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Posts Tagged ‘Tablas de Daimiel’

Preguntado mi buen amigo Alberto por su visión sobre Félix, por lo que representó en su vida y su evolución personal, este nos cuenta que…

Recuerdo perfectamente el momento que vi por primera vez “El hombre y la Tierra”, era el capítulo dedicado a las rapaces nocturnas, y aquellas palabras: “ Queridos amigos, como en las películas de ciencia ficción esto es una guerra acústica, se trata de huir sin ser escuchado”, mientras un búho chico acechaba a un ratoncillo de campo me hicieron abrir los ojos sobremanera y, a partir de aquel instante,  me convertí en Félixiano ; mi curiosidad por las rapaces nocturnas perdura desde entonces.

Como a tantos españoles, yo fui uno más a los que Félix Rodríguez de la Fuente marco irremediablemente, para siempre. Por mi edad, no pertenezco a esa generación que creció con Félix, sino a esa otra generación que lo conoció cuando ya era leyenda. Desde que tengo uso de razón, crecí con una desmesurada curiosidad hacia lo animal, pero que se incrementó con dos buenas razones. La primera, mis orígenes maternos, enclavados cerca del Refugio de Rapaces de Montejo de la Vega (Segovia), fundado precisamente por Félix, y en el que se respiraba naturaleza salvaje por doquier. La segunda es Félix Rodríguez de la Fuente en sí mismo.

Mi padre guardaba en un rincón de la estantería el primer tomo de la Enciclopedia Fauna, que nunca llegó a completar. Era uno de los tomos dedicados a África; la impresión desprendía un olor que le daba un toque especial. No sé cuantas veces habré tenido ese tomo en mis manos, desde que miraba las ilustraciones porque no sabía leer, a los innumerables dibujos que hice mirando su láminas, hasta conseguir que las pastas quedarán lisas, sin las letras doradas características, desgastadas por el uso. Cuando tuve diez años, conseguí ahorrar cinco mil pesetas, que fueron destinadas a comprarme la enciclopedia entera de segunda mano,  convirtiéndose en mi mayor tesoro.

Recuerdo que grababa cada capítulo de “El hombre y la Tierra” con un viejo casete, ya que en aquella época el vídeo sólo estaba al alcance de algunos afortunados. Conseguí crear una colección enorme, diseñando cada carátula, lo que me llevo a casi memorizar el diálogo de cada capítulo.

A lo largo de los años, con más uso de razón, fui profundizando en la obra de Félix, consiguiendo otras publicaciones y comprendiendo la huella que Félix dejo en la sociedad. De toda la obra de Félix, hubo una frase, que se me marcó a fuego en lo más profundo de mí, y que es la que mueve mi mundo, para lograr que nunca se produzca.

“El día que España se haya transformado en un inmenso criadero de perdices y hayan desaparecido los azores, los halcones, las águilas y todos los hermosos y necesarios animales carniceros; el día que hayamos conseguido una fauna mutilada, chata y unilateral; el día que podamos ufanarnos de matar miles de perdices en todos nuestros ojeos, habrá llegado el principio del fin (…)”.

Estos recuerdos, de abuelo Cebolleta, son una parte de lo que Félix produjo en mí, y seguramente muchos son comunes  a los que tienen todas aquellas personas que estamos ligados de una forma u otra a lo natural.

Muchos dicen que Félix consiguió crear conciencia aprovechando las oportunidades que le brindó una sociedad que empezaba abrir los ojos. Yo creo que Félix hubiera marcado esa huella en cualquier época en la que hubiese vivido. Si consiguió todo lo que consiguió, con un medio que tenían uno de cada diez españoles… ¿os imagináis que hubiera sido capaz de hacer si hubiera tenido Facebook?

A.F.H.

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El cuerpo del delito. Un ecosistema de gran valor, perdido para siempre.

El cuerpo del delito. Un ecosistema de gran valor, perdido para siempre. (La imagen es propiedad de su autor. No he conseguido localizar la fuente original de la misma.)

Pena, dolor rabia e impotencia son algunos de los sentimientos que me embargan al contemplar las fotografías del cadáver que son hoy las Tablas de Daimiel, cuando ni todas las lágrimas del mundo podrían volver a inundarlas, ni existe justicia en este mundo al haberse permitido que algo así ocurra. Este país de risa (que resulta amarga ante noticias así, pero risible de cualquier modo) se permite el lujo de hacer desaparecer uno de los humedales más importantes de su territorio, que ofrecía sustento y descanso para una amplia avifauna durante sus periodos de cría y migración, capaz de albergar en su delicado ecosistema una amplia biodiversidad que, desde hace unos años, se ha perdido irremisiblemente del patrimonio natural, histórico y etnológico de los manchegos.

Daimiel, que ya agonizaba, ha muerto, y la prueba de ello es que sus casi dos mil hectáreas de extensión aparecen hoy secas, con algunas fumarolas que delatan el incendio que se ha iniciado en su interior por la autocombustión de la turba que es el corazón de las tablas. Daimiel es el crematorio donde desaparecen la vergüenza y la dignidad (si es que alguna vez la tuvimos) de un pueblo que no ha sabido conservar el último ecosistema compuesto por tablas fluviales que quedaba en este país, el que fuera el primer humedal español en ser declarado Parque Nacional, allá en 1973, que es (era) además ZEPA (Zona de Especial Protección para las Aves) y Reserva de la Biosfera. Ni las tablas, ni los ríos que las nutrían, el Guadiana y el Gigüela, dejaron de ser nunca el alimento de una agricultura injusta, insolidaria e insostenible, que estranguló y desequilibró el sistema fluvial con miles de pozos ilegales, derivando agua sin tener en cuenta el mínimo caudal hidrológico (el ecológico) que habrían debido mantener para no hacer peligrar el ecosistema. Desde hace unos días es noticia que las Tablas de Daimiel arden por dentro, pero los gestores del parque y los grupos ecologistas llevan años denunciando que Daimiel agonizaba. Las administraciones públicas han actuado de forma negligente, obviando lo evidente y permitiendo que quienes mataban al humedal siguieran haciéndolo impunemente. Hoy, todos nos echamos las manos a la cabeza, lamentando lo ocurrido; algunos, porque no concebimos cómo somos capaces de tal fechoría y seguimos insistiendo en denominarnos un “país civilizado”, otros, los fariseos que han permitido y contribuido a que esto ocurra, porque se les ha acabado el chollo. A ver si nos vamos enterando, señores míos, que un secano no puede ponerse en regadío, que un campo de golf es una aberración en un país como el nuestro, que los ríos son ecosistemas repletos de vida, con más valores que el de ser un mero cauce o canal de riego. Y, por encima de todo, que somos parte de la naturaleza, que sin ella somos incapaces de subsistir, y que no podemos usarla como si poseyera infinitos recursos.

Los humedales siempre se han visto como una molestia en este país. Años ha, los de la laguna de La Janda, en Cádiz, se desecaron para utilizar las tierras para cultivo. Otro tanto ocurrió en Granada con las turberas y humedales del Padul, donde transcurrieron décadas hasta conseguir que se le concediese una figura de protección (Reserva, dentro del Parque Natural de Sierra Nevada, hace apenas unos ñaos), o la Charca de Suárez, en Motril, donde se está llevando una importante labor de restauración y recuperación del humedal del río Guadalfeo.

Ahora es el momento de actuar, de forma contundente, para salvar Doñana. El otro gran humedal español, también declarado Parque Nacional, agoniza por causas similares a las Tablas de Daimiel. Se le explota para regar cultivos de fresón, se permite un uso indiscriminado de sus recursos, mueren linces atropellados en las carreteras y caminos que atraviesan el parque. Y sus aguas comienzan a salinizarse a causa de algunos de los efectos de un cambio climático cuya existencia algunos se empeñan en negar. Es labor de todos contribuir a que estos importantísimos ecosistemas no desaparezcan para siempre, para vergüenza y escarnio propios.

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