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Hace un par de semanas presentaba en Homo libris un fragmento del libro que estaba leyendo, Costumbres de insectos observadas en plena naturaleza, de P. Eugenio Saz, en el que se narraba una anécdota zoológica pero que, además de lo curioso de este hecho, despertaba la admiración por la naturaleza, por la observación de lo que nos rodea. Del espíritu del naturalista, en pocas palabras. Días después aprovechaba para comentar algo al respecto de mis propios recuerdos entomológicos, además de los de Fabre. Pues bien, como por allí dejé caer, había descubierto el libro del padre Saz gracias a un fragmento de uno de los capítulos que dedica a las hormigas que encontré escaneado  en un foro sobre mirmecología. Aprovecho ahora para reproducir toda la primera parte del capítulo, con un episodio completo sobre “La guerra de las hormigas”, tal cual aparece en el libro (incluyendo una deficiente puntuación que me ha llamado bastante la atención, pues otras partes de estos volúmenes dedicados a los insectos aparecen mejor escritas). Os dejo con esta apasionante aventura entomológica:

En 1898 me encontraba yo en Veruela, célebre monasterio, que perteneció a los monjes cistercienses antes de la exclaustración de los religiosos, y donde actualmente estudian los cursos de letras clásicas los jóvenes estudiantes jesuitas de la provincia de Aragón.

El monasterio está situado en un pintoresco valle, a las faldas del majestuoso Moncayo, en la provincia de Zaragoza, junto al pueblo de Vera y no lejos de las ciudades de Tarazona y Borja.

Los torreones y muros almenados le dan  un aspecto imponente de grandiosidad. A su rededor la amena vega, que lo circunda, limitada por bosques de carrascas en las cercanías. A medida que uno se aleja del monasterio, en dirección a la montaña, a las carrascas sustituyen los rebollos y las hayas, junto con otra muchedumbre de árboles y arbustos, que forman un bosque espeso sin interrupción hasta la hospedería e iglesia de Nuestra Señora de Moncayo, situadas a 1615 metros. La cumbre del Moncayo llega hasta 2315 m. sobre el nivel del mar. Desde aquellas alturas puede contemplar la vista en extenso y grandioso panorama toda la extensión de Aragón y Navarra, hasta que hacia el Norte queda limitada por los montes Pirineos, y hacia el Este y Sur por la cordillera, que corre paralela al Mediterráneo y por los montes de Teruel.

Estudiaba yo aquel año la retórica con uno de esos profesores de imperecedero recuerdo, que a veces encuentra uno en su carrera, y que dejan honda huella en la mente de los discípulos, que han tenido la suerte de pasar por sus aulas.

Los ánimos juveniles se solazaban en la clase de griego con la prelección de la Ilíada, expuesta y comentada por tan competente profesor: y al mismo tiempo que se iban notando las bellezas literarias de la obra imperecedera de Homero, quedaba uno interesado y enardecido con las luchas de los heróicos personajes de tan maravillosa epopeya. Los Aquiles, Héctores, Pátroclos y Agamenones nos eran familiares. Su buen o mal humor, sus iras y bravatas, sus luchas cuerpo a cuerpo, sus victorias y derrotas nos interesaban, como si hubieran acaecido en nuestros días.

En este estado de ánimo no se puede decir el interés que despertó en mí y en otros dos compañeros, con quienes iba de paseo, la lucha, que contemplamos por primera vez, entre dos hormigueros de Formica rufa L. en un bosque de carrascas, en la bifurcación, que hace el camino para la Virgen del Moncayo, no lejos de la fuente del Hierro.

Por causas desconocidas para el cronista parece que aquellos días habían roto las relaciones diplomáticas dos grandes hormigueros de los contornos, como en otros tiempos en el mismo valle el señor de Trasmoz había lanzado sus huestes contra los súbditos del Abad del monasterio de Veruela.

Nosotros encontramos ya a los dos bandos contrarios de  formica rufa en plena y encarnizada guerra. La acometida no era de grupos contra grupos, sino de cuerpo a cuerpo. Cada hormiga de un bando peleaba bravamente contra otra del bando contrario, o a lo más, dos contra una. No llevaban uniformes, que las distinguiesen; pero no por esto se equivocaban, acometiendo a alguna de sus compañeras. Dicen que por el olfato se distinguen los individuos del mismo hormiguero, y se reconocen los del bando contrario. Como si dijéramos: huele a griego, huele a troyano.

Parece que la lucha había comenzado ya hacía algún rato; pues, no se veían aquellos apresuramientos y corridas, que suelen preceder a las grandes batallas. Más bien, la imprecisión del conjunto era de lentitud, dictada por la prudencia, que sabe acometer con brío, mientras previene una sorpresa del adversario.

En un grande espacio estaba todo el suelo cubierto de combatientes en las más diversas posiciones, que imaginarse puede. Cada uno de nosotros pudo observar a su sabor las más variadas escenas de guerra, que nos recordaban los combates entre griegos y troyanos. Unas, apoyadas sobre las cuatro patas traseras y mandíbulas en ristre, se miraban frente a frente, sin duda, retándose a su manera, por temor de ser cada una de ellas la primera en acometer. Como, cuando dos muchachos se provocan con el “tócame”, “tócame tú primero”, temiendo ambos comenzar la pelea. Estas serán de la raza de las cobardes. Otras, más valientes, han ido en seguida a las inmediatas, y forcejean tenazmente, encajadas las mandíbulas de la una entre las mandíbulas de la otra.

A los pocos pasos observamos que una hormiga fornida ha cogido a su contraria por medio del tórax, y la lleva en alto, como un estandarte, yerta ya y sin vida. Cerca de allí vemos a otra, que lleva arrastrando a su contrincante, como otro Aquiles paseó arrastrando por los suelos el cadáver de Hector, atado por los pies a su carro de combate.

En un rincón se ve a una pobre hormiga, que corre deshalada, llevando la cabeza de su contraria, separada del tronco, fuertemente agarrada por sus mandíbulas a una de sus antenas. Se ve que en la lucha desesperada su enemigo procuró atenacearle la parte más sensible; pero ella pudo defenderse, y en un acto de coraje le pagó en la misma moneda, cogiéndola por el cuello, y cortándole la cabeza a cercén. Sin embargo, mientras no le vengan en ayuda sus compañeras, y desencajen aquellas terribles tenazas, quitándoselas de la antena, puede decirse que su enemigo sigue vengándose de ella, aún después de muerto.

Tal es el horror y la carnicería, que todo el campo de batalla queda sembrado de cadáveres en las más trágicas posiciones, entre medio de otras muchas hormigas, que siguen peleando.

Antes de partir, deseábamos ver los hormigueros enemigos, para ver lo que en ellos pasaba. No nos fue muy difícil encontrarlos. Al poco rato que buscamos por los alrededores, dimos con uno de ellos: enorme montón de palitos y restos vegetales, alto como de medio metro, y de más de un metro de circunferencia.

Muchas hormigas habían quedado guardando la ciudadela, y cuidando de los huevos, larvas y ninfas. Aquello sí que era agitación, subidas y bajadas, entradas y salidas, idas y venidas, como alocadas, recibiendo a las heridas, que venían de la refriega. Preguntarían, sin duda, nuevas del campo de batalla. Otras recogían los cadáveres de sus compañeras, y los metían dentro del hormiguero, para darles sepultura. ¡Qué ira la suya!

Esta aumentó, al remover uno de nosotros con un gran palo el montículo de palitos y hojarasca. Parece que con este enemigo no habían contado; pero, como no saben de donde les viene el monstruo aquel, que destroza su nido, aunque al principio se pongan en actitud amenazadora, abriendo enormemente sus mandíbulas, y cortando el aire a tijeretazos, pronto dejan esa actitud, y ponen toda su diligencia en recoger las larvas y las ninfas que quedan al descubierto. Ante el peligro del porvenir de la colonia, descuidan su propia defensa.

Es siempre curioso el ver la rapidez, con que un montón de ninfas desaparece en pocos segundos de la superficie. A toda prisa son cogidas por las obreras, quienes las ponen a salvo, metiéndolas en las profundidades del hormiguero.

El vulgo cree que estas ninfas son los huevos de las hormigas, pues así lo parecen, por estar envuelta cada una en su capullo de color blanco amarillento y de piel muy blanda. Basta desgarrar uno con tiento para que aparezca en su interior una ninfa blanquísima, pero que ya tiene todas las formas de una hormiga perfecta: bien sea una obrera, un macho o una hembra: estas son de tamaño mucho mayor que las otras. Las hembras y los machos tienen las alas replegadas en un muñón contra la parte inferior del tórax: en estado perfecto se distinguen por el tamaño y por las alas; las obreras no tienen alas.

Pero el tiempo vuela y es preciso que nos separemos de aquel interesante espectáculo. Con sentimiento tuvimos que partir, dejando a nuestras hormigas proseguir su encarnizada pelea.

Por el camino íbamos comentando aquellas luchas homéricas, que acabábamos de ver en las hormigas, tan parecidas en casi todos sus pormenores a aquellas otras, que tanto interés tenían para nosotros, cuando preleíamos la Ilíada en la clase de griego.

Hazañas de hombres o hazañas de hormigas en la guerra brutal y de exterminio de sus semejantes; de suyo, tan atroces son las unas como las otras, y sólo un motivo noble, como es la defensa de la patria, puede justificarlas. Pero, entre tantos horrores aun puede brotar el noble ideal, y la gloria alcanzada por los héroes es celebrada por los poetas. A las hazañas de las hormigas sólo les faltaba un Homero, que nos las contase en forma poética, como el verdadero o legendario Homero nos contó las hazañas de los hombres, las heróicas peleas de griegos y troyanos por la hegemonía de sus patrias respectivas, Grecia y Troya.

Historia, que se repite demasiadas veces, no sólo entre las hormigas y otros animales, que no tienen entendimiento, sino también, por desgracia, entre los hombres, que lo tienen, aunque a veces no lo parezca, como en este caso de la guerra fraticida, en el cual, si no lo han perdido del todo, por lo menos parece que les ha quedado completamente anestesiado por las pasiones violentas, que lo dominan.

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