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Posts Tagged ‘sabiduría popular’

…tal astilla.

Parece que quisiera seguir con la entrada de ayer sobre la vigencia actual de nuestros refranes populares a la hora de dar explicación a lo inexplicable. A que políticos corruptos y gentes de mala fe sigan dirigiendo un país. Con gente así, el único recorte con el que bajaría la prima de riesgo, me temo, sería con el de cabezas.

Además de saltar a los medios la noticia de la detención del exconsejero de ERC, Jordi Ausàs, por contrabando de tabaco, la diputada del PP Andrea Fabra se ha cubierto de gloria con su “¡que se jodan!” (y el “muy bien, muy bien” que le precede, si leemos sus labios) mientras se anunciaban los recortes (entre otros muchos) en la prestación de desempleo. «De casta le viene al galgo», claro, y así lo viene a demostrar que su padre insultase de igual manera al portavoz socialista de Castellón y que no sea precisamente trigo limpio. A la familia no se la escoge, pero bien cierto es que «Dios les cría y ellos se juntan», porque su marido, Juan José Güemes, también ha dado que hablar.

Como el refranero, nuestro flamenco forma parte de la cultura popular. Una cultura que no es ajena a los desplantes de los poderosos ni a su manifiesta hipocresía (“… y al prójimo, como a ti mismo”). Canta José Domínguez, “El Cabrero”, un fandango que comienza así:

A ti,
que trabajas por dos reales.
Es mi cante para ti
porque al que tiene caudales
no le importa tu sufrir
y se ríe de tus males.

Vaya dedicada a nuestra piara política:

Y si os apetece seguir indignándoos:

También aquí se puede firmar una solicitud para que dimita (en otros países lo haría motu proprio, pero aquí hay que pedirlo, posiblemente no lo haga y si lo hace ya le estarán buscando un puesto digno de su encomiable compromiso con el buen rumbo de la grande y libre España).

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En estos días aciagos en los que la grandiosa magnificencia de nuestro país es puesta en tela de juicio por grandes y poderosas fortunas (a.k.a. eufemísticamente como “los mercados” o “los dueños del mundo”), no está de más recordar nuestro rico refranero, fruto del ingenio del pueblo llano y parte intrínseca de nuestra cultura. Ahí van, para solaz de muchos y escarnio de unos pocos, algunos de nuestros refranes más conocidos junto a una breve explicación de su significado. Por supuesto, aunque son todos los que están, no están todos los que son. Así que os invito a dejarnos alguna perla

«Mal de muchos, consuelo de tontos». 

Los muchos somos quienes vamos a pagar los desmanes y recortes de los que se consolaban ayer mismo en sonriente onanismo.

«A buenas horas mangas verdes».

Este refrán tiene una aplicación directa sobre las actividades de los bancos y los especuladores durante la negada llamada «burbuja inmobiliaria» o «burbuja del ladrillo». Viene a decir que en buena hora se dedicaron a robar (mangar) a manos llenas. El verde es el del dinero, claro está. El del dólar o el de los billetes de mil pesetas, pues la cosa viene de lejos. Euros verdes no tenemos, pero el cambio cromático de los billetes no llegó a alterar las ansias de acapararlos de muchos.

«Poderoso caballero es don Dinero».

Acuñado (nunca mejor dicho) por don Francisco de Quevedo, sobra cualquier intento de explicación sobre el mismo. Antes que eso, cabría recordar el comienzo de tan insigne poema:

Madre, yo al oro me humillo,
Él es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado
Anda continuo amarillo.
Que pues doblón o sencillo
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

«Otros vendrán que bueno te harán».

Este refrán se ha convertido en el favorito del antiguo presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ZP. No digo más.

«A perro flaco todo son pulgas».

Dícese del pueblo español (y, por extensión, de cualquiera de los «muchos» del primer refrán, sea cual sea su procedencia) y de los efectos urticantes que provocan en el mismo las medidas de ajuste (también conocidas como «recortes», «pérdida de derechos» o «mala uva») llevadas a cabo por el Gobierno de la nación.

«No dejes camino viejo por sendero nuevo».

En este refrán se encuentra el origen del bipartidismo en España. Entre el «todos son iguales» y el mal llamado voto útil, vamos haciendo zigzag entre los dos partidos que todo el mundo conoce, de acera a acera, bandeando como etílico marinero en tierra.

«Pan para hoy, hambre para mañana».

Es el efecto que suelen tener las burbujas económicas. Para salir (eso nos dicen y quieren hacer creer) de la última de ellas, nuestro actual gobierno, haciendo un ejercicio intelectual digno de sus pensadores más destacados, le ha dado la vuelta a la tortilla: «hambre para hoy, pan para mañana», nos dicen.

«Cuando el gato no está, los ratones hacen fiesta».

Hasta no hace mucho podríamos haber pensado que es lo que habían hecho los bancos ante la falta de control de los gobiernos. Sin embargo, el tiempo, que todo lo pone en su lugar, ha venido a demostrar que el gato trabaja para los ratones y que todos ellos, metafóricamente unidos, son unas ratas de alcantarilla llamadas «Mercados».

«A falta de pan, buenas son tortas».

Órdenes recibidas por la Policía para dar una digna acogida a los manifestantes y gentes que, de buena fe, se reúnan para criticar al Gobierno. El último ejemplo lo hemos tenido con los mineros llegados a Madrid.

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La naturaleza nos habla mediante señales, pero no siempre sabemos escucharla, no siempre conocemos cómo interpretarlas. Hay veces que nos habla en alta voz; mediante  la flora y fauna presentes —y ausentes— en un determinado ecosistema o las consecuencias visibles de la contaminación ambiental, por ejemplo. Pero en muchas ocasiones lo hace con mayor sutileza, vemos aquello que no está o, más bien, el rastro que dejó a su paso.

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A todos nos resulta familiar la figura del piel roja postrado sobre el suelo siguiendo la pista a la caza del bisonte, del rastreador blanco tras la del indio o el montaraz Aragorn determinando que los hobbits Pippin y Merry han sido raptados por los orcos en El Señor de los Anillos. Aunque parezca de película, lo cierto es que la figura del rastreador de fauna existe, ya que muchos animales habitualmente son escurridizos y no se dejan ver con facilidad, y saber determinar las especies que existen, aun cuando no podemos verlas, o conocer cómo podemos obtener más información sobre ellas (por ejemplo, mediante el fototrampeo) es una labor que conviene conocer para cualquier zoólogo, naturalista o amante de la naturaleza en general.

Por eso me alegró tanto saber que Alberto (algunas de cuyas andanzas habéis podido leer en este blog en el pasado) se disponía a impartir un curso de rastreo técnico de fauna en la sede de Auca, nuestra querida Asociación de voluntariado ambiental de Santa Fe. Será el próximo fin de semana, 20, 21 y 22 de abril de 2012 en el Centro de Estudios Ambientales de esta granadina localidad, en horario de 17:00 a 20:30 el viernes, 10:00 a 14:00 y 17:00 a 20:30 el sábado, y salida de campo el domingo por la mañana.

Si estáis en Granada ese fin de semana y os animáis a participar, allí nos veremos. Os dejo con el cartel del curso, donde puede encontrarse una información más detallada sobre el mismo.

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Nota: Edito para incluir el enlace al evento del curso en Facebook, por si Alberto incluye allí más información (10/04/2012).

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Hacía tiempo que deseaba escribir algo sobre las especies invasoras, y la conjunción de varios hechos ha propiciado que finalmente me siente a hacerlo. Por un lado, la elaboración del más que cuestionable Catálogo Español de Exóticas Invasoras por parte del Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino; por otro, la aparición en diversos medios de la noticia sobre la detención de varios miembros de asociaciones animalistas y, por último, la lectura de un artículo que me hizo llegar hace unas semanas mi buen amigo Otus y que me recordó otros escritos publicados en revistas cinegéticas de todo pelaje.

La presencia de especies exóticas (esto es, foráneas, introducidas en un ambiente ajeno a aquel del que son propias) provoca graves alteraciones en los ecosistemas donde proliferan sin mesura. Introducidas en sus nuevos hábitats y aclimatadas a los mismos, al no estar presentes sus depredadores naturales pueden medrar y constituirse en un grave problema ambiental, por lo que reciben entonces el nombre de especies invasoras. La dispersión de especies fuera de sus áreas de distribución geográfica de origen se produce en multitud de ocasiones por causas relacionadas directamente con nosotros, los humanos (antropocoría), ya sea porque introducimos estas especies de forma intencionada, bien porque su explotación reporta un beneficio económico (caza, pesca, ganadería o agricultura), bien para intentar controlar otra especie invasora mediante el manejo integrado de plagas (introducción del depredador natural, en ocasiones con consecuencias aún más nefastas para el ecosistema), o accidental, porque viajen ocultas en vehículos de transporte o en cargas de alimentos, madera, etc.

De lo anterior es fácil deducir que la presencia de animales exóticos invasores no reporta precisamente beneficios para las poblaciones locales, así como que provoca desde daños económicos hasta la extinción de algunas especies del lugar (de hecho, las invasoras constituyen una de las principales causas de pérdida de biodiversidad en el planeta). El efecto se agrava en ecosistemas especialmente delicados, como es el caso de las islas y regiones biogeográficas de características similares, aquellas que presentan barreras naturales que las aíslan del exterior, ya que las especies que las habitan suelen estar muy especializadas y son particularmente vulnerables a la introducción de otras del exterior, pues suelen ser mucho más oportunistas y adaptativas, depredando o desplazando a las especies originarias del ecosistema invadido e incluso transmitiéndoles enfermedades ante las que no son inmunes (caso del cangrejo de río americano, que transmite la afanomicosis al autóctono, o del visón americano y el parvovirus que transmite la enfermedad aleutiana entre los europeos, entre otras).

Como viene ocurriendo con buena parte de las problemáticas ambientales que adolece el planeta hoy día, la causa de la proliferación de muchas de estas especies invasoras tiene un origen claro: los humanos. Quienes llevaron conejos a Australia para poder disfrutar de un entretenimiento cinegético; el farero que llevó a su gatito a la isla donde trabajaba para no encontrarse solo (y que podría considerarse “individuo invasor”, como representante único de su especie que dio al traste con la viabilidad del endemismo ornitológico que constituía el Xénico de Lyall), y quienes liberaron aquel galápago de Florida de graciosas “orejas” rojas cuando dejó de medir tres centímetros de largo o permitieron que escapasen de sus jaulas las cotorras argentinas que habían comprado en la pajarería son algunos de los culpables.

No obstante, no siempre la dispersión se lleva a cabo de forma consciente; así, es habitual encontrar especies que han sido trasladadas de un extremo a otro del mundo a través en las bodegas inundadas de los barcos cuando viajan sin carga útil o en cargamentos de madera, plantas afectadas por algún insecto, etc.

Determinar el origen de la propagación de estas especies es importante para evitar que sigan ocurriendo, así como evaluar las posibles medidas que pueden tomarse para controlar su proliferación una vez que han ocupado un nuevo ecosistema. En la mayoría de ocasiones resulta muy complicado erradicarlas, y frecuentemente entran en juego dilemas morales que, si bien siempre cuidan del bienestar del individuo, pocas veces parecen pensar en el de las especies. Poca gente habrá que trate con miramiento la plaga de Periplaneta americana que invade su casa o al picudo rojo que hunde las palmeras de nuestros jardines, pero al Neovison vison, que para nada merece sufrir en una granja peletera hasta que le condenan a muerte para vestir a no-diré-qué-epíteto-aplico-a-ciertos-individuos, se le libera sin más en plena naturaleza, donde campea a sus anchas, llega a nado hasta a las Cíes y desplaza a su paso al visón europeo, en grave peligro y que ha sufrido un retroceso importantísimo en sus áreas de distribución.

Por todo lo anterior, entiendo que se tomen medidas contundentes con aquellas personas y entidades que atenten contra nuestros ecosistemas. Ahora bien, pese a que es cierto que no apoyaría jamás acciones de liberación animal porque, como suele decirse, puede ser peor el remedio que la enfermedad, no lo es menos que contemple con asombro cómo nuestro Gobierno de España plantea en el borrador del Catálogo de Especies Exóticas Invasoras un despropósito como es el permitir como “excepción excepcional” la cría de visón americano en estos pagos. Total, dirán, como ya hay en la naturaleza y dan buenos réditos… Esa forma meramente economicista de concebir el medio natural y, por ende, la vida, da al traste con cualquier intención de hacer las cosas bien. No es el Gobierno el único que peca de interesado: me hierve la sangre cuando leo, como apuntaba al comienzo de la entrada, algún artículo cinegético donde defienden lo idóneo del Arruí como especie de caza mayor y se quiere exterminar cual alimaña a los meloncillos que, de medrar, lo hacen porque los humanos facilitamos las condiciones para que ello ocurra y, no lo olvidemos, constituyen un efectivo aliado para los agricultores, depredando sobre ratas, topillos y otros roedores perjudiciales para la agricultura.

Resumiendo: las especies invasoras constituyen un gravísimo problema para el mantenimiento del equilibrio ecológico de los ecosistemas y la conservación de unos niveles de biodiversidad adecuados. El hombre es responsable en la mayor parte de ocasiones de su aparición, por lo que se hace necesario llevar a cabo una gestión adecuada de dichas especies, evitando su introducción en primer lugar (más vale prevenir que curar) y su proliferación, llegado el caso. Y aunque no apoyo la suelta de animales de las granjas donde son criados, también me opongo, como ciudadano interesado y preocupado, a la instalación de las mismas (por no hablar además del uso de animales para peletería, pero esto es otra batalla de la que hablaremos otro día si os place). Por eso, si se está dando tratamiento de “ecoterroristas” a varias personas miembros de grupos pro-defensa de los derechos de los animales, debería aplicarse un trato similar a promotores de Algarrobicos varios, a ciudadanos europeos que encienden fogatas en verano cuando se “pierden” en el campo, a cazadores que liberan jabalíes en la sierra de Mijas o a políticos que promueven leyes interesadas con agujeros y vacíos por los que se cuela con facilidad un visón, dos o mil.

Para saber más:

Actualización a 02/11/2011:

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El primero de los ejercicios del “Curso de periodismo ambiental” que estoy haciendo proponía un estudio y reflexión del siguiente vídeo, que me encantó:

Hoy es el Día de la Tierra, y la lectura de otra carta debería hacer que nos preguntásemos: ¿deseamos vivir o sobrevivir?

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Luz de Luna

No es la primera vez, ni será la última, que invoco al arte de José Domínguez desde alguno de mis escritos. Hoy, simplemente, invoco una de sus más grandes interpretaciones, porque es de noche, porque una entrada de Iliberisnigra me la ha recordado y, sobre todo, porque me apetece compartirlo. Os dejo con El cabrero y una de sus versiones de “Luz de Luna”, con algunos fragmentos de la Vidala del nombrador del poeta Jaime Dávalos.

Con el viento y con el agua
hizo el tiempo que las piedras
se desgranaran roando
hasta convertirse en tierra.

Después vinieron los hombres,
con ellos también las guerras.
Encontraron agua clara
y se miraron en ella,
y enturbiaron el espejo
que tenían las estrellas

Como todo mortal me pregunto quién soy,
y a dar con la verdad no acierto.
Me aseguran que soy criatura de dios,
más yo como un retoño de la tierra me siento,
como todo mortal.

En los pechos de los montes me amamanto,
en la cornisa de los riscos me sostengo;
Por eso, esta noche, les voy a decir de dónde vengo.

Vengo del ronco tambor de la Luna,
en la memoria del puro animal,
soy una astilla de tierra que vuelve
hacia su antigua raíz mineral.

Vengo de adentro del hombre dormido,
bajo la tierra gredosa y carnal.
Rama de sangre florezco en el vino
y el amor bárbaro del carnaval.

Hembra se llama
y no admite a los hombres ni en pura llama,
porque la Luna
por ser hembra es valiente como ninguna.

Yo quiero luz de Luna,
para mi noche triste,
para pensar, divina,
la ilusión que me trajiste.
Para sentirte mía,
mía tú como ninguna,
desde que tú te fuiste
no he tenido luz de Luna.

Yo siento tus amarras
como lazos, como garras
que me ahogan en la playa
de la farra y el dolor.
Si llevo tus cadenas
arrastrás
en la noche callada.
Que sea plenilunada,
azul como ninguna.
Desde que tú te fuiste
No he tenido luz de Luna.

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De una relectura particular del discurso de ingreso de Miguel Delibes en la Real Academia Española he querido extraer un par de fragmentos de plena vigencia, máxime cuando los amos del mundo se vuelven a reunir, esta vez en México, quién sabe si para reírse las gracias como ya ocurriese un año atrás o para hacer su trabajo, algo sobre lo que tristemente tengo mis dudas.

Os dejo con estos fragmentos de sabiduría de uno de nuestros grandes, al que tristemente perdimos no hace mucho y, sin embargo, hace ya tanto…

En la actualidad la abundancia de medios técnicos permite la transformación del mundo a nuestro gusto, posibilidad que ha despertado en el hombre una vehemente pasión dominadora. El hombre de hoy usa y abusa de la Naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara un futuro.

La Naturaleza se convierte así en el chivo expiatorio del progreso. El biólogo australiano Macfarlane Burnet, que con tanta atención observa y analiza la marcha del mundo, hace notar en uno de sus libros fundamentales que «siempre que utilicemos nuestros conocimientos para la satisfacción a corto plazo de nuestros deseos de confort, seguridad o poder; encontraremos, a plazo algo más largo, que estamos creando una nueva trampa de la que tendremos que librarnos antes o después».

He aquí, sabiamente sintetizado, el gran error de nuestro tiempo. El hombre se complace en montar su propia carrera de obstáculos. Encandilado por la idea de progreso técnico indefinido, no ha querido advertir que éste no puede lograrse sino a costa de algo. De ese modo hemos caído en la primera trampa: la inmolación de la Naturaleza a la Tecnología. Esto es de una obviedad concluyente. Un principio biológico elemental dice que la demanda interminable y progresiva de la industria no puede ser atendida sin detrimento por la Naturaleza, cuyos recursos son finitos.

Toda idea de futuro basada en el crecimiento ilimitado conduce, pues, al desastre. Paralelamente, otro principio básico incuestionable es que todo complejo industrial de tipo capitalista sin expansión ininterrumpida termina por morir. Consecuentemente con este segundo postulado, observamos que todo país industrializado tiende a crecer; cifrando su desarrollo en un aumento anual que oscila entre el dos y el cuatro por ciento de su producto nacional bruto. Entonces, si la industria, que se nutre de la Naturaleza, no cesa de expansionarse, día llegará en que ésta no pueda atender las exigencias de aquélla ni asumir sus desechos; ese día quedará agotada.

[…]

La pueril idea de un mundo inmenso, inabarcable e inagotable, queacompaña al hombre desde su origen, se esfuma a mediados de este siglo con laaparición de aviones supersónicos que ciñen su cintura -la del mundo- en unashoras y con el primer hombre que pone su pie en la Luna.

Las fotografías tomadas desde los cohetes lunares muestran al planetaTierra como un pequeño punto azul en el firmamento, lo que equivale areconocer que 100.000 millones de otras galaxias pueden albergar, cada una,cientos de miles de sistemas solares semejantes al nuestro. La técnica, quepuede mucho, evidencia que somos poco. Esto supone para el orgullo delhombre, en cierto modo, una humillación, pero también una toma deconciencia: la de estar embarcado en una nave cuya despensa, por abastecidaque quiera estar, siempre será limitada.

Esta convicción destruye la idea peregrina de la infinidad de recursos y presenta, a cambio, de cara al futuro, el posible fantasma de la escasez. Mercedal perfeccionamiento de las técnicas de prospección, el hombre empieza a tocar ya las tristes consecuencias del despilfarro iniciado con la era industrial.

Miguel Delibes, Un mundo que agoniza.

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