Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘decrecimiento’

… han transcurrido desde que le perdimos, y sigue siendo usted, maestro, tan necesario como siempre. Como cuando hace 13 años nos adelantaba una situación que hoy día sigue siendo, desgraciadamente, tan vigente.

La alternativa al neoliberalismo se llama conciencia. Podéis decir: «Pero conciencia no es un sistema económico». No, no es un sistema económico. «Conciencia no es la organización del mercado». Tampoco lo es. Conciencia no es eso. «Y no es un régimen político nuevo». No, no es eso. No lo es. Pero es algo más que todo eso. Es la conciencia que hay que tener, contra todo y contra todos los que precisamente entienden que lo único que no hay que tener es conciencia. Eso es [aquello en] lo que tenemos que formarnos todos los días; en la reflexión, en el debate, en el examen profundo de las cosas y de las circunstancias.

Read Full Post »

Si hay un modo verbal en castellano con el que no me llevo bien es, sin duda alguna, el imperativo, máxime si viene en la forma de declamaciones grandiosas, que conminan a actuar con tanto apremio que no dejan lugar a la reflexión. Comprendo —no saben cuánto— que la común pasividad y el adocenamiento de buena parte de la sociedad puedan sacar de quicio a cualquiera que desee ver plasmados cambios que lo hagan acercarse a unos valores de justicia universal, pero la imposición no puede ser en modo alguno parte del camino a seguir para alcanzarlos, ya que esta precisamente es uno de los males a derrocar. Como en el “Canto a la libertad” del nunca suficientemente recordado José Luis Labordeta:

También será posible
que esa hermosa mañana
ni tú, ni yo, ni el otro
la lleguemos a ver,
pero habrá que empujarla
para que pueda ser.

Podré estar más o menos de acuerdo con lo anterior, pero a estas alturas y antes de que sigas divagando, Trotalomas —os diréis—, podrías explicar a qué viene semejante parrafada. Concreto, entonces. Pero tal vez no de inmediato, ya me conocéis, je, je.

Desde que tengo memoria he sentido una irrefrenable curiosidad por la naturaleza, por la ciencia y, en particular, por las ciencias que estudian la naturaleza. Entendiendo también que las actividades que desarrolla el hombre impactan en gran medida sobre ella, un sentimiento conservacionista me acompañó también desde siempre. No es de extrañar, además, siendo parte de una de las generaciones que creció cobijada bajo el ala de uno de los más grandes divulgadores que ha dado este país: Félix Rodríguez de la Fuente. Conforme pasaban los años, y aunque tanto por formación como profesionalmente he terminado siendo informático, seguía observando la naturaleza, sintiéndome vinculado a ella como un naturalista ciertamente aficionado pero no por ello menos apasionado y disciplinado en su estudio. Finalmente, como sabéis quienes seguís el blog, me adentré hace un par de años en una nueva aventura, la de estudiar Ciencias Ambientales por la UNED (ya que compaginar la vida laboral con el estudio de Biología en la universidad presencial se convertía en un reto harto dificultoso). Esta aventura me está deparando muy gratos momentos y ciertamente la estoy disfrutando, a mi parecer, más que si la hubiese emprendido sin haber estado estos años aprendiendo por mi cuenta, vinculado a personas que trabajan en pro de la defensa de la naturaleza y de la mejora de nuestro entorno, participando en asociaciones (muy particularmente en la Agrupación de Voluntariado Ambiental AUCA) donde he tenido oportunidad de aprender de mis compañeros, de trabajar manejando leyes, conocer las entretelas del urbanismo municipal, llevar a cabo actividades de educación ambiental, de anillamiento científico de aves, reforestando zonas degradadas o contribuyendo a extinguir incendios que hacían otro tanto con la vida en los bosques.

Durante estos años se han dado situaciones en las que enfrentados, por ejemplo, a un proyecto urbanístico que impactaría negativamente sobre un área protegida, los argumentos esgrimidos por miembros de otras asociaciones (con una fuerte componente ecologista, en este caso) restaban peso, que no validez, a los propios. Esto es, en un pleno municipal donde se está debatiendo la idoneidad o no del proyecto no es de recibo presentarse con una bolsa de tierra negra y esgrimirla como si de un arma se tratase para argumentar que los terrenos, no por baldíos, han de ser poco productivos: «¡Arena del desierto convertida en tierra fértil por la adición de restos de podas y limpieza de hojarasca! Existen técnicas que convertirían esas tierras de secano en tierra productiva de vega», argüía nuestro acompañante. Después de esta afirmación que no tiene en cuenta el equilibrio de los ecosistemas ni unas mínimas premisas en lo tocante a la edafología, a ver cómo dotas de peso lo que tenías pensado decir acerca de las repercusiones sociales y ambientales del proyecto, con datos correlacionados de proyectos de similares características en otras ubicaciones. Como suele decirse, con amigos así quién necesita enemigos.

A estas alturas habréis comprendido de qué va la entrada. Resulta más que comprensible que, en ocasiones, nos expresemos con vehemencia cuando vemos peligrar algo que amamos, sobre todo cuando ves que mucha gente permanece alienada por un sistema que ha sido diseñado precisamente para manejar con facilidad a las masas. Pero un discurso marcado por el alarmismo y que incita a la acción de forma irreflexiva está abocado al fracaso.

Uno de los colectivos que adolece de este problema es el de los animalistas, es decir, de personas y asociaciones que defienden los derechos de los animales. Obviamente cualquier generalización supone sesgar la verdad y dentro de cualquier agrupación hay personas muy válidas, sensatas y coherentes con sus ideas, pero la percepción que he ido adquiriendo del movimiento, en general, es la de que la histeria ha venido a sustituir a la vehemencia que mencionaba anteriormente. He llegado a darme de baja de listas de distribución de correo y a huir de grupos de este tipo en redes sociales básicamente por lo tremebundo y apremiante de los mensajes que enviaban. Mensajes donde la corrección ortotipográfica y la “netiqueta”, dicho sea de paso, brillaban por su ausencia. Para muestra, un botón (o varios, basados en mensajes reales):

LE SACRIFICAN MAÑANAN !!!! HEMBRITA JOVEN, PERRER MADRID !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Contacto para salvarle: xxxx@xxxmail.com DIFUNDE¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡

-oOo-

ADOPCIÓN O SACRIFICIO!!! OS PEDIMOS AYUDA PARA DIFUNDIR Y ETIQUETAR A ESTA PRECIOSIDAD QUE VAN A MATAR.

-oOo-

Acabo de recibir este correo, por favor es muy urgente, la sacrifican mañana. Por favor, urgentísimo, confirmado por XXXXXXX hoy XXXXXXX.
Nadie se ha interesado por este pequeñajo. Le queda 1 día como mucho. Es verdad, no es para agilizarlo, es la puta realidad. Por favor ¿hay alguien que pueda ayudar a XXXX a sacarlo hoy de la perrera de XXXX en XXXXXXX? Se lo cargan YA¡¡
Contacto urgentísimo: XXXXXXXX xxxxxx @xxxxxmail.com TELEFONO: XXXXXXXX MUY URGENTE ¡¡¡ Lo sacrifican MAÑANA!!!—HOY

-oOo-

upps!!! no le deseo el mal a nadie pero el novillero se lo merece!!! Muy machito al principio y luego ????? Creo que solo el Toro le dio una probadita de lo que el siente durante toda su patetica y absurda feria Taurina!!! YO SI LE VOY AL TORO!!!

Aunque la intención sea más que loable, lo cierto es que la forma en que se lleva a cabo la difusión de información no puede ser más nefasta. Posiblemente quienes se encuentran dentro de ese círculo no perciben realmente el impacto que causa la forma en que transmiten las noticias, pero más de una persona puede sentirse intimidada y mostrarse entonces reacia a colaborar o a simpatizar con el mensaje y el mensajero: justo lo contrario de lo que se pretendía. Convendría recordar aquí el concepto de perfil psicográfico y cómo determina el modo en que reaccionamos ante algo novedoso, una propuesta o reto. Os remito, por ejemplo, al artículo de George Marshall en Yes! Magazine sobre las actitudes frente al cambio climático, “Why We Find It So Hard to Act Against Climate Change”.

Otra opción inadmisible es usar la violencia para dar visibilidad a las acciones de protesta o para alcanzar unos fines. Por ejemplo, la quema de campos de transgénicos por parte de activistas de Greenpeace les deslegitima. Uno puede estar más o menos de acuerdo con el uso de los trangénicos o plantear alternativas a su uso. Pero la violencia no engendra más que violencia y rechazo. Una buena argumentación bien documentada convencerá, o no, a una persona para que se sitúe en una postura en contra de los transgénicos, o del modelo de agricultura al que van ligados, o al sistema productivo en general, pero un acto delictivo solo da argumentos a quienes ven en él una muestra de intransigencia y fanatismo. No se trata de una tarea sencilla y no es susceptible de convertirse en simplista (ni por parte de quienes no desean los transgénicos ni por la de quienes los ven absolutamente necesarios para una población creciente): los transgénicos forman parte de un complejo sistema donde entran el modelo de sociedades actuales, el crecimiento poblacional, el incremento en el consumo de recursos per cápita, el modelo productivo… Su producción va ligada a una agricultura industrial que, por otro lado, también existe sin ellos y que forma parte del problema. Esa agricultura existe porque cada vez somos más humanos en el planeta y consumimos mayor cantidad de carne. Cada vez somos más porque se ha mejorado la sanidad, el acceso a los alimentos y a la energía. Pero el planeta es finito y se impone una decisión: dejar de crecer si ese crecimiento hipoteca el de las generaciones venideras o seguir haciéndolo y confiando en unos avances tecnológicos que no sabemos si se producirán o, en el caso de los existentes, qué repercusiones tendrá su uso sobre el entorno.

En definitiva, hay que informar, hay que crear opinión pública, hay que fomentar la crítica (incluyendo la autocrítica, por supuesto) y la formación de una población que sea capaz de entender a los científicos y exigir a sus políticos el cumplimiento de unas medidas que hagan posible la vida sobre el planeta en términos de justicia y equidad intergeneracional e interespecífica. Y para ello se hace necesario el uso de un lenguaje apropiado, sustentado en realidades y que despierte conciencias, no que las ahuyente.

Read Full Post »

Porque no queremos esto…

Nuestra energía

Nuestra energía...

... y algunas consecuencias.

... y algunas consecuencias.

Nuestras ciudades,

Nuestras ciudades,

¿nuestros hogares?

¿nuestros hogares?

Lo que nos falta.

Lo que nos falta.

Lo que nos sobra.

Lo que nos sobra.

Nuestras telecomunicaciones.

Nuestras telecomunicaciones.

Día Mundial del Medio Ambiente 2011. Solo con tu implicación es posible celebrarlo de otro modo.

Nota: Las fotografías provienen de:

Si eres el propietario de alguna de ellas y deseas que sea retirada del blog puedes indicármelo  a través del correo electrónico trotalomas (arroba) gmail (punto) com. Gracias.

Read Full Post »

El primero de los ejercicios del “Curso de periodismo ambiental” que estoy haciendo proponía un estudio y reflexión del siguiente vídeo, que me encantó:

Hoy es el Día de la Tierra, y la lectura de otra carta debería hacer que nos preguntásemos: ¿deseamos vivir o sobrevivir?

Read Full Post »

Caídas ya en el olvido mediático las noticias sobre la contaminación ambiental del aire en nuestras grandes ciudades, de lo que se habla en estas semanas es del varapalo sufrido por el transporte privado cuando el Gobierno anunció, entre sus medidas de ahorro energético, que limitaría la velocidad máxima en autopistas y autovías a 110 km/h.

Las reacciones más sonadas han sido las que han puesto el grito en el cielo por limitar más aún las libertades individuales, voces que afirman que nos dirigimos hacia el abismo del comunismo, que si esto es Cuba y que a 110 km/h uno se duerme al volante. Ahora bien, ante el recorte de derechos laborales y sociales nadie se indigna. Ante el paripé de los sindicatos, que organizaron una seudohuelga general y “nunca máis”, tampoco. Pero sí cuando no nos dejan fumar en espacios cerrados, aun cuando más del 60% de la población se declare no fumadora. Vayamos por partes, a ver si podemos oxigenar un poco más nuestras mentes.

Las medidas que está tomando el Gobierno para ahorrar en la factura de la energía son claramente insuficientes y, en ocasiones, contradictorias. Ahora bien, hasta la fecha no he oído de los grupos de la oposición alternativas claras y seguras sobre el tema. Del grupo mayoritario de la misma, el Partido Popular, surgen voces que hablan de un pacto energético que nos haga menos dependientes de los países productores del petróleo. Esto es, hablando claramente, que apostemos por la energía nuclear. Afortunadamente, tras muchos eufemismos y mensajes oscurantistas, su máximo representante ha hablado claro: “Nuclear sí, por supuesto“. Lo que no conviene olvidar es que la energía nuclear nos hace igualmente dependientes: de las minas de uranio del extranjero cuando con la producción nacional no resulta suficiente, de los costes de enriquecimiento del mismo ya que por el Tratado de no Proliferación Nuclear no es posible hacerlo en nuestro país y, por último del uso del uranio enriquecido para la obtención de energía eléctrica, así como de la gestión y almacenamiento de residuos de baja, media y alta actividad.

Volviendo a la iniciativa del Gobierno, lo cierto es que la reducción de la velocidad a 110 km/h tiene más pinta de desvío de la atención pública sobre otros asuntos de actualidad que de ser una medida seria, sobre todo porque la velocidad óptima de cada vehículo es distinta, depende de su par motor máximo (en el mío posiblemente esté más cerca de los 90-100 km/h a los que suelo circular que a esos 110 km/h propuestos por el Gobierno, y en otros vehículos es posible que esté incluso por encima), y porque el coste económico de colocar las famosas pegatinas (que requieren también de energía para su fabricación) sobre las señales de velocidad y de retirarlas en un futuro es bastante elevado. Lo que me ha resultado llamativo es que se hayan producido tantas reacciones adversas cuando, a día de hoy, tanta gente se salta a la torera la limitación actual de 120 km/h: mientras conduzco hay multitud de coches que me adelantan circulando a 130 ó 140 km/h, por lo menos. En cuanto al tiempo que “perderemos”, incluso en un trayecto largo, cuando más tiempo se pasa circulando en autovía o autopista, esa diferencia de velocidad no es realmente significativa: un viaje Málaga-Madrid, por ejemplo, es de 536 km, lo que quiere decir que a 120 km/h tardaríamos casi cuatro horas y media en llegar y a 110 km/h poco menos de 5 horas, en definitiva, unos 24 minutos más, aproximadamente. Tal vez es que haya  mucha gente velocifílica.

En el caso de transporte de mercancías, o transporte público en bus, una medida que me pareció razonable, propuesta por un profesional del sector, fue que se bajase el precio del peaje en autopistas y evitasen así el paso por travesías donde la velocidad está limitada a 50 km/h y el consumo de combustible en estos vehículos se eleva bastante. Otra medida interesante, de la que habré hablado en multitud de ocasiones con amigos y compañeros de profesión, es la del teletrabajo, siempre que la actividad que desarrollemos lo permita. La energía más barata y menos contaminante es la que no se usa,  tal y como afirma Txema en su blog (también aquí), y el teletrabajo sería una opción si no fuera por la falta de visión que existe en nuestro país. Siempre he defendido que si alguien tiene que quedarse un número de horas mayor cada día en su puesto es o porque no da más de sí y no es capaz de realizarlo en su tiempo o porque uno de sus superiores no hace bien su trabajo, estimando adecuadamente el tiempo necesario para llevar a cabo la actividad. Sea como fuere, alguien no está siendo suficientemente profesional. Lo curioso es que incluso en sectores que se consideran punteros y que deberían de estar a la avanzadilla de los que se quieren “europeos”, que se autodenominan en cuanto a las relaciones empresa/empleado, cuando se trata de maximizar el beneficio de la empresa y de que los proyectos salgan adelante apelan a la responsabilidad de los trabajadores y a que se trabaja por objetivos (es decir, que hay que echar las horas extras gratuitas que sean necesarias para que salga adelante el proyecto), pero cuando se menciona la palabra teletrabajo se echan las manos a la cabeza, negando la profesionalidad de esos mismos trabajadores, incapaces de hacer su trabajo si no están las horas necesarias en la oficina (cuyos costes energéticos de mantenimiento tiene que asumir, recordemos, la propia empresa).

Para terminar con este nuevo episodio humo-rístico, os voy a contar una anécdota que viví el pasado fin de semana en Santa Fe y que fue uno de los contrapuntos a los buenos momentos que narré en una entrada anterior. Mi pareja y yo habíamos salido el sábado por la noche a tomar algo, ver a un amigo y pretender arreglar el mundo entre charla y risas. Fuimos a un bar/cafetería del pueblo donde habitualmente tomamos algo cuando estamos por allí y entramos dentro, ocupando una de las mesas, y nos dispusimos a disfrutar de la noche. Así fue hasta que, en un momento dado, la camarera introdujo una de las mesas del exterior y entraron varias personas fumando. Nos miramos atónitos, diciéndonos que qué era aquello. Entonces la chica se acercó a nosotros y nos dijo: “No os importa que fumen dentro, ¿verdad? Es que es tarde, y como no va a venir ya más gente…”. Personalmente me considero una persona con empatía y, aunque he agradecido la aprobación de la ley antitabaco (ahora salgo más que antes, me gusta estar tomando algo y poder respirar a la vez y, la verdad, no he notado un descenso pronunciado en el número de gente que visita los bares y restaurantes), pienso que actitudes ilógicas como las de la menestra de sanidad, que entra en el ámbito cultural queriendo que en el teatro, por ejemplo, no se haga como que se fuma, van precisamente en contra de la acogida y adaptación a la ley (aunque este es otro tema del que, si queréis, hablamos en otra ocasión). Ahora bien, y sin querer ser más papistas que el papa, me pareció fatal la forma de actuar, preguntándonos cuando ya había permitido que entrase la gente fumando. Es más, cuando mi pareja le comentó que sí, que nos importaba ya que ninguno de los que estábamos allí fumábamos (y, para más inri, estaba convaleciente de una faringitis aguda), ni corta ni perezosa se fue hacia la otra mesa para pedirles que saliesen nuevamente, señalándonos como causantes del “desalojo”, lo que desembocó en miradas torvas y un malestar que nos llevó, finalmente, a irnos del lugar.

Lo que quiero señalar con este último punto es que lo importante no es tanto que se aprueben leyes que, recordemos, intentan regular cómo podemos actuar en sociedad, sino que aprendamos a vivir respetando a los demás y a nuestro entorno. Mientras en este país (o en cualquier otro, aunque aquí somos los reyes en esto) se vea bien la picaresca, se admire a quien sea capaz de saltarse la ley y salir indemne (léase corrupción política, el que lleva un detector de radares ilegal en el coche o el que especula con el dinero de otros y, encima, se le pagan “los vicios” con el dinero de los contribuyentes) o no seamos capaces de ver más allá del “súper-yo” egocéntrico en que estamos sumidos, mereceremos a los políticos que tenemos y ser lo que somos: un país de pandereta.

Os dejo, como en la primera entrada sobre “Malos humos”, con la música de Medina Azahara.

Read Full Post »

Sentir
que es un soplo la vida,
que veinte años no es nada…

Hace un par de días me encontré ante un buen dilema. Curioseando un poco por Internet al respecto de la anterior entrada, que pretendía ampliar con la de hoy, me encontré con la confirmación de algo que todos sabemos de un modo u otro pero que venía a ratificarse a través de lo que se contaba en un documental bastante reciente. El dilema no era otro que elegir entre el catalán o el inglés a la hora de ver el documental y la temática del mismo la escasa duración de los artículos hoy día, incidiendo en su temprana obsolescencia. Al final lo vi en catalán (creí que me resultaría más fácil en inglés, pero ya que Azote colecciona idiomas con tanta facilidad como cualquiera sellos y sabía que a ella le haría ilusión verlo en catalán opté por convencerla con esa estratagema), pero a quienes estéis pensado dejar de leer la entrada desde este punto os diré que esperéis… en enero TVE emitirá el documental en castellano y lo cierto es que es de lo más interesante.

¿A quién no le suena haber escuchado o pronunciado en algún momento frases como estas? “Este reloj tiene 4 años y ya pierde la hora… ¡el que tenía mi padre no atrasó en 40 años!”, “¡Ojalá esta lavadora me durase la mitad que la última que tuve!” o “Ya no se hacen coches como los de antes”.

The light bulb conspiracy”, el documental de Cosima Dannoritzer que nos cuenta la historia secreta de la obsolescencia programada (“Compra, tira, compra” y “Comprar, llençar, comprar”, en castellano y catalán), parte de una curiosa y conocida situación. Ante la avería de su impresora, Marcos se pone en contacto con tres establecimientos con servicio técnico y en los tres recibe una respuesta similar: “hay impresoras en el mercado desde 60 € y arreglar la suya será posiblemente más caro”. Le recomiendan en todos los casos comprar un artículo nuevo antes que arreglar el averiado. Marcos decide arreglarla por sí mismo. Apenas tiene un par de años y siempre ha prestado un buen servicio en su empresa, así que no se resigna ante las respuestas que le ofrecieron.

Tras este comienzo, el documental profundiza en la llamada “Conspiración de la bombilla”, un acuerdo entre fabricantes de este sencillo pero útil utensilio que se produjo a mediados de los años veinte del pasado siglo en EEUU. Miembros del cártel Phoebus llegaron al acuerdo de acortar la vida útil de las bombillas a unas 1000 horas de funcionamiento cuando ya antes duraban más de 2500. El motivo, como era de esperar, no podía ser otro que vender más bombillas. Empeorando de forma gradual la calidad de los filamentos conseguían bombillas menos duraderas y, por consiguiente, mayores ventas.

El caso de las bombillas no es el único. A lo largo de la hora y cuarto de documental nos acercaremos al mercado del automóvil o el de la telefonía y otros aparatos de consumo que, por ser muy apetecibles para los consumidores, muestran una mezcla de obsolescencia programada (aquella que está diseñada por parte del fabricante para disminuir la duración de los productos) y de percepción de obsolescencia por parte del consumidor, que ante un artículo novedoso desecha aquel que posee y que sigue estando completamente operativo.

Se trata de un documental que pone sobre la mesa la ética de los ingenieros que diseñan, a sabiendas, artículos que serán fabricados para fallar. Que cuestiona un modelo económico basado en un hipotético (y falaz) crecimiento infinito dentro de un planeta finito y, por tanto, de limitados recursos. La presencia de Serge Latouche, defensor de la teoría del decrecimiento o del químico Michael Braungart, que expone la suya “de la cuna a la cuna”, que implica la modificación del proceso de producción para que todo desecho sea reutilizable, aportan distintas visiones que buscan distintos modelos, en ocasiones más éticos, justo y, no siempre, la verdad, sostenibles.

Muy llamativa, por otro lado, resulta la propuesta de Warner Phillips, un empresario que fabrica una bombilla de larga duración que cuesta, precisamente, mucho más. Veinticinco lo que una normal, justo igual que la duración de la suya. A artículos normales se les acorta su vida útil para obligar al consumidor a comprar otros. En cambio, aquellos que no es que duren más, sino que duran lo que posiblemente deberían durar todos son tomados por artículos de lujo, tal y como me decía Azote, y se obliga a pagar un elevado precio por ellos.

Si os apetece saber qué ocurrió con la impresora de Marcos cuando este descubrió la existencia de un microchip dentro de la misma que actúa como contador de páginas impresas y limita su uso, os invito a ver el documental en cualquiera de los enlaces que siguen (el de TV3, en catalán, estará disponible hasta el 31 de diciembre) o durante el próximo mes de enero en la televisión.

Esta entrada se destruirá después de ser leída 10, 9, 8…

Enlaces recomendados:

Y más enlaces, a 10 de agosto de 2012:

Read Full Post »

Ayer por la mañana, mientras llovía copiosamente en el exterior y el frío poblaba la casa, un servidor se disponía a planchar, entre otras prendas, un pantalón de pana marrón -algo ajado por los años pero grueso y abrigado- que pensaba llevar conmigo a Granada este fin de semana y que ni tan siquiera un cambio de planes de última hora  me hizo desistir de usarlo por primera vez este año, tan escasos son los días de frío en Málaga. Me encontraba en estos menesteres, con el pantalón vuelto del revés, cuando hizo acto de presencia Azote y el pantalón se constituyó en centro de la conversación.

Ella me comentaba que al pantalón se le iban notando los años, algo más que normal si tenemos en cuenta que pueden contar en su haber con unos tres lustros y a lo largo de esos inviernos no han permanecido precisamente guardados en el armario. Sin embargo, le decía yo, no muestran el notable desgaste de que adolecen en su interior otros pantalones más recientes, estrenados no hace más que un par de años o tres. Es más, su factura, le decía yo, es manifiestamente robusta: todos los bordes de la tela muestran un sobrehilado que impiden que se deshilache, el cosido no se ha deteriorado con los años y, que recuerde, ni tan siquiera el botón ha habido que reponerlo nunca. Fabricados en nuestro país en lugar de en cualquier remoto punto del planeta, no tienen marca alguna, visible o no, y fueron hechos para durar. Esta última característica es, a mi parecer, la más notable, porque los distingue de tanta ropa fabricada hoy día para quedar ya no anticuada ante los vaivenes de la moda sino hecha para quedar inservible en poco tiempo, con los colores desvaídos y la tela raída en apenas un par de años. Es, como decía Azote, un objeto de consumo más, de exhibición, que parece que llevamos (o nos lleva) para ser lucida y extinguirse rápidamente, como una estrella fugaz.

Hace casi tres años este mismo pantalón de pana fue protagonista de una breve entrada en el que por entonces era un blog “trotalomesco” bastante distinto del actual. La transcribo a continuación:

Lo admito: soy un enamorado de la pana. Posiblemente se trata del tejido más pueblerino que pueda existir, y seguramente por eso me gusta tanto. No hay nada como unos pantalones de pana gruesa desgastados, aunque ahora, con los vaivenes de la moda, puedan verse pantalones de fina pana, con corte de jeans y todo tipo de colores. Que también los gasto, admitámoslo, pero no tienen la prestancia y serenidad de un pantalón de pana, de corte clásico y tiro largo. Con la pana se llegan a hacer incluso corbatas, como la de los miembros del Corduroy Club.

Hoy llueve y hace algo de frío, es un día para llevarlos puestos. Buscando algo de información por Internet, apenas se encuentra nada sobre los mismos, de tan desvinculados como parecen del frenético ritmo que nos imponen los mercados. Ahora bien, hace un par de meses en otro blog se hablaba de este tema, y no puedo más que coincidir en lo esencial con su autor. Sin embargo, pienso que el pantalón de pana está hecho para llevarlo siempre, aunque en el campo encuentra a las personas que, con su modus vivendi, hacen imprescindible su existencia. Sería imposible imaginar así al Azarías de Los Santos Inocentes vestido sin este pantalón, o al mismo Paco Rabal en la caracterización de otro personaje de Delibes, el señor Cayo, luciendo otra vestimenta. El pantalón de pana rompe así las ataduras al traje de chaqueta, a los convencionalismos y al trabajo mecánico al que nos somete la sociedad. Ponerse un pantalón de pana viene a ser, hoy día, una actitud trasgresora con la moda cambiante, una reivindicación de lo natural, de la segunda piel que necesitamos desde que, milenios atrás, nos despojamos (algunos más que otros) de nuestras vellosidades y comenzamos nuestro deambular como humanos, que no puede ser de otro material más que de pana.

Durante el rodaje de "El disputado voto del señor Cayo"

Durante el rodaje de "El disputado voto del señor Cayo", Paco Rabal luce una magnífica vestimenta de pana.

Hace unas semanas reproducía, tanto en este blog como en Homo libris, algunos fragmentos del discurso de ingreso en la Real Academia de Miguel Delibes que andaba releyendo en ese momento. Vuelvo a  hacerlo ahora puesto que un fragmento del mismo me recordó entonces a la entrada que acabo de recuperar:

Simultáneamente, el desarrollo exige que la vida de estas cosas sea efímera, o sea, se fabriquen mal deliberadamente, supuesto que el desarrollo del siglo XX requiere una constante renovación para evitar que el monstruoso mecanismo se detenga. Yo recuerdo que antaño se nos incitaba a comprar con insinuaciones macabras cuando no aterradoramente escatológicas: «Este traje le enterrará a usted», «Tenga por seguro que esta tela no la gasta».

Hoy no aspiramos a que ningún traje nos entierre, en primer lugar porque la sola idea de la muerte ya nos estremece y, en segundo, porque unas ropas vitalicias podrían provocar el gran colapso económico de nuestros días.

Con la superfluidad es, por tanto, la fungibilidad la nota característica de la moderna producción, porque, ¿qué sucedería el día que todos estuviéramos servidos de objetos perdurables? La gran crisis, primero, y, después el caos. Apremiados por esta exigencia, fabricamos, intencionadamente, telas para que se ajen, automóviles para que se estropeen, cuchillos para que se mellen, bombillas para que se fundan.

Es la civilización del consumo en estado puro, de la incesante renovación de los objetos -en buena parte, innecesarios- y, en consecuencia, del desperdicio. Y no se piense que este pecado -grave sin duda- es exclusivo del mundo occidental puesto que, si mal no recuerdo, Kruschev declaraba en sus horas altas de 1955 que la meta soviética era alcanzar cuanto antes el nivel de consumo americano. El primer ministro ruso venía a reconocer así que si el delirio consumista no había llegado a la URSS no era porque no quisiera sino porque no podía. Sus aspiraciones eran las mismas.

En rigor, ambas sociedades, la oriental y la occidental, no son fundamentalmente diferentes, en este punto.

Se acerca la Navidad y, con ella, se eleva a la enésima potencia la infundida e infundada necesidad de consumir. Frente a unas fiestas de despilfarro y oprobio a la pobreza, el mejor deseo y el regalo más valioso es un sentido abrazo y no poner trabas a los sentimientos. Con esta entrada abro un pequeño ciclo navideño dedicado, precisamente, al consumismo y a cómo este se ha apoderado hasta de la fiesta que debería haber permanecido más al margen del mismo. Espero que os guste.

Read Full Post »

Older Posts »