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Archive for the ‘Salidas de campo’ Category

El síndrome de la página en blanco. De la entrada no escrita. Del artículo pospuesto. Del día a día que nos consume y del hoy que se convierte en mañana, en un futuro, en nunca. Resulta curioso que me disponga a escribir ahora sobre lo vivido en el pasado con ánimo de no dejarlo para más adelante. Llevo días, semanas, meses con textos que pasan por mi mente. Veo algo y mi cerebro lo redacta para que quede plasmado en el blog, pero después, frente al ordenador, no encuentro el momento de escribirlas. Y no solo me pasa aquí, sino que en Homo libris tengo reseñas de decenas de libros pendientes, y eso que en los últimos tiempos me falta del mismo para leer.

Resulta decepcionante que, de querer sentarme a escribir lo animado que estaba con la actividad física que andaba desarrollando, pasase a no escribir por no expresar el lamento de la lesión de la que ahora me duelo. Y de esto a, posiblemente, narrar un futuro en el que me haya recuperado plenamente (esperemos).

Hace unos días, almorzando en el parque que alguna vez he descrito por aquí y que tengo junto al trabajo (y que muchos habréis visto en alguna que otra foto de cuantas he publicado en Twitter), dejaba volar la imaginación. Andaba allí pensando, mientras roía una zanahoria y contemplaba balancearse movidas por el viento las umbrelas de otras tantas salvajes, lo curioso que resulta en ocasiones dedicarse a saborear algo tan insignificante como una lechuga, un tomate recién cortado o una zanahoria como la que estaba mordisqueando. Lo que tan habitualmente nos parece obvio, tan cercano a nuestra mano como al antojo de nuestros deseos, ha requerido de un largo periodo de adaptación, de aclimatación, de domesticación en el caso de estas especies vegetales. La entrada que estamos leyendo de un blog determinado parece allí puesta para nosotros, depositada sin el menor esfuerzo por su dueño, pero en ocasiones que haya llegado a publicarse habrá supuesto un verdadero y doloroso parto. La canción que escuchamos y que nos reconforta o que nos inflama el pecho supuso, tal vez, el agotamiento, siquiera temporalmente, de la inspiración de su autor.

La vida sencilla, esa que se nos antoja a algunos tan apetecible, también guarda sus secretos. Si resultase fácil alcanzarla posiblemente muchos la estaríamos viviendo. Y sería una vida plena o, cuanto menos, más interesante que ésta en la que nos vemos imbuidos desde que nos levantamos hasta que concluimos el día en nuestro capullo de falsa y engañosa seda.

La vida que yo veo
anhela los extremos confines
el Desierto, la Selva y nada más

Esta entrada, en definitiva, no era la que tenía en mente cuando contemplaba la flor del alcaucil silvestre, de esa alcachofa asilvestrada que orla los caminos en estas fechas con sus flores azules y sus formas de cardo, o las de la zanahoria silvestre, tapete de ganchillo adornado por la estéril flor negruzca de su centro que ayuda más que ninguna a la polinización del resto. Pero da igual; hay ocasiones en las que la mejor forma de romper la maldición de la hoja el blanco es, precisamente, escribir sin ton ni son, dejar fluir el torrente de las palabras y quién sabe si descartar el producto final en aras de que el próximo sea merecedor de que tú, querido lector, hayas llegado a esta última línea.

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Aunque espero estar de vuelta dentro de unas semanas, no he podido evitar dejaros unas refrescantes imágenes estivales. Son de mi último par de salidas por el parque periurbano de Santa Fe, y alguna de la huerta (las del abejorro carpintero o abejorro azul de la madera) como suplemento alimenticio.

Espero que, entre incendio e incendio (tanto forestales como anímicos ante tanta estulticia política), estéis disfrutando del verano.

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Saludos trotalomescos.

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He pensado incluir semanalmente (o, al menos, de cuando en cuando) entradas como esta, sin texto ni pretexto, con una galería de fotos de lo que he ido viendo a lo largo de la semana en paseos o en esos pequeños momentos de descanso que me estoy dando durante la hora del almuerzo. No serán gran cosa, no descubriremos especies raras, pero creo que pueden imprimirle al blog un poco de ese dinamismo del que últimamente carece, tan necesario para que siga con “vida”.

Espero que las disfrutéis. Vamos con la primera de estas entradas sobre el asueto semanal.

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Encuentro saludable el hallarme solo la mayor parte del tiempo. Estar en compañía, aunque sea la mejor, se convierte pronto en fuente de cansancio y disipación. Me encanta estar solo. Nunca encontré una compañía tan compañera como la soledad. Casi siempre solemos estar más solos cuando estamos entre los hombres que cuando nos quedamos en nuestras habitaciones. Un hombre que piensa o trabaja está siempre solo, encuéntrese donde se encuentre. La soledad no se mide por las millas espaciales que separan a un hombre de sus semejantes.
[…]
Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar solo los hechos esenciales de la vida, y ver si no podía aprender lo que ella tenia que enseñar, no sea que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido.

Henry D. Thoreau, Walden. La vida en los bosques.

Aunque el título podría aludir a un modo de vida francamente menos agradable, que parece ser el que la clase política y sus tecnócratas tienen destinada a los españolitos que no puedan pagar su hipoteca y vean embargada su vivienda y perdido su hogar, lo cierto es que en el Día Internacional de la Biodiversidad y como regreso al blog después de mucho tiempo sin escribir (y que os debía a quienes os preguntabais por mis veladas alusiones a cierto parque en Twitter), no tengo pensada una entrada en modo alguno triste, o eso espero.

Ha transcurrido casi un mes y medio desde que escribí por última vez algo por aquí, y en aquella ocasión simplemente dejé un aviso sobre el curso de rastreo que estaba preparando mi buen amigo Alberto y que, así entre nosotros, estuvo genial. De hecho, si os pica la curiosidad, es posible leer algo más sobre el mismo en el artículo que le dedicó el diario Ideal de Granada y el reportaje que publicaron en su revista sobre naturaleza Waste Magazine.

Issidae (ninfa)

Issidae (ninfa)

A lo largo de este tiempo he pensado en numerosas ocasiones que tenía que contar algo; sobre lo que vi en algún viaje a Córdoba, acerca de las últimas noticias que nos avasallan día a día o respecto a alguna ocurrencia de las mías como trotalomas y un poco trotamundos. Pero finalmente no lo he hecho dejándome llevar, tal vez, por el hastío que se ha ido apoderando de mí últimamente hasta abarcar prácticamente cualquier parcela de mi vida. No sé cuál es el origen, si bien intuyo un par de fuentes posibles, y solo sé que únicamente consigo sentirme bien cuando logro desconectar de mis obligaciones; de Internet, de los ordenadores, de los libros de estudio. Lo consigo cuando salgo al campo y “pierdo” el tiempo mirando cómo transportan comida unas hormigas, me encuentro fortuitamente ante una culebra de escalera que parece querer hipnotizarme con su mirada o estoy, simplemente, en casa tranquilo con mi Azote, volviendo a descubrir el sonido de la risa.

Sea como fuere, no me gusta esta sensación. Solo respiro tranquilo a lo largo del día cuando logro sentir que el tiempo se escurre entre mis dedos en tanto logro fijarlo en instantáneas que me permiten evocar el sueño de ser naturalista.

Entorno forestal en el PTA

Entorno forestal en el PTA

Últimamente me echo al monte cada mediodía. Al parque realmente, he ahí el título de la entrada, y almuerzo entre árboles, disfrutando de las evoluciones de los pájaros entre el rítmico balanceo de las ramas movidas por el viento, solo con mis pensamientos, con un libro (ahora, casualmente, Walden Dos, que está empezando a crearme la necesidad de releer el libro de Thoreau) o con mis queridos odonatos que acudo a contemplar a un estanque cercano siempre que puedo.

Anax parthenope macho

Anax parthenope macho (con caracteres juveniles)

Sympetrum fonscolombii macho

Sympetrum fonscolombii macho

Finalmente la entrada no sé si transmite tristeza, pero sí que me da la sensación que resulta melancólica. No sé cuándo volveré a escribir (tenemos los exámenes a la vuelta de la esquina y lo cierto es que no estoy contento con lo que llevo estudiado ni con lo que he aprendido este año, así que me asaltan continuamente las ganas de dejarlo todo para septiembre y estudiar en verano, tal y como se merece lo que tengo entre manos, si bien esto supondría robar tiempo a lo que quería adelantar para el año próximo) y, si bien no creo que el blog merezca este silencio continuado, tampoco estoy seguro de que estas idas y vueltas esporádicas —sin mucho donde rascar más allá del mero ejercicio de reflexión, de pensar ante el teclado— le ayuden demasiado.

Papilio machaon

Papilio machaon

De cualquier forma, espero que os gusten las fotografías que acompañan a esta entrada. Sin ser realmente buenas, creo que a muchos os resultarán más ilustrativas que mis palabras a la hora de comprender qué diablos hace un informático cuando tuitea a la hora de comer aquello de «acaba de alzarse un alcaraván desde debajo de un algarrobo cercano…».

¡Salud!

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Tras dos meses sin publicar, el periodo más dilatado desde que creé el blog, lo cierto es que lo echo de menos tanto como temo hacerlo.

Echarlo de menos es lo más normal del mundo cuando tanto me ha aportado a todos los niveles. Uno de los más importantes ha sido el de permitirme compartir estas andanzas con todos vosotros, quienes lo leéis siempre, o con cierta frecuencia, o llegasteis por casualidad y os quedasteis a compartir un poco de vuestro tiempo, pero el que más, sin duda alguna, es el aprendizaje que día a día, error o acierto mediante, me ha aportado la escritura de estas entradas y el complemento de vuestros siempre imprescindibles comentarios.

En cuanto al temor, no es otro que el de no estar preparado. En los últimos meses todo a mi alrededor ha sido un no parar, un cúmulo de situaciones que me han impedido estar aquí, no por falta de tiempo (o no solo por eso) sino, sobre todo, por hacerme sentir vacío, sin nada que contar. Poco a poco va cambiando esto, y uno de los síntomas favorables ha sido que he vuelto a leer con regularidad. Aun cuando —bien lo sabéis— otras pasiones me mueven, lo cierto es que la lectura es mi más fiel instrumento de medida anímica. Si no leo apenas, mal vamos. Pero en estos últimos días he devorado cuatro o cinco libros, el runrún del motor de Homo libris se deja notar de nuevo y durante este largo fin de semana, con puente por el Día de Andalucía incluido, he hecho alguna que otra escapada campestre (por áreas cercanas, como en ocasiones las he llamado y que, a este paso, van a requerir de una sección propia en el blog, como «entradas ruderales»). Así que, corriendo el riesgo de seguir descontento con cuanto escribo, de sentir que no plasmo como quisiera lo que veo o siento, voy a lanzarme al vacío. Puede que dentro de dos o tres entradas vuelva a mi agujero por un tiempo indeterminado o que vuelque en el blog cuanto no he hecho en los últimos meses y escriba con desenfreno. Todo puede pasar (ya no me arriesgo a apostar por nada), pero si seguís ahí lo descubriréis en breve.

Por lo pronto, os dejo con un particular adelanto. Ayer estuve en un paraje cercano, de la vega del Guadalhorce, y me encontré, sin buscarlo, con unos tarajes (Tamarix sp.) repletos de ootecas de Mantis religiosa. Algunas, viejas, con muestras de la eclosión de los huevos y salida de estos insectos. Otras, intactas y esperando a la primavera para abrirse a la vida (con estas temperaturas, eso ocurrirá muy pronto). En un trayecto lineal de apenas un kilómetro pude contar más de 20 ootecas, como os digo, sin buscarlas más que barriendo un poco los árboles con la mirada.

Como colofón, al final os dejo una ooteca de Iris oratoria que encontré muy, pero que muy cerquita de casa, el pasado sábado.

Ooteca de Mantis religiosa
Las ootecas se observan a simple vista, en la parte superior de los tarajes.
Ooteca de Mantis religiosa

Con algo más de detalle.

Ooteca de Mantis religiosa

Más aún...

Ooteca de Mantis religiosa

Ooteca ya abandonada.

Ooteca de Mantis religiosa

Ooteca de Mantis religiosa

Ooteca de Mantis religiosa

Ooteca de Mantis religiosa

Ooteca de Mantis religiosa

Ooteca de Mantis religiosa

Ooteca de Mantis religiosa

Ooteca de Mantis religiosa

Ooteca de Mantis religiosa

Ooteca de Mantis religiosa

Ooteca de Mantis religiosa

Ooteca de Mantis religiosa

Ooteca de Mantis religiosa

Ooteca de Iris oratoria

Ooteca de Iris oratoria, prácticamente una extensión de la roca...

Ooteca de Iris oratoria

Ooteca de Iris oratoria, desde otra perspectiva.

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A menudo el creador alude a la dicha, a la felicidad de la creación, aunque yo debo reconocer que rara vez me siento dichoso escribiendo, bien porque vivo la angustia del tema que desarrollo, bien porque la inadecuación entre lo que quiero expresar y lo que realmente expreso me conduce a la perplejidad y al hastío. Es decir, necesito escribir pero no soy feliz escribiendo, porque inevitablemente no sólo me quedo corto sino que, consciente de mis limitaciones, advierto mi incapacidad para enderezar lo torcido.

Así da comienzo el libro de Miguel Delibes Con la escopeta al hombro, un compendio de artículos sobre caza que vino a publicar a mediados del siglo pasado en El Noticiero Universal y que nos permite retrotraernos a una época en la que buena parte de los carnívoros, mamíferos o alados, eran considerados alimañas y donde la mecanización del campo marcaría un punto de inflexión en la abundancia de especies, cinegéticas o no, que decaería alarmantemente.

Ni que decir tiene que estoy disfrutando con la lectura del libro del vallisoletano, máxime cuando se trata de uno de mis escritores de cabecera, y precisamente por esto, además de porque el comienzo del libro refleja a la perfección mi estado de ánimo respecto a cuanto escribo en los últimos tiempos, he querido que el título de la entrada de hoy rindiese homenaje a don Miguel. Es más, en lo que llevo releído (aproximadamente un tercio del libro), me he encontrado con un par de agradables sorpresas que no recordaba de la primera lectura; los trotacampos y trotapáramos del libro vienen a unirse a la familia de trotamundos y, por supuesto, de trotalomas, así que bienvenidos sean.

Después de semejante desvarío, si has llegado hasta aquí te estarás preguntando de qué va la entrada de hoy. Si bien el título rinde homenaje al libro de Delibes, no es menos cierto que puede ser tomado de forma absolutamente literal. Esta mañana, en lugar de dirigirme como pretendía a la desembocadura del río Guadalhorce, decidí calzarme las botas, coger los prismáticos y echarme al monte caminando. No era el de hoy uno de esos domingos en los que te dices «me voy a pasar el día fuera» y no vuelves a casa hasta el anochecer, pero sí que me apetecía desconectar durante unas horas al menos y, ya que no me apetecía lo más mínimo conducir, la alternativa más viable era subir al monte de El Atabal, barriada del Puerto de la Torre, donde podía llegar a pie.

Resina de almendro

Resina de almendro

Conglomerado

Estrato de conglomerados.

Lo cierto es que tanto el monte como sus alrededores requieren, si se desea disfrutar de ellos, de un ejercicio de observación a corta distancia. Si no es así, posiblemente el naturalista saldrá de allí con una úlcera de estómago por lo descuidado en que se encuentra el lugar y por la fuerte presión a que es sometido por parte de las poblaciones aledañas y la gente que lo recorre habitualmente, ya sea buscando un lugar de esparcimiento, ora sea mediante la realización de actividades inocuas, como pasear con la familia —siempre y cuando no se hable a grito pelado— o recoger espárragos trigueros, bien a través de otras más punibles como la realización de botellones, de barbacoas en lugares y fechas no admisibles o depositando basura de todo tipo en ese entorno.

Así pues, equipado con mis botas de monte y “armado” con mis prismáticos Papilio (cuanto más los uso más los adoro, ¿os lo había dicho?) he salido al campo dispuesto a obviar tanta afrenta a un entorno degradado que, para vergüenza de propios y ajenos, contaba no ha mucho con una población bastante maja de camaleones en grave recesión (si es que a día de hoy queda alguno). Respecto a lo de obviar las afrentas, una cosa es decirlo y otra muy distinta hacerlo, pero lo cierto es que he disfrutado de la salida, si bien he tomado buena nota de algunos detalles para trasladarlos a unas autoridades que se limpiarán salva sea la parte con ellos.

El recorrido de hoy

El recorrido de hoy, de oeste a este. En la parte superior, en el centro, la torre que da nombre al distrito.

Salir con los Papilio al cuello es casi como ir de la mano de Sir David Attenborough cuando está rodando uno de sus documentales sobre la vida de los insectos; como si llevásemos al cuello un microscopio de campo o una lupa capaz de enfocar a media distancia. Así, el caminante se deleita observando el vuelo errático de la libélula que termina por llevarla a una rama seca que le sirve de posadero, o descubre fascinado un asílido posado en una de las ramas superiores de un olivo, invisible a la vista si no fuese por los versátiles binoculares.

El milpiés se esconde presto en una de las oquedades del tronco seco de olivo y un negro almendro rezuma su ambarina trampa mientras las hormigas se afanan agrandando su hogar extrayendo minúsculas porciones de barro de las profundidades. Al levantar una piedra cercana otro miriápodo, calco del anterior, corre a refugiarse en el hormiguero mientras unos tisanuros (Proatelurina pseudolepisma, es posible verlo mejor en el Insectarium Virtual) de varios tamaños corretean inquietos hasta que vuelvo el canto a su posición original.

Proatelurina pseudolepisma

Un borroso, por inquieto, Proatelurina pseudolepisma.

Una laboriosa hormiga.

Una laboriosa hormiga.

Algarrobos de buen porte entre olivos viejos dispersos, un bosquecillo de pino carrasco a cuyos pies comienzan a tomar posiciones plantones de olivo nacidos de las deposiciones de las aves, algún que otro almendro y una buena zona de palmito, cerca ya de la torre, junto a mucha jara, retama, espino negro, marrubio y bufalaga componen un paisaje donde el romero o el jaguarzo también hacen acto de presencia.

Algarrobos

Algarrobos

Flor femenina del algarrobo

Flor femenina del algarrobo

Absorto durante minutos en la observación de un ortóptero que se atusa las alas con los zancos y lanza al aire un excremento, el trotalomas aguza el oído al escuchar el maullido del ratonero que sobrevuela el monte. Está fuera de la vista, pero por si acaso alza al cielo los prismáticos y los ajusta para ver a lo lejos. Ni rastro de la rapaz, pero una abubilla pasa entre los olivos y varios mosquiteros y colirrojos tizones laborean alrededor de sus troncos y ramas buscando la pitanza. Comienza el descenso y, en esto, un mochuelo se arranca y desaparece de la vista en completo silencio.

La basura, que denota la calidad moral de quienes allí la han depositado, no deja por ello de ser útil para algunos y así lo sabe el trotalomas que, ni corto ni perezoso, levanta todo aquello que es susceptible de convertirse en refugio de algún ser vivo. Eso sí, acto seguido lo vuelve a su sitio, si ya le encontraron utilidad, o lo lleva consigo si es posible para depositarlo en un lugar más adecuado: el contenedor. En estos menesteres descubre que las mantis encuentran adecuado para depositar sus ootecas  un artilugio para bebés humanos(hasta tres localizo bajo el mismo) y que una salamanquesa rosada (Hemidactylus turcicus) no hace ascos a unos harapos para refugiarse durante el día.

Ooteca de mantis

Ooteca de mantis

Llamo harapienta a nuestra salamanquesa no solo por la chaqueta bajo la que se encontraba, sino porque, si os fijáis, muestra parte de la cola lisa por haber perdido un trozo durante alguna batalla territorial o huyendo de algún depredador. Al regenerarse se queda lisa, sin mostrar los tubérculos cónicos que sí tiene en la parte que no perdió.

Salamanquesa rosada

Salamanquesa rosada harapienta.

Ya casi al final del camino, tras mirar a lo lejos casi exclusivamente para eludir a otros humanos que han ido apareciendo conforme avanzaba la mañana y el sol comenzaba a calentar (recolectores de espárragos, aficionados al ciclismo, familias de paseo) llega el trotalomas a un cañizal que denota la presencia de agua. El canto de mirlos y el paso de lavanderas le hace pensar que un día tiene que volver allí para observar a la avifauna con detenimiento, ya que la cercana laguna de la Barrera (una laguna artificial, procedente de una zona de extracción de arcilla para la fábrica de ladrillo que hubo en su día en la Colonia de Santa Inés) ofrece a las aves un lugar de refugio y alimentación que no cabe desdeñar.

Hueco de la laguna de la Barrera

Depresión de la laguna de la Barrera, a la derecha de la fotografía, y olivar de la zona visitada. Se ve también la subestación transformadora que hay en la zona. La fotografía es de 1965.

Vuelta al asfalto, a la ciudad que no ha dejado de estar presente más que en la mente del trotalomas, que por unas horas se ha evadido de la misma. De regreso a casa, a por la manduca y a echarle un vistazo a Trotty, el inspirador del blog, que se va recuperando del resfriado que le ha tenido postrado unos días.

Trotty y Darwin

Trotty y Darwin

Nota: La fotografía de 1965 la he tomado de este foro, donde se pueden encontrar otras fotos antiguas de Málaga.

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Ir por mi pueblo y cruzarse con mala gente es todo una misma cosa. Posiblemente quienes con un servidor se encuentran por la calle desarrollarán pensamientos similares, pero eso es ya otro cantar. No os asustéis, no hablo de personas, ni tan siquiera de los políticos que habría sido fácil calificar con aquel apelativo, sino de esa gente minúscula dotada de seis patas que tanto me chifla, por otro lado.

Hace unos días iba al encuentro de un amigo acompañado por mi pareja cuando esta, que me conoce como si me hubiese parido, lanzó una exclamación y señaló al suelo. Allí, panza arriba, un enlutado coleóptero permanecía quieto y con las patas pegadas al cuerpo. En un principio pensé que el escarabajo estaría muerto, pero no, no lo estaba. Algo atontado, desplegó una de sus extremidades al ser tocado, y mirando en derredor mía busqué algo que me sirviese para llevarlo conmigo; quería sacarle un par de fotos para el blog como “inicio de temporada” tras los exámenes de septiembre. Encontré cerca una bolsa pequeña, tirada en el suelo, y con ella y una segunda “R” preparé un recipiente para transportarlo. No sé si llegaré a aspirante de entomólogo, pero recursos no me faltan, je, je.

Supercoco te lo REcuerda: "¡Reduce, Reutiliza y Recicla!"

Supercoco te lo REcuerda: "¡Reduce, Reutiliza y Recicla!"

Y aquí lo tenéis. Un hermoso ejemplar de Capnodis tenebrionis, un bupréstido también conocido como gusano cabezudo por la curiosa forma que tiene su larva. Aunque no se trata de la cabeza en sí, lo cierto es que posee un protórax llamativo por su gran tamaño.

 Capnodis tenebrionis

Capnodis tenebrionis

El individuo en cuestión cuenta una buena ficha policial: plaga de las rosáceas, ataca fundamentalmente a frutales de hueso, como ciruelos, cerezos o melocotoneros, entre otros. Las larvas horadan galerías debajo de las cortezas de los árboles y en sus raíces, llegando a secarlos por completo en casos de invasión extrema. Los adultos se alimentan de las hojas, llegando a provocar la caída de gran numero de estas al cortarles el peciolo… una joya, vamos.

 Capnodis tenebrionis

Capnodis tenebrionis

Un delincuente juvenil en potencia. Su mirada se dirige al pecunio, como la vuestra: que a todos nos ha asomado una lagrimilla al ver la moneda de “20 duros”. 😉  Larva, cortesía de Pasarlascanutas.

Un delincuente juvenil en potencia. Su mirada se dirige al pecunio, como la vuestra: que a todos nos ha asomado una lagrimilla al ver la moneda de "20 duros". ;)

Un delincuente juvenil en potencia. Su mirada se dirige al pecunio, como la vuestra: que a todos nos ha asomado una lagrimilla al ver la moneda de "20 duros". 😉

Y poco más por hoy. Vuelta “al cole” y al blog. Un regreso que espero sea para quedarme y en plenitud. Nos seguimos leyendo y, por supuesto, aquí sigo aprendiendo de vuestros comentarios y artículos.

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