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Atracción natural

Parque Nacional de Bryce Canyon, Utah, EEUU

Parque Nacional de Bryce Canyon, Utah, EEUU. Fotografía de Wikipedia.

Lawrence Gilman, el distinguido crítico musical, afirma en Nature in Music: «… M. Pierre Janet, que sostiene que aquellos que, en diferentes periodos históricos de la civilización del mundo, han expresado una fuerte atracción hacia el mundo natural, siempre han sido personas de un tipo determinado y concreto: emocionales, sometidas a cambios de humor, deseosas de romper con las tradiciones, esencialmente anti-convencionales. Mr. Havelock Ellis, en su estudio sobre la psicología del amor por la Naturaleza, caracteriza a todas estas personas, en mayor o menor grado, “de un temperamento excepcional”. En las manifestaciones más rotundas y simples de este tipo, estos amantes de la naturaleza salvaje han sentido un rechazo instintivo hacia sus entornos habituales… Chateaubriand, que veía poca utilidad en las montañas más allá de ser “las fuentes de ríos, una barrera contra los horrores de la guerra” es contrarrestado por Petrarca, el cual, tras escalar Mont Ventoux, observó que su alma “se elevaba a las más nobles contemplaciones en la cima”. (…) El mayor atractivo de la belleza natural siempre ha sido de suma importancia para aquellos individuos de hábitos emocionales, y especialmente para aquellos que poseen una imaginación libre y tendencia al inconformismo: en otras palabras, para los radicales de mentes poéticas de todos los tiempos y regiones».

En la «Nota al lector» de El trampero, de Vardis Fisher.

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Hace 97 años, Jack London, que había conocido la fama y el éxito partiendo de la nada, fallecía en unas circunstancias que a día de hoy no han permitido saber si se suicidó o no.

London1905

Posiblemente sea uno de los autores que más me influyó en mi infancia y adolescencia, recorriendo con sus héroes los desiertos helados donde los lobos apenas pueden sobrevivir a los crudos inviernos. Hago referencia a él en el blog porque justamente me encuentra este día leyendo una de las obras a la que no me acerqué años atrás, El lobo de mar. En ella conoceremos a uno de los personajes más carismáticos que creó el autor, Lobo Larsen (Wolf Larsen).  Os dejo con él, barruntando mi regreso.

—Usted posee todas las cualidades necesarias para ser bueno —respondió Maud Brewster.
—¿Lo ven? —exclamó a medias irritado—. Sus palabras suenan a hueco. No hay nada claro, penetrante o definido en lo que acaban de decir. No puedo cogerlo con la mano y examinarlo. No es ni siquiera un pensamiento. Es una impresión, un sentimiento, algo basado en una ilusión pero no un producto del intelecto.
A medida que hablaba su voz se fue suavizando y adquirió una nota de intimidad:
—Saben, a veces también me gustaría estar ciego a las realidades de la vida y conocer tan sólo sus fantasías e ilusiones. Son falsas, por supuesto que son falsas, y contrarias a la razón; pero la razón me dice que, por falsas que sean, soñar y vivir de fantasías siempre proporciona más placer. Al fin y al cabo, el placer es el jornal de la vida. Vivir sin placer es un acto inútil. El trabajo de vivir sin ninguna retribución es peor que la muerte. El que más goza vive más, y sus sueños y fantasías son más gratificantes para ustedes que los hechos para mí.
Meneó la cabeza despacio, meditando.
—A veces tengo dudas sobre el valor de la razón. Los sueños tal vez sean más sustanciosos y placenteros. El placer emocional es más intenso y duradero que el intelectual, porque, además, éste se cobra en depresiones. El hastío de los sentidos que sigue al goce emocional se recupera rápidamente. Les envidio; sí, les envidio.
Se detuvo de pronto y sus labios dibujaron una de sus extrañas, inquisitivas sonrisas, al tiempo que añadía:
—Les envidio con la cabeza pero no con el corazón. Mi razón hace que les envidie. La envidia es un producto intelectual. Soy como el hombre sobrio apesadumbrado que ve a unos borrachos y también quisiera estar borracho.
—O como el cuerdo que contempla a unos locos y desea ser uno de ellos —dije riendo.
—Eso es —dijo—. Ustedes son una maldita y arruinada pareja de locos sin hechos en la cartera.
—Pero gastamos con más generosidad que usted —terció Maud Brewster.
—Porque no les cuesta nada.
—La eternidad nos financia —contestó ella.
—Sea cierto o no, es lo mismo. Gastan lo que no tienen y, a cambio, reciben más gastando lo que no tienen que yo gastando lo que he obtenido con gran esfuerzo.
—¿Por qué no cambia entonces el patrón de su sistema monetario? —bromeó la señorita Brewster.
Él la miró, casi esperanzado, y dijo con pesar:
—Demasiado tarde. Quizá me gustase, pero es demasiado tarde. Tengo la cartera repleta de monedas antiguas y es muy obstinada. Ya no podrá haber otra cosa de curso legal para mí.
Dejó de hablar y su mirada ausente se desvió perdiéndose en el plácido mar. La ancestral melancolía se había apoderado de él. Todo su cuerpo se estremecía. La razón le había puesto melancólico y dentro de pocas horas el demonio de la ira se agitaría en su interior. Me acordé de Charley Furuseth; la tristeza de Lobo Larsen era el castigo con el cual el materialista expía su materialismo.

Otro fragmento del libro en Homo libris.

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5 de junio de 1852

Los altramuces están en toda su gloria. Resultan más importantes porque aparecen cubriendo parcelas muy extensas, de casi un acre o más en total, y con una gran variedad de colores (violeta, rosa, lila, blanco), sobre todo cuando les da el sol y la transparencia de sus flores hace que el color cambie constantemente. Pinta toda una colina con su azul, creando un campo (un prado incluso) como el que habría frecuentado Proserpina. Su hoja ha nacido para estar cubierta de gotas de rocío. La perspectiva de estas matas de flores azules, que aparecen en breves intervalos, me entusiasma. Tal profusión del color divino, elíseo, que parecen los Campos Elíseos. Dicen que las semillas tienen la apariencia de caras de bebé, y de ahí el nombre de la flor. No hay flor que exhiba tanto azul. Ese es el valor de los altramuces. La tierra queda tintada de azul a causa de ellos. Y aun así, a un tercio de milla de distancia, no puedo ya detectar su color en la colina. Quizá porque es el color del aire.

 lupinus

7 de junio de 1853

Hice una visita a mi chotacabras en su nido. Casi no podía dar crédito a lo que estaba viendo cuando, apenas a siete pies del nido, me quedé mirando cómo empollaba sus huevos con la cabeza girada hacia mí. Parecía tan dichoso, uno con la tierra, como una esfinge, reliquia del reino de Saturno que Júpiter no logró destruir, un enigma que bien podría provocar al hombre a lanzarse de cabeza contra la piedra. No era, en realidad, una criatura viva, y mucho menos una criatura alada perteneciente al aire, sino una figura de bronce o de piedra, una fantasiosa producción artística como un grifo o un fénix. Suficiente para sobrecoger a uno. Durante todo ese rato, esta esfinge de bronce en apariencia dormida, tan inmóvil como la tierra, me miraba con intensa ansiedad a través de la fisura mínima de sus párpados. Un paso más, y ya había echado a volar, colina abajo, hasta el suelo, balanceándose, como si tocara la tierra, primero con un ala, luego con la otra, a unas diez varas del suelo para surcar los aires por encima de mi cabeza. Una criatura espléndida, que empolla inmóvil sus huevos sobre la colina más desnuda, más expuesta, bajo tormentas, lluvia o granizo, como si se tratara de una roca o de una parte de la misma tierra (la costra del globo), con sus ojos cerrados, sus alas plegadas. Una criatura a la que, después de estos dos días de tormenta —en que pensaríamos que se había convertido en el símbolo adecuado del reumatismo—, vemos remontar el vuelo, como pájaro que es, y convertirse en el ser más aéreo, más elegante y flexible, desprovisto completamente de rigidez en sus alas o en sus articulaciones. Un preludio adecuado para su encuentro con Prometeo, atado a su roca en el Cáucaso.

chota

Henry D. Thoreau. El Diario (1837-1861) Volumen I.

Nota: La fotografía de los altramuces pertenece a Imgur y el chotacabras es de Miguel Vilar, en Mirada Natural.

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sampedrolupi

Tras un prolongado silencio, pretendía irrumpir en el blog con ánimo y buen pie precisamente esta semana. Pero un tremendo tropiezo ha dado al traste con mis intenciones, que quedarán pospuestas unos días. Hoy no puedo más que llorar la pérdida de un verdadero referente para mí en todos los sentidos: literario, político, humano… Se nos ha ido Sampedro, el pensador, la voz disidente, el “abuelo” tan querido para muchos de nosotros. Un verdadero sabio en un mundo que parece haberse olvidado del significado de esa palabra. Se ha marchado, pero no podemos olvidar sus palabras. Su guía es más necesaria que nunca.

El desarrollo sostenible del que hablan es insostenible. La población mundial se ha triplicado desde 1900 hasta hoy y, desde luego, la capacidad de regeneración del planeta no se ha triplicado. Eso no se puede mantener. Imposible.

[…]

En este siglo van a pasar cosas tremendas. Se habla todos los días del desarrollo sostenible. Pensemos sólo que en 1900 la población mundial era de alrededor de dos mil millones y que en 2000 es de más de seis mil millones. Los ecologistas ya estudian la huella ecológica y dicen que la tierra no produce todo lo que se le quita. Ya hablan de que para dar al mundo el nivel de España, no digamos ya el de Escandinavia, harían falta tres planetas. Explíquenme cómo cuadra eso; hagan estadísticas, contabilidad nacional, etc. No cuadra.

[…]

Para mí es una época paralela al derrumbamiento del Imperio romano. Se acabó el Imperio y empezó la barbarie. Lo de Gaza es barbarie, los campos de Hitler y Stalin fueron barbarie, el ataque a Irak es barbarie. Estamos destruyendo el sentido de la justicia. Creo que entramos en una etapa de barbarie que obliga a reconstruir el sistema. Porque el capitalismo no es que sea malo, es que está agotado ya. En el siglo XV era impulsor, constructivo. Ahora está agotado. ¿Cuáles son los planes? Más de lo mismo. Decir que dentro de 15 años acabará la pobreza y repetirlo 15 años después.

[…]

La libertad es como una cometa. Vuela porque está atada y la cuerda es la responsabilidad.

[…]

Yo miro lo sucedido y me pregunto: ¿por qué no se nacionaliza la banca y se acaba con toda esta historia de los bonos de los directores y demás? Eso está excluido de cualquier debate. Y luego se dice que la empresa pública rinde menos: ¿rinde menos para quién? Pues igual es cierto que la cuenta de resultados no es igual, pero el dinero va a manos mucho más interesantes.

[…]

El ser humano ha llegado a un nivel técnico verdaderamente admirable y extraordinario. Pero cuando se progresa es inevitable que el creador se endiose y piense que con la ciencia puede llegar no se sabe hasta dónde. Y siempre se dice “la técnica lo resolverá”. Pero la técnica lo resolverá hasta donde pueda. No creamos que el poder humano es ilimitado.

Descanse en paz.

Más información en:

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Acabo de comenzar a leer El futuro de la vida, de Edward O. Wilson. Constituye el prólogo de este libro (sobre el que profundizaré en Homo libris más adelante, a buen seguro) una carta del eminente mirmecólogo a Thoreau, uno de los padres del movimiento conservacionista del que algo cité no hace demasiado tiempo por aquí, y de su visión del trabajo hace ya bastante.

De este prólogo emotivo, apasionado, sentido, quería extraer un fragmento que me ha gustado sobre qué es ser un naturalista. Aquí os dejo con Wilson dirigiendo la palabra a Thoreau. Espero que lo disfrutéis.

Existen dos tipos de naturalistas, y en esto coincidirás conmigo, definidos por las imágenes de búsqueda que los guían. El primero (los de tu tribu) está constituido por los naturalistas interesados en encontrar organismos grandes: plantas, aves, mamíferos, reptiles, anfibios, quizá mariposas. Las personas que buscan organismos grandes están atentos a los gritos de los animales, escudriñan en la bóveda arbórea, hurgan en los huecos de los árboles, buscan cagarrutas y rastros en las orillas fangosas. Su línea visual vacila a lo largo de la horizontal, primero hacia arriba para examinar la bóveda arbórea, después hacia abajo para fijar la vista en el suelo. Las personas de organismos grandes buscan un solo hallazgo que sea lo suficientemente bueno para el día. A ti, recuerdo, no te importaba andar siete kilómetros o más para ver si determinada planta había empezado a florecer.

Yo soy un miembro de la otra tribu: un amante de las cosas pequeñas; también un cazador, pero más en la línea de una zarigüeya que husmea que en la de una pantera que rastrea. Pienso en milímetros y minutos, y no soy en absoluto paciente mientras merodeo, porque la riqueza de los invertebrados y la recompensa rápida por un pequeño esfuerzo me han viciado para siempre. Si penetro en un trecho de bosque rico, raramente ando más allá de unas pocas decenas de metros. Me detengo frente al primer tronco en putrefacción prometedor que encuentro. Arrodillándome, le doy la vuelta, y el pequeño mundo que vive debajo me proporciona siempre una gratificación instantánea. Se separan raicillas y filamentos fúngicos, caen a tierra fragmentos adheridos de corteza. El olor húmedo, dulce y mohoso del suelo sano se eleva como un perfume hasta los orificios nasales que lo aman. Los habitantes del tronco que quedan a la vista son como los ciervos iluminados de repente por los faros de un vehículo en una carretera comarcal, congelados en un momento de su vida secreta. Se dispersan rápidamente para evitar la luz y el aire desecante, cada uno de ellos maniobrando de la manera particular de su especie. Una araña lobo macho sale zumbando precipitadamente, recorre varios cuerpos de longitud y, al no encontrar refugio, se detiene y se queda rígida. Su tegumento moteado le proporciona camuflaje, pero la cápsula ovígera de seda blanca que transporta entre sus pedipalpos y quelíceros la descubren. Cerca de ella, milpiés iúlidos, que ramoneaban moho cuando llegó el cataclismo, arrollan su cuerpo en espirales defensivas. En el extremo alejado de la superficie expuesta, un gran ciempiés escolopéndrido se encuentra parcialmente escondido bajo fragmentos de corteza en descomposición. Sus escleritos constituyen una armadura parda reluciente; sus mandíbulas, agujas hipodérmicas llenas de veneno; sus patas, hoces curvadas hacia abajo. La escolopendra no supone ninguna amenaza a menos que la cojas. Pero ¿quién se atrevería a tocar a este dragón en miniatura? En lugar de ello la golpeo con la punta de una ramita. ¡Fuera de aquí! Se retuerce, da media vuelta y desaparece en un instante. Ahora puedo registrar sin peligro el humus con mis dedos, en busca de especies menos amenazadoras.

Edward O. Wilson, El futuro de la vida.

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