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Posts Tagged ‘cambio climático’

Recupero para el blog tres entradas que escribí hace siete años y medio durante mi primera andadura «blogueril». Mantenía mi primer blog, La Dehesilla News, y en él escribía, entre otras cosas, sobre la interacción de mis conciudadanos con el medio ambiente. Bajo el nombre común de «…buena sombra le cobija» recobía en tres entradas un paseo por el pueblo durante el que me daba por pensar en el (mal)trato que se daba a los árboles de nuestro entorno urbano. Que hoy traiga las entradas aquí no es fortuito. Las recordaba mientras trataba de debatir sobre la última poda y tala que se ha producido de forma masiva en el municipio. Aquí van, tal cual eran (salvo por la foto del peral, que he incluido tras buscarla en Google Street View).

 oOo

… buena sombra le cobija (13/06/2007)

Se dice que, en tiempos inmemoriales, allá por el medioevo, una ardilla habría podido cruzar la Península Ibérica desde los Pirineos hasta Gibraltar sin pisar el suelo, simplemente pasando de árbol a árbol. Ante una afirmación como ésta, cabría preguntarse, en primer lugar, qué motivaría a uno de estos roedores a realizar tal peregrinaje y, en segundo, para qué querría llegar a tierras anglosajonas, o que terminarían siéndolo en un futuro, con lo “bien que se vive” en España o Portugal. Ya que no tenemos posibilidad de dar respuesta a estas preguntas, nos queda al menos el (des)consuelo de una reflexión: antaño, en España, había más árboles que ahora. Tantos que, en comparación con aquél entonces, deberíamos crear una nueva figura de “taxón en peligro de extinción”, dada la escasez de figuras arbóreas que caracteriza nuestra geografía actual.

Para demostrar este hecho, el equipo de La Dehesilla News se ha propuesto llevar a cabo un experimento singular. Dando por sentado que actualmente es imposible cruzar la península de norte a sur, o de este a oeste, saltando de árbol en árbol, y por la más que probable posibilidad de dar al traste con el experimento tras un seguro golpetazo contra el suelo, hemos optado por restringir el campo de acción y desarrollar una prueba significativamente tan válida como la de nuestra amiga la ardilla. Como muestra estadísticamente significativa, hemos elegido el municipio de Santa Fe, y la prueba a realizar será atravesar el pueblo, no emulando al inmortal personaje creado por Burroughs, sino aprovechando el saber popular por aquello de “quien a buen árbol se arrima…”.

Así, dispuestos a recibir cuanta menos influencia maligna de los rayos solares sea posible, nos aprestamos a realizar nuestra hazaña, pertrechados con una botella de agua fría, en el extremo Este del municipio, justo en el acceso más cercano a la capital de provincia. Nuestro objetivo: el horizonte del sol poniente. Hora de inicio: 12:00AM.

Comenzamos nuestra excursión con el ánimo elevado. A nuestra derecha quedan algunas choperas, y las copas oscilando con la ligera brisa nos transmiten sensación de frescor. Ahora bien, en nuestro lado de la carretera sólo algunos árboles espaciados adornan la acera. Bueno, esperemos que sea poco tramo y pronto encontremos más sombra. Caminamos aceleradamente de uno a otro, haciendo ligeras pausas al lado de sus troncos. La acera, reventada por las raíces de algunos de ellos, constituye la muda evidencia de la falta de previsión de nuestros responsables (es un decir) políticos y representantes (otra falacia) ciudadanos, y de cómo prever el crecimiento de los árboles preparándoles un buen alcorque puede evitar futuros quebraderos de cabeza y de pavimento. Uno de los árboles es apenas un escuálido plantón. Le precedieron en su lugar varios ejemplares de su misma especie y, según vox populi, es uno de los vecinos el que, sistemáticamente, los fue asesinando cuando crecieron tanto que le tapaban “las vistas” a la carretera. Sí señor: patetismo bajuno y con denominación de origen. Pero volvamos a nuestro reto. Efectivamente, el tramo a superar inicialmente era corto: apenas media docena de árboles y, tras superarlo, contemplamos con resignación el campo minado que nos espera. La Avenida de la Hispanidad en pleno es una yerma extensión en la que, esporádicamente, encontramos exóticos árboles que, emulando a nuestras entrañables mimbreras, exhiben sus lánguidas ramas como si de sauces llorones se tratasen.

Nos miramos con decisión. ¿Qué incierto desenlace nos deparará el reto que nos hemos impuesto? Lo conoceremos en la próxima entrega, sólo aquí, en La Dehesilla News. Y, entretanto, les dejamos con unos agradables minutos musicales.

[…]

¿Sabrán por fin los cedros libaneses
que su voraz y sádico enemigo
no es el ébano gris de Camerún
ni el arrayán bastardo ni el morisco

ni la palma lineal de Camagüey
sino las hachas de los leñadores
la sierra de las grandes madereras
el rayo como látigo en la noche?

(Mario Benedetti – Joan Manuel Serrat)

 

… buena sombra le cobija (2) (18/06/2007)

En el último episodio:

Tras tomar la determinación de atravesar Santa Fe bajo la sombra de sus árboles, comenzamos nuestra ruta al inicio de la Avenida de la Hispanidad. Recorridos los primeros metros, contemplamos la extensión de la avenida frente a nosotros…

Los árboles que se presentan por delante se encuentran bastante espaciados entre sí, por lo que, emprendida la marcha, ésta se produce, qué remedio, a buen ritmo, intentando huir del implacable sol. Al llegar al primero de ellos nos damos cuenta, con resignación, de que sus bajas ramas nos impiden pasar con facilidad bajo el mismo. Cuentan, además, con agudas espinas en el fino ramaje, y sus pequeñas hojas apenas suponen protección para el viandante. El sol se ríe de ellas, las esquiva, las rodea, y cae a pleno sobre las cabezas de quienes busquen protección bajo ellos. Son bonitos, no cabe duda, e inútiles a nuestro propósito. Seguimos adelante, intentando alcanzar los más frondosos, hasta recorrer un par de centenares de metros. Acabamos de superar el reloj que, suspenso en el tiempo, marca la hora en la que un buen día se detuvo, situado en el centro de la avenida.

La memoria nos invade, recordándonos que, a nuestra diestra, antaño se alzaron los melocotoneros de un generoso huerto, a modo de isla entre el creciente urbanismo santaferino, en el lugar donde ahora se erigen varios bloques de pisos en cuyas entrañas habitarán, crecerán, dormirán, ¿soñarán?, futuros habitantes de Santa Fe, de nacimiento o adopción. Los ojos se humedecen al recordar los paseos alrededor del huerto, la humilde caseta que se erguía en el centro del mismo, su perímetro rodeado de olmos… y las lágrimas afloran al pensar como, no hace mucho, tras arrasar con los árboles y hundir los edificios sus cimientos en la fértil tierra de vega, usaron los olmos a modo de soporte para los andamios, quebrando sus ramas, desgajándolas hasta que caían como lánguidos brazos hasta el suelo, asfixiándolos bajo los balcones, haciéndolos desaparecer bajo la tela metálica que, con abrazo de oso, rodeaba sus indefensos troncos. Hasta que, exhaustos, se dejaron vencer, tornando la verde cabellera, ya rala por la forzada pérdida de hojas y ramas, en el amarillo otoñal que precedería a su invierno más largo. Ahora, quebradizos y escuálidos naranjos les sustituyen. De escasa envergadura y políticamente correctos, su altura no molestará a los habitantes de los pisos más bajos, máxime cuando algunos de ellos han caído ya, víctimas de su exigua fortaleza y del forzoso transplante al que fueron sometidos.

Ante todo lo ocurrido, parece que de nada sirvieron las solicitudes y sugerencias al “excelentísimoayuntamientodesantafe” o las cartas dirigidas a conocidos diarios granadinos. El verde del dinero prima sobre el del follaje de nuestros árboles, máxime cuando el cemento sepulta las buenas intenciones y las mejores palabras; y de nada sirve la nostalgia del recuerdo de la rugosa corteza de uno de esos olmos contra la palma de nuestra mano. Ni tan siquiera les salva el que, echando mano de bolígrafo y papel, nuestros ””’representantes””’ resuelvan un simplísimo problema de primaria:

Tenemos un conjunto de árboles, adquiridos por equis pesetas, hace veinte años, cuyo mantenimiento cuesta, céntimo arriba, céntimo abajo, otros nosecuantos euros/año, incluyendo riegos, podas, abono y cuidados varios. ¿Qué costo habrá supuesto para el bolsillo del contribuyente dicho mantenimiento, en el momento en que el constructor de turno decide que, pongamos, treinta árboles estorban a su planteamiento urbanístico y manda contra ellos a la máquina excavadora?

La solución: e=mc2.

La relatividad se manifiesta en nuestro esquema de ¿valores?.

… buena sombra le cobija (3) (23/07/2007)

Did we abolish Frost
The Summer would not cease;
If seasons perish or prevail
Is optional with us.
Emily Dickinson
(Si abolimos la escarcha
será siempre verano;
que existan estaciones
depende de nosotros.)

Continuamos con nuestro apasionante periplo, que nos está llevando de este a oeste en un recorrido a través del municipio de Santa Fe, buscando las sombras más propicias para dar esquinazo al implacable Lorenzo.

Tras los avances narrados en nuestro último escrito, proseguimos avanzando por la Avenida de la Hispanidad. A nuestra derecha, una impresionante conífera nos trae al recuerdo los tiempos en los que no estaba sola, sino que otros dos impresionantes árboles le acompañaban, hasta que cayeron, tras morir olvidados por la voluble memoria de nuestros gestores municipales, que podrían argüir que no fue así, aunque resulte cuando menos significativo que su muerte se fuese produciendo conforme entraban a formar parte del arbolado municipal.

Una vez más, el peso de los años se manifiesta, haciéndonos recordar que a nuestra izquierda, en su momento, se alzaron numerosos plátanos de sombra, de altura similar a la del último mohicano que se ubica a nuestra diestra. Antes de que la Avenida de la Hispanidad llevase incluso este nombre, y de que fueran construidos los numeros dúplex y bajos comerciales que ahora la conforman, se extendía a siniestra un huerto, y bajo la sombra de los plátanos “maullaban” los pavos reales cada tarde. Cuántos paseos andando o en bicicleta nos llevaron a sus alrededores, y cómo quedaron grabados en nuestra memoria, vinculados por siempre a esas imágenes y sonidos.

Prosigamos. Nuestro rápido avance nos lleva hasta el Arco de Granada, no sin antes dirigir la mirada al sudeste, donde, de adentrarnos, encontraríamos el Paseo de la Salud, que no recibe su nombre, precisamente, por la salud de los árboles centenarios que allí hallaremos, sino por el Cristo que en la ermita allí situada se encuentra. Estos plátanos de sombra, de troncos hendidos y baja altura, han sufrido a lo largo de su existencia de la presencia de hongos, de durísimas podas y todo tipo de daños y abandono. Parece que el dolor reflejado en el rostro del Cristo hubiese marcado para siempre el destino de estos buenos ladrones que le acompañan.
Recordamos también que, según acaba el Paseo, llegando a la ermita, se encuentra el Colegio Reyes Católicos y, más allá, una plaza ofrece la preciosa estampa de un peral indeseado: los vecinos no lo quieren porque en verano ofrece sus frutos que, despreciados, caen al suelo donde se pudren bajo este sol de justicia. En parte para evitarlo, y por otra, porque es ésta la política en cuestiones de jardinería, es podado en primavera, dejándolo mutilado tras seccionarle ramas de hasta treinta centímetros de diámetro.

peral01

Pero no es ésta la ruta que seguiremos hoy. Debemos cruzar el Arco, y seguir avanzando hacia la Plaza de España, centro de la ciudad, y ecuador de nuestro trayecto.

oOo

Y la noticia, más de un lustro después, sigue siendo la falta de consideración con que tratamos a nuestros verdes compañeros, a estos seres vivos que forman parte de nuestro paisaje, nuestra cultura, nuestra historia.

En la noticia en Ahora Granada pueden verse algunas de las fotografías que Auca, la Agrupación de voluntariado ambiental de Santa Fe, hemos tomado de la tala de árboles.

http://www.ahoragranada.com/noticia/denuncian-la-poda-de-arboles-indiscriminada-en-el-casco-urbano-de-santa-fe

Y en el boletín informativo de Otra Granada:

http://www.otragranada.org/spip.php?article763

Seguimos esperando información desde el consistorio municipal que, por otro lado, suspendió el viernes la tala de árboles tras requerirles dicha información. Ya os contaré en qué queda todo, aunque cansa que siempre se funcione a golpe de denuncia, de queja, y no de diálogo y acuerdo.

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Hacía tiempo que deseaba escribir algo sobre las especies invasoras, y la conjunción de varios hechos ha propiciado que finalmente me siente a hacerlo. Por un lado, la elaboración del más que cuestionable Catálogo Español de Exóticas Invasoras por parte del Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino; por otro, la aparición en diversos medios de la noticia sobre la detención de varios miembros de asociaciones animalistas y, por último, la lectura de un artículo que me hizo llegar hace unas semanas mi buen amigo Otus y que me recordó otros escritos publicados en revistas cinegéticas de todo pelaje.

La presencia de especies exóticas (esto es, foráneas, introducidas en un ambiente ajeno a aquel del que son propias) provoca graves alteraciones en los ecosistemas donde proliferan sin mesura. Introducidas en sus nuevos hábitats y aclimatadas a los mismos, al no estar presentes sus depredadores naturales pueden medrar y constituirse en un grave problema ambiental, por lo que reciben entonces el nombre de especies invasoras. La dispersión de especies fuera de sus áreas de distribución geográfica de origen se produce en multitud de ocasiones por causas relacionadas directamente con nosotros, los humanos (antropocoría), ya sea porque introducimos estas especies de forma intencionada, bien porque su explotación reporta un beneficio económico (caza, pesca, ganadería o agricultura), bien para intentar controlar otra especie invasora mediante el manejo integrado de plagas (introducción del depredador natural, en ocasiones con consecuencias aún más nefastas para el ecosistema), o accidental, porque viajen ocultas en vehículos de transporte o en cargas de alimentos, madera, etc.

De lo anterior es fácil deducir que la presencia de animales exóticos invasores no reporta precisamente beneficios para las poblaciones locales, así como que provoca desde daños económicos hasta la extinción de algunas especies del lugar (de hecho, las invasoras constituyen una de las principales causas de pérdida de biodiversidad en el planeta). El efecto se agrava en ecosistemas especialmente delicados, como es el caso de las islas y regiones biogeográficas de características similares, aquellas que presentan barreras naturales que las aíslan del exterior, ya que las especies que las habitan suelen estar muy especializadas y son particularmente vulnerables a la introducción de otras del exterior, pues suelen ser mucho más oportunistas y adaptativas, depredando o desplazando a las especies originarias del ecosistema invadido e incluso transmitiéndoles enfermedades ante las que no son inmunes (caso del cangrejo de río americano, que transmite la afanomicosis al autóctono, o del visón americano y el parvovirus que transmite la enfermedad aleutiana entre los europeos, entre otras).

Como viene ocurriendo con buena parte de las problemáticas ambientales que adolece el planeta hoy día, la causa de la proliferación de muchas de estas especies invasoras tiene un origen claro: los humanos. Quienes llevaron conejos a Australia para poder disfrutar de un entretenimiento cinegético; el farero que llevó a su gatito a la isla donde trabajaba para no encontrarse solo (y que podría considerarse “individuo invasor”, como representante único de su especie que dio al traste con la viabilidad del endemismo ornitológico que constituía el Xénico de Lyall), y quienes liberaron aquel galápago de Florida de graciosas “orejas” rojas cuando dejó de medir tres centímetros de largo o permitieron que escapasen de sus jaulas las cotorras argentinas que habían comprado en la pajarería son algunos de los culpables.

No obstante, no siempre la dispersión se lleva a cabo de forma consciente; así, es habitual encontrar especies que han sido trasladadas de un extremo a otro del mundo a través en las bodegas inundadas de los barcos cuando viajan sin carga útil o en cargamentos de madera, plantas afectadas por algún insecto, etc.

Determinar el origen de la propagación de estas especies es importante para evitar que sigan ocurriendo, así como evaluar las posibles medidas que pueden tomarse para controlar su proliferación una vez que han ocupado un nuevo ecosistema. En la mayoría de ocasiones resulta muy complicado erradicarlas, y frecuentemente entran en juego dilemas morales que, si bien siempre cuidan del bienestar del individuo, pocas veces parecen pensar en el de las especies. Poca gente habrá que trate con miramiento la plaga de Periplaneta americana que invade su casa o al picudo rojo que hunde las palmeras de nuestros jardines, pero al Neovison vison, que para nada merece sufrir en una granja peletera hasta que le condenan a muerte para vestir a no-diré-qué-epíteto-aplico-a-ciertos-individuos, se le libera sin más en plena naturaleza, donde campea a sus anchas, llega a nado hasta a las Cíes y desplaza a su paso al visón europeo, en grave peligro y que ha sufrido un retroceso importantísimo en sus áreas de distribución.

Por todo lo anterior, entiendo que se tomen medidas contundentes con aquellas personas y entidades que atenten contra nuestros ecosistemas. Ahora bien, pese a que es cierto que no apoyaría jamás acciones de liberación animal porque, como suele decirse, puede ser peor el remedio que la enfermedad, no lo es menos que contemple con asombro cómo nuestro Gobierno de España plantea en el borrador del Catálogo de Especies Exóticas Invasoras un despropósito como es el permitir como “excepción excepcional” la cría de visón americano en estos pagos. Total, dirán, como ya hay en la naturaleza y dan buenos réditos… Esa forma meramente economicista de concebir el medio natural y, por ende, la vida, da al traste con cualquier intención de hacer las cosas bien. No es el Gobierno el único que peca de interesado: me hierve la sangre cuando leo, como apuntaba al comienzo de la entrada, algún artículo cinegético donde defienden lo idóneo del Arruí como especie de caza mayor y se quiere exterminar cual alimaña a los meloncillos que, de medrar, lo hacen porque los humanos facilitamos las condiciones para que ello ocurra y, no lo olvidemos, constituyen un efectivo aliado para los agricultores, depredando sobre ratas, topillos y otros roedores perjudiciales para la agricultura.

Resumiendo: las especies invasoras constituyen un gravísimo problema para el mantenimiento del equilibrio ecológico de los ecosistemas y la conservación de unos niveles de biodiversidad adecuados. El hombre es responsable en la mayor parte de ocasiones de su aparición, por lo que se hace necesario llevar a cabo una gestión adecuada de dichas especies, evitando su introducción en primer lugar (más vale prevenir que curar) y su proliferación, llegado el caso. Y aunque no apoyo la suelta de animales de las granjas donde son criados, también me opongo, como ciudadano interesado y preocupado, a la instalación de las mismas (por no hablar además del uso de animales para peletería, pero esto es otra batalla de la que hablaremos otro día si os place). Por eso, si se está dando tratamiento de “ecoterroristas” a varias personas miembros de grupos pro-defensa de los derechos de los animales, debería aplicarse un trato similar a promotores de Algarrobicos varios, a ciudadanos europeos que encienden fogatas en verano cuando se “pierden” en el campo, a cazadores que liberan jabalíes en la sierra de Mijas o a políticos que promueven leyes interesadas con agujeros y vacíos por los que se cuela con facilidad un visón, dos o mil.

Para saber más:

Actualización a 02/11/2011:

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Ahora que llega el verano y quieres ver tu piel bronceada, lucir el moreno veraniego, hacer ver que tus vacaciones fueron de cine o que pasaste cada tarde que pudiste en la playa, bajo el sol, no dejes de ver antes este vídeo.

Disfruta, sí, pero con precaución.

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Porque no queremos esto…

Nuestra energía

Nuestra energía...

... y algunas consecuencias.

... y algunas consecuencias.

Nuestras ciudades,

Nuestras ciudades,

¿nuestros hogares?

¿nuestros hogares?

Lo que nos falta.

Lo que nos falta.

Lo que nos sobra.

Lo que nos sobra.

Nuestras telecomunicaciones.

Nuestras telecomunicaciones.

Día Mundial del Medio Ambiente 2011. Solo con tu implicación es posible celebrarlo de otro modo.

Nota: Las fotografías provienen de:

Si eres el propietario de alguna de ellas y deseas que sea retirada del blog puedes indicármelo  a través del correo electrónico trotalomas (arroba) gmail (punto) com. Gracias.

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El primero de los ejercicios del “Curso de periodismo ambiental” que estoy haciendo proponía un estudio y reflexión del siguiente vídeo, que me encantó:

Hoy es el Día de la Tierra, y la lectura de otra carta debería hacer que nos preguntásemos: ¿deseamos vivir o sobrevivir?

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Vivimos en la era de la estupidez. Eso es lo que afirma, al menos, la película de Franny Armstrong que lleva el mismo título que esta entrada, a caballo entre el cine documental y la ciencia ficción (con sólidas bases de la primera y asomos de realidad en la segunda). Aproveché el pasado fin de semana para verla, ya que era una de las películas que tenía pendientes en torno al tema –recurrente ya– del calentamiento global planetario, y lo cierto es que me gustó bastante, aunque cada día sea más escéptico con estos temas (más bien con el enfoque que se les da y el que se hayan convertido en objeto de los medios de comunicación y políticos, y se desvíe la atención de la necesidad de acción).

“La era de la estupidez” nos lleva al año 2055, cuando el cambio climático ha dejado de ser una amenaza para convertirse en una dura realidad para los habitantes del planeta. Ciudades devastadas por desastres naturales y campos de exiliados en un círculo ártico que ha dejado de ser polar abren una cinta que nos llevará a conocer el origen de tan nefastas escenas. Recurriendo a grabaciones del pasado, nuestro protagonista (Pete Postlethwaite) contempla con una mezcla de asombro y pesadumbre cómo los síntomas estaban presentes cuarenta años atrás entre nuestras sociedades, cómo la naturaleza dejaba traslucir el mal que la aquejaba y de qué manera estuvimos globalmente ciegos y sordos ante estas manifestaciones. Este particular archivero se pregunta cómo fuimos capaces de no hacer nada que lo evitase ante tamaña cantidad de evidencias de cambio.

Decía más arriba que la película me gustó, y es cierto, ya que plasma a modo de narración de ciencia ficción y de forma amena una problemática actual, recurriendo al recuerdo del protagonista y a los vídeos que visiona para ponernos delante de los ojos aquellos que todo el mundo parece ver pero nadie observar.

Sin embargo, líneas arriba me planteaba como un escéptico, y os diré por qué. Desde hace unos cuantos lustros se está llevando a cabo un debate encendido entre aquellos que defienden la teoría del calentamiento global de origen antropocéntrico y quienes hablan de que se trata de un calentamiento natural en el que el hombre nada interviene y, por tanto, que no es posible frenar sino que deberemos adaptarnos a él. Más allá de las teorías de uno u otro bando y de las bases científicas que les respaldan (se ha recurrido a llamar a diversos errores o falseamientos de datos como el “Climagate”, que ya parece ser caso cerrado), lo que es innegable es que el clima está cambiando a una velocidad pasmosa, en términos de tiempo y variables geológicas, y que si bien el ser humano podrá adaptarse, técnica mediante, en mayor o menor medida al fenómeno, son numerosas las especies de animales y plantas que sucumbirán ante esta grave situación. Es más, muchas de ellas no podrán adaptarse ni tan siquiera en otras regiones bioclimáticas porque hemos destruido potenciales hábitats en nuestra carrera desenfrenada de consumo y “crecimiento”. Y todo lo anterior sin olvidar que, a día de hoy, son muchísimos más los cientos de millones de personas que pasan hambre y no tienen acceso a esa “tecnología de salvación” (ni la tendrán) que las que pertenecemos a los países industrialmente avanzados.

Ante semejante panorama, inmersos en una crisis económica y social sin precedentes, provocada por un capitalismo sin control y un consumismo desmedido, ¿a quién culpamos? ¿Con qué fuerza moral señalamos a entidades bancarias y políticos como culpables de la crisis? Todos consumimos, todos producimos para consumir más y todos nos endeudamos porque era fácil hacerlo. Y de aquí, que se salve el que pueda. Por eso, todos somos responsables (que no culpables) de lo que está ocurriendo y como tales deberíamos ser coherentes y buscar una salida hacia un modelo que no sea, una vez más, el que nos ha hecho sucumbir a la primera de cambio. Dentro de este cambio de modelo, el respeto y la preservación de la naturaleza deberían ser de capital importancia, ya que ponemos en juego la supervivencia de las generaciones venideras. Aunque sea únicamente por este egoísta pensamiento, deberíamos plantearnos qué medidas tomar, individualmente y como sociedad, así como qué exigencias transmitimos a aquellos que, recordemos, no nos deberían gobernar sino representar.

En resumen, “La era de la estupidez” resulta interesante, aunque creo que su mensaje algo apocalíptico puede insensibilizar aún más a quienes están acostumbrados, a golpe de telediario, a contemplar la miseria humana en derredor. Los mensajes positivos son bienvenidos, por supuesto, y el medio ambiente puede ser un buen motor de cambio (es más, tal vez deba serlo), pero no podemos tomarlo como un recurso productivo más, sino como un objetivo de futuro y de calidad. Pero no permitamos que el mensajero desvíe la atención del mensaje, ni nos perdamos en debates interminables sobre el significado de este, máxime cuando intenta describir algo tan difícil de acotar como es el cambio climático (un problema perverso, además).

Si os apetece indagar algo más al respecto, un par de blogs que sigo desde hace tiempo y que recomiendo encarecidamente al respecto de este tema son “Hablemos del Cambio Climático” y “Usted no se lo cree“.

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De una relectura particular del discurso de ingreso de Miguel Delibes en la Real Academia Española he querido extraer un par de fragmentos de plena vigencia, máxime cuando los amos del mundo se vuelven a reunir, esta vez en México, quién sabe si para reírse las gracias como ya ocurriese un año atrás o para hacer su trabajo, algo sobre lo que tristemente tengo mis dudas.

Os dejo con estos fragmentos de sabiduría de uno de nuestros grandes, al que tristemente perdimos no hace mucho y, sin embargo, hace ya tanto…

En la actualidad la abundancia de medios técnicos permite la transformación del mundo a nuestro gusto, posibilidad que ha despertado en el hombre una vehemente pasión dominadora. El hombre de hoy usa y abusa de la Naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara un futuro.

La Naturaleza se convierte así en el chivo expiatorio del progreso. El biólogo australiano Macfarlane Burnet, que con tanta atención observa y analiza la marcha del mundo, hace notar en uno de sus libros fundamentales que «siempre que utilicemos nuestros conocimientos para la satisfacción a corto plazo de nuestros deseos de confort, seguridad o poder; encontraremos, a plazo algo más largo, que estamos creando una nueva trampa de la que tendremos que librarnos antes o después».

He aquí, sabiamente sintetizado, el gran error de nuestro tiempo. El hombre se complace en montar su propia carrera de obstáculos. Encandilado por la idea de progreso técnico indefinido, no ha querido advertir que éste no puede lograrse sino a costa de algo. De ese modo hemos caído en la primera trampa: la inmolación de la Naturaleza a la Tecnología. Esto es de una obviedad concluyente. Un principio biológico elemental dice que la demanda interminable y progresiva de la industria no puede ser atendida sin detrimento por la Naturaleza, cuyos recursos son finitos.

Toda idea de futuro basada en el crecimiento ilimitado conduce, pues, al desastre. Paralelamente, otro principio básico incuestionable es que todo complejo industrial de tipo capitalista sin expansión ininterrumpida termina por morir. Consecuentemente con este segundo postulado, observamos que todo país industrializado tiende a crecer; cifrando su desarrollo en un aumento anual que oscila entre el dos y el cuatro por ciento de su producto nacional bruto. Entonces, si la industria, que se nutre de la Naturaleza, no cesa de expansionarse, día llegará en que ésta no pueda atender las exigencias de aquélla ni asumir sus desechos; ese día quedará agotada.

[…]

La pueril idea de un mundo inmenso, inabarcable e inagotable, queacompaña al hombre desde su origen, se esfuma a mediados de este siglo con laaparición de aviones supersónicos que ciñen su cintura -la del mundo- en unashoras y con el primer hombre que pone su pie en la Luna.

Las fotografías tomadas desde los cohetes lunares muestran al planetaTierra como un pequeño punto azul en el firmamento, lo que equivale areconocer que 100.000 millones de otras galaxias pueden albergar, cada una,cientos de miles de sistemas solares semejantes al nuestro. La técnica, quepuede mucho, evidencia que somos poco. Esto supone para el orgullo delhombre, en cierto modo, una humillación, pero también una toma deconciencia: la de estar embarcado en una nave cuya despensa, por abastecidaque quiera estar, siempre será limitada.

Esta convicción destruye la idea peregrina de la infinidad de recursos y presenta, a cambio, de cara al futuro, el posible fantasma de la escasez. Mercedal perfeccionamiento de las técnicas de prospección, el hombre empieza a tocar ya las tristes consecuencias del despilfarro iniciado con la era industrial.

Miguel Delibes, Un mundo que agoniza.

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