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Posts Tagged ‘desarrollo’

…se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

Me siento finalmente frente al ordenador para escribir una entrada para el blog y despedir así el año 2013 que quedó atrás. Han transcurrido más de dos semanas de este nuevo año y casi dos meses desde la última entrada del blog. Con apenas nueve entradas, no puede decirse que me sienta orgulloso del año desde la perspectiva del blog y, sin embargo, posiblemente 2013 pase a mi historia personal como uno de los años más rompedores e interesantes de cuantos he vivido. Y eso, por desgracia, no se ha visto plasmado aquí.

Por eso, aunque mi intención no es ponerme al día con todo lo que ocurrió el año pasado, sí que me veo en cierto modo en deuda con las entradas que no fueron y que me habría gustado que estuvieran. La falta de inspiración a la hora de escribir no desapareció; de hecho, posiblemente, cuando acabe de escribir estas líneas y pulse el botón “Publicar”, no me sentiré muy orgulloso de ellas, pero es posible que contribuyan a romper ese hipotético maleficio que pesa sobre mis blogs, como ya ocurriera con la lectura hace unos meses: mi “temperatura literaria” ha vuelto a la normalidad, teniendo en cuenta, eso sí, la escasez del tiempo de que dispongo.

Una de las primeras entradas omitidas el pasado año tenía que ver con el deporte. Nunca he sido una persona muy deportista. Afirmar esto ya es decir que lo era algo, pero no: me confieso un ratón de biblioteca, de laboratorio, un singular personaje ajeno al ejercicio. Tampoco es que lo rehuyese, ya que nunca se me han caído los anillos por dedicarme a cualquier trabajo físico y, cuando se trataba de ir al campo, me convertía en un trotalomas digno de este nombre. No obstante, crecí siendo un niño enfermizo que no cultivó el placer por el deporte. Siendo así, 2013 fue un año realmente singular: me descubrí a principios de año comenzando a seguir una rutina deportiva no demasiado exigente pero sí constante (de ahí que pueda llamarla así). Y lo más curioso es que: ¡me gustaba! No me atraen los deportes competitivos, así que se trataba de una competición conmigo mismo en la que buscaba mejorar y sentirme mejor. Posiblemente me ayudó a ello el ambiente laboral un tanto viciado, por lo que el deporte me proporcionaba la satisfacción del trabajo realizado, me permitía desconectar y, de paso, dejar atrás el sedentarismo al que me obliga mi profesión.

No llegué a escribir la entrada anterior porque, cuando más animado estaba con mis progresos, comencé a sentir unas molestias en tras la rodilla derecha que se fueron extendiendo por toda la pierna y hasta la espalda. Lo que en principio creí que podría ser una tendinitis resultó ser un pinzamiento del nervio ciático debido a, maldita suerte la mía, una hernia de disco en la región lumbar. Esta ha venido a marcar el resto de 2013, y en cierto modo, vino a sumarse a los problemas que aquejaban mi estado de ánimo, no muy bueno por aquella época.

No puedo decir que el año haya sido el de la recuperación, pues todavía me queda por delante un camino incierto, pero sí que seguí acumulando progresos. Tuve que dejar la actividad física unos tres meses, al menos aquella que impactaba (nunca mejor dicho) sobre la espalda: nada de correr, nada de bicicleta, nada de levantar peso ni hacer una fuerza excesiva. Comencé a andar todo lo posible. Caminar, como pensaba el bueno de Thoreau, es un ejercicio tan bueno para el cuerpo como para el alma.

Creo que no podría mantener la salud ni el ánimo sin dedicar al menos cuatro horas diarias, y habitualmente más a deambular por bosques, colinas y praderas, libre por completo de toda atadura mundana. Podéis decirme, sin riesgo: “Te doy un penique por lo que estás pensando”; o un millar de libras. Cuando recuerdo a veces que los artesanos y los comerciantes se quedan en sus establecimientos no sólo la mañana entera, sino también toda la tarde, sin moverse, tantos de ellos, con las piernas cruzadas, como si las piernas se hubieran hecho para sentarse y no para estar de pie o caminar, pienso que son dignos de admiración por no haberse suicidado hace mucho tiempo.
[…]
Hay quien no camina nada; otros, lo hacen por carretera; unos pocos, atraviesan fincas. Las carreteras se han hecho para los caballos y los hombres de negocios. Yo viajo por ellas relativamente poco, porque no tengo prisa en llegar a ninguna venta, tienda, cuadra de alquiler o almacén al que lleven. Soy buen caballo de viaje, pero no por carretera. El paisajista, para indicar una carretera, usa figuras humanas. La mía no podría utilizarla. Yo me adentro en la Naturaleza, como lo hicieron los profetas y los poetas antiguos, Manu, Moisés, Homero, Chaucer. Podéis llamar a esto América, pero no es América; no la descubrió Américo Vespucio, ni Colón, ni ninguno de los otros. Hay más verdad sobre lo que yo he visto en la mitología que en ninguna de las denominadas historias de América…

En ese intervalo, surgieron diversos y precipitados cambios en el trabajo y tuve que realizar el viaje más largo que he emprendido hasta la fecha: Málaga-Malasia. Unos pocos kilómetros, la verdad, y unas cuantas horas de vuelo para pasarlas con la espalda dolorida en un asiento de avión. Pero bueno, dejando atrás esa parte de la historia, lo cierto es que constituyó una experiencia enriquecedora (más en lo personal que en lo profesional, la verdad sea dicha) e interesante. Aunque dejé algunas fotos en Facebook, la verdad es que quedó pendiente una entrada sobre este tema: no tuve oportunidad de disfrutar demasiado de aquellas pluvisilvas, pero incluso las aves de parques y jardines eran lo suficientemente distintas a aquellas a las que estamos acostumbrados en estas latitudes como para que mereciera la pena observarlas. Tras regresar del viaje, retomé el deporte. Una vez más, opté por las caminatas, pero también por la práctica del Pilates, que me descubrió que ser una alcayata sin flexibilidad es una opción personal.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

El último reto superado en 2013 fue, sin duda, uno bastante personal, también relacionado con el deporte. En octubre cumplí 38 años, que no es moco de pavo, y uno de los regalos me cambió completamente: mi prima me regaló un equipo de natación para lanzarme a practicarla. Posiblemente hayáis pensado antes, cuando os contaba lo del problema de espalda, que la natación era una excelente opción para seguir practicando deporte, desarrollar la musculatura de la espalda y ayudar a mi recuperación. No seré yo quien os quite la razón en eso, pero hace unos meses se daba una particular circunstancia que me lo impedía: no sabía nadar. Posiblemente, a mis años ya debería haber tenido tiempo de aprender, pero a ciertas experiencias desagradables de niño se le sumaba la carga psicológica de un par de ahogados en la familia. El caso es que, con el regalo de mi prima, me despojé de la vergüenza propia y del miedo y me inscribí en un curso de natación para adultos, desde cero. A mi prima Mamen y a mi paciente monitor, Curro, les debo estar como pez en el agua en menos de tres meses. Bueno, en realidad, como me gusta decir a mí, he pasado de roca basáltica a pumita, que no es poco.

Y básicamente ese fue el año pasado, muy a grandes rasgos, muy por encima. Habría mucho más que contar, pero sobre todo ello 2014 ofrecerá oportunidades, a buen seguro. Tan solo quedaría pendiente, para la próxima entrada, un cierre de año realmente sorprendente y divertido. Os emplazo en ella y, a partir de la misma, tendremos un año por completo en el que recuperar (así lo espero) el buen ritmo del blog.

¡Gracias por seguir ahí (tras 210 entradas)!

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Julio Anguita presentando su nuevo libro

Julio Anguita presentando su libro.

¿Con qué política económica pueden actuar los Estados miembros para combatir el paro si dicha política económica está enajenada en los criterios de convergencia obligatorios para todos los Estados?

El problema que quieren ignorar es que cuando el tipo de cambio sea único e inamovible, los ajustes económicos repercutirán casi exclusivamente en la pérdida de más puestos de trabajo; salvo que cualquier país no esté permanentemente flexibilizando el mercado laboral. Porque lo que de verdad se ha venido cumpliendo en este proceso es el desarrollo de las condiciones que los padres de la idea han concebido: flexibilizar los mercados laborales e incrementos salariales (cuando los haya) por debajo de la productividad. Cuando opere el Pacto de Estabilidad, y por mor de lo que tanto seduce a tantos: la competitividad, nos encontraremos ante una carrera de beneficios al capital (por no haber armonización fiscal) y ante otra carrera de abaratamiento de los salarios. Al final y de manera especial los países periféricos de la Unión, verán cómo no se crea empleo de manera eficaz y el que se cree cada vez será más precario.
[…]
¿Se está construyendo Europa? Se está construyendo algo similar al monstruo de Frankenstein que se volverá contra sus creadores. No hay construcción europea sin unión política. No hay construcción europea sin política exterior y de seguridad común estrictamente europea (la OTAN y la construcción europea son incompatibles). No hay construcción europea si no hay una auténtica unión económica y ello pasa por tres requisitos básicos:

  1. Un presupuesto europeo a la altura de las necesidades: paro, desequilibrios sociales y territoriales, marginación, etc.
  2. Una Hacienda europea que sirva para organizar la convergencia de las economías.
  3. Una Política Fiscal común.

No hay construcción europea si la prioridad de verdad no es la creación de empleo y la aplicación de una Carta Social. No hay unión europea si el Parlamento de Estrasburgo, surgido de las urnas, no marcha en el camino hacia lo que constituye el papel y la importancia de un auténtico Parlamento. No hay construcción europea, sólo un proceso para la moneda única. Y un proceso con economías dispares, en las que los mecanismos políticos de intervención quedan difuminados ante la preeminencia del Sistema de Bancos Centrales Europeos o del futuro Banco Central Europeo, a los cuales, como es natural, el problema del empleo les es indiferente porque su misión es simplemente la estabilidad monetaria. Estabilidad.
Este es el nuevo hallazgo semántico al que nuestros autistas enajenan su capacidad de ver lo que está ocurriendo a su alrededor. Estabilidad. ¿de quién, de quiénes, de qué? No ven los datos de la realidad; no presienten ni quieren presentir a dónde puede conducir el paro y la precariedad crecientes. Estabilidad es la palabra que conforma los acercamientos políticos y los tálamos contra natura. Estabilidad como ausencia de crítica, de cuestionamiento o de lo que es peor, como ausencia de pensamiento. Estabilidad como sinónimo de pensamiento único y de opción única. Estabilidad como narcótico de la libertad y de la exigencia de desarrollar la democracia.

Julio Anguita, “Autistas”. El Mundo, 14 de enero de 1997. En su libro Combates de este tiempo. Ed. El Páramo, 2011.

Nota: La fotografía de la entrada es propiedad del diario Público.

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Si hay un modo verbal en castellano con el que no me llevo bien es, sin duda alguna, el imperativo, máxime si viene en la forma de declamaciones grandiosas, que conminan a actuar con tanto apremio que no dejan lugar a la reflexión. Comprendo —no saben cuánto— que la común pasividad y el adocenamiento de buena parte de la sociedad puedan sacar de quicio a cualquiera que desee ver plasmados cambios que lo hagan acercarse a unos valores de justicia universal, pero la imposición no puede ser en modo alguno parte del camino a seguir para alcanzarlos, ya que esta precisamente es uno de los males a derrocar. Como en el “Canto a la libertad” del nunca suficientemente recordado José Luis Labordeta:

También será posible
que esa hermosa mañana
ni tú, ni yo, ni el otro
la lleguemos a ver,
pero habrá que empujarla
para que pueda ser.

Podré estar más o menos de acuerdo con lo anterior, pero a estas alturas y antes de que sigas divagando, Trotalomas —os diréis—, podrías explicar a qué viene semejante parrafada. Concreto, entonces. Pero tal vez no de inmediato, ya me conocéis, je, je.

Desde que tengo memoria he sentido una irrefrenable curiosidad por la naturaleza, por la ciencia y, en particular, por las ciencias que estudian la naturaleza. Entendiendo también que las actividades que desarrolla el hombre impactan en gran medida sobre ella, un sentimiento conservacionista me acompañó también desde siempre. No es de extrañar, además, siendo parte de una de las generaciones que creció cobijada bajo el ala de uno de los más grandes divulgadores que ha dado este país: Félix Rodríguez de la Fuente. Conforme pasaban los años, y aunque tanto por formación como profesionalmente he terminado siendo informático, seguía observando la naturaleza, sintiéndome vinculado a ella como un naturalista ciertamente aficionado pero no por ello menos apasionado y disciplinado en su estudio. Finalmente, como sabéis quienes seguís el blog, me adentré hace un par de años en una nueva aventura, la de estudiar Ciencias Ambientales por la UNED (ya que compaginar la vida laboral con el estudio de Biología en la universidad presencial se convertía en un reto harto dificultoso). Esta aventura me está deparando muy gratos momentos y ciertamente la estoy disfrutando, a mi parecer, más que si la hubiese emprendido sin haber estado estos años aprendiendo por mi cuenta, vinculado a personas que trabajan en pro de la defensa de la naturaleza y de la mejora de nuestro entorno, participando en asociaciones (muy particularmente en la Agrupación de Voluntariado Ambiental AUCA) donde he tenido oportunidad de aprender de mis compañeros, de trabajar manejando leyes, conocer las entretelas del urbanismo municipal, llevar a cabo actividades de educación ambiental, de anillamiento científico de aves, reforestando zonas degradadas o contribuyendo a extinguir incendios que hacían otro tanto con la vida en los bosques.

Durante estos años se han dado situaciones en las que enfrentados, por ejemplo, a un proyecto urbanístico que impactaría negativamente sobre un área protegida, los argumentos esgrimidos por miembros de otras asociaciones (con una fuerte componente ecologista, en este caso) restaban peso, que no validez, a los propios. Esto es, en un pleno municipal donde se está debatiendo la idoneidad o no del proyecto no es de recibo presentarse con una bolsa de tierra negra y esgrimirla como si de un arma se tratase para argumentar que los terrenos, no por baldíos, han de ser poco productivos: «¡Arena del desierto convertida en tierra fértil por la adición de restos de podas y limpieza de hojarasca! Existen técnicas que convertirían esas tierras de secano en tierra productiva de vega», argüía nuestro acompañante. Después de esta afirmación que no tiene en cuenta el equilibrio de los ecosistemas ni unas mínimas premisas en lo tocante a la edafología, a ver cómo dotas de peso lo que tenías pensado decir acerca de las repercusiones sociales y ambientales del proyecto, con datos correlacionados de proyectos de similares características en otras ubicaciones. Como suele decirse, con amigos así quién necesita enemigos.

A estas alturas habréis comprendido de qué va la entrada. Resulta más que comprensible que, en ocasiones, nos expresemos con vehemencia cuando vemos peligrar algo que amamos, sobre todo cuando ves que mucha gente permanece alienada por un sistema que ha sido diseñado precisamente para manejar con facilidad a las masas. Pero un discurso marcado por el alarmismo y que incita a la acción de forma irreflexiva está abocado al fracaso.

Uno de los colectivos que adolece de este problema es el de los animalistas, es decir, de personas y asociaciones que defienden los derechos de los animales. Obviamente cualquier generalización supone sesgar la verdad y dentro de cualquier agrupación hay personas muy válidas, sensatas y coherentes con sus ideas, pero la percepción que he ido adquiriendo del movimiento, en general, es la de que la histeria ha venido a sustituir a la vehemencia que mencionaba anteriormente. He llegado a darme de baja de listas de distribución de correo y a huir de grupos de este tipo en redes sociales básicamente por lo tremebundo y apremiante de los mensajes que enviaban. Mensajes donde la corrección ortotipográfica y la “netiqueta”, dicho sea de paso, brillaban por su ausencia. Para muestra, un botón (o varios, basados en mensajes reales):

LE SACRIFICAN MAÑANAN !!!! HEMBRITA JOVEN, PERRER MADRID !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Contacto para salvarle: xxxx@xxxmail.com DIFUNDE¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡

-oOo-

ADOPCIÓN O SACRIFICIO!!! OS PEDIMOS AYUDA PARA DIFUNDIR Y ETIQUETAR A ESTA PRECIOSIDAD QUE VAN A MATAR.

-oOo-

Acabo de recibir este correo, por favor es muy urgente, la sacrifican mañana. Por favor, urgentísimo, confirmado por XXXXXXX hoy XXXXXXX.
Nadie se ha interesado por este pequeñajo. Le queda 1 día como mucho. Es verdad, no es para agilizarlo, es la puta realidad. Por favor ¿hay alguien que pueda ayudar a XXXX a sacarlo hoy de la perrera de XXXX en XXXXXXX? Se lo cargan YA¡¡
Contacto urgentísimo: XXXXXXXX xxxxxx @xxxxxmail.com TELEFONO: XXXXXXXX MUY URGENTE ¡¡¡ Lo sacrifican MAÑANA!!!—HOY

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upps!!! no le deseo el mal a nadie pero el novillero se lo merece!!! Muy machito al principio y luego ????? Creo que solo el Toro le dio una probadita de lo que el siente durante toda su patetica y absurda feria Taurina!!! YO SI LE VOY AL TORO!!!

Aunque la intención sea más que loable, lo cierto es que la forma en que se lleva a cabo la difusión de información no puede ser más nefasta. Posiblemente quienes se encuentran dentro de ese círculo no perciben realmente el impacto que causa la forma en que transmiten las noticias, pero más de una persona puede sentirse intimidada y mostrarse entonces reacia a colaborar o a simpatizar con el mensaje y el mensajero: justo lo contrario de lo que se pretendía. Convendría recordar aquí el concepto de perfil psicográfico y cómo determina el modo en que reaccionamos ante algo novedoso, una propuesta o reto. Os remito, por ejemplo, al artículo de George Marshall en Yes! Magazine sobre las actitudes frente al cambio climático, “Why We Find It So Hard to Act Against Climate Change”.

Otra opción inadmisible es usar la violencia para dar visibilidad a las acciones de protesta o para alcanzar unos fines. Por ejemplo, la quema de campos de transgénicos por parte de activistas de Greenpeace les deslegitima. Uno puede estar más o menos de acuerdo con el uso de los trangénicos o plantear alternativas a su uso. Pero la violencia no engendra más que violencia y rechazo. Una buena argumentación bien documentada convencerá, o no, a una persona para que se sitúe en una postura en contra de los transgénicos, o del modelo de agricultura al que van ligados, o al sistema productivo en general, pero un acto delictivo solo da argumentos a quienes ven en él una muestra de intransigencia y fanatismo. No se trata de una tarea sencilla y no es susceptible de convertirse en simplista (ni por parte de quienes no desean los transgénicos ni por la de quienes los ven absolutamente necesarios para una población creciente): los transgénicos forman parte de un complejo sistema donde entran el modelo de sociedades actuales, el crecimiento poblacional, el incremento en el consumo de recursos per cápita, el modelo productivo… Su producción va ligada a una agricultura industrial que, por otro lado, también existe sin ellos y que forma parte del problema. Esa agricultura existe porque cada vez somos más humanos en el planeta y consumimos mayor cantidad de carne. Cada vez somos más porque se ha mejorado la sanidad, el acceso a los alimentos y a la energía. Pero el planeta es finito y se impone una decisión: dejar de crecer si ese crecimiento hipoteca el de las generaciones venideras o seguir haciéndolo y confiando en unos avances tecnológicos que no sabemos si se producirán o, en el caso de los existentes, qué repercusiones tendrá su uso sobre el entorno.

En definitiva, hay que informar, hay que crear opinión pública, hay que fomentar la crítica (incluyendo la autocrítica, por supuesto) y la formación de una población que sea capaz de entender a los científicos y exigir a sus políticos el cumplimiento de unas medidas que hagan posible la vida sobre el planeta en términos de justicia y equidad intergeneracional e interespecífica. Y para ello se hace necesario el uso de un lenguaje apropiado, sustentado en realidades y que despierte conciencias, no que las ahuyente.

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Porque no queremos esto…

Nuestra energía

Nuestra energía...

... y algunas consecuencias.

... y algunas consecuencias.

Nuestras ciudades,

Nuestras ciudades,

¿nuestros hogares?

¿nuestros hogares?

Lo que nos falta.

Lo que nos falta.

Lo que nos sobra.

Lo que nos sobra.

Nuestras telecomunicaciones.

Nuestras telecomunicaciones.

Día Mundial del Medio Ambiente 2011. Solo con tu implicación es posible celebrarlo de otro modo.

Nota: Las fotografías provienen de:

Si eres el propietario de alguna de ellas y deseas que sea retirada del blog puedes indicármelo  a través del correo electrónico trotalomas (arroba) gmail (punto) com. Gracias.

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El primero de los ejercicios del “Curso de periodismo ambiental” que estoy haciendo proponía un estudio y reflexión del siguiente vídeo, que me encantó:

Hoy es el Día de la Tierra, y la lectura de otra carta debería hacer que nos preguntásemos: ¿deseamos vivir o sobrevivir?

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Vivimos en la era de la estupidez. Eso es lo que afirma, al menos, la película de Franny Armstrong que lleva el mismo título que esta entrada, a caballo entre el cine documental y la ciencia ficción (con sólidas bases de la primera y asomos de realidad en la segunda). Aproveché el pasado fin de semana para verla, ya que era una de las películas que tenía pendientes en torno al tema –recurrente ya– del calentamiento global planetario, y lo cierto es que me gustó bastante, aunque cada día sea más escéptico con estos temas (más bien con el enfoque que se les da y el que se hayan convertido en objeto de los medios de comunicación y políticos, y se desvíe la atención de la necesidad de acción).

“La era de la estupidez” nos lleva al año 2055, cuando el cambio climático ha dejado de ser una amenaza para convertirse en una dura realidad para los habitantes del planeta. Ciudades devastadas por desastres naturales y campos de exiliados en un círculo ártico que ha dejado de ser polar abren una cinta que nos llevará a conocer el origen de tan nefastas escenas. Recurriendo a grabaciones del pasado, nuestro protagonista (Pete Postlethwaite) contempla con una mezcla de asombro y pesadumbre cómo los síntomas estaban presentes cuarenta años atrás entre nuestras sociedades, cómo la naturaleza dejaba traslucir el mal que la aquejaba y de qué manera estuvimos globalmente ciegos y sordos ante estas manifestaciones. Este particular archivero se pregunta cómo fuimos capaces de no hacer nada que lo evitase ante tamaña cantidad de evidencias de cambio.

Decía más arriba que la película me gustó, y es cierto, ya que plasma a modo de narración de ciencia ficción y de forma amena una problemática actual, recurriendo al recuerdo del protagonista y a los vídeos que visiona para ponernos delante de los ojos aquellos que todo el mundo parece ver pero nadie observar.

Sin embargo, líneas arriba me planteaba como un escéptico, y os diré por qué. Desde hace unos cuantos lustros se está llevando a cabo un debate encendido entre aquellos que defienden la teoría del calentamiento global de origen antropocéntrico y quienes hablan de que se trata de un calentamiento natural en el que el hombre nada interviene y, por tanto, que no es posible frenar sino que deberemos adaptarnos a él. Más allá de las teorías de uno u otro bando y de las bases científicas que les respaldan (se ha recurrido a llamar a diversos errores o falseamientos de datos como el “Climagate”, que ya parece ser caso cerrado), lo que es innegable es que el clima está cambiando a una velocidad pasmosa, en términos de tiempo y variables geológicas, y que si bien el ser humano podrá adaptarse, técnica mediante, en mayor o menor medida al fenómeno, son numerosas las especies de animales y plantas que sucumbirán ante esta grave situación. Es más, muchas de ellas no podrán adaptarse ni tan siquiera en otras regiones bioclimáticas porque hemos destruido potenciales hábitats en nuestra carrera desenfrenada de consumo y “crecimiento”. Y todo lo anterior sin olvidar que, a día de hoy, son muchísimos más los cientos de millones de personas que pasan hambre y no tienen acceso a esa “tecnología de salvación” (ni la tendrán) que las que pertenecemos a los países industrialmente avanzados.

Ante semejante panorama, inmersos en una crisis económica y social sin precedentes, provocada por un capitalismo sin control y un consumismo desmedido, ¿a quién culpamos? ¿Con qué fuerza moral señalamos a entidades bancarias y políticos como culpables de la crisis? Todos consumimos, todos producimos para consumir más y todos nos endeudamos porque era fácil hacerlo. Y de aquí, que se salve el que pueda. Por eso, todos somos responsables (que no culpables) de lo que está ocurriendo y como tales deberíamos ser coherentes y buscar una salida hacia un modelo que no sea, una vez más, el que nos ha hecho sucumbir a la primera de cambio. Dentro de este cambio de modelo, el respeto y la preservación de la naturaleza deberían ser de capital importancia, ya que ponemos en juego la supervivencia de las generaciones venideras. Aunque sea únicamente por este egoísta pensamiento, deberíamos plantearnos qué medidas tomar, individualmente y como sociedad, así como qué exigencias transmitimos a aquellos que, recordemos, no nos deberían gobernar sino representar.

En resumen, “La era de la estupidez” resulta interesante, aunque creo que su mensaje algo apocalíptico puede insensibilizar aún más a quienes están acostumbrados, a golpe de telediario, a contemplar la miseria humana en derredor. Los mensajes positivos son bienvenidos, por supuesto, y el medio ambiente puede ser un buen motor de cambio (es más, tal vez deba serlo), pero no podemos tomarlo como un recurso productivo más, sino como un objetivo de futuro y de calidad. Pero no permitamos que el mensajero desvíe la atención del mensaje, ni nos perdamos en debates interminables sobre el significado de este, máxime cuando intenta describir algo tan difícil de acotar como es el cambio climático (un problema perverso, además).

Si os apetece indagar algo más al respecto, un par de blogs que sigo desde hace tiempo y que recomiendo encarecidamente al respecto de este tema son “Hablemos del Cambio Climático” y “Usted no se lo cree“.

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De una relectura particular del discurso de ingreso de Miguel Delibes en la Real Academia Española he querido extraer un par de fragmentos de plena vigencia, máxime cuando los amos del mundo se vuelven a reunir, esta vez en México, quién sabe si para reírse las gracias como ya ocurriese un año atrás o para hacer su trabajo, algo sobre lo que tristemente tengo mis dudas.

Os dejo con estos fragmentos de sabiduría de uno de nuestros grandes, al que tristemente perdimos no hace mucho y, sin embargo, hace ya tanto…

En la actualidad la abundancia de medios técnicos permite la transformación del mundo a nuestro gusto, posibilidad que ha despertado en el hombre una vehemente pasión dominadora. El hombre de hoy usa y abusa de la Naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara un futuro.

La Naturaleza se convierte así en el chivo expiatorio del progreso. El biólogo australiano Macfarlane Burnet, que con tanta atención observa y analiza la marcha del mundo, hace notar en uno de sus libros fundamentales que «siempre que utilicemos nuestros conocimientos para la satisfacción a corto plazo de nuestros deseos de confort, seguridad o poder; encontraremos, a plazo algo más largo, que estamos creando una nueva trampa de la que tendremos que librarnos antes o después».

He aquí, sabiamente sintetizado, el gran error de nuestro tiempo. El hombre se complace en montar su propia carrera de obstáculos. Encandilado por la idea de progreso técnico indefinido, no ha querido advertir que éste no puede lograrse sino a costa de algo. De ese modo hemos caído en la primera trampa: la inmolación de la Naturaleza a la Tecnología. Esto es de una obviedad concluyente. Un principio biológico elemental dice que la demanda interminable y progresiva de la industria no puede ser atendida sin detrimento por la Naturaleza, cuyos recursos son finitos.

Toda idea de futuro basada en el crecimiento ilimitado conduce, pues, al desastre. Paralelamente, otro principio básico incuestionable es que todo complejo industrial de tipo capitalista sin expansión ininterrumpida termina por morir. Consecuentemente con este segundo postulado, observamos que todo país industrializado tiende a crecer; cifrando su desarrollo en un aumento anual que oscila entre el dos y el cuatro por ciento de su producto nacional bruto. Entonces, si la industria, que se nutre de la Naturaleza, no cesa de expansionarse, día llegará en que ésta no pueda atender las exigencias de aquélla ni asumir sus desechos; ese día quedará agotada.

[…]

La pueril idea de un mundo inmenso, inabarcable e inagotable, queacompaña al hombre desde su origen, se esfuma a mediados de este siglo con laaparición de aviones supersónicos que ciñen su cintura -la del mundo- en unashoras y con el primer hombre que pone su pie en la Luna.

Las fotografías tomadas desde los cohetes lunares muestran al planetaTierra como un pequeño punto azul en el firmamento, lo que equivale areconocer que 100.000 millones de otras galaxias pueden albergar, cada una,cientos de miles de sistemas solares semejantes al nuestro. La técnica, quepuede mucho, evidencia que somos poco. Esto supone para el orgullo delhombre, en cierto modo, una humillación, pero también una toma deconciencia: la de estar embarcado en una nave cuya despensa, por abastecidaque quiera estar, siempre será limitada.

Esta convicción destruye la idea peregrina de la infinidad de recursos y presenta, a cambio, de cara al futuro, el posible fantasma de la escasez. Mercedal perfeccionamiento de las técnicas de prospección, el hombre empieza a tocar ya las tristes consecuencias del despilfarro iniciado con la era industrial.

Miguel Delibes, Un mundo que agoniza.

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