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Posts Tagged ‘otoño’

Hace unos meses descubrí un grupo musical originario de Ucrania que, con su primer lanzamiento, “Elehia”, nos transporta a un mundo mágico, tenebroso, sumergido en las brumas de su país natal. Sus composiciones, que se inspiran directamente en el metal progresivo y el doom, crean una atmósfera que ellos mismos denominan como otoñal por el cariz melancólico que posee la evolución musical de estos temas que, sin embargo, guardan dentro de sí toda la fuerza de una primavera a punto de renacer.

Obiymy Doschu, pues tal es el nombre de la banda, ofrece su disco a través de Internet y es posible descargarlo gratuitamente desde su página web. Simplemente piden que, si nos gusta, se le de la máxima difusión (y, por supuesto, si lo deseamos, podemos comprarlo también en la mencionada web). Es un ejemplo de cómo los artistas pueden difundir su obra y conseguir, por ejemplo, retribución por los discos (lo que nos permite probarlos antes, tal y como matizaba acertadamente Ardaleth hace unos días una entrada que, como la que publiqué en su día, busca el compromiso entre los artistas, la industria discográfica y el consumidor, tal y como apunta también (en otro sentido, pero con un trasfondo similar) nuestro querido Señor de las Moscas. Porque es necesario lograr un consenso para que nadie salga perjudicado, eso está claro.

Anteayer paseaba por Málaga, camino de una librería de viejo a la que suelo acudir de cuando en cuando con la intención de perderme en su tiempo y espacio particulares, como una isla de rara hermosura que me permite abstraerme de las preocupaciones cotidianas, a veces pasajeras, que suelen asaltarnos, y lo hacía escuchando la música de Dark Princess, que vengo a recuperar cada invierno (en particular, me encanta la canción “My Fragile Winter Dream” , que indefectiblemente me recuerda a la Invernalia de la Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin). Cuando dio comienzo la música del primer tema de “Elehia”, “Pid Hmaramy“, con su tormenta lejana que desemboca en un vórtice de pasión que parece arrebatarnos de la realidad para trasladarnos a un remoto bosque donde el viento no pueda alcanzarnos. La letra (en una, a buen seguro, mala traducción de la respectiva traducción al inglés del original ucraniano) nos dice:

Bajo las nubes

Paseo bajo las nubes
llorando como un niño ofendido
conmovedora y fuertemente.

En algún momento soñamos
sobre los sentimientos comunes y la alegría eterna
con confianza y libertad.

Lágrimas del cielo
lavan la tierra con el aliento de la primavera
como ya ocurrió en el pasado.

Nuestro amor pudo haber aparecido
floreciente entre cálidos sueños…
Pero, como un sueño, desapareció.

Sobra decir que, si vienen a España a tocar, haré lo posible por acudir a verles. Os dejo con un vídeo de presentación del disco, que incluye unos fragmentos de las canciones y un reproductor que os permitirá escucharlas sin necesidad de bajar todo el disco de la red. Que lo disfrutéis.

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Las grandes reuniones y congresos que pregonan la necesidad de luchar contra el cambio climático parecen ser el punto de reunión de las buenas intenciones, y el de inicio del no hacer nada, o más bien poco, para atajar el problema. Hasta la fecha, los países más avanzados –es un decir- y que más deberían haberse implicado, ya que son (somos) los principales actores de uno de los mayores problemas que sufre a día de hoy el planeta, han sido los que, escudándose en la no inclusión de otros países de economías emergentes, como China o la India, han terminado por quedarse en la intencionalidad o, lo sumo, han dado tímidos pasos para reducir las emisiones de CO2 a la atmósfera. Con este panorama creo que no le extraña a nadie que los ciudadanos se muestren reticentes ante cumbres que parecen predestinadas al ostracismo desde el momento en que son convocadas, y que se asemejan más a una pasarela, donde los políticos puedan lucir palmito y salir sonrientes en las fotografías, que encuentros donde fijar verdaderos objetivos y compromisos ineludibles. Ya ocurrió con Kioto, cuyo nombre sirvió para llenar páginas y páginas que se han demostrado hueras con el transcurrir de los años. Pantomimas como fijar cuotas máximas de emisión de gases contaminantes, que podían comprarse y venderse alegremente, y que permitieron seguir contaminando al que ya lo hacía, e impedir el desarrollo de quienes más lo necesitaban, no nos han llevado a una posición mejor que en la que estábamos.

Hoy, 22 de septiembre de 2009, comienza el otoño. Al menos nominalmente, porque la estación, como tantas especies de animales y plantas, está en peligro de extinción. El cambio climático, ese que tantos ciudadanos de pie confunden con un mero cambio de las temperaturas, o que ha llovido más o menos en un determinado mes, es un verdadero problema global, causado por nuestros abusos durante el pasado siglo (incluso, diría, desde la Revolución Industrial, aunque se agravó en los últimos 60 años) y lo que va del actual. La estación de las hojas caídas, de los frutos del bosque, las castañas y el comienzo del frío, tiene los días contados. De seguir así, los veranos se alargarán hasta llegar a un extraño invierno que se mostrará más riguroso que nunca. Las plantas, incluso las que cultiva el hombre, están alterando sus ciclos vitales. Esto lo saben bien los agricultores, y mucho mejor las aves esteparias y rapaces como los aguiluchos cenizos. Sus puestas corren peligro, año tras año, porque las cosechas se llevan a cabo mucho antes, y al llevarse a cabo mediante el uso de cosechadoras, los polluelos mueren indefectiblemente antes de ser capaces de levantar el vuelo. Por esto, creo que el otoño debería declararse estación en peligro de extinción e intentar preservarla. Y no hablo en broma, las estaciones son tan patrimonio natural de la humanidad como la biodiversidad, por ejemplo, y deberíamos cuidarlas.

Desearía que no se me malinterpretase por los dos párrafos volcados anteriormente. Por un lado, me parece necesario que se lleven a cabo reuniones a nivel mundial para decidir, de forma conjunta los pasos que se deben seguir para luchar contra el cambio climático (hablo en todo momento del generado por la actividad humana, por supuesto). Pero muy prepotentes debemos ser si creemos que podemos controlar al clima como si fuera un simple juguete; nos esperan años duros, los efectos que hemos causado en él pueden reducirse, intentar reconducirlos, pero es imposible que podamos controlarlos. La ONU indicaba hace un par de años que los efectos del cambio climático sobre la atmósfera se prolongarán durante, al menos, un milenio, el tiempo que tardará en quedar en los niveles de CO2 de hace treinta años. Eso, claro está, si no seguimos contaminando y terminamos por desbocar al inquieto caballo que hemos intentado cabalgar. De ser así, podemos caer al suelo para nunca más volver a levantarnos. Por todo esto, creo que deben llevarse a cabo reuniones con verdadero ánimo de cambiar las cosas y, sobre todo, que no queden en agua de borrajas: hay que actuar.

No quiero ser catastrofista, ni convertirme en un predicador de tintes apocalípticos, pero creo que tenemos un problema serio sobre la mesa. Es así desde hace décadas, y sea por las propias inquietudes que siempre me han acompañado en torno a la Naturaleza, por la propia formación como autodidacta, o por simple convencimiento personal, mi opinión es que debemos actuar. Sin alarmismo, pero con contundencia. Hace diez años, desde foros vinculados al ecologismo se hablaba de la ruptura de la burbuja inmobiliaria, y nadie hacía el menor caso. Era un problema que se veía venir, aunque no sería algo inmediato. Finalmente ha llegado y ha provocado que, además de encontrarnos con nuestro suelo esquilmado, nos hayamos hundido en la crisis global como ningún otro país de nuestro entorno. Por eso, me gustaría creer que la Cumbre sobre el Cambio Climático que se inicia hoy marque verdaderos compromisos, donde la gestión del medio ambiente dependa más del criterio de los científicos que del de los políticos.

También se anuncia para hoy el estreno mundial de la película “La era de la estupidez” (“The Age of Stupid”), que intenta mostrarnos los efectos futuros que puede tener sobre el planeta el cambio climático. Os dejo con el tráiler y con una recomendación literaria que también invita a la reflexión: La carretera, de Cormac McCarthy.

Feliz otoño.

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