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Posts Tagged ‘ciencia ficción’

Ahora vemos los comienzos de la censura en nuestra sociedad. Conducidos por la extrema derecha, vigilantes autodesignados se abalanzan sobre las escuelas y las bibliotecas para quitar libros de las estanterías, porque contienen palabras atrevidas, o ideas atrevidas o sencillamente porque van contra alguna creencia de esos vigilantes.

Si estos censores aficionados logran su objetivo, entonces, porque a ellos no les gusta un libro determinado […], primero, no se permitirá su lectura a ningún niño en la escuela, luego, estoy seguro, no se permitirá su lectura a ningún niño en ninguna parte y, finalmente, estoy seguro, no se permitirá su lectura a ninguna persona, cualquiera sea su edad, en ninguna parte y en ningún tiempo.

Y de los libros pasarán a las canciones, al lenguaje, al pensamiento, y crearán una América (si pueden) a su propia imagen.

Imaginemos una América moldeada a esa imagen, la imagen de la Mayoría Moral, superpatriota, superrespetable, definiendo como patrióticosy respetables sólo ciertos puntos de vista estrechos. Imaginemos una sociedad gris y sin sentido del humor, con idénticas ideas de un océano a otro y donde no se permite nada más. Imaginemos una América comprimida, estrecha, de una sola idea, ignorante. Ha habido muchas sociedades semejantes en la historia.

Isaac Asimov, “Censura progresiva” en La mente errabunda.

Leyendo a Asimov y pensando en las noticias que nos llegan día a día, pienso que este texto podría aplicarse dentro de no mucho en España. Con un cantautor ajusticiado juzgado por la difusión de un vídeo humorístico (de mayor o menor gusto según para cada cual, pero perfectamente lícito en ¿democracia?), con un Gobierno que da la palmadita a la  organización religiosa a la que no quiere cobrar impuestos por los edificios que no están en uso para el culto, que salva entretanto a una entidad bancaria mal gestionada (por muchos de sus afines) con el dinero de todos pero no piensa en abrir una rigurosa investigación sobre lo ocurrido y que se dedica a recortar a mansalva en sanidad, ciencia y educación, es difícil pensar de otro modo…

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Tras releer hace unos meses La isla misteriosa, Verne me llevó a Poe y pensé en recuperar de la estantería un par de libros de ambos autores. En concreto, Las aventuras de Arthur Gordon Pym y su “continuación” La esfinge de los hielos. Sobre ambos títulos y lo que les une escribiré algo llegado el momento en Homo libris. Pero, ahora que terminé con la lectura del primero de ellos, no podía resistirme a traer un fragmento del mismo. Con todos ustedes, una muestra de la dispersión de especies por antropocoría y de las malas prácticas que, desde hace siglos, llevan a la proliferación de los más variopintos invasores en los territorios menos esperados.

Las costas de estas islas abundan, en la estación favorable, en leones, elefantes y vacas marinas, focas con pieles y en aves oceánicas de  todas clases. La ballena es también frecuente en sus proximidades. La facilidad con que se pescaban en otros tiempos estos diferentes animales, h izo que el grupo fuese, desde su descubrimiento, muy visitado. Los holandeses y franceses fueron los primeros que las visitaron. El capitán Patten, comandante del Industry, de Filadelfia, hizo en 1790 un viaje de siete meses a Tristán de Acuña, llegando a reunir más de 5600 pieles de vacas marinas, y afirmó a su regreso que, en menos de tres semanas, había podido hacer un cargamento de aceite para una embarcación de gran desplazamiento. A su llegada no encontró ningún cuadrúpedo, a excepción de algunas cabras monteses. Actualmente se encuentran en la isla toda suerte de animales domésticos, introducidos sucesivamente por los navegantes.

Creo que fue algún tiempo después de la expedición del capitán Patten cuando el capitán Colquhoun que mandaba el brick americano Betsey, tocó en la mayor de las islas para hacer provisiones. Plantó cebollas, patatas, coles y otras legumbres que hoy se encuentran en abundancia.

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Cuando llegó a clase, el profesor portaba un recipiente de 20 litros con la boca ancha y cuatro bolsas repletas de materiales diversos. Nada más entrar, dejó el gran recipiente de vidrio sobre el escritorio y empezó a llenarlo de grandes piedras que iba cogiendo de una de las bolsas, hasta que el recipiente estuvo lleno de ellas. Tras hacer esto, preguntó a sus alumnos: “¿está lleno el recipiente?” La respuesta unánime fue: “Está lleno; no le cabe nada más”.

El profesor tomó la segunda bolsa, que estaba llena de arena, y fue dejándola caer en el recipiente hasta que quedó lleno de arena. Tras esto, volvió a preguntar: “¿Al recipiente le cabe algo más?”. La respuesta ahora fue que “tal vez sí”.

Sin añadir nada tomó la tercera bolsa, rellena de sal en este caso, y empezó a verterla sacudiendo de vez en vez el recipiente para que la sal llenara los huecos entre los granos de arena y fuera asentándose. Por tercera vez el profesor preguntó: “¿creen que al recipiente le quepa algo más?”. Los alumnos se mantuvieron en silencio.

Finalmente, el profesor tomó la última bolsa, sacó una botella y empezó a verter agua hasta que cubrió totalmente el recipiente…

Si preguntamos a cualquier persona cuánta leche cabe en una botella de un litro nos responderá que precisamente la indicación de la capacidad del recipiente nos da la respuesta: un litro, mil mililitros o cualquier otra medida equivalente. Si intentamos verter más cantidad esta rebosará del recipiente. Jugando con un globo y agua, ahora que llega el verano, esa misma persona podrá decirnos que la capacidad del globo es más variable, que dependerá de la flexibilidad del material y de su resistencia. Pero nadie nos negará que, si llenamos el globo más allá del límite terminará por estallar.

La fábula de las piedras nos enseña muchas cosas, entre otras, que no hay que dar nada por supuesto y que, con ingenio e inventiva, es posible superar ciertos límites, optimizando en este caso la capacidad para acumular materiales de nuestro recipiente. Sin embargo, ¿es posible llegar a hacerlo ad infinitum? Es más, ¿tenemos en cuenta las implicaciones que esto conlleva? Nuestro recipiente lleva ahora piedras, arena, sal y agua. Pero la arena y las piedras estarán mojadas y el agua salada. ¿Qué quiero decir con esto?

En la anterior entrada citaba un fragmento de una entrevista a José Saramago, fallecido el pasado viernes, en la que instaba a los habitantes de los países avanzados, del llamado Primer Mundo, a frenar el ritmo de crecimiento para permitir a los del eufemísticamente llamado Tercer Mundo alcanzar un nivel de vida similar al que disfrutamos hoy día. Sin cuestionar lo deseable de que todo el mundo tenga acceso a los recursos necesarios para vivir y realizarse como personas, así como a una sanidad y alimentación más que dignas, lo cierto es que todos estos buenos deseos no podrán verse cumplidos sin que medie por nuestra parte (ciudadanía y políticos, así como del mercado) el ánimo de cambiar las cosas.

Aprovechaba el descanso del fin de semana para ver un documental que tenía pendiente desde hacía un tiempo: “¿Cuánta gente cabe en el planeta?”, producido por la BBC y presentado por el insigne científico británico David Attenborough. Lo cierto es que el vídeo me ha parecido de lo más interesante, ya que presenta un tema tan delicado como la necesidad de controlar el crecimiento poblacional aportando datos rigurosos y desde una perspectiva totalmente razonable. Los seres humanos somos dependientes del medio y de los recursos que nos ofrece el planeta, especialmente del agua, el alimento y la energía. Así, el documental realiza un recorrido en torno a las problemáticas del abastecimiento de agua potable y las carencias que existen en diversos territorios a este respecto; a la producción de alimentos, que se ha visto incrementada notablemente en el último par de siglos y, en particular, durante este último, con la aparición de fertilizantes químicos y la mecanización de los procesos productivos; finaliza resaltando la necesidad imperiosa que tenemos de energía y la dependencia hacia los combustibles fósiles, no renovables, que estamos dilapidando a un ritmo vertiginoso.

A lo largo de la Historia ha sido frecuente que se intentase estimar el límite del planeta a la hora de albergar nuevos seres humanos. Ha llovido bastante desde que van Leeuwenhoek publicase su comunicado estimando el número máximo de personas que cabrían sobre la superficie de la Tierra, y contamos con datos más fiables sobre las tendencias poblacionales y un mayor conocimiento de las limitaciones de los ecosistemas. En ecología se puede definir la capacidad de carga como la población que puede soportar un entorno determinado. Es posible aplicar dicho concepto al ser humano y a su entorno, la Tierra, intentando estimar la población máxima que esta podría sustentar, una vez calculada la productividad de la misma y las necesidades de la población. Si compartiésemos de forma equitativa la biocapacidad productora de la Tierra (sus aportes de agua, alimento y energía al ser humano) habría dos hectáreas globales para cada persona. Sin embargo, este reparto, como es por todos sabido, no se realiza en igualdad, y así, existen países donde apenas se llega a ese consumo y otros donde se supera con creces. Unido a la emisión de gases y desechos, obtendríamos la huella ecológica de cada habitante del planeta, bastante desigual por otro lado según el lugar donde viva esa persona. Por ejemplo, la mayor parte de África usa poco más de 1,37 hectáreas por persona y la India 0,89 hectáreas por persona mientras que en Europa consumimos 4,45 hectáreas por persona, el Reino Unido 5,33 y EEUU 9,42.

¿A cuánta gente puede mantener la Tierra? Según los cálculos anteriores, si todos los habitantes del planeta se mantuvieran en la media de los hindúes, la población podría llegar a 15.000.000.000 de personas. En cambio, si consumimos al ritmo que lo hacen los estadounidenses, la Tierra únicamente podría albergar a 1.500.000.000 habitantes. Y esto en un hipotético “mejor caso”, ya que habría que tener en cuenta el deterioro del planeta debido a un uso intensivo de sus recursos y la imposibilidad de renovar a corto o medio plazo de muchos de ellos. De ahí que resulte necesario reducir nuestras necesidades, la población o incrementar la productividad. Se trata, ni más ni menos, de los términos de la conocida ecuación “IPAT” de Ehrilch, a saber:

I = P x A x T

donde:

I = Impacto ambiental de la humanidad.
P = Población.
A = Afluencia, nº de productos o servicios consumidos por persona. Un término de consumo como puede ser el PIB si usamos el lenguaje economicista.
T = Impacto Ambiental por unidad de producto o servicio consumidos o, lo que es lo mismo, el factor de eficiencia tecnológica.

Esto es, para poder mantener un nivel de impacto ambiental que permita la subsistencia de vida en nuestro entorno podemos optar entre reducir la población y/o el consumo, o bien mejorar la eficiencia productiva mediante el uso de la ciencia y de la tecnología. Ciertamente, hemos conseguido alcanzar un cierto desacoplamiento entre los materiales necesarios para la producción y los resultados de esta, lo que mejora la tasa de eficiencia tecnológica, pero no basta con esto último en exclusiva (es más, sectores de servicios como el de las telecomunicaciones, que ha imprimido un fuerte avance a la industria en las últimas décadas, suelen ser bastante dependientes de determinados recursos; por ejemplo, para la constante miniaturización de los componentes electrónicos se precisa tantalio, que se extrae de minas de coltán en paupérrimas condiciones de seguridad en países como el Congo).

¿Cómo controlar el crecimiento incesante de la población? Como ya decía, se trata de un tema ciertamente peliagudo. El control estatal, en las ocasiones en que ha sido puesto en práctica, ha sido desde insuficiente (por ejemplo, en India, donde un mal enfoque llevó a que se subvencionaran las vasectomías pero los hombres que acudieron a percibir las ayudas eran, en su mayoría, padres ya de familias numerosas) hasta abominable (como en China, con la represión a las familias y los “efectos colaterales” de las niñas abandonadas, asesinadas o los numerosos abortos cuando ya se tenía un hijo en la familia). En el documental se habla de la educación como motor de cambio, ya que en las sociedades donde la mujer tiene acceso a la educación suele casarse más tarde y sus objetivos en la vida van más allá de tener una familia numerosa. Incrementando el nivel educativo y el de bienestar de las poblaciones se alcanza un equilibrio, con familias de uno, dos o, a lo sumo, tres hijos, con lo que la población tiende a estabilizarse (incrementándose ligeramente posiblemente a causa de la mayor longevidad que permite el acceso a una sanidad de calidad).

Por supuesto, la reducción de la población no es la solución (o no la única) a un problema manifiestamente retorcido como es dar respuesta a la pregunta que plantea el documental. Sería necesaria la aplicación de diversas medidas (educación, sensibilización respecto a la producción/consumo -cuando no consumismo- y sus implicaciones, mejora de la eficiencia tecnológica sin perder de vista una ética social… como afirmara Beck en su obra La sociedad del riesgo, “sin racionalidad social, la racionalidad científica está vacía; sin racionalidad científica, la racionalidad social es ciega”.

Volviendo a la fábula del comienzo de la entrada, la Tierra sería nuestro recipiente. Si el Primer Mundo actúa como las piedras acaparará gran parte del espacio y de los recursos, obligando a los más débiles a seguir siendo arena que haga uso de los intersticios que vaya dejando. Es, por tanto, nuestra responsabilidad decidir en qué tipo de mundo queremos vivir aunque alcanzarlo, posiblemente, no sea fácil. Sin tender hacia visiones apocalípticas como la mítica película de ciencia ficción “Soylent Green”, sí que creo que resulta interesante llevar a cabo un ejercicio de reflexión en torno a este asunto. Os recomiendo, en cualquier caso, ver el documental.

La búsqueda de lo que queremos sólo es racional en la medida en que tenemos razones fundadas para juzgar qué es lo merece-ser querido. La cuestión de si lo que preferimos es preferible, en el sentido de merecer la preferencia, es siempre relevante. Los fines pueden y, en el contexto de la racionalidad, deben ser valorados. No se trata meramente de que las creencias puedan ser estúpidas, desaconsejables e inapropiadas —es decir irracionales— pues los fines también pueden serlo. Nosotros los humanos podemos buscar (y lamentablemente, a menudo lo hacemos) fines que son contraproducentes, autodestructivos o viciosos.

(Razón y valores en la Era científico-tecnológica, Nicholas Rescher)

Para saber más:

Actualización a 2/11/2011:

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Cuando vi el afán con que se empeñaban en publicitar el nuevo lanzamiento de James Cameron, una película que hacía uso de la última tecnología para ofrecer un espectáculo 3D en el cine, según se decía, sin precedentes,  lo cierto es que no corrí a las salas a verla. No suelen gustarme el cine comercial ni las grandes superproducciones americanas; soy más (por algunas películas que he traído al blog podréis suponerlo) de cine en pequeña escala, intimista, reivindicativo, con mensaje y carácter propios. Sin embargo, durante la estancia en Madrid del pasado fin de semana, uno de nuestros amigos, cinéfilo empedernido y poseedor de buen ojo crítico, nos instó a ir a ver la película con él a mi pareja a mí. Dicho y hecho, el domingo acudimos a una sala donde, repartiéndonos como buenamente pudimos (estaba abarrotada y ocupamos los tres últimos asientos disponibles) nos dispusimos a ver qué deseaba ofrecernos el director de “Terminator”, “Aliens” o “Titanic”.

Un momento de la película.

Un momento de la película.

Tras un comienzo durante el cual vista y cerebro tuvieron que adaptarse a una experiencia que llegó a marearme un poco, lo cierto es que fui adaptándome al efecto de tridimensionalidad en que se desenvuelve la acción y que resulta bastante envolvente. No sé si por mi posición en el cine o si por las expectativas creadas, no me pareció que se produjera una inmersión tan profunda en las imágenes como había oído hablar pero, en cualquier caso, me resultó interesante comprobar hasta qué punto llega la técnica hoy día a la hora de recrear sensaciones en el espectador.

Respecto al argumento, me pareció algo predecible. Una historia similar a la que nos narró en su día “Bailando con lobos” en un mundo “real” que se asemeja en cierto modo a la experiencia que los protagonistas de la saga Otherland, de Tad Williams, deberían haber vivido, disfrutando de la acción junto a los Na’vi (que, con sus rasgos felinos y sus hábitos vinculados al bosque, también guardan cierta similitud con los Sitha de Añoranzas y Pesares, otra saga fantástica de Williams), que luchan por preservar su modo de vida y aquello que la sustenta frente a los envites de una humanidad egoísta e insaciable.

El mensaje que nos transmite Cameron es doblemente hermoso y aterrador; cualquier cosa hecha con amor es posible, incluso la preservación del delicado equilibro que subyace en cada ecosistema. A su vez, plasma cómo somos los hombres, reacios a cualquier cambio, mal que nos pese, e incapaces de preservar la belleza: para cinco personas concienciadas y reflexivas, críticas con lo que les rodea, hay cientos o miles de humanos que sí se creen con derecho a jugar a ser dios, un dios destructivo y mortífero, por supuesto, capaz de tomar decisiones sobre la vida de miles de seres.

“Avatar” adolece de algunos errores bastante llamativos en cuanto a lo que se refiere a la biología de las especies que habitan Pandora, el planeta que recrea. Desde divergencias evolutivas bastante significativas entre los Na’vi y otras especies (fosas nasales en lugar de respiraderos en el cuello o un punto de conexión –el “USB”, je, je- en lugar de dos, por poner un par de ejemplos) hasta otras de índole geológica, como las explosiones que se asemejan en demasía a las terrestres cuando, por otro lado, Pandora posee una atmósfera más liviana, algo pobre en oxígeno, en la que incluso el sonido debería transmitirse a otra velocidad.

En cualquier caso, por lo hermoso de su mensaje y lo ágil que resulta el modo en que nos cuentan esta historia (las casi 3 horas de metraje pasan volando) creo que resulta una película interesante sobre la que entablar un debate sobre el mensaje que nos hace llegar, aunque no resulta del todo apropiada para verla en familia por lo violento de algunas escenas.

Por ejemplo, al salir del cine, nuestro amigo comentaba que si habían sido capaz de alcanzar tal realismo en una pantalla de cine, estaríamos en los albores de lo que puede ser la realidad virtual, una vez se cuente con gafas y dispositivos capaces de trasladar al usuario las sensaciones que inundan esta realidad ficticia. Y si ya a día de hoy hay miles de personas literalmente “enganchadas” a juegos en línea como “World of Warcraft”, ¿ante qué podríamos encontrarnos dentro de unos años? ¿Desechará la gente, como decía este amigo, la realidad fría y gris en que estamos convirtiendo nuestro mundo por otra sintética pero moldeada según nuestros deseos? ¿Se harán realidad los más oscuros presagios de “Blade Runner” (Sueñan los androides con ovejas eléctricas), “Matrix” o Un mundo feliz? Este trotalomas desea fervientemente que algo así no llegue a ocurrir.

Para saber más:

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No es mi deseo que el blog se convierta en un cúmulo de reseñas cinematográficas, pero sí que entraba entre mis intenciones, cuando inauguré la serie de entradas sobre cine, traer algunas películas y documentales que invitasen a la reflexión sobre diversos temas o, simplemente, que me hubieran gustado especialmente. Al fin y al cabo, aunque la temática que está adquiriendo el blog es manifiestamente cercana al medio natural y a su conservación, mi propósito primigenio no fue otro que ir narrando alguna que otra andanza en la que me fuese viendo involucrado.

Sin embargo, a raíz de ver y comentar en el blog “Moon”, la película de Duncan Jones, surgió un interesante y variopinto debate que dio lugar a un recuerdo de Javier16: otra película de ciencia ficción, con unos pocos años más a las espaldas, cuyo título nos descubrió cumplidamente Fulgida y su visionado nos fue recomendado por Amandil (quien, por cierto, ha escrito una más que interesante reseña de “Moon” cuya lectura os recomiendo). Se trataba de “Naves misteriosas” (“Silent Running”), y su argumento me resultaba remotamente conocido. De hecho, tras verla, comprobé que guardaba un recuerdo neblinoso de la misma y, tras unos días de inactividad en los que he estado sometido a los requerimientos de ineludibles obligaciones, he decidido traerla al blog como una sugerencia más para los próximos días que, si nada lo estropea, prometen un poco más de descanso y tiempo para el disfrute gracias al fin de semana inusualmente prolongado.

El director de “Naves misteriosas”, Douglas Trumbull, no es un desconocido dentro del cine de ciencia ficción. Fue, una década antes de rodar la película que nos ocupa, uno de los responsables de los efectos especiales de “2001: Una odisea del espacio”, la conocidísima adaptación al cine de la novela de Arthur C. Clarke, y diez años después repetiría lo hecho con Kubrick, aunque ahora junto a Ridley Scott, en “Blade Runner”. Entretanto, como decía, además de trabajar en otras películas dirigió en 1971 “Silent Running” contando con un presupuesto ínfimo (la décima parte del destinado a “2001”) lo que no fue óbice para conseguir alcanzar un buen resultado.

El argumento de “Naves misteriosas” es propio de su época, y recoge algunos de los llamados que ya en aquel entonces hacía la revolución verde, recién surgida en los años 60. Nos encontramos en el siglo XXI y la vida vegetal ha desaparecido de la Tierra. Los últimos especímenes vegetales se encuentran en el espacio, a bordo de tres naves botánicas que orbitan Saturno. El botánico Freeman Lowell (interpretado por Bruce Dern) cuida de los ecosistemas artificiales creados en los inmensos invernaderos que porta, al igual que sus dos hermanas, la nave Valley Fogue. Lowell trabaja en el convencimiento de que, algún día, las plantas volverán a ocupar la Tierra, que será nuevamente verde, y podrán aportar los alimentos necesarios para una población que se nutre únicamente mediante comida sintética. En contraposición a Lowell, cuya estética y modo de pensar hacen pensar en la de un hippie modernizado, sus compañeros en la nave disfrutan llevando a cabo carreras de coches en la nave y únicamente desean volver a casa. Por esto, cuando reciben la noticia de destruir las naves y regresar, dejando de este modo claro que la humanidad ha prescindido definitivamente de las plantas para sustituirlas por los adelantos técnicos que hacen posible la vida sobre la faz de la Tierra, todos se alegran excepto nuestro protagonista. Este decidirá rebelarse contra la orden de sus superiores y, reprogramándolos, contará para ello con la ayuda de los robots de la nave.

La historia de “Naves misteriosas” nos hace plantearnos inmediatamente diversas cuestiones: ¿Hasta qué punto el hombre puede disociarse de la naturaleza? ¿Seremos capaces, siendo parte de ella, de prescindir del resto de especies? ¿Esperamos únicamente de ellas que sean capaces de ofrecernos sustento, alimento o material para cobijarnos, o su aportación llega más allá de la mera supervivencia? Sin duda alguna, “Naves misteriosas” es una película que invita a la reflexión sobre temas como la superpoblación y la consiguiente sobreexplotación de los recursos de la Tierra hasta esquilmarlos por completo o, al menos, hasta que no sean suficientes para mantener a la población.

Por otro lado, el personaje de Lowell me ha parecido de lo más interesante; su moralidad, que en principio nos resulta encomiable, termina desembocando en acciones de nefastas consecuencias debido a lo extremista de una actitud que llega a alcanzar tintes de fanatismo. Aunque la imagen del ecologista, los lodos en que devinieron aquellos primeros hippies, resulta cuestionada en la película, es tristemente cierto que, en ocasiones, algunas personas confunden la vehemencia y el deseo de transmitir a los demás sus sentimientos y aspiraciones con una actitud cerrada e intolerante con todo aquello que no los secunde. Y es que, para proteger, debemos enseñar, no imponer. Recordando la letra de una antigua canción de la banda La Dama se Esconde, podríamos finalizar diciendo que

Es la princesa que de niño
yo desee imaginando que
juntos podríamos vencer
y quién sabe
si incluso convencer
al malvado enemigo.

Edito la entrada a las 20:45 horas para incluir un apunte sobre una imperdonable omisión por mi parte. Olvidaba decir que uno de los puntos fuertes de la película es su banda sonora, que incluye un par de temas interpretados por la inigualable Joan Baez. Aprovechando la actualización, os dejo unas escenas de la película en las que Baez canta “Rejoice in the Sun”. Simple y llanamente, una preciosidad.

Ficha de la película en IMDb.

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El pasado fin de semana disfruté como un niño de la película de ciencia ficción “Moon”, dirigida por el hijo de David Bowie, Duncan Jones, que ha resultado ser una verdadera revelación en los festivales de medio mundo. Conocí la película gracias a la recomendación de Isi, que me habló muy bien de ella, y de Mork, que ya la reseñara en su blog.

Hacía tiempo que no me enfrentaba a una buena película del género en la que primase la historia y la interpretación por encima de los efectos especiales y las batallas intergalácticas (tengo pendiente ver “Distrito 9”, y posiblemente también la traiga al blog cuando llegue el momento). Desde los memorables tiempos de “Blade Runner”, “Atmósfera Cero”, “Solaris” o “2001: Una odisea del espacio”, a las que se hace un claro homenaje en algunas escenas de “Moon”, echaba de menos este tipo de ciencia ficción, comprometida y cuyas historias que dan que pensar.

El argumento de la película es simple pero efectivo. En un futuro cercano la Tierra se abastece de energía gracias al Helio 3 que es extraído de la cara oculta de la Luna. Más del 70% de la energía consumida proviene de la compañía Lunar Industries, que tiene instaladas en nuestro satélite varias cosechadoras que son controladas desde una base espacial en la que trabaja Sam Bell, nuestro astronauta, que es el único en habitarla. Le acompaña únicamente Gerty, un robot mucho más humanizado y simpático que el ya clásico HAL 9000. Sam, que está a punto de finalizar su contrato de tres años con Lunar Industries, empieza a mostrar síntomas de cansancio y desorientación debidos a la prolongada estancia espacial y lo que más desea es volver a la Tierra para reunirse con su familia; sin embargo, durante una salida a la superficie lunar en su vehículo de exploración, sufre un accidente que tendrá inesperadas y dramáticas consecuencias.

Sin querer entrar en mayor profundidad en la trama para no desvelar los acontecimientos que sobrevendrán al accidente ni la resolución que tendrán estos, os diré que la película presenta un ambiente algo claustrofóbico, con escenarios limitados a la base espacial y a los recorridos por la yerma superficie selénica. La única presencia en toda la película de Sam Bell, interpretado magistralmente por Sam Rockwell, contribuye a la sensación de angustia que crea la soledad absoluta en la que vive y que le lleva a tomar por amigo y compañero a Gerty. El guión de Nathan Parker, que da forma a la idea de Duncan Jones, es uno de los platos fuertes de la película. Sabe llevarnos a un terreno desconocido e incierto sin que apenas nos demos cuenta de ello, y plantea numerosas cuestiones sobre las que reflexionar: ¿Hasta qué punto puede llegar el hombre para colmar sus necesidades? ¿Supera el bienestar de la mayoría al de la minoría o, incluso, al de una sola persona? ¿Es ético asumir, consciente o inconscientemente, el dicho de “ojos que no ven…”?

Únicamente el final de la película resulta algo predecible, con un desenlace que, a mi parecer, habría quedado mejor con un final más abierto. Pero esto son meras apreciaciones personales, en vista de lo cual, ¿os animáis a embarcaros en este viaje lunar?

Ficha de la película en IMdB.

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El cartel original de la película.

El cartel original de la película.

He aprovechado el ventoso fin de semana para, además de descansar un poco, ver la película “Cuando el destino nos alcance”. Basada en la novela ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! de Harry Harrison, podría encuadrarse dentro de la ciencia ficción social al presentarnos, igual que la obra en que se inspira, un mundo distópico situado en un hipotético futuro en el que la superpoblación de la ciudad de Nueva York, con cerca de 40 millones de habitantes en el año 2022, nos hace vislumbrar un porvenir incierto y sombrío para la humanidad.

La película resulta interesante desde los propios títulos de crédito, donde se introducen, mediante una sucesión de imágenes, las circunstancias que han llevado al planeta a la situación en la que se desenvuelven nuestros protagonistas.

Roberth Thorn, un policía saturado de trabajo, vive en un piso de unos pocos metros cuadrados compartido con Sol Roth, un anciano ingeniero retirado que le ayuda en sus investigaciones. Pueden sentirse afortunados, pues la mayor parte de la población sobrevive hacinada en las escaleras y pasillos de los edificios, o duerme en la calle, bajo los vehículos ya inútiles por la falta de combustible. Aun así, deben generar su propia energía pedaleando en una bicicleta que recarga las baterías que almacenan la electricidad, han de abastecerse de agua usando unas garrafas de plástico y se alimentan de lo que el resto de la gente: Soylent Yellow y Soylent Red, alimento sintético proveniente en su mayor parte de las algas oceánicas. El acceso a la verdura o la carne es posible únicamente para un reducido grupo de personas, ricas y con poder. Sol Roth, que vivió épocas mejores, recuerda en ocasiones a Thorn cómo era el mundo antes de comenzar las restricciones, cuando aún había disponibilidad de recursos y la población del planeta no había alcanzado un nivel tan preocupante, mermando claramente la calidad de vida de sus habitantes.

Tras recibir el aviso del asesinato de Simonson, un acaudalado residente de la zona más elitista de la ciudad, Thorn visita el lugar del crimen y conoce a Shirl, una hermosa muchacha que compartía su vida con el difunto a cambio de un hogar y protección. Como tantas otras chicas, es tratada como un bonito “mobiliario”, que embellece el entorno de quienes se lo pueden permitir. La pasión surgirá entre la chica y el policía, en tanto las investigaciones de este le llevan a descubrir el inquietante secreto que se esconde tras la multinacional alimenticia que suministra los Soylent Red, Soylent Yellow y el novedoso Soylent Green a los ciudadanos.

La película de Richard Fleischer está interpretada por Charlton Heston (Robert Thorn), Leigh Taylor-Young (Shirl), Joseph Cotten (Simonson) y, sobre todo, por un maravilloso Edward G. Robinson (Sol Roth) que, ya enfermo cuando rodaba la película, interpretó en ella un último y emotivo papel.

Es interesante la forma en que la película plasma cómo la moralidad afecta al modo de vida futuro. Se permite a los ancianos ejercer su derecho a la eutanasia, yendo a morir cuando creen que no tienen motivos para seguir viviendo pero, como contrapartida, los sistemas de control de la natalidad están prohibidos por un gobierno autoritario que dicta cómo ha de vivir la gente, provocando un incremento de los nacimientos que no se corresponde con la disponibilidad de recursos. Esto me ha parecido interesante respecto al debate que surgía en el blog hace unos días, donde se hablaba de la educación como un elemento imprescindible ya no para la autorregulación del crecimiento de la población, sino para la relación con nuestro propio entorno.

Aparte de las diferencias entre la novela y la película (aquella simultaneaba varias historias, además de poner mayor énfasis en la relación entre el policía y la amante del asesinado; esta otra presentándonos un final ciertamente más sobrecogedor y macabro), en ambas se plantea una de las inquietudes que Harry Harrison tenía respecto al futuro del hombre en un planeta cada vez más poblado y con unos recursos limitados.

Hay que tener en cuenta que el momento en que se escribió la novela (1966) coincide con el importante incremento de la población debido a la explosión de natalidad (el conocido baby boom) posterior a la Segunda Guerra Mundial. Aunque rodada unos años después (1973), es interesante comprobar que Fleischer exhibe la superpoblación de Nueva York mediante calles atestadas de gente y multitudes que claman frente a fallos en el suministro de alimentos sintéticos, los únicos a los que tienen acceso. No habría que llegar a situaciones tan desesperadas, no obstante, para encontrarse ante un caso de exceso de moradores en un determinado lugar. Pensemos que el espacio es uno de los factores que limitan el crecimiento de las poblaciones, pero que los recursos de la zona de que estemos hablando son realmente los que actúan como condicionantes de la posibilidad de existencia de vida. Cabría pensar en los extensos yermos de las zonas cercanas al Ártico, que si bien acogen a una importante fauna y flora, muestran una biodiversidad mucho más reducida que las ricas regiones de las selvas tropicales en áreas considerablemente menos amplias.

En el caso del hombre, como animal social que habita a día de hoy en la gran “aldea global”, cabría preguntarse hasta qué momento continuará (continuaremos) considerando ajenos los problemas alimentarios y sanitarios de la mayor parte de habitantes del planeta, y cuánto estamos dispuestos a sacrificar nuestro ritmo de vida para que aquellos puedan incrementar el suyo hasta el nivel de que su supervivencia se convierta, simple y llanamente, en una vida digna.

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