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Archive for the ‘Salidas de campo’ Category

De cuando en cuando viene bien desconectar del trabajo, de la rutina, y conectar con los sentimientos y la pasión. Hay afortunados para quienes todo esto va junto y hacen de su pasión su forma de ganarse la vida. Yo estoy a medio camino y, aunque me gusta enormemente el mundo digital en el que me muevo a diario (eso sí, me gustaría dar unos pasos dentro del mismo hacia otro sector en el que sí me encontraría como pez en el agua y podría dedicar días y noches sin dormir gustosamente a esos menesteres), como imaginaréis la pasión va por otros derroteros; sendas poco holladas, campo a través, trotando lomas para descubrir universos ocultos dentro de nuestro mundo.

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De Málaga a Granada, pasando el «Boquete de Zafarraya»

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 Así fue fue como el pasado fin de semana me dirigí al entorno del pantano de los Bermejales, en Granada, para participar en el taller de macroinvertebrados que se impartía dentro del Programa Andarríos que tanto nos está enseñando sobre nuestros ecosistemas acuáticos en Andalucía y en el que AUCA, la agrupación de voluntariado ambiental de Santa Fe

, participa desde hace once años.

El taller se desarrolló a lo largo de la tarde del viernes y durante toda la jornada del sábado, incluyendo sesiones teóricas, prácticas de laboratorio y una salida de campo que disfrutamos como niños en un entorno fluvial cuidadísimo (y que siga así) por las familias de invertebrados que fuimos capaces de identificar en sus aguas.

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Aprovecho para enviar desde esta humilde loma saludos a toda la compañía y, especialmente, a Alfonso y a Matu, cuya labor al frente de Andarríos resulta tan encomiable y donde se ve que, además de su indudable profesionalidad, se dejan la piel porque les encanta, y a mis compañeros de AUCA.

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Con la tinta electrónica fresca aún de la anterior entrada me dispongo a escribir una segunda, una suerte de continuación de aquella, que rompa el encanto de la entrada única y bienintencionada en la que plasmo mis ganas por volver a escribir y que, finalmente, queda en suspenso porque las obligaciones y esa falaz sensación de que el tiempo vuela provocan que siempre haya algo importante que hacer. Aunque guarde siempre la esperanza de que se me permitirá sentarme a escribir en algún momento, las obligaciones fagocitan los buenos propósitos.

Así que, a modo de cuaderno de campo, como hacía antaño, y mientras doy forma en mi cabeza a algunas cosillas que quería compartir con vosotros por aquí, voy a desplegar en forma de álbum de fotos un par de salidas campestres por humedales cercanos con las que di término al año 2017.

El día 29 de diciembre fui a la Desembocadura del Guadalhorce aprovechando que era un día laborable y yo estaba de vacaciones. Últimamente me da la impresión de que este paraje está demasiado masificado, especialmente los fines de semana; familias paseando, gran cantidad de bicicletas de montaña a paso rápido con ciclistas hablando bastante alto o directamente a voces, gente corriendo, paseando al perro o simplemente otros pajareros disfrutando de la ornitología. En suma, mucha gente (entre la que me incluyo, por supuesto, aunque solo sea por el volumen generado) que puede llegar a molestar a los animales que hacen de aquel Paraje Natural su refugio.

Pasé la mañana deambulando de laguna en laguna, disfrutando con la visión de un águila calzada que se buscaba la pitanza de aquel día y parecía seguirme de una a otra haciendo piruetas para sortear el fuerte viento de la jornada, aunque no tuve suerte de ver a ninguna pescadora. A los pequeños alados (alguna lavandera blanca, tarabilla europea, gorrión común…) se les sumaron unos zampullines en la Laguna Grande y una buena cantidad de cormoranes, cigüeñuelas, ánade real y gaviotas en los demás observatorios.

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El 30 fui con el retoño de Aliso (el pequeño trotalomas, al que a partir de ahora llamaremos así, con nombre de árbol, ya que es de rápido crecimiento y viene conmigo de humedal en humedal 😉 ) a la Charca de Suárez de Motril. Un espacio emblemático para el conservacionismo que encontramos en plena ciudad, junto a un hotel, y que supuso un freno frente a la especulación inmobiliaria que iba a sustituir tierra y aguas por cemento en aquella zona y que ha quedado protegido para el disfrute de aves y personas. Allí me encontré con mi querido Alberto y pasamos juntos una deliciosa mañana, mucho menos ventosa que la anterior, realizando un recorrido completo por los senderos, entre lagunas, perdiendo la noción del tiempo hasta el punto de encontrarnos cerrada la puerta de entrada al llegar a ella. Allí nos acompañaron algunas garzas reales, más cormoranes y ánades reales, pato cuchara, zampullines, polla de agua, fochas y una chocha.

Acabamos la jornada en un barecito de la zona donde degustaríamos unas deliciosas gambas «del terreno» y acompañadas de un frío zumo de cebada. Aliso, por supuesto, haciendo gala de su descaro y simpatía, se hizo amigo de un gato que esperaba paciente la caída de alguna raspa o algo más suculento de las mesas del local. Una amistad peligrosa para ambos, ya que Aliso suele aplastar (literalmente) a Lupo, que sufre pacientemente el cariño de aquel, pero dudo mucho que este gato hubiese sido tan pacífico ante semejantes muestras de amor. Una experiencia que habrá que repetir, habida cuenta del disfrute de la pequeña larva y de los imagos.

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El síndrome de la página en blanco. De la entrada no escrita. Del artículo pospuesto. Del día a día que nos consume y del hoy que se convierte en mañana, en un futuro, en nunca. Resulta curioso que me disponga a escribir ahora sobre lo vivido en el pasado con ánimo de no dejarlo para más adelante. Llevo días, semanas, meses con textos que pasan por mi mente. Veo algo y mi cerebro lo redacta para que quede plasmado en el blog, pero después, frente al ordenador, no encuentro el momento de escribirlas. Y no solo me pasa aquí, sino que en Homo libris tengo reseñas de decenas de libros pendientes, y eso que en los últimos tiempos me falta del mismo para leer.

Resulta decepcionante que, de querer sentarme a escribir lo animado que estaba con la actividad física que andaba desarrollando, pasase a no escribir por no expresar el lamento de la lesión de la que ahora me duelo. Y de esto a, posiblemente, narrar un futuro en el que me haya recuperado plenamente (esperemos).

Hace unos días, almorzando en el parque que alguna vez he descrito por aquí y que tengo junto al trabajo (y que muchos habréis visto en alguna que otra foto de cuantas he publicado en Twitter), dejaba volar la imaginación. Andaba allí pensando, mientras roía una zanahoria y contemplaba balancearse movidas por el viento las umbrelas de otras tantas salvajes, lo curioso que resulta en ocasiones dedicarse a saborear algo tan insignificante como una lechuga, un tomate recién cortado o una zanahoria como la que estaba mordisqueando. Lo que tan habitualmente nos parece obvio, tan cercano a nuestra mano como al antojo de nuestros deseos, ha requerido de un largo periodo de adaptación, de aclimatación, de domesticación en el caso de estas especies vegetales. La entrada que estamos leyendo de un blog determinado parece allí puesta para nosotros, depositada sin el menor esfuerzo por su dueño, pero en ocasiones que haya llegado a publicarse habrá supuesto un verdadero y doloroso parto. La canción que escuchamos y que nos reconforta o que nos inflama el pecho supuso, tal vez, el agotamiento, siquiera temporalmente, de la inspiración de su autor.

La vida sencilla, esa que se nos antoja a algunos tan apetecible, también guarda sus secretos. Si resultase fácil alcanzarla posiblemente muchos la estaríamos viviendo. Y sería una vida plena o, cuanto menos, más interesante que ésta en la que nos vemos imbuidos desde que nos levantamos hasta que concluimos el día en nuestro capullo de falsa y engañosa seda.

La vida que yo veo
anhela los extremos confines
el Desierto, la Selva y nada más

Esta entrada, en definitiva, no era la que tenía en mente cuando contemplaba la flor del alcaucil silvestre, de esa alcachofa asilvestrada que orla los caminos en estas fechas con sus flores azules y sus formas de cardo, o las de la zanahoria silvestre, tapete de ganchillo adornado por la estéril flor negruzca de su centro que ayuda más que ninguna a la polinización del resto. Pero da igual; hay ocasiones en las que la mejor forma de romper la maldición de la hoja el blanco es, precisamente, escribir sin ton ni son, dejar fluir el torrente de las palabras y quién sabe si descartar el producto final en aras de que el próximo sea merecedor de que tú, querido lector, hayas llegado a esta última línea.

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Aunque espero estar de vuelta dentro de unas semanas, no he podido evitar dejaros unas refrescantes imágenes estivales. Son de mi último par de salidas por el parque periurbano de Santa Fe, y alguna de la huerta (las del abejorro carpintero o abejorro azul de la madera) como suplemento alimenticio.

Espero que, entre incendio e incendio (tanto forestales como anímicos ante tanta estulticia política), estéis disfrutando del verano.

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Saludos trotalomescos.

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He pensado incluir semanalmente (o, al menos, de cuando en cuando) entradas como esta, sin texto ni pretexto, con una galería de fotos de lo que he ido viendo a lo largo de la semana en paseos o en esos pequeños momentos de descanso que me estoy dando durante la hora del almuerzo. No serán gran cosa, no descubriremos especies raras, pero creo que pueden imprimirle al blog un poco de ese dinamismo del que últimamente carece, tan necesario para que siga con “vida”.

Espero que las disfrutéis. Vamos con la primera de estas entradas sobre el asueto semanal.

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