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Archive for the ‘Audiovisuales’ Category

… han transcurrido desde que le perdimos, y sigue siendo usted, maestro, tan necesario como siempre. Como cuando hace 13 años nos adelantaba una situación que hoy día sigue siendo, desgraciadamente, tan vigente.

La alternativa al neoliberalismo se llama conciencia. Podéis decir: «Pero conciencia no es un sistema económico». No, no es un sistema económico. «Conciencia no es la organización del mercado». Tampoco lo es. Conciencia no es eso. «Y no es un régimen político nuevo». No, no es eso. No lo es. Pero es algo más que todo eso. Es la conciencia que hay que tener, contra todo y contra todos los que precisamente entienden que lo único que no hay que tener es conciencia. Eso es [aquello en] lo que tenemos que formarnos todos los días; en la reflexión, en el debate, en el examen profundo de las cosas y de las circunstancias.

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He aquí una breve recopilación de algunas de las canciones que he ido publicando en Twitter (@Trotalomas) durante los días pasados bajo la etiqueta #BSO_20N.

Javier Krahe, “¡Ay democracia!”

El cabrero, “Prometen la Luna”

Nach, “Réquiem”

Rosendo, “Harto”

Baron Rojo, “Son como hormigas”

Megadeth, “Foreclosure Of A Dream”

La Polla Record, “Ellos dicen mierda”

Chicho Sanchez Ferlosio, “Malditas Elecciones”

Paco Ibáñez, “Poderoso caballero es Don Dinero”

Labordeta, “Canto a la libertad”

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A pesar de lo que su nombre indica, el documental “Sushi global” no trata únicamente de la reciente moda occidental de consumir exóticos alimentos en restaurantes japoneses sino de las graves implicaciones que tiene para el equilibrio de los ecosistemas marinos la sobrepesca a que son sometidos para suministrar las ingentes cantidades de pescado que un nivel de vida cada vez más elevado (más ostentosamente lujoso a la par que esnob, diría yo) viene demandando en determinados países.

El documental hace especial hincapié en la delicadísima situación en que se encuentran los caladeros de pesca del atún rojo, especie que, recordemos, se encuentra en peligro de extinción y pese a lo cual sigue sufriendo el esquilmado de sus poblaciones con la anuencia de la comunidad internacional (especialmente de Europa y Japón). Más que eso, las cuotas establecidas –que de por sí ya son elevadas- son quebrantadas, llegándose hasta duplicar la pesca máxima permitida como ya ocurriese en 2007, llegando a las 60000 toneladas capturadas, provocando que en apenas 10 años se hayan destruido zonas de pesca con más de 7000 años de antigüedad.

Los océanos, en su inmensidad, parecen inabarcables, infinitos. Sin embargo, como todo en nuestro planeta (tal vez excepto la humana avaricia) es un recurso finito, no renovable si se sobreexplota y, además, haciendo un mal juego de palabras, son más continente que contenido. Es decir, que no toda su completitud está repleta de especies con interés económico, y que los peces, como otros seres vivos, tienen su correspondiente distribución geográfica, aclimatándose a determinadas zonas, dependiendo de las corrientes marinas y de los nutrientes que portan, y a regiones marinas generalmente cercanas a la superficie y a los continentes por las necesidades que tienen de luz y alimento. Por esto, lo que parecía imposible de esquilmar se presenta como uno más de los frentes donde el hombre actual está empobreciendo la biodiversidad (malhadado año este 2010 que termina con un fracaso tan rotundo en la preservación de la misma) y mostrando sus miserias.

Jacques-Yves Cousteau

Buscando librerías de viejo en Sevilla me topé con Jacques Cousteau, todo un icono de la defensa de los mares...

“Sushi global” también nos habla del funcionamiento de los mercados, de cómo la sobrepesca bajó los precios hasta niveles en los que hasta el más paupérrimo de los hombres (de un país rico, se entiende) podía comprar productos que hasta entonces le estaban vetados. Los pescadores seguían ganando dinero porque la demanda crecía gracias precisamente a esos precios bajos, pero las poblaciones empezaron a disminuir hasta llegar al borde de la extinción en muchos casos. Es más, el uso de técnicas de pesca ya no prohibidas (que también) sino muy destructivas ha seguido presente, como la pesca de arrastre. Imaginemos que extendemos una fortísima red de varios kilómetros entre dos inmensos camiones en medio de las llanuras del Serengueti. Deseamos cazar gacelas y, para ello, avanzamos con nuestros camiones en paralelo, llevándonos por delante ñus, cebras, chacales, hienas, leones, elefantes, jirafas, acacias, baobabs… incluso el propio suelo es dañado. ¿Por qué esta imagen nos parece abominable y toleramos que esto mismo ocurra en nuestros mares? Algo similar ocurre con las redes de deriva que se dejaban en alta mar durante un tiempo, recogiéndose después las capturas realizadas. Además de que se pesca de forma indiscriminada (y que los peces pueden permanecer un tiempo muertos en la red hasta que esta es recogida). En el Pacífico Norte se estimaba que al año se perdían 1000 km de estas redes, que continúan vagando por el mar apresando peces como una promesa de muerte.

Todo lo anterior, unido a las inmensas cámaras frigoríficas ubicadas en tierra, llevó a los mercados a controlar perfectamente la oferta para ajustarla a la demanda de modo que se obtuviese en todo momento el mayor beneficio, ignorando obviando en todo momento el daño que se está haciendo.

Ante la escasez de pesca en los caladeros tradicionales, muchos países han ido extendiendo sus zonas de pesca a aguas internacionales y llegando a acuerdos con países, las más de las veces ya empobrecidos y en muchas de ellas a manos de gobernantes corruptos, donde los ciudadanos pierden incluso la posibilidad de seguir subsistiendo gracias a la pesca tradicional. Es el caso de África (habría que reflexionar en muchos casos quiénes son los verdaderos piratas) o de Chile, donde se han situado inmensas piscifactorías para la cría de salmón que contaminan las aguas (por los detritos de de los peces, los sobrantes de su alimentación y la disolución de antibióticos para evitar que enfermen debido al hacinamiento al que son sometidos) y no evitan que se siga pescando de forma masiva, ya que los peces de piscifactoría en muchos casos provienen de alevines salvajes y en su mayor parte son depredadores (por lo que requieren de piensos fabricados a base de harina de pescado procedente de la pesca tradicional, arrojando además un balance energético con pérdidas). La población local se ha visto aún más empobrecida, perdiendo en muchos casos sus trabajos tradicionales y viéndose obligada a trabajar en condiciones más que deplorables a cargo de las empresas transnacionales que establecen las reglas de juego.

En definitiva, un documental más que recomendable y sobre el que merece la pena reflexionar. Os lo recomiendo si, como yo, no habíais tenido oportunidad de verlo con anterioridad.

Para saber más:

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Sentir
que es un soplo la vida,
que veinte años no es nada…

Hace un par de días me encontré ante un buen dilema. Curioseando un poco por Internet al respecto de la anterior entrada, que pretendía ampliar con la de hoy, me encontré con la confirmación de algo que todos sabemos de un modo u otro pero que venía a ratificarse a través de lo que se contaba en un documental bastante reciente. El dilema no era otro que elegir entre el catalán o el inglés a la hora de ver el documental y la temática del mismo la escasa duración de los artículos hoy día, incidiendo en su temprana obsolescencia. Al final lo vi en catalán (creí que me resultaría más fácil en inglés, pero ya que Azote colecciona idiomas con tanta facilidad como cualquiera sellos y sabía que a ella le haría ilusión verlo en catalán opté por convencerla con esa estratagema), pero a quienes estéis pensado dejar de leer la entrada desde este punto os diré que esperéis… en enero TVE emitirá el documental en castellano y lo cierto es que es de lo más interesante.

¿A quién no le suena haber escuchado o pronunciado en algún momento frases como estas? “Este reloj tiene 4 años y ya pierde la hora… ¡el que tenía mi padre no atrasó en 40 años!”, “¡Ojalá esta lavadora me durase la mitad que la última que tuve!” o “Ya no se hacen coches como los de antes”.

The light bulb conspiracy”, el documental de Cosima Dannoritzer que nos cuenta la historia secreta de la obsolescencia programada (“Compra, tira, compra” y “Comprar, llençar, comprar”, en castellano y catalán), parte de una curiosa y conocida situación. Ante la avería de su impresora, Marcos se pone en contacto con tres establecimientos con servicio técnico y en los tres recibe una respuesta similar: “hay impresoras en el mercado desde 60 € y arreglar la suya será posiblemente más caro”. Le recomiendan en todos los casos comprar un artículo nuevo antes que arreglar el averiado. Marcos decide arreglarla por sí mismo. Apenas tiene un par de años y siempre ha prestado un buen servicio en su empresa, así que no se resigna ante las respuestas que le ofrecieron.

Tras este comienzo, el documental profundiza en la llamada “Conspiración de la bombilla”, un acuerdo entre fabricantes de este sencillo pero útil utensilio que se produjo a mediados de los años veinte del pasado siglo en EEUU. Miembros del cártel Phoebus llegaron al acuerdo de acortar la vida útil de las bombillas a unas 1000 horas de funcionamiento cuando ya antes duraban más de 2500. El motivo, como era de esperar, no podía ser otro que vender más bombillas. Empeorando de forma gradual la calidad de los filamentos conseguían bombillas menos duraderas y, por consiguiente, mayores ventas.

El caso de las bombillas no es el único. A lo largo de la hora y cuarto de documental nos acercaremos al mercado del automóvil o el de la telefonía y otros aparatos de consumo que, por ser muy apetecibles para los consumidores, muestran una mezcla de obsolescencia programada (aquella que está diseñada por parte del fabricante para disminuir la duración de los productos) y de percepción de obsolescencia por parte del consumidor, que ante un artículo novedoso desecha aquel que posee y que sigue estando completamente operativo.

Se trata de un documental que pone sobre la mesa la ética de los ingenieros que diseñan, a sabiendas, artículos que serán fabricados para fallar. Que cuestiona un modelo económico basado en un hipotético (y falaz) crecimiento infinito dentro de un planeta finito y, por tanto, de limitados recursos. La presencia de Serge Latouche, defensor de la teoría del decrecimiento o del químico Michael Braungart, que expone la suya “de la cuna a la cuna”, que implica la modificación del proceso de producción para que todo desecho sea reutilizable, aportan distintas visiones que buscan distintos modelos, en ocasiones más éticos, justo y, no siempre, la verdad, sostenibles.

Muy llamativa, por otro lado, resulta la propuesta de Warner Phillips, un empresario que fabrica una bombilla de larga duración que cuesta, precisamente, mucho más. Veinticinco lo que una normal, justo igual que la duración de la suya. A artículos normales se les acorta su vida útil para obligar al consumidor a comprar otros. En cambio, aquellos que no es que duren más, sino que duran lo que posiblemente deberían durar todos son tomados por artículos de lujo, tal y como me decía Azote, y se obliga a pagar un elevado precio por ellos.

Si os apetece saber qué ocurrió con la impresora de Marcos cuando este descubrió la existencia de un microchip dentro de la misma que actúa como contador de páginas impresas y limita su uso, os invito a ver el documental en cualquiera de los enlaces que siguen (el de TV3, en catalán, estará disponible hasta el 31 de diciembre) o durante el próximo mes de enero en la televisión.

Esta entrada se destruirá después de ser leída 10, 9, 8…

Enlaces recomendados:

Y más enlaces, a 10 de agosto de 2012:

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Vivimos en la era de la estupidez. Eso es lo que afirma, al menos, la película de Franny Armstrong que lleva el mismo título que esta entrada, a caballo entre el cine documental y la ciencia ficción (con sólidas bases de la primera y asomos de realidad en la segunda). Aproveché el pasado fin de semana para verla, ya que era una de las películas que tenía pendientes en torno al tema –recurrente ya– del calentamiento global planetario, y lo cierto es que me gustó bastante, aunque cada día sea más escéptico con estos temas (más bien con el enfoque que se les da y el que se hayan convertido en objeto de los medios de comunicación y políticos, y se desvíe la atención de la necesidad de acción).

“La era de la estupidez” nos lleva al año 2055, cuando el cambio climático ha dejado de ser una amenaza para convertirse en una dura realidad para los habitantes del planeta. Ciudades devastadas por desastres naturales y campos de exiliados en un círculo ártico que ha dejado de ser polar abren una cinta que nos llevará a conocer el origen de tan nefastas escenas. Recurriendo a grabaciones del pasado, nuestro protagonista (Pete Postlethwaite) contempla con una mezcla de asombro y pesadumbre cómo los síntomas estaban presentes cuarenta años atrás entre nuestras sociedades, cómo la naturaleza dejaba traslucir el mal que la aquejaba y de qué manera estuvimos globalmente ciegos y sordos ante estas manifestaciones. Este particular archivero se pregunta cómo fuimos capaces de no hacer nada que lo evitase ante tamaña cantidad de evidencias de cambio.

Decía más arriba que la película me gustó, y es cierto, ya que plasma a modo de narración de ciencia ficción y de forma amena una problemática actual, recurriendo al recuerdo del protagonista y a los vídeos que visiona para ponernos delante de los ojos aquellos que todo el mundo parece ver pero nadie observar.

Sin embargo, líneas arriba me planteaba como un escéptico, y os diré por qué. Desde hace unos cuantos lustros se está llevando a cabo un debate encendido entre aquellos que defienden la teoría del calentamiento global de origen antropocéntrico y quienes hablan de que se trata de un calentamiento natural en el que el hombre nada interviene y, por tanto, que no es posible frenar sino que deberemos adaptarnos a él. Más allá de las teorías de uno u otro bando y de las bases científicas que les respaldan (se ha recurrido a llamar a diversos errores o falseamientos de datos como el “Climagate”, que ya parece ser caso cerrado), lo que es innegable es que el clima está cambiando a una velocidad pasmosa, en términos de tiempo y variables geológicas, y que si bien el ser humano podrá adaptarse, técnica mediante, en mayor o menor medida al fenómeno, son numerosas las especies de animales y plantas que sucumbirán ante esta grave situación. Es más, muchas de ellas no podrán adaptarse ni tan siquiera en otras regiones bioclimáticas porque hemos destruido potenciales hábitats en nuestra carrera desenfrenada de consumo y “crecimiento”. Y todo lo anterior sin olvidar que, a día de hoy, son muchísimos más los cientos de millones de personas que pasan hambre y no tienen acceso a esa “tecnología de salvación” (ni la tendrán) que las que pertenecemos a los países industrialmente avanzados.

Ante semejante panorama, inmersos en una crisis económica y social sin precedentes, provocada por un capitalismo sin control y un consumismo desmedido, ¿a quién culpamos? ¿Con qué fuerza moral señalamos a entidades bancarias y políticos como culpables de la crisis? Todos consumimos, todos producimos para consumir más y todos nos endeudamos porque era fácil hacerlo. Y de aquí, que se salve el que pueda. Por eso, todos somos responsables (que no culpables) de lo que está ocurriendo y como tales deberíamos ser coherentes y buscar una salida hacia un modelo que no sea, una vez más, el que nos ha hecho sucumbir a la primera de cambio. Dentro de este cambio de modelo, el respeto y la preservación de la naturaleza deberían ser de capital importancia, ya que ponemos en juego la supervivencia de las generaciones venideras. Aunque sea únicamente por este egoísta pensamiento, deberíamos plantearnos qué medidas tomar, individualmente y como sociedad, así como qué exigencias transmitimos a aquellos que, recordemos, no nos deberían gobernar sino representar.

En resumen, “La era de la estupidez” resulta interesante, aunque creo que su mensaje algo apocalíptico puede insensibilizar aún más a quienes están acostumbrados, a golpe de telediario, a contemplar la miseria humana en derredor. Los mensajes positivos son bienvenidos, por supuesto, y el medio ambiente puede ser un buen motor de cambio (es más, tal vez deba serlo), pero no podemos tomarlo como un recurso productivo más, sino como un objetivo de futuro y de calidad. Pero no permitamos que el mensajero desvíe la atención del mensaje, ni nos perdamos en debates interminables sobre el significado de este, máxime cuando intenta describir algo tan difícil de acotar como es el cambio climático (un problema perverso, además).

Si os apetece indagar algo más al respecto, un par de blogs que sigo desde hace tiempo y que recomiendo encarecidamente al respecto de este tema son “Hablemos del Cambio Climático” y “Usted no se lo cree“.

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No, no se trata de la entrada (como “artículo”) del blog sino del comienzo del episodio “MonkeyBART” de la serie de animación norteamericana “Los Simpson” que ha creado Bansky, el artista urbano, anónimo pintor de grafitis que se emitió el pasado 10 de octubre en EEUU y que pude ver ayer. Tras la emisión del mismo se ha desatado la polémica y es que el vídeo, como podréis apreciar si aún no lo habíais visto, se las trae. Pero no porque sea duro en sí mismo, que lo es, sino porque ha puesto en evidencia cómo una serie inicialmente crítica y ácida con la sociedad norteamericana como era  “Los Simpson” no es más que otro producto de consumo de este capitalismo desbocado que gobierna la práctica totalidad del globo terráqueo. Algo que ya se sabía pero que presenta ahora la ironía de ser criticado desde su propio formato y espacio.

La entrada me viene, además, que ni pintada como introducción a un próximo texto que quiero traer al  blog: “China Blue”. Pero eso será dentro de unos días. Entretanto os dejo con el comienzo de “MonkeyBART”:

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Cuarenta y dos es el equivalente en sistema decimal de la notación binaria correspondiente a 101010. Hoy es 10/10/10 (si se permite el juego de reflejar así la fecha, obviando los 2000 años que habría que sumar al año y que romperían así el ensueño de encendidos y apagados, de ceros y de unos, del número en cuestión), lo que la hace una fecha llamativa, singular, interesante para plantear actividades, reivindicaciones o, simplemente, la necesidad de disfrutar de un domingo, día de descanso estemos inmersos en un “puente” festivo o no, al menos en muchos lugares de España.

Hoy pretendo únicamente traeros un vídeo que me ha venido a la memoria tras enterarme de que el pasado viernes la televisión pública de nuestro país emitió en ese espacio particular que constituye La 2 (serían notables los resultados de un estudio “biogeográfico” de las especies que pueblan esta particular isla televisiva) un documental de David Suzuki, el conocido científico y activista medio ambiental  canadiense, de origen nipón, que fuera hace un año galardonado con el “Premio Nobel Alternativo” de la fundación Right Livelihood Award, que ha sido dirigido por Tony Papa en un formato realmente innovador. Se trata de un trabajo que aborda los riesgos medioambientales a los que nuestra especie permanecerá expuesta a corto plazo y que tendrá que afrontar si seguimos el rumbo que nos hemos marcado (o que han querido marcar por nosotros, en muchos casos). Aunque no pude verlo en su momento (no “gasto” de la televisión al uso y, además, me enteré esta misma mañana de la emisión) la verdad es que por lo poco que he podido ver del mismo (el tráiler y algunos fragmentos) lo cierto es que parece de lo más interesante. Su nombre, “David Suzuki Speaks: It’s Not Empty Space”.

De cualquier modo, el vídeo que quería dejar por aquí fue grabado hace 18 años y la protagonista es, precisamente, la hija de Suzuki: Severn Cullis Suzuki. Pronunció su discurso durante la Cumbre de la Tierra de 1992 en Río de Janeiro y,  a día de hoy, sigue estremeciendo escucharla, máxime cuando nos damos cuenta de que los grandes, los poderosos, siguen haciendo oídos sordos al clamor que reivindica un mundo más justo. Ella sigue en la lucha (se licenció  en biología evolutiva y ecología por la Universidad de Yale y sigue siendo una activista medioambiental con fuertes convicciones) aunque sus palabras sonrojaran a un mundo que, aún hoy, ignora a los desheredados de esta Tierra. Naciones Unidas, insisten en llamarse en un aberrante oxímoron. Os dejo con ella.

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