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Posts Tagged ‘consumo’

Antes, cuando ganarme la vida honradamente, con libertad para mis propios fines, era una cuestión que me afligía aún más que ahora, ya que por desgracia me he vuelto algo insensible, solía ver una gran caja junto a la vía del tren, de seis pies de largo por tres de ancho, donde los obreros guardaban sus herramientas por la noche, lo que me sugería que cualquier hombre apremiado podría conseguir una por un dólar y, tras taladrar unos pocos agujeros para dejar pasar el aire, meterse en ella cuando lloviera o anocheciera y, ajustada la tapa, tener libertad a su antojo y ser completamente libre. Esto no parecía lo peor, ni una alternativa despreciable en modo alguno. Podríais levantaros tan tarde como quisierais y, a continuación, marcharos sin que el patrón o el casero os persiguieran por la renta. Muchos hombres, acosados hasta la muerte por el pago de una caja más grande y lujosa, no se habrían muerto de frío en una caja como esa. No bromeo. La economía puede tratarse a la ligera, pero no es posible deshacerse de ella.

Henry D. Thoreau, Walden.

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… han transcurrido desde que le perdimos, y sigue siendo usted, maestro, tan necesario como siempre. Como cuando hace 13 años nos adelantaba una situación que hoy día sigue siendo, desgraciadamente, tan vigente.

La alternativa al neoliberalismo se llama conciencia. Podéis decir: «Pero conciencia no es un sistema económico». No, no es un sistema económico. «Conciencia no es la organización del mercado». Tampoco lo es. Conciencia no es eso. «Y no es un régimen político nuevo». No, no es eso. No lo es. Pero es algo más que todo eso. Es la conciencia que hay que tener, contra todo y contra todos los que precisamente entienden que lo único que no hay que tener es conciencia. Eso es [aquello en] lo que tenemos que formarnos todos los días; en la reflexión, en el debate, en el examen profundo de las cosas y de las circunstancias.

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Si hay un modo verbal en castellano con el que no me llevo bien es, sin duda alguna, el imperativo, máxime si viene en la forma de declamaciones grandiosas, que conminan a actuar con tanto apremio que no dejan lugar a la reflexión. Comprendo —no saben cuánto— que la común pasividad y el adocenamiento de buena parte de la sociedad puedan sacar de quicio a cualquiera que desee ver plasmados cambios que lo hagan acercarse a unos valores de justicia universal, pero la imposición no puede ser en modo alguno parte del camino a seguir para alcanzarlos, ya que esta precisamente es uno de los males a derrocar. Como en el “Canto a la libertad” del nunca suficientemente recordado José Luis Labordeta:

También será posible
que esa hermosa mañana
ni tú, ni yo, ni el otro
la lleguemos a ver,
pero habrá que empujarla
para que pueda ser.

Podré estar más o menos de acuerdo con lo anterior, pero a estas alturas y antes de que sigas divagando, Trotalomas —os diréis—, podrías explicar a qué viene semejante parrafada. Concreto, entonces. Pero tal vez no de inmediato, ya me conocéis, je, je.

Desde que tengo memoria he sentido una irrefrenable curiosidad por la naturaleza, por la ciencia y, en particular, por las ciencias que estudian la naturaleza. Entendiendo también que las actividades que desarrolla el hombre impactan en gran medida sobre ella, un sentimiento conservacionista me acompañó también desde siempre. No es de extrañar, además, siendo parte de una de las generaciones que creció cobijada bajo el ala de uno de los más grandes divulgadores que ha dado este país: Félix Rodríguez de la Fuente. Conforme pasaban los años, y aunque tanto por formación como profesionalmente he terminado siendo informático, seguía observando la naturaleza, sintiéndome vinculado a ella como un naturalista ciertamente aficionado pero no por ello menos apasionado y disciplinado en su estudio. Finalmente, como sabéis quienes seguís el blog, me adentré hace un par de años en una nueva aventura, la de estudiar Ciencias Ambientales por la UNED (ya que compaginar la vida laboral con el estudio de Biología en la universidad presencial se convertía en un reto harto dificultoso). Esta aventura me está deparando muy gratos momentos y ciertamente la estoy disfrutando, a mi parecer, más que si la hubiese emprendido sin haber estado estos años aprendiendo por mi cuenta, vinculado a personas que trabajan en pro de la defensa de la naturaleza y de la mejora de nuestro entorno, participando en asociaciones (muy particularmente en la Agrupación de Voluntariado Ambiental AUCA) donde he tenido oportunidad de aprender de mis compañeros, de trabajar manejando leyes, conocer las entretelas del urbanismo municipal, llevar a cabo actividades de educación ambiental, de anillamiento científico de aves, reforestando zonas degradadas o contribuyendo a extinguir incendios que hacían otro tanto con la vida en los bosques.

Durante estos años se han dado situaciones en las que enfrentados, por ejemplo, a un proyecto urbanístico que impactaría negativamente sobre un área protegida, los argumentos esgrimidos por miembros de otras asociaciones (con una fuerte componente ecologista, en este caso) restaban peso, que no validez, a los propios. Esto es, en un pleno municipal donde se está debatiendo la idoneidad o no del proyecto no es de recibo presentarse con una bolsa de tierra negra y esgrimirla como si de un arma se tratase para argumentar que los terrenos, no por baldíos, han de ser poco productivos: «¡Arena del desierto convertida en tierra fértil por la adición de restos de podas y limpieza de hojarasca! Existen técnicas que convertirían esas tierras de secano en tierra productiva de vega», argüía nuestro acompañante. Después de esta afirmación que no tiene en cuenta el equilibrio de los ecosistemas ni unas mínimas premisas en lo tocante a la edafología, a ver cómo dotas de peso lo que tenías pensado decir acerca de las repercusiones sociales y ambientales del proyecto, con datos correlacionados de proyectos de similares características en otras ubicaciones. Como suele decirse, con amigos así quién necesita enemigos.

A estas alturas habréis comprendido de qué va la entrada. Resulta más que comprensible que, en ocasiones, nos expresemos con vehemencia cuando vemos peligrar algo que amamos, sobre todo cuando ves que mucha gente permanece alienada por un sistema que ha sido diseñado precisamente para manejar con facilidad a las masas. Pero un discurso marcado por el alarmismo y que incita a la acción de forma irreflexiva está abocado al fracaso.

Uno de los colectivos que adolece de este problema es el de los animalistas, es decir, de personas y asociaciones que defienden los derechos de los animales. Obviamente cualquier generalización supone sesgar la verdad y dentro de cualquier agrupación hay personas muy válidas, sensatas y coherentes con sus ideas, pero la percepción que he ido adquiriendo del movimiento, en general, es la de que la histeria ha venido a sustituir a la vehemencia que mencionaba anteriormente. He llegado a darme de baja de listas de distribución de correo y a huir de grupos de este tipo en redes sociales básicamente por lo tremebundo y apremiante de los mensajes que enviaban. Mensajes donde la corrección ortotipográfica y la “netiqueta”, dicho sea de paso, brillaban por su ausencia. Para muestra, un botón (o varios, basados en mensajes reales):

LE SACRIFICAN MAÑANAN !!!! HEMBRITA JOVEN, PERRER MADRID !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Contacto para salvarle: xxxx@xxxmail.com DIFUNDE¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡

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ADOPCIÓN O SACRIFICIO!!! OS PEDIMOS AYUDA PARA DIFUNDIR Y ETIQUETAR A ESTA PRECIOSIDAD QUE VAN A MATAR.

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Acabo de recibir este correo, por favor es muy urgente, la sacrifican mañana. Por favor, urgentísimo, confirmado por XXXXXXX hoy XXXXXXX.
Nadie se ha interesado por este pequeñajo. Le queda 1 día como mucho. Es verdad, no es para agilizarlo, es la puta realidad. Por favor ¿hay alguien que pueda ayudar a XXXX a sacarlo hoy de la perrera de XXXX en XXXXXXX? Se lo cargan YA¡¡
Contacto urgentísimo: XXXXXXXX xxxxxx @xxxxxmail.com TELEFONO: XXXXXXXX MUY URGENTE ¡¡¡ Lo sacrifican MAÑANA!!!—HOY

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upps!!! no le deseo el mal a nadie pero el novillero se lo merece!!! Muy machito al principio y luego ????? Creo que solo el Toro le dio una probadita de lo que el siente durante toda su patetica y absurda feria Taurina!!! YO SI LE VOY AL TORO!!!

Aunque la intención sea más que loable, lo cierto es que la forma en que se lleva a cabo la difusión de información no puede ser más nefasta. Posiblemente quienes se encuentran dentro de ese círculo no perciben realmente el impacto que causa la forma en que transmiten las noticias, pero más de una persona puede sentirse intimidada y mostrarse entonces reacia a colaborar o a simpatizar con el mensaje y el mensajero: justo lo contrario de lo que se pretendía. Convendría recordar aquí el concepto de perfil psicográfico y cómo determina el modo en que reaccionamos ante algo novedoso, una propuesta o reto. Os remito, por ejemplo, al artículo de George Marshall en Yes! Magazine sobre las actitudes frente al cambio climático, “Why We Find It So Hard to Act Against Climate Change”.

Otra opción inadmisible es usar la violencia para dar visibilidad a las acciones de protesta o para alcanzar unos fines. Por ejemplo, la quema de campos de transgénicos por parte de activistas de Greenpeace les deslegitima. Uno puede estar más o menos de acuerdo con el uso de los trangénicos o plantear alternativas a su uso. Pero la violencia no engendra más que violencia y rechazo. Una buena argumentación bien documentada convencerá, o no, a una persona para que se sitúe en una postura en contra de los transgénicos, o del modelo de agricultura al que van ligados, o al sistema productivo en general, pero un acto delictivo solo da argumentos a quienes ven en él una muestra de intransigencia y fanatismo. No se trata de una tarea sencilla y no es susceptible de convertirse en simplista (ni por parte de quienes no desean los transgénicos ni por la de quienes los ven absolutamente necesarios para una población creciente): los transgénicos forman parte de un complejo sistema donde entran el modelo de sociedades actuales, el crecimiento poblacional, el incremento en el consumo de recursos per cápita, el modelo productivo… Su producción va ligada a una agricultura industrial que, por otro lado, también existe sin ellos y que forma parte del problema. Esa agricultura existe porque cada vez somos más humanos en el planeta y consumimos mayor cantidad de carne. Cada vez somos más porque se ha mejorado la sanidad, el acceso a los alimentos y a la energía. Pero el planeta es finito y se impone una decisión: dejar de crecer si ese crecimiento hipoteca el de las generaciones venideras o seguir haciéndolo y confiando en unos avances tecnológicos que no sabemos si se producirán o, en el caso de los existentes, qué repercusiones tendrá su uso sobre el entorno.

En definitiva, hay que informar, hay que crear opinión pública, hay que fomentar la crítica (incluyendo la autocrítica, por supuesto) y la formación de una población que sea capaz de entender a los científicos y exigir a sus políticos el cumplimiento de unas medidas que hagan posible la vida sobre el planeta en términos de justicia y equidad intergeneracional e interespecífica. Y para ello se hace necesario el uso de un lenguaje apropiado, sustentado en realidades y que despierte conciencias, no que las ahuyente.

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Porque no queremos esto…

Nuestra energía

Nuestra energía...

... y algunas consecuencias.

... y algunas consecuencias.

Nuestras ciudades,

Nuestras ciudades,

¿nuestros hogares?

¿nuestros hogares?

Lo que nos falta.

Lo que nos falta.

Lo que nos sobra.

Lo que nos sobra.

Nuestras telecomunicaciones.

Nuestras telecomunicaciones.

Día Mundial del Medio Ambiente 2011. Solo con tu implicación es posible celebrarlo de otro modo.

Nota: Las fotografías provienen de:

Si eres el propietario de alguna de ellas y deseas que sea retirada del blog puedes indicármelo  a través del correo electrónico trotalomas (arroba) gmail (punto) com. Gracias.

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El primero de los ejercicios del “Curso de periodismo ambiental” que estoy haciendo proponía un estudio y reflexión del siguiente vídeo, que me encantó:

Hoy es el Día de la Tierra, y la lectura de otra carta debería hacer que nos preguntásemos: ¿deseamos vivir o sobrevivir?

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Lo he visto mientras me ponía al día con las entradas de algunos de vuestros blogs y me ha encantado. Txema, en su blog 1/4 de ambiente nos invita a la reflexión en torno a las conocidas “R” (en su versión clásica, “Reducir, reutilizar y reciclar”) y la importancia del orden de los factores en este caso: “La primera R es la que cuenta”.

El vídeo es genial y me permito la licencia de traéroslo en esta brevísima entrada, ya que en su día hablé sobre este tema en un par de ocasiones (sobre las actitudes de la ciudadanía y en torno a una presentación que me llegó por correo eletrónico)

Salud.

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Caídas ya en el olvido mediático las noticias sobre la contaminación ambiental del aire en nuestras grandes ciudades, de lo que se habla en estas semanas es del varapalo sufrido por el transporte privado cuando el Gobierno anunció, entre sus medidas de ahorro energético, que limitaría la velocidad máxima en autopistas y autovías a 110 km/h.

Las reacciones más sonadas han sido las que han puesto el grito en el cielo por limitar más aún las libertades individuales, voces que afirman que nos dirigimos hacia el abismo del comunismo, que si esto es Cuba y que a 110 km/h uno se duerme al volante. Ahora bien, ante el recorte de derechos laborales y sociales nadie se indigna. Ante el paripé de los sindicatos, que organizaron una seudohuelga general y “nunca máis”, tampoco. Pero sí cuando no nos dejan fumar en espacios cerrados, aun cuando más del 60% de la población se declare no fumadora. Vayamos por partes, a ver si podemos oxigenar un poco más nuestras mentes.

Las medidas que está tomando el Gobierno para ahorrar en la factura de la energía son claramente insuficientes y, en ocasiones, contradictorias. Ahora bien, hasta la fecha no he oído de los grupos de la oposición alternativas claras y seguras sobre el tema. Del grupo mayoritario de la misma, el Partido Popular, surgen voces que hablan de un pacto energético que nos haga menos dependientes de los países productores del petróleo. Esto es, hablando claramente, que apostemos por la energía nuclear. Afortunadamente, tras muchos eufemismos y mensajes oscurantistas, su máximo representante ha hablado claro: “Nuclear sí, por supuesto“. Lo que no conviene olvidar es que la energía nuclear nos hace igualmente dependientes: de las minas de uranio del extranjero cuando con la producción nacional no resulta suficiente, de los costes de enriquecimiento del mismo ya que por el Tratado de no Proliferación Nuclear no es posible hacerlo en nuestro país y, por último del uso del uranio enriquecido para la obtención de energía eléctrica, así como de la gestión y almacenamiento de residuos de baja, media y alta actividad.

Volviendo a la iniciativa del Gobierno, lo cierto es que la reducción de la velocidad a 110 km/h tiene más pinta de desvío de la atención pública sobre otros asuntos de actualidad que de ser una medida seria, sobre todo porque la velocidad óptima de cada vehículo es distinta, depende de su par motor máximo (en el mío posiblemente esté más cerca de los 90-100 km/h a los que suelo circular que a esos 110 km/h propuestos por el Gobierno, y en otros vehículos es posible que esté incluso por encima), y porque el coste económico de colocar las famosas pegatinas (que requieren también de energía para su fabricación) sobre las señales de velocidad y de retirarlas en un futuro es bastante elevado. Lo que me ha resultado llamativo es que se hayan producido tantas reacciones adversas cuando, a día de hoy, tanta gente se salta a la torera la limitación actual de 120 km/h: mientras conduzco hay multitud de coches que me adelantan circulando a 130 ó 140 km/h, por lo menos. En cuanto al tiempo que “perderemos”, incluso en un trayecto largo, cuando más tiempo se pasa circulando en autovía o autopista, esa diferencia de velocidad no es realmente significativa: un viaje Málaga-Madrid, por ejemplo, es de 536 km, lo que quiere decir que a 120 km/h tardaríamos casi cuatro horas y media en llegar y a 110 km/h poco menos de 5 horas, en definitiva, unos 24 minutos más, aproximadamente. Tal vez es que haya  mucha gente velocifílica.

En el caso de transporte de mercancías, o transporte público en bus, una medida que me pareció razonable, propuesta por un profesional del sector, fue que se bajase el precio del peaje en autopistas y evitasen así el paso por travesías donde la velocidad está limitada a 50 km/h y el consumo de combustible en estos vehículos se eleva bastante. Otra medida interesante, de la que habré hablado en multitud de ocasiones con amigos y compañeros de profesión, es la del teletrabajo, siempre que la actividad que desarrollemos lo permita. La energía más barata y menos contaminante es la que no se usa,  tal y como afirma Txema en su blog (también aquí), y el teletrabajo sería una opción si no fuera por la falta de visión que existe en nuestro país. Siempre he defendido que si alguien tiene que quedarse un número de horas mayor cada día en su puesto es o porque no da más de sí y no es capaz de realizarlo en su tiempo o porque uno de sus superiores no hace bien su trabajo, estimando adecuadamente el tiempo necesario para llevar a cabo la actividad. Sea como fuere, alguien no está siendo suficientemente profesional. Lo curioso es que incluso en sectores que se consideran punteros y que deberían de estar a la avanzadilla de los que se quieren “europeos”, que se autodenominan en cuanto a las relaciones empresa/empleado, cuando se trata de maximizar el beneficio de la empresa y de que los proyectos salgan adelante apelan a la responsabilidad de los trabajadores y a que se trabaja por objetivos (es decir, que hay que echar las horas extras gratuitas que sean necesarias para que salga adelante el proyecto), pero cuando se menciona la palabra teletrabajo se echan las manos a la cabeza, negando la profesionalidad de esos mismos trabajadores, incapaces de hacer su trabajo si no están las horas necesarias en la oficina (cuyos costes energéticos de mantenimiento tiene que asumir, recordemos, la propia empresa).

Para terminar con este nuevo episodio humo-rístico, os voy a contar una anécdota que viví el pasado fin de semana en Santa Fe y que fue uno de los contrapuntos a los buenos momentos que narré en una entrada anterior. Mi pareja y yo habíamos salido el sábado por la noche a tomar algo, ver a un amigo y pretender arreglar el mundo entre charla y risas. Fuimos a un bar/cafetería del pueblo donde habitualmente tomamos algo cuando estamos por allí y entramos dentro, ocupando una de las mesas, y nos dispusimos a disfrutar de la noche. Así fue hasta que, en un momento dado, la camarera introdujo una de las mesas del exterior y entraron varias personas fumando. Nos miramos atónitos, diciéndonos que qué era aquello. Entonces la chica se acercó a nosotros y nos dijo: “No os importa que fumen dentro, ¿verdad? Es que es tarde, y como no va a venir ya más gente…”. Personalmente me considero una persona con empatía y, aunque he agradecido la aprobación de la ley antitabaco (ahora salgo más que antes, me gusta estar tomando algo y poder respirar a la vez y, la verdad, no he notado un descenso pronunciado en el número de gente que visita los bares y restaurantes), pienso que actitudes ilógicas como las de la menestra de sanidad, que entra en el ámbito cultural queriendo que en el teatro, por ejemplo, no se haga como que se fuma, van precisamente en contra de la acogida y adaptación a la ley (aunque este es otro tema del que, si queréis, hablamos en otra ocasión). Ahora bien, y sin querer ser más papistas que el papa, me pareció fatal la forma de actuar, preguntándonos cuando ya había permitido que entrase la gente fumando. Es más, cuando mi pareja le comentó que sí, que nos importaba ya que ninguno de los que estábamos allí fumábamos (y, para más inri, estaba convaleciente de una faringitis aguda), ni corta ni perezosa se fue hacia la otra mesa para pedirles que saliesen nuevamente, señalándonos como causantes del “desalojo”, lo que desembocó en miradas torvas y un malestar que nos llevó, finalmente, a irnos del lugar.

Lo que quiero señalar con este último punto es que lo importante no es tanto que se aprueben leyes que, recordemos, intentan regular cómo podemos actuar en sociedad, sino que aprendamos a vivir respetando a los demás y a nuestro entorno. Mientras en este país (o en cualquier otro, aunque aquí somos los reyes en esto) se vea bien la picaresca, se admire a quien sea capaz de saltarse la ley y salir indemne (léase corrupción política, el que lleva un detector de radares ilegal en el coche o el que especula con el dinero de otros y, encima, se le pagan “los vicios” con el dinero de los contribuyentes) o no seamos capaces de ver más allá del “súper-yo” egocéntrico en que estamos sumidos, mereceremos a los políticos que tenemos y ser lo que somos: un país de pandereta.

Os dejo, como en la primera entrada sobre “Malos humos”, con la música de Medina Azahara.

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