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Posts Tagged ‘energía’

Esta semana iba a impartirse un curso de introducción a las rapaces nocturnas en en el Centro de Estudios Ambientales de Santa Fe, contando como mentor a mi buen amigo Alberto. El evento se presentaba la mar de interesante, ya que se iban a realizar dos salidas de campo al cercano Parque Periurbano de la Dehesa de Santa Fe donde es posible oír, con algo de suerte, al gran duque reclamando su territorio.

Sin embargo, a causa de las lluvias que se esperan en los próximos días el curso posiblemente se posponga, pero no es ese el motivo de que lo mencione en el blog. La mala noticia que vengo a traer no es otra que la que este lunes nos hacía llegar el presidente de AUCA: un ejemplar de búho real había aparecido electrocutado en una de las mortíferas líneas eléctricas que atraviesan este espacio protegido.

Podéis haceros cargo de nuestra desolación al constatar que nos encontrábamos ante el tercer búho real que aparecía muerto por dicha causa en menos de un año. Lamentablemente, ni son los únicos ejemplares de rapaces que hemos encontrado a los pies de estas líneas, ni esta es la única especie de interés que hace uso de “la Dehesilla”. Al final de la entrada dejo una serie de artículos aparecidos en prensa sobre esta problemática.

Tras conocer la nefasta noticia, publiqué en Twitter un par de fotografías del búho y al día siguiente recibí un mensaje de respuesta del responsable de comunicación de ENDESA, ya que cité el nombre de la compañía al ser el tendido propiedad de esta. En su mensaje me hacía llegar el enlace a un artículo sobre los avances realizados por  la compañía para la adecuación de sus infraestructuras buscando evitar la mortandad de aves, así como unos datos que indicaban que esta se había reducido hasta en un 80 %. Sin restar valor a la noticia (tal y como le dije, en efecto, me alegro de ello), me sentí como la persona que acaba de perder a un familiar, amigo o conocido en un accidente de tráfico (causado por un conductor en estado de embriaguez o que superaba la velocidad permitida) a la que la D. G. T. pretende consolar presentándole las estadísticas de una exitosa campaña de Navidad que se ha saldado con menos muertes que las de los 5 últimos años, por poner un ejemplo.

No solo me congratulo de que las compañías se impliquen y trabajen en pro del entorno natural (si bien muchas veces, y no digo que este sea el caso, no se trata más que de operaciones de “greenwashing” o paraecologismo), sino que lo considero necesario. Entiendo también que haya prioridades, de modo que las líneas con más puntos negros y aquellas que atraviesan entornos protegidos (no es lo mismo un parque nacional que uno periurbano) reciban mayor atención. Pero no hay que olvidar que existen numerosos informes presentados a lo largo de los años por la Agrupación de Voluntariado Ambiental de Santa Fe (AUCA) ante el Ayuntamiento de la localidad y la Delegación de Medio Ambiente en los que se informa de la problemática de estas líneas. Que tanto los agentes de Medio Ambiente como el SEPRONA han sido informados en cada uno de los casos de electrocución y se les ha acompañado al lugar de los hechos para la inspección y recogida de los cadáveres, y que la propia compañía eléctrica estaba al tanto de los mismos.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

El Parque Periurbano de la Dehesa de Santa Fe, como ocurre con tantos otros espacios verdes cercanos a núcleos urbanos, está francamente infravalorado. Tanto por sus valores intrínsecos como por la importancia que tienen estos entornos naturales (o naturalizados) para el desplazamiento de muchas especies, ya que en muchos casos vienen a satisfacer las necesidades de ejemplares juveniles de aves que se encuentran en dispersión, de otras que están en plena migración o que los usan como cazaderos y lugares de nidificación y cría.

Por todo lo anterior, me gustaría reivindicar estos espacios cuyos valores son olvidados, consciente o inconscientemente, por las concejalías de medio ambiente, agencias medioambientales, responsables políticos, empresarios, técnicos y por la ciudadanía en general. Porque, como bien sabéis, el valor conjunto de nuestros ecosistemas es mucho más que la suma de cada uno de ellos tomados por separado.

Por eso, y porque por muy bien que vaya la economía global a cualquiera de nosotros nos preocupará estar en paro (volviendo al símil de que el bien de la mayoría no ha de hacernos caer en la autocomplacencia y llevarnos a olvidar que existe el dolor de una gran minoría), hoy he querido volver a recordar al gran duque que tantas buenas noches nos ha regalado acompañándonos con su bronco ululido.

Enlaces relacionados:

Nota: Las fotografías pertenecen a la persona que localizó el ejemplar de búho real y lo notificó a la asociación de voluntariado y a Alberto, el organizador del curso sobre rapaces nocturnas y que ya nos visitó para hablarnos de la mortandad de aves por colisiones.

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Releyendo La isla misteriosa, de Julio Verne, me topé con este párrafo que me asombró profundamente:

Un día Gedeón Spilett le dijo:
-Pero en fin, querido Ciro, todo este movimiento industrial y comercial que usted predice continuará en progresión constante. ¿No corre peligro de verse detenido tarde o temprano?
-¿Detenido? ¿Por qué?
-Por falta de carbón, que puede llamarse el más precioso de los minerales.
-Es el más precioso -contestó el ingeniero-, y parece que la naturaleza lo ha querido demostrar así haciendo el diamante, que en último análisis no es más que carbón puro cristalizado.
-¿Quiere usted decir, señor Ciro -repuso Pencroff-, que se quemarán diamantes a guisa de hulla en las calderas?
-No, amigo mío -contestó Ciro Smith.
-Sin embargo, insisto en lo que he dicho -añadió Gedeón Spilett-. ¿Negará usted que un día se habrá extinguido completamente la provisión de carbón?
-Los yacimientos de hulla son todavía muy considerables, y los cien mil obreros, que arrancan anualmente cien millones de quintales métricos de mineral, están muy lejos de agotar tan pronto los depósitos.
-Considerando la proporción creciente del consumo de carbón de piedra -repuso Gedeón Spilett-, se puede presumir que esos cien mil obreros serán pronto doscientos mil y que se duplicará la extracción.
-Pero después de los yacimientos de Europa, con el auxilio de nuevas máquinas podrán explorarse más a fondo. Las minas de América y de Australia suministrarán por largo tiempo todavía lo necesario para el consumo de la industria.
-¿Por cuánto tiempo? -preguntó el periodista.
-Al menos por doscientos cincuenta o trescientos años.
-Eso nos debe tranquilizar -intervino Pencroff-, pero es alarmante para nuestros bisnietos.
-Ya se inventará otra cosa -dijo Harbert.
-Esperemos -contestó Spilett-, porque sin carbón no hay máquinas, y sin máquinas no hay trenes, ni vapores, ni fábricas, ni nada de lo que exige el progreso de la vida moderna.
-Pero ¿qué se inventará? -preguntó Pencroff-. ¿Lo imagina usted, señor Ciro?
-Algo, amigo mío.
-¿Y qué se quemará en vez de carbón?
-¡Agua! -respondió Ciro Smith.
-¡Agua! -exclamó Pencroff-. ¡Agua para calentar las calderas de los vapores y de las locomotoras, agua para calentar el agua!
-Sí, amigo mío -repuso Ciro Smith-; agua descompuesta sin duda por la electricidad y que llegará a ser entonces una fuerza poderosa y manejable. Todos los grandes descubrimientos, por una ley inexplicable, parece que se encadenan y se completan en el momento oportuno. Sí, amigos míos, creo que el agua se usará un día como combustible, que el hidrógeno y el oxígeno que la constituyen, utilizados aislada y simultáneamente, producirán una fuente de calor y de luz inagotable y de una intensidad mucho mayor que la de la hulla. Un día el pañol de los vapores y el ténder de las locomotoras en vez de carbón se cargarán de esos dos gases comprimidos, que arderán en los hornos con un enorme poder calorífico. No hay que temer, pues, mientras esta tierra esté habitada, suministrará elementos para satisfacer las necesidades de sus habitantes, los cuales no carecerán jamás de luz ni de calor, como tampoco de las producciones de los reinos vegetal, mineral y animal. Creo que, cuando estén agotados los yacimientos de hulla, se producirá el calor con agua. El agua es el carbón del porvenir.
-Quisiera ver eso -dijo el marino.
-Has madrugado mucho, Pencroff -contestó Nab, que intervino con estas palabras en la conversación.

Este libro fue publicado por Verne entre los años 1874 y 1875 en Magasin d’Education et de Récréation, y todas sus páginas destilan la pasión del autor francés por la ciencia y una visión positiva de los avances tecnológicos de la época. El carbón era la sangre que alimentaba las máquinas de la Revolución Industrial y la posibilidad de agotamiento del mismo era una cuestión sobre la que no merecía la pena gastar mucho tiempo. Sin embargo los náufragos -colonos- de la isla Lincoln se lo plantean, y Cirus (Ciro en algunas traducciones) Smith no duda en responder, como el hombre de ciencia que es. La respuesta de Ciro a sus compañeros no puede resultar más sorprendente. Tal vez usa palabras y conceptos de su época, pero la concepción del agua como fuente inagotable de energía, descomponiéndola en sus elementos y usando estos como combustible se acerca mucho, tal vez demasiado, al de la pila de hidrógeno.

¿Fue Verne un visionario? Realmente usaba como fuente de documentación obras divulgativas de la época, pero su imaginación no parecía tener límite. Sus libros han constituido alimento para los sueños de aventura y bebida para la sed de conocimiento de generaciones de jóvenes, siendo en demasiadas ocasiones menospreciados como lectura adulta, pero qué duda cabe de que el bueno de Jules contribuyó a despertar vocaciones en geógrafos, geólogos, químicos o ingenieros a lo largo y ancho del mundo.

Y ahora, sigo estudiando esta asignatura de Tecnología Energética que cogí pensando en el verano y que, tengo que decirlo, me está resultando bastante menos amena que los descubrimientos de los colonos de la que puede ser (para mí lo ha sido, desde luego, desde que la leí por vez primera hace más de 20 años) la obra maestra de Verne.

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Porque no queremos esto…

Nuestra energía

Nuestra energía...

... y algunas consecuencias.

... y algunas consecuencias.

Nuestras ciudades,

Nuestras ciudades,

¿nuestros hogares?

¿nuestros hogares?

Lo que nos falta.

Lo que nos falta.

Lo que nos sobra.

Lo que nos sobra.

Nuestras telecomunicaciones.

Nuestras telecomunicaciones.

Día Mundial del Medio Ambiente 2011. Solo con tu implicación es posible celebrarlo de otro modo.

Nota: Las fotografías provienen de:

Si eres el propietario de alguna de ellas y deseas que sea retirada del blog puedes indicármelo  a través del correo electrónico trotalomas (arroba) gmail (punto) com. Gracias.

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Pueblo abandonado cerca de Chernóbil.

Pueblo abandonado (Pripyat) cerca de Chernóbil.

O lo que es lo mismo, 25 añitos. Cinco lustros desde que se produjera el mayor accidente nuclear de la historia, que no el único pero sí el que mayor repercusión ha tenido -hasta la llegada de Fukushima, otro gran accidente provocado por la decisión política de ubicar plantas nucleares en regiones de alta actividad sísmica-. Hoy todos los medios se hacen eco del aniversario de tan nefastos acontecimientos y hay numerosas propuestas para quienes deseen profundizar en torno a los hechos que rodearon el triste accidente y sus consecuencias. No quería dejar pasar el día sin traer, al menos, unas palabras para la reflexión. Se trata de unos fragmentos de la conocida obra de Ulrich Beck, La sociedad del riesgo: hacia una nueva modernidad. Las cursivas son del propio autor.

[…] en aquel tiempo [se refiere a la primera industrialización], a diferencia de hoy, los peligros atacaban a la nariz o al os ojos, es decir, eran perceptibles mediante los sentidos, mientras que los riesgos civilizatorios hoy se sustraen a la percepción y más bien residen en la esfera de las fórmulas químico-físicas (por ejemplo, los elementos tóxicos en los alimentos, la amenaza nuclear). A ello va unida una diferencia más. Por entonces, se podía atribuir los riesgos a un infraabastecimiento de tecnología higiénica. Hoy tienen su origen en una sobreproducción industrial. Así pues, los riesgos y peligros de hoy se diferencian esencialmente de los de la Edad Media (que a menudo se les parecen exteriormente) por la globalidad de su amenaza (seres humanos, animales, plantas) y por sus causas modernas. Son riesgos de la modernización. Son un producto global de la maquinaria del progreso industrial y son agudizados sistemáticamente con su desarrollo ulterior.

[…] a los riesgos que a continuación figurarán en el centro y que desde hace unos años intranquilizan a la opinión pública les corresponde una nueva cualidad. En las consecuencias que producen ya no están ligados al lugar de su surgimiento; más bien, ponen en peligro a la vida en esta Tierra, y en verdad en todas sus formas de manifestación.

[…]

Estos riesgos causan daños sistemáticos y a menudo irreversibles, suelen permanecer invisibles y se basan en interpretaciones causales, por lo que sólo se establecen en el saber (científico o anticientífico) de ellos, y en el saber pueden ser transformados, ampliados o reducidos, dramatizados o minimizados, por lo que están abiertos en una medida especial a procesos sociales de definición. Con ello, los medios y las posiciones de la definición del riesgo se convierten en posiciones sociopolíticas clave.

[…]

La expansión de los riesgos no rompe en absoluto con la lógica del desarrollo capitalista, sino que más bien la eleva a un nuevo nivel. Los riesgos de la modernización son un big business. Son las necesidades insaciables que buscan los economistas. Se puede calmar el hambre y satisfacer las necesidades, pero los riesgos de la civilización son un barril de necesidades sin fondo, inacabable, infinito, autoinstaurable.

Para saber más:

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El primero de los ejercicios del “Curso de periodismo ambiental” que estoy haciendo proponía un estudio y reflexión del siguiente vídeo, que me encantó:

Hoy es el Día de la Tierra, y la lectura de otra carta debería hacer que nos preguntásemos: ¿deseamos vivir o sobrevivir?

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Caídas ya en el olvido mediático las noticias sobre la contaminación ambiental del aire en nuestras grandes ciudades, de lo que se habla en estas semanas es del varapalo sufrido por el transporte privado cuando el Gobierno anunció, entre sus medidas de ahorro energético, que limitaría la velocidad máxima en autopistas y autovías a 110 km/h.

Las reacciones más sonadas han sido las que han puesto el grito en el cielo por limitar más aún las libertades individuales, voces que afirman que nos dirigimos hacia el abismo del comunismo, que si esto es Cuba y que a 110 km/h uno se duerme al volante. Ahora bien, ante el recorte de derechos laborales y sociales nadie se indigna. Ante el paripé de los sindicatos, que organizaron una seudohuelga general y “nunca máis”, tampoco. Pero sí cuando no nos dejan fumar en espacios cerrados, aun cuando más del 60% de la población se declare no fumadora. Vayamos por partes, a ver si podemos oxigenar un poco más nuestras mentes.

Las medidas que está tomando el Gobierno para ahorrar en la factura de la energía son claramente insuficientes y, en ocasiones, contradictorias. Ahora bien, hasta la fecha no he oído de los grupos de la oposición alternativas claras y seguras sobre el tema. Del grupo mayoritario de la misma, el Partido Popular, surgen voces que hablan de un pacto energético que nos haga menos dependientes de los países productores del petróleo. Esto es, hablando claramente, que apostemos por la energía nuclear. Afortunadamente, tras muchos eufemismos y mensajes oscurantistas, su máximo representante ha hablado claro: “Nuclear sí, por supuesto“. Lo que no conviene olvidar es que la energía nuclear nos hace igualmente dependientes: de las minas de uranio del extranjero cuando con la producción nacional no resulta suficiente, de los costes de enriquecimiento del mismo ya que por el Tratado de no Proliferación Nuclear no es posible hacerlo en nuestro país y, por último del uso del uranio enriquecido para la obtención de energía eléctrica, así como de la gestión y almacenamiento de residuos de baja, media y alta actividad.

Volviendo a la iniciativa del Gobierno, lo cierto es que la reducción de la velocidad a 110 km/h tiene más pinta de desvío de la atención pública sobre otros asuntos de actualidad que de ser una medida seria, sobre todo porque la velocidad óptima de cada vehículo es distinta, depende de su par motor máximo (en el mío posiblemente esté más cerca de los 90-100 km/h a los que suelo circular que a esos 110 km/h propuestos por el Gobierno, y en otros vehículos es posible que esté incluso por encima), y porque el coste económico de colocar las famosas pegatinas (que requieren también de energía para su fabricación) sobre las señales de velocidad y de retirarlas en un futuro es bastante elevado. Lo que me ha resultado llamativo es que se hayan producido tantas reacciones adversas cuando, a día de hoy, tanta gente se salta a la torera la limitación actual de 120 km/h: mientras conduzco hay multitud de coches que me adelantan circulando a 130 ó 140 km/h, por lo menos. En cuanto al tiempo que “perderemos”, incluso en un trayecto largo, cuando más tiempo se pasa circulando en autovía o autopista, esa diferencia de velocidad no es realmente significativa: un viaje Málaga-Madrid, por ejemplo, es de 536 km, lo que quiere decir que a 120 km/h tardaríamos casi cuatro horas y media en llegar y a 110 km/h poco menos de 5 horas, en definitiva, unos 24 minutos más, aproximadamente. Tal vez es que haya  mucha gente velocifílica.

En el caso de transporte de mercancías, o transporte público en bus, una medida que me pareció razonable, propuesta por un profesional del sector, fue que se bajase el precio del peaje en autopistas y evitasen así el paso por travesías donde la velocidad está limitada a 50 km/h y el consumo de combustible en estos vehículos se eleva bastante. Otra medida interesante, de la que habré hablado en multitud de ocasiones con amigos y compañeros de profesión, es la del teletrabajo, siempre que la actividad que desarrollemos lo permita. La energía más barata y menos contaminante es la que no se usa,  tal y como afirma Txema en su blog (también aquí), y el teletrabajo sería una opción si no fuera por la falta de visión que existe en nuestro país. Siempre he defendido que si alguien tiene que quedarse un número de horas mayor cada día en su puesto es o porque no da más de sí y no es capaz de realizarlo en su tiempo o porque uno de sus superiores no hace bien su trabajo, estimando adecuadamente el tiempo necesario para llevar a cabo la actividad. Sea como fuere, alguien no está siendo suficientemente profesional. Lo curioso es que incluso en sectores que se consideran punteros y que deberían de estar a la avanzadilla de los que se quieren “europeos”, que se autodenominan en cuanto a las relaciones empresa/empleado, cuando se trata de maximizar el beneficio de la empresa y de que los proyectos salgan adelante apelan a la responsabilidad de los trabajadores y a que se trabaja por objetivos (es decir, que hay que echar las horas extras gratuitas que sean necesarias para que salga adelante el proyecto), pero cuando se menciona la palabra teletrabajo se echan las manos a la cabeza, negando la profesionalidad de esos mismos trabajadores, incapaces de hacer su trabajo si no están las horas necesarias en la oficina (cuyos costes energéticos de mantenimiento tiene que asumir, recordemos, la propia empresa).

Para terminar con este nuevo episodio humo-rístico, os voy a contar una anécdota que viví el pasado fin de semana en Santa Fe y que fue uno de los contrapuntos a los buenos momentos que narré en una entrada anterior. Mi pareja y yo habíamos salido el sábado por la noche a tomar algo, ver a un amigo y pretender arreglar el mundo entre charla y risas. Fuimos a un bar/cafetería del pueblo donde habitualmente tomamos algo cuando estamos por allí y entramos dentro, ocupando una de las mesas, y nos dispusimos a disfrutar de la noche. Así fue hasta que, en un momento dado, la camarera introdujo una de las mesas del exterior y entraron varias personas fumando. Nos miramos atónitos, diciéndonos que qué era aquello. Entonces la chica se acercó a nosotros y nos dijo: “No os importa que fumen dentro, ¿verdad? Es que es tarde, y como no va a venir ya más gente…”. Personalmente me considero una persona con empatía y, aunque he agradecido la aprobación de la ley antitabaco (ahora salgo más que antes, me gusta estar tomando algo y poder respirar a la vez y, la verdad, no he notado un descenso pronunciado en el número de gente que visita los bares y restaurantes), pienso que actitudes ilógicas como las de la menestra de sanidad, que entra en el ámbito cultural queriendo que en el teatro, por ejemplo, no se haga como que se fuma, van precisamente en contra de la acogida y adaptación a la ley (aunque este es otro tema del que, si queréis, hablamos en otra ocasión). Ahora bien, y sin querer ser más papistas que el papa, me pareció fatal la forma de actuar, preguntándonos cuando ya había permitido que entrase la gente fumando. Es más, cuando mi pareja le comentó que sí, que nos importaba ya que ninguno de los que estábamos allí fumábamos (y, para más inri, estaba convaleciente de una faringitis aguda), ni corta ni perezosa se fue hacia la otra mesa para pedirles que saliesen nuevamente, señalándonos como causantes del “desalojo”, lo que desembocó en miradas torvas y un malestar que nos llevó, finalmente, a irnos del lugar.

Lo que quiero señalar con este último punto es que lo importante no es tanto que se aprueben leyes que, recordemos, intentan regular cómo podemos actuar en sociedad, sino que aprendamos a vivir respetando a los demás y a nuestro entorno. Mientras en este país (o en cualquier otro, aunque aquí somos los reyes en esto) se vea bien la picaresca, se admire a quien sea capaz de saltarse la ley y salir indemne (léase corrupción política, el que lleva un detector de radares ilegal en el coche o el que especula con el dinero de otros y, encima, se le pagan “los vicios” con el dinero de los contribuyentes) o no seamos capaces de ver más allá del “súper-yo” egocéntrico en que estamos sumidos, mereceremos a los políticos que tenemos y ser lo que somos: un país de pandereta.

Os dejo, como en la primera entrada sobre “Malos humos”, con la música de Medina Azahara.

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Vivimos en la era de la estupidez. Eso es lo que afirma, al menos, la película de Franny Armstrong que lleva el mismo título que esta entrada, a caballo entre el cine documental y la ciencia ficción (con sólidas bases de la primera y asomos de realidad en la segunda). Aproveché el pasado fin de semana para verla, ya que era una de las películas que tenía pendientes en torno al tema –recurrente ya– del calentamiento global planetario, y lo cierto es que me gustó bastante, aunque cada día sea más escéptico con estos temas (más bien con el enfoque que se les da y el que se hayan convertido en objeto de los medios de comunicación y políticos, y se desvíe la atención de la necesidad de acción).

“La era de la estupidez” nos lleva al año 2055, cuando el cambio climático ha dejado de ser una amenaza para convertirse en una dura realidad para los habitantes del planeta. Ciudades devastadas por desastres naturales y campos de exiliados en un círculo ártico que ha dejado de ser polar abren una cinta que nos llevará a conocer el origen de tan nefastas escenas. Recurriendo a grabaciones del pasado, nuestro protagonista (Pete Postlethwaite) contempla con una mezcla de asombro y pesadumbre cómo los síntomas estaban presentes cuarenta años atrás entre nuestras sociedades, cómo la naturaleza dejaba traslucir el mal que la aquejaba y de qué manera estuvimos globalmente ciegos y sordos ante estas manifestaciones. Este particular archivero se pregunta cómo fuimos capaces de no hacer nada que lo evitase ante tamaña cantidad de evidencias de cambio.

Decía más arriba que la película me gustó, y es cierto, ya que plasma a modo de narración de ciencia ficción y de forma amena una problemática actual, recurriendo al recuerdo del protagonista y a los vídeos que visiona para ponernos delante de los ojos aquellos que todo el mundo parece ver pero nadie observar.

Sin embargo, líneas arriba me planteaba como un escéptico, y os diré por qué. Desde hace unos cuantos lustros se está llevando a cabo un debate encendido entre aquellos que defienden la teoría del calentamiento global de origen antropocéntrico y quienes hablan de que se trata de un calentamiento natural en el que el hombre nada interviene y, por tanto, que no es posible frenar sino que deberemos adaptarnos a él. Más allá de las teorías de uno u otro bando y de las bases científicas que les respaldan (se ha recurrido a llamar a diversos errores o falseamientos de datos como el “Climagate”, que ya parece ser caso cerrado), lo que es innegable es que el clima está cambiando a una velocidad pasmosa, en términos de tiempo y variables geológicas, y que si bien el ser humano podrá adaptarse, técnica mediante, en mayor o menor medida al fenómeno, son numerosas las especies de animales y plantas que sucumbirán ante esta grave situación. Es más, muchas de ellas no podrán adaptarse ni tan siquiera en otras regiones bioclimáticas porque hemos destruido potenciales hábitats en nuestra carrera desenfrenada de consumo y “crecimiento”. Y todo lo anterior sin olvidar que, a día de hoy, son muchísimos más los cientos de millones de personas que pasan hambre y no tienen acceso a esa “tecnología de salvación” (ni la tendrán) que las que pertenecemos a los países industrialmente avanzados.

Ante semejante panorama, inmersos en una crisis económica y social sin precedentes, provocada por un capitalismo sin control y un consumismo desmedido, ¿a quién culpamos? ¿Con qué fuerza moral señalamos a entidades bancarias y políticos como culpables de la crisis? Todos consumimos, todos producimos para consumir más y todos nos endeudamos porque era fácil hacerlo. Y de aquí, que se salve el que pueda. Por eso, todos somos responsables (que no culpables) de lo que está ocurriendo y como tales deberíamos ser coherentes y buscar una salida hacia un modelo que no sea, una vez más, el que nos ha hecho sucumbir a la primera de cambio. Dentro de este cambio de modelo, el respeto y la preservación de la naturaleza deberían ser de capital importancia, ya que ponemos en juego la supervivencia de las generaciones venideras. Aunque sea únicamente por este egoísta pensamiento, deberíamos plantearnos qué medidas tomar, individualmente y como sociedad, así como qué exigencias transmitimos a aquellos que, recordemos, no nos deberían gobernar sino representar.

En resumen, “La era de la estupidez” resulta interesante, aunque creo que su mensaje algo apocalíptico puede insensibilizar aún más a quienes están acostumbrados, a golpe de telediario, a contemplar la miseria humana en derredor. Los mensajes positivos son bienvenidos, por supuesto, y el medio ambiente puede ser un buen motor de cambio (es más, tal vez deba serlo), pero no podemos tomarlo como un recurso productivo más, sino como un objetivo de futuro y de calidad. Pero no permitamos que el mensajero desvíe la atención del mensaje, ni nos perdamos en debates interminables sobre el significado de este, máxime cuando intenta describir algo tan difícil de acotar como es el cambio climático (un problema perverso, además).

Si os apetece indagar algo más al respecto, un par de blogs que sigo desde hace tiempo y que recomiendo encarecidamente al respecto de este tema son “Hablemos del Cambio Climático” y “Usted no se lo cree“.

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