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Posts Tagged ‘naturaleza’

La vida de nuestra ciudad se estancaría si no fuera por los bosques inexplorados y los prados que la rodean. Necesitamos el tónico de lo salvaje, vagar de vez en cuando por los marjales donde acechan el avetoro y la gallineta y oír el estampido de la agachadiza, oler el susurro de la enea donde sólo construyen su nido los pájaros más salvajes y solitarios y el visón se arrastra con el pecho cerca de la tierra. Al mismo tiempo que nos tomamos en serio explorar y aprender todas las cosas, necesitamos que todas las cosas sean misteriosas y no hayan sido exploradas, que la tierra y el mar sean infinitamente salvajes, que no sean investigados ni sondeados por nosotros, porque son insondables. No podemos tener bastante de naturaleza. Hemos de remozarnos con la vista de un vigor inagotable, de rasgos vastos y titánicos, la costa del mar con sus naufragios, la nube de tormenta y la lluvia que dura tres semanas y produce inundaciones. Necesitamos ver nuestros límites superados y cierta vida pastando libremente donde nosotros no llegaremos nunca.

H. D. Thoreau, Walden.

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5 de junio de 1852

Los altramuces están en toda su gloria. Resultan más importantes porque aparecen cubriendo parcelas muy extensas, de casi un acre o más en total, y con una gran variedad de colores (violeta, rosa, lila, blanco), sobre todo cuando les da el sol y la transparencia de sus flores hace que el color cambie constantemente. Pinta toda una colina con su azul, creando un campo (un prado incluso) como el que habría frecuentado Proserpina. Su hoja ha nacido para estar cubierta de gotas de rocío. La perspectiva de estas matas de flores azules, que aparecen en breves intervalos, me entusiasma. Tal profusión del color divino, elíseo, que parecen los Campos Elíseos. Dicen que las semillas tienen la apariencia de caras de bebé, y de ahí el nombre de la flor. No hay flor que exhiba tanto azul. Ese es el valor de los altramuces. La tierra queda tintada de azul a causa de ellos. Y aun así, a un tercio de milla de distancia, no puedo ya detectar su color en la colina. Quizá porque es el color del aire.

 lupinus

7 de junio de 1853

Hice una visita a mi chotacabras en su nido. Casi no podía dar crédito a lo que estaba viendo cuando, apenas a siete pies del nido, me quedé mirando cómo empollaba sus huevos con la cabeza girada hacia mí. Parecía tan dichoso, uno con la tierra, como una esfinge, reliquia del reino de Saturno que Júpiter no logró destruir, un enigma que bien podría provocar al hombre a lanzarse de cabeza contra la piedra. No era, en realidad, una criatura viva, y mucho menos una criatura alada perteneciente al aire, sino una figura de bronce o de piedra, una fantasiosa producción artística como un grifo o un fénix. Suficiente para sobrecoger a uno. Durante todo ese rato, esta esfinge de bronce en apariencia dormida, tan inmóvil como la tierra, me miraba con intensa ansiedad a través de la fisura mínima de sus párpados. Un paso más, y ya había echado a volar, colina abajo, hasta el suelo, balanceándose, como si tocara la tierra, primero con un ala, luego con la otra, a unas diez varas del suelo para surcar los aires por encima de mi cabeza. Una criatura espléndida, que empolla inmóvil sus huevos sobre la colina más desnuda, más expuesta, bajo tormentas, lluvia o granizo, como si se tratara de una roca o de una parte de la misma tierra (la costra del globo), con sus ojos cerrados, sus alas plegadas. Una criatura a la que, después de estos dos días de tormenta —en que pensaríamos que se había convertido en el símbolo adecuado del reumatismo—, vemos remontar el vuelo, como pájaro que es, y convertirse en el ser más aéreo, más elegante y flexible, desprovisto completamente de rigidez en sus alas o en sus articulaciones. Un preludio adecuado para su encuentro con Prometeo, atado a su roca en el Cáucaso.

chota

Henry D. Thoreau. El Diario (1837-1861) Volumen I.

Nota: La fotografía de los altramuces pertenece a Imgur y el chotacabras es de Miguel Vilar, en Mirada Natural.

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