas, que todo tiene solución o que realmente no puede llegar a afectarnos. Cuando se habla de medio ambiente, no se habla de las amapolas de un verde campo de trigo, ni de las abejas que polinizan dichas flores, ni de una perdida y lejana selva amazónica. Se habla del entorno que nos rodea, de la interacción del hombre con el mismo, de la ciudad donde vivimos, del aire que respiramos, en suma, de nosotros mismos. Y, aunque sólo fuera por eso, por simple y mero egoísmo, deberíamos ser más exigentes con nuestros gobiernos, con nuestros conciudadanos y con nosotros mismos, para intentar conseguir unas mejores y más óptimas condiciones de vida.

Quizá aún pienses que todos esos problemas están lejos. Que a ti no te afectan, o que no llegas a ver ninguna consecuencia directa de los mismos. Ya vivamos en la ciudad o en un perdido pueblito rodeado de campos de cultivo, podremos observar secuelas de la presión que ejercemos sobre nuestro medio ambiente. Pensemos tan sólo por unos instantes en qué echamos de menos a nuestro alrededor. Yo propondré un ejemplo. Después, te toca a ti, ¿de acuerdo? Llega ahora el verano, y con el estío, las tardes se prolongan y extienden bajo un calor soporífero. Pero, con la caída de la noche, refresca un poco, y todos nos disponemos a pasear, a tomar unas cañas en la terraza de ese bar de la esquina, o a leer un libro en un parque cercano. Miremos por un instante al cielo. ¿Qué vemos? Tal vez el lucero del alba ya titila, solitario aún. Una perdida nube. Algún tejado bajo cuyo alero aún quedan las marcas de un nido de vencejos arrancado y caído. Pero, ¿qué es lo que no vemos? Por ejemplo, el vuelo zigzagueante y (aparentemente) sin rumbo de los murciélagos. Tal vez veamos uno, dos, tres de estos mamíferos voladores buscando su alimento durante el crepúsculo. Hace cinco, diez años, su número habría sido muchísimo más elevado. Recuerdo, en mi caso, cielos abarrotados de pequeños murciélagos que con su vertiginoso vuelo rasante, con aquella danza macabra que ejecutaban cada noche, me embelesaban y me hacían indagar en los misterios de la física y la vida. El radar con el que tan ingeniosamente dotó Madre Naturaleza a los quirópteros. Este es sólo un ejemplo de cómo un animal beneficioso para nosotros, ya que la ingesta de pequeños insectos que realiza cada noche resulta necesaria y útil, desaparece en pos de un progreso en el que, encontrado el DDT y más eficaces insecticidas y pesticidas con los que rociar nuestros campos, no hay cabida para un animal que perece envenenado por alimentarse de insectos emponzoñados. Pero no sólo él, sino muchas avecillas insectívoras mueren por esto, o resultan dañadas. Los huevos de muchas aves cada vez muestran un menor número de nacimientos debido a que los pesticidas dañan los mismos. Pero no divago más, y te dejo el turno: espero tu ejemplo.

No es éste -no, al menos, en primer término- el tema de mi artículo. Tan sólo pretendía exponer el hecho de que todo, aunque no nos lo parezca, nos influye y toca de cerca. ¿Recuerdas que ocurrió con el bucardo? El bucardo, esa cabra montés pirenaica, se extinguió hace un par de años. Su último ejemplar, una anciana hembra, murió aplastada por un árbol caído. Un triste final para una especie autóctona, irrepetible, que era parte de nuestro patrimonio biológico. Una pérdida irreparable, en suma. Yo pretendía, al comenzar el artículo, hablar un poco sobre el lince ibérico (Lynx pardinus). Sobre nuestro pequeño tigre peninsular.

Estudios de la Consejería de Medio Ambiente indican que el número de ejemplares lince es de unos quinientos. Teniendo en cuenta que su número está en grave recesión (su población se ha reducido al 50% en los últimos 10 años), y lo dificultoso de la reproducción en ejemplares tan dispersos geográficamente, llegamos a la conclusión de que nuestro lince se encuentra en graves problemas de supervivencia como especie. Especie que se encuentra gravemente amenazada por la pérdida de su hábitat, la disminución de alimento disponible por la regresión de su presa básica (el conejo), así como por la mortandad no natural de ejemplares por atropellos, cepos, disparos… Según datos de la Unión Mundial para la Naturaleza (UICN), el lince ibérico está considerado como el felino más amenazado del mundo.

Se creyó durante mucho tiempo que el lince ibérico (lynx pardinus) era una subespecie del lince boreal o eurasiático (lynx lynx), y esta confusión -además de la dejadez y mal hacer de unos gobiernos poco interesados en la conservación de nuestro entorno- ha conllevado a una mala y escasa política de conservación del lince ibérico. Por poner un ejemplo, el gobierno español pagó generosamente la destrucción de linces hasta los años 50, no siendo declarado especie protegida hasta 1973. Actualmente hay sanciones por el asesinato de un lince que llegan incluso a la cárcel.

¿Qué sabemos sobre el lince? Todos hemos visto en alguna ocasión en televisión a este pequeño cazador. Hagamos memoria: a buen seguro nos llamó la atención este singular felino por sus orejas rematadas por pequeños “pinceles” de pelo negro, cuya finalidad es la de descomponer la redonda silueta de su cabeza y aumentar así el mimetismo con su entorno. También recordaremos sus patillas que le cuelgan de las mejillas y le proporcionan tan singular apariencia. Los machos, por cierto, las tienen más grandes que las hembras, pero en ambos casos esas patillas crecen durante toda su vida. Y su pelaje, pardo-grisáceo con los flancos moteados de negro, que tan bien le camuflan en los bosques mediterráneos con abundante matorral que conforman su entorno.

Su entorno, su territorio, que viene a ocupar unos 10 kilómetros cuadrados, y cuya extensión está delimitada por la cantidad de presas que allí habiten. Territorios que, cada vez más, aparecen degradados por la mano del hombre, separados por barreras de todo tipo, lo que consigue aislar a los linces en poblaciones fragmentadas, incomunicadas, que dificultan la reproducción, e impiden en último término el intercambio genético de la especie.

Los problemas ante los que se encuentra el lince, son por tanto, el descenso de las poblaciones de conejo, su máxima fuente alimenticia; la pérdida de su hábitat, al que han afectado tanto las repoblaciones con especies inadecuadas, de crecimiento rápido, como el pino o el eucalipto, que evitan el crecimiento de matorral, como la ganadería intensiva, que sobre-explota el estrato herbáceo, limitándose así las poblaciones de conejos. Y por último, actividades de caza furtiva, con uso de cepos y lazos, las muertes indirectas por accidentes, etc.

Habida cuenta de la situación de tan emblemática especie, los biólogos no quieren arriesgarse a que una inesperada enfermedad, o cualquier situación imprevista, llegue a mermar más aún la población de linces ibéricos. Por ello, entre las acciones que se están llevando a cabo para la recuperación de la especie, se encuentra la cría en cautividad. Es el medio de conservación que se usa cuando todos los demás han fallado, y en la actualidad sólo se usa este método con el quebrantahuesos y, próximamente, con el águila imperial. Sin embargo, no es algo tan fácil. Las especies salvajes tienen serios problemas para la procreación cuando se encuentran en cautividad, y así, por ejemplo, aunque se han producido puestas de quebrantahuesos cautivos, no ha sido con éxito. A esta iniciativa del Grupo de Trabajo del Lince Ibérico se ha sumado por primera vez Portugal, donde existen unos 60 ejemplares de lince. Así pues, se intentará la reproducción de linces en el centro de “El Acebuche”, en Doñana, y hasta dentro de 8 ó 10 años no se cree que puedan introducirse algunos de esos linces en zonas donde la especie ha desaparecido o está en franco retroceso… y pueda conseguirse con éxito. Esto sólo sería posible si las condiciones que provocaron la desaparición del lince hubieran cambiado. Es por ello que el biólogo Miguel Delibes apunta que, si bien el Ministerio de Medio Ambiente con esta iniciativa intenta la recuperación de la especie, no actúe de forma incongruente con su política de aguas, aprobando la construcción de embalses que, como el de la Breña II, amenacen hábitats de linces.

Resumiendo, tenemos linces que, como aquellos murciélagos que ponía por ejemplo algunos párrafos más arriba, cada vez son menos avistados. Más escasos. En recesión. ¿Hasta qué punto queremos imponernos la medalla de permitir la desaparición de una especie? ¿Aun así, nos consideramos avanzados, civilizados… racionales? No creamos que todo nos pertenece y que podemos destruirlo a nuestro antojo… o creámos que sí, que es nuestro, y asumamos la responsabilidad que nos corresponde: defendamos, con uñas y dientes, pero sobre todo con inteligencia, aquello que es nuestro más preciado tesoro. He dicho.

(Este artículo apareció publicado en el nº 2 de la revista cultural “Al-Margen”. Otoño de 2001).

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