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Archive for the ‘Medio Ambiente’ Category

Se celebra hoy el Día internacional del libro infantil y juvenil, por lo que no quería dejar pasar la oportunidad de recomendar algunos títulos que, como trotalomesco Homo libris y padre del pequeño Aliso que me acompaña en mis andanzas y al que yo acompaño en sus primeras lecturas (que a veces son también mías, cuando no relecturas y reencuentros con mi pasado), me parecen de lo más interesantes.

Decía Delibes que «formar a los niños debe ser un sucesivo despertar de curiosidades, que luego, a lo largo de la vida, se irán saciando con la lectura y la experiencia», y en ese despertar de curiosidades, creo, hemos de estar presentes los padres. Alentando más que canalizando, permitiendo que se desborden sus intereses como las aguas de un río que, saliéndose de su cauce, inundan y nutren las tierras de su inteligencia.

A continuación, algunas propuestas para disfrutar y aprender con la lectura (y la naturaleza).

Los casos de Sherlock Tópez, de Lola Núñez y Rocío Antón, con ilustraciones de Lucía Serrano.

Una colección de libros que me enamoró desde que la descubrí hace un par de años y que, lo admito, he ido regalándome a mí a par que a Aliso. El propio nombre del protagonista ya nos da pistas, nunca mejor dicho, sobre la trama de los libros. Sherlock Tópez es un topo detective que, acompañado de su Watson particular, un pequeño ratón, se enfrentará a los casos más variopintos. Si ya de por sí la figura de Holmes representada por este topo es atractiva, más lo resultan los misterios a los que se enfrenta: la desaparición de los renacuajos de una charla, la magia de la lagartija que perdió su cola, el extraño polluelo aparecido en los nidos de varias avecillas que no se parece en nada al resto de hijos que tienen… La estructura de estos cuentos es común en toda la serie: estructuras repetitivas que dan sonoridad a la narración y hacen que el niño se familiarice con ella, pictogramas en el relato para unir las palabras y la imagen, unas ilustraciones deliciosas y, finalmente, el acompañamiento de un CD con el cuento narrado por un locutor y con la música para que lo leamos nosotros. Una delicia de colección que nos acerca a la lectura y a la naturaleza.

Editorial Edelvives, Los casos de Sherlock Tópez.

¿Qué le pasa al planeta?, de Eva Clemente

Me hice con él en una feria del libro de Málaga porque me llamó muchísimo la atención. El planeta empieza a tener picores y todos los habitantes empezamos a notar los efectos de la urticaria. Cuando se empiezan a desencadenar todo tipo de alarmantes fenómenos los niños se preguntan: ¿qué ocurre? Algo le ocurre al planeta y deberíamos escucharlo para saber cómo ayudarle (y ayudarnos, de paso).

Un libro para reflexionar, para trabajar con nuestros pequeños (y no tan pequeños, porque los padres somos los otros destinatarios de esta historia), ya en casa, ya en el colegio (o en nuestras asociaciones) los problemas que nuestros abusos sobre el planeta están causando: contaminación, deforestación, cambio climático, agotamiento de recursos… ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Cómo podemos hacerlo bien? Acciones individuales y colectivas que propicien el cambio. Porque es responsabilidad de todos y debemos propiciar buenos hábitos desde la infancia.

Por el tipo de ilustraciones y por la temática creo que es idóneo para niños de cierta edad (a partir de 5-6 años, tal vez), pero es posible trabajar con él a distintos niveles y creo que es un libro que puede tener una larga vida útil e ir creciendo en complejidad conforme lo hacen los niños. Incluye un cuento y una guía pedagógica para trabajar los conceptos y problemas que se exponen en el primero.

Ficha del libro en la web de la editorial Emonautas.

Guía infantil de aves de la ribera de Córdoba, de José María Domínguez

Me hice con este libro hará bastante más de un lustro y me sigue encantando cada vez que vuelvo a él, especialmente ahora, cuando con Aliso el genérico “patitos” pasa a convertirse en ánade real, cormorán o garza.

Aunque el título nos circunscriba a Córdoba (y, en particular, a la ribera del Guadalquivir y al maravilloso monumento natural Sotos de la Albolafia que no debéis dejar de visitar), lo cierto es que la guía resulta válida para disfrutarla en cualquier humedal de nuestras latitudes y las especies que muestra son bastante comunes y representativas como para que constituya un delicioso primer acercamiento a la identificación de aves y a la ornitología.

Del mismo autor resulta muy recomendable su ya descatalogado ¿Qué tal Neandertal? y tengo muchas ganas de echarle el ojo a su nuevo libro de divulgación científica para niños Evolución que, la verdad sea dicha, tiene muy buena pinta.

Entrada en el blog de la editorial El Páramo.

Mi primera guía de aves, de José Luis Gallego

Si el niño es algo mayor, la de José Luis Gallego es una guía también muy recomendable, aunque en este caso con fotografías en lugar de ilustraciones y un CD para aprender a identificar el canto de las especies que recoge el libro. Se recogen 30 especies y se agrupan por hábitat (bosques, campos y pueblos, humedales…), por lo que la búsqueda es muy rápida y, además, también podemos preparar con ella las excursiones que realicemos, realizando previamente una lectura y reconocimiento de aves por los ambientes que sabemos que vamos a visitar, aprendiendo así las especies de aves que veremos con mayor probabilidad.

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Hace unos días se planteaba en un pleno del Ayuntamiento de mi pueblo natal, Santa Fe, una moción de apoyo a la caza y el silvestrismo, a instancias del PSOE y a petición de la Federación Andaluza de Caza. Hasta donde sé, es un movimiento que se está produciendo en numerosos municipios de la comunidad autónoma andaluza y que tiene relación con la postura que en otros territorios se está defendiendo desde distintas corporaciones y a distintos niveles.

Obviamente, esto ha reavivado la histórica lucha entre cazadores, ecologistas y animalistas (como la reciente noticia de la suspensión de la caza en Castilla y León a petición del PACMA), sin que parezca existir ánimo de entendimiento entre las distintas posturas. Algo parecido a lo que ocurrió hace poco con las cotorras en Málaga, sobre lo que escribí una entrada, aunque aquí con la particularidad de que se están mezclando (a mi parecer de forma tendenciosa) actividades legales y reguladas, como es la caza, con otras que están en un inquietante territorio fronterizo y que, a instancias de Europa, deberíamos empezar a olvidar: el silvestrismo.

La caza como actividad económica

La moción indica que la actividad cinegética la practican en nuestra comunidad autónoma un total de 220000 andaluces que, siendo un número considerable, constituyen menos del 2,4 % del total de la población de Andalucía. A continuación, el escrito remitido por la Federación Andaluza de Caza presenta una serie de datos pertenecientes al informe Impacto económico y social de la caza en España, por lo que que cambian el foco del territorio sobre el que estamos hablando (de Andalucía a España), así que hay que tener en cuenta que la magnitud y porcentajes de que están hablando son referentes a la totalidad del territorio español y no solamente del andaluz.

Habría que extrapolar, de ser posible, estos datos a Andalucía o bien contar con un estudio similar centrado en nuestro territorio, ya que los datos que pasan a darse a continuación están basados en unas estimaciones de la Junta de Andalucía de las cuales no se citan fuentes ni los datos del estudio. La ausencia de datos a una escala obliga en ocasiones a buscarlos a otra, pero conviene resaltar este hecho en una exposición como la que están llevando a cabo, especialmente cuando se presentan datos a una y otra de forma tan cercana.
No obstante, de lo expuesto en el escrito resulta evidente a todas luces que la caza como actividad económica posee actualmente una gran vitalidad, por lo que no creo que sea necesaria ninguna moción institucional de apoyo. Hay actividades en las que la Administración podría volcar sus esfuerzos ya que sí que suponen un menoscabo económico y un daño ambiental en nuestra comunidad autónoma. Por citar solo un ejemplo, la existencia de pozos ilegales que están dañando nuestro territorio, privatizando un bien que es de todos como el agua y dañando ecosistemas tan únicos como el del Parque Nacional de Doñana.

Además, convendría no obviar el coste de oportunidad que supone que un territorio se dedique a una actividad como la caza; esto es, cómo optar por desarrollar una actividad así puede reducir, e incluso anular, los beneficios presentes y futuros de actividades que, suponiendo un beneficio económico, sufren menoscabo por incompatibilidades que existirían con el ejercicio de la caza. Por ejemplo, la realización de actividades de turismo de naturaleza podrían verse impedidas durante los periodos de caza, la observación ornitológica sufriría incluso en periodos inhábiles para la caza, por la merma de ejemplares y por la actitud más desconfiada que presentarían. Recordemos que la ornitología mueve actualmente en Europa una importante cantidad de turistas, pues supone ya entre un 10 % y un 15 % del tráfico mundial de viajeros y es la opción con mayor crecimiento anual, con porcentajes superiores al 20 %, siendo, el asociado a la ornitología, el sector con “más pujanza”, y España es el primer país de Europa en observación de aves y el quinto a nivel mundial, por lo que existe un mercado por explotar adecuadamente que puede redundar en amplios beneficios económicos en nuestra región.

Los servicios medioambientales de la caza

Se citan en el escrito algunos servicios que prestaría la caza al entorno natural: conservación de la biodiversidad y de los ecosistemas mediante el control poblacional de especies y el control de plagas y enfermedades, labores de gestión y mantenimiento del monte en periodos no hábiles de caza.
Rebasaría la extensión deseable para una entrada de blog el entrar en detalle en la organización interna de un ecosistema y en cómo las distintas especies que lo componen interaccionan entre ellas y con el ambiente geológico hasta alcanzar un equilibrio. El hombre, siendo parte de estos ecosistemas, ha llegado a alterarlos gravemente: ya no cazamos con armas rudimentarias, sino con escopetas repetidoras; no recolectamos los frutos o cultivamos a pequeña escala, sino que usamos maquinaria, pesticidas y monocultivos en agricultura intensiva. Por todo esto, resulta de vital importancia que la gestión de los ecosistemas a los que se refiere el documento de apoyo se realice por profesionales, no teniendo únicamente en cuenta un objetivo (dotar de especies cinegéticas al coto).

Como escribió Miguel Delibes en Tiempos de desolación: «Mucho me temo que, en no pocos predios, lo único que se nos va a ocurrir para que la perdiz se recupere es lo peor que podía ocurrírsenos: abrir las puertas de las jaulas; sembrar los campos con perdices de granja como se hizo antaño en los ríos con las truchas y los cangrejos». Y esto es algo que he podido oír a cazadores (no el balde soy hijo y hermano de ellos) respecto a cómo se “siembran” los cotos con perdices, codornices o conejos unos días antes del comienzo del periodo de caza. Y cómo esos animales son abatidos con suma facilidad, desorientados como están, sin conocer el terreno, sin haber adquirido las habilidades para la supervivencia en la granja de la que vienen a morir en nuestros campos. Delibes lamentaba esto porque ni se le podía llamar deporte ni mucho menos caza.

Respecto a la biodiversidad, recordemos que por mor de la caza se han introducido en nuestro territorio especies como el arruí, que están produciendo daños insostenibles en sierras donde han sido liberados (por ejemplo, en Sierra Espuña han mermado hasta a siete especies protegidas de flora). En la contrapartida, tenemos el control de especies como el jabalí, que por su voracidad puede llegar a infligir daños en cultivos y depredar sobre otras especies. E incluso que con su orina nitrifica en exceso entornos en los que viven especies de flora endémica que se ven perjudicadas, como me comentó un profesor de la UNED que está ocurriendo en Sierra de Mijas, en Málaga.

Finalmente, en cuanto al control de enfermedades, aunque el control de ciertas poblaciones puede conllevar la reducción de vectores de transmisión de enfermedades (como el conocido caso de la sarna y la cabra montés), en otras el manejo inadecuado de animales, como en el caso de las “siembras” anteriormente mencionadas, puede llevar a expandir por un territorio más amplio alguna enfermedad. Citando la revista online de Club de caza: «En algunos casos, los manejos intensivos de ungulados cinegéticos artificiales enmascaran situaciones reales de sobreabundancia. Por ejemplo, una intensa suplementación artificial de alimento suele concurrir con una elevada difusión de algunas enfermedades, como la tuberculosis en el ciervo y la enfermedad de Aujeszky en el jabalí».

En resumen, ni todo es tan bueno, ni todo es tan malo. Obviamente, una buena gestión, controlada además por técnicos de la Administración, puede dar unos buenos resultados en cuanto a la gestión de nuestros espacios naturales, pero una gestión inadecuada también puede hacer más mal que bien al entorno natural. Por esto, creemos que la caza no debería “mimarse” de más, como piden los grupos políticos. No más, al menos, que otras actividades que notoriamente están contribuyendo a la conservación de nuestra naturaleza y, por supuesto, en todo momento la caza debería estar sometida a lo que dicte la ley.

El silvestrismo

Esta es la parte más delicada de la moción de apoyo y donde se quiere incluir, dentro de una actividad legal y reglada como es la caza, otra práctica que, como decíamos al comienzo de nuestro documento, está vetada por la Comunidad Europea y por cuyo incumplimiento hemos recibido los españoles varios toques de atención. Si bien nadie niega que la avifauna se enfrenta a graves problemas, como la fragmentación de hábitats y la pérdida de los mismos, el uso de pesticidas en agricultura, los cambios de uso de suelo o la caza ilegal, lo cierto es que la práctica del silvestrismo no resulta tan benévola como el PSOE señala en el documento.

La captura de estas aves les provoca una situación de estrés y angustia cuando quedan atrapadas, ya sea mediante el uso de liga, ya en las redes trampa. Su posterior transporte, hacinadas en jaulas, y su encierro en jaulas de reducidísimas dimensiones, no ayudan a estos animales, nacidos libres, de costumbres gregarias. En los anexos pueden verse algunas fotografías realizadas por la Guardia Civil de capturas de individuos por encima de los cupos asignados o por personas sin licencia. En cualquier caso, los métodos de captura y trato dado a las aves son similares.

Con el silvestrismo, España obvia la normativa 2009/147/CE que prohíbe explícitamente en su artículo 5 “matar o capturar de forma intencionada, sea cual sea el método empleado, todas las especies de aves que viven normalmente en estado salvaje en el territorio europeo”. La Comisión Europea ha avisado en varias ocasiones al Estado español de este incumplimiento. De seguir los pasos propuestos por el PSOE en Andalucía (y nos consta que este movimiento por parte del PSOE en Santa Fe es espejo del que se está dando en tantos municipios andaluces), podrían imponerse sanciones por parte de la CE a España. Sanciones que repercutirían en las arcas públicas a las que, recordemos, no contribuyen únicamente los 15000 practicantes del silvestrismo en Andalucía (un 0,178 % de la población andaluza).

La Comisión Europea, en su dictamen a raíz de los reiterados incumplimientos de España en este sentido, destapa las irregularidades que se han cometido y las contradicciones a las que se ha llegado. En Andalucía, por ejemplo, hubo desviaciones al alza de los cupos marcados a partir de 2012. También se alegó posteriormente que las motivaciones para proseguir con las capturas de ejemplares es la creación de una población reproductora para la cría en cautividad y, entre los motivos que se alegan para seguir con esta práctica, las asociaciones de caza indican que hay estudios de que la cría en cautividad de fringílidos no es viable. Esta contradicción entre las motivaciones alegadas para seguir con la práctica, además de la existencia de evidencias de cría en cautividad con éxito en países como Francia o Bélgica, han sido puestas en evidencia por la CE. En su documento:

 

Finalizando, la caza, con sus defensores y detractores, es una actividad con una serie de componentes (económicos, sociales, culturales, antropológicos) que podrán gustarnos más o menos, pero que está regulada y de la que, personalmente, pediría  a las administraciones que velasen por el cumplimiento de la ley y por estudios rigurosos sobre su viabilidad y, sobre todo, por velar por las especies y los ecosistemas. Pero lo que no ha lugar es a un apoyo institucional, entre otras cosas porque no es necesario a la vista de las bondades que defiende el propio colectivo de cazadores y sus asociaciones. Y menos, si pasa por “colar” junto a la caza al silvestrismo. Otra cuestión sobre la que valdría la pena reflexionar son las posibles motivaciones políticas del PSOE por mover ahora este asunto, cómo casa con su estrategia en la actualidad y qué otros agentes sociales han podido determinar el movimiento en estas fechas. Pero, por hoy, dejo la pluma y cojo los prismáticos.

Para saber más:

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Cuando unos meses atrás vi que desde el Foro Ambiental de la UNED habían programado en Málaga una charla sobre especies invasoras, en particular sobre las cotorras argentinas (Myiopsitta monachus) que pueblan la ciudad, tomé buena nota en la agenda para seguir el evento. Finalmente, aunque no me fue posible asistir esa tarde a la charla, seguí con interés las noticias que fueron surgiendo a partir de la misma. En ellas se hacía notar que las propuestas de los expertos incluían la eliminación de las cotorras mediante el uso de carabinas de aire comprimido, acordonando zonas de la ciudad y abatiendo a las aves. Las reacciones no se hicieron de esperar: ciertos sectores de la ciudadanía lamentaban esta decisión, especialmente los grupos animalistas. El PACMA anunció una propuesta de controlar a medio plazo las poblaciones de cotorra mediante el uso de piensos esterilizantes. A mí me dio por compartir en Twitter esta medida y lo poco conveniente que resultaba, por desgracia, para controlar las poblaciones de cotorra y evitar los daños a la fauna y a la agricultura y se lió buena:

Todo empezó por aquí y siguió liándose a partir de este tuit.

El caso es que ya días atrás defendía en algún grupo de WhatsApp de pajareros aficionados a la ornitología que, a pesar de lo errado de las propuestas de PACMA, tampoco era cuestión el generalizar y tratar como ignorantes a todos los integrantes de estos grupos de ecologistas/animalistas. Mi experiencia personal me dice que en ellos hay de todo, como en cualquier grupo humano. Yo he colaborado con miembros de agrupaciones ecologistas para tratar de frenar algunos desaguisados y, como bien sabéis quienes me habéis leído desde hace tiempo, soy miembro de una agrupación de voluntariado ambiental. Creo que no es excluyente ser ecologista y ecólogo (el gran González Bernáldez, por ejemplo, lo demostró), es más, lo ideal sería que cualquier ecologista fuese, al menos, escéptico, que tuviese mentalidad crítica, científica, y cuestionase las verdades absolutas tratando de mantener una visión global e informada. (Algo que, por ejemplo, me gusta de Ciencias Ambientales es esa visión general que ofrece sobre nuestro entorno.) Después de la historia de Twitter (y del absoluto silencio en que se ha mantenido el perfil oficial de PACMA tras dos días de intensas discusiones sobre el tema) la verdad es que voy a terminar por dar la razón, aunque sea parcialmente, a quienes cuestionan la seriedad de esta agrupación política y social. Y si no, que me demuestren por qué no debería hacerlo.

Volviendo al tema que nos ocupa, las cotorras en Málaga (algo que sería extrapolable a otras ciudades, como Madrid, Barcelona o Sevilla, y esta última, que es la que nos queda más cerca, como ejemplo a no seguir a la hora de demorar las decisiones que están sufriendo los nóctulos), lo cierto es que es un problema que viene de lejos. Llevo viviendo en la provincia algo más de una década y desde que llegué me llamó la atención la proliferación de nidos de cotorras tanto en la capital como en el resto de la provincia, conforme la iba conociendo mejor, incluyendo parajes protegidos como la Desembocadura del Guadalhorce. Ya antaño, en la época en que vivía en Granada, recuerdo ver una colonia creciente de cotorras argentinas que anidaba en la zona del barrio de Bobadilla, a la entrada de la Chana, y que me sorprendía por su adaptación al clima de Granada capital, ciertamente más exigente que el de Málaga con sus fríos inviernos con temperaturas bajo cero. A lo largo de este tiempo las colonias de cotorra han crecido de una forma espectacular (y aterradora). La ausencia de predadores naturales, su inteligencia y adaptabilidad, han supuesto una ventaja competitiva frente a otras especies autóctonas que ahora sufren la presión de una población creciente de cotorras. No pueden más que venirme a la cabeza nuestros gorriones comunes (cada vez menos, por desgracia) que, por si no tenían bastante con las tórtolas turcas, ahora han de competir por los recursos (alimento, zonas de nidificación…) con las cotorras.

PACMA planteaba el uso de pienso esterilizante para controlar el crecimiento de las colonias de cotorra. Este método conlleva varios problemas que lo hacen inviable. Por un lado, no es posible asegurar que el 100 % de la población de cotorras llegue a ser estéril. Se podría frenar así el crecimiento de sus poblaciones, pero no aseguraríamos su exterminio local a largo plazo. Por otro lado, es un método no selectivo, por lo que nada nos aseguraría que el pienso no pueda ser ingerido por otras especies que no interese controlar, incluyendo aquellas que están en franca regresión a nivel europeo (como los gorriones). También es un método lento: las cotorras pueden vivir en torno a 15 años, por lo que, aunque llegase a frenarse el crecimiento de sus poblaciones, durante ese tiempo seguirían constituyendo un problema para los ecosistemas (incluyendo agroecosistemas) en los que se encontrasen. Y, además, según indica la SEO, los componentes esterilizantes de estos piensos podrían pasar a otras especies depredadoras, como por ejemplo los halcones peregrinos y otras rapaces que se encuentran en la ciudad y su entorno, perjudicando la viabilidad de sus poblaciones locales.

Por otro lado, otros métodos propuestos, como la captura mediante trampas (de dudosa viabilidad, dado el escaso éxito de capturas en estas aves que, por su inteligencia, son difíciles de engañar), mediante el uso de dardos sedantes (resulta difícil calcular la cantidad de anestesia para aves tan pequeñas, aparte del daño que se harían al caer dormidas, golpeándose con las ramas y el suelo), no son demasiado efectivos. Y habría que cuestionarse también lo ético de, una vez capturadas, qué hacer con esas aves: ¿las encerramos y mantenemos en cautividad de por vida, durante varios lustros? ¿Se “repatrian”, siendo especímenes que han nacido aquí en España, que pueden mostrar comportamiento anómalos y más agresivos que en su lugar de origen, que podrían portar parásitos y enfermedades a las poblaciones locales? Independientemente del coste económico de estas medidas, lo fundamental es que no resultan viables y, por desgracia (como decía en Twitter, a ninguno nos gusta que tengan que sacrificar a estos animales), no dan rápida solución a un problema que está afectando a otras especies autóctonas.

En resumen, que a nadie le gusta ver y saber que hay que sacrificar a unos animales que están aquí porque el hombre decidió traer a sus ascendientes para que sirviesen de animales de compañía. Y que, hartos de ellos, de sus ruidos y chismorreos, los dejasen en libertad para quitarse un problema creando uno mayor para nuestro entorno. El hombre aquí es el culpable directo, está claro. Y lo será también, de forma más o menos directa, cuando el cambio climático, por ejemplo, obligue a migrar o facilite el establecimiento de otras especies alóctonas, o expulse (o extinga) a especies autóctonas. Pero, en cualquier caso, lo primero que deberíamos exigirnos es capacidad de realizar una autocrítica informada, poniendo sobre la mesa todas las variables que entran en juego en este tipo de problemas siempre complejos. Para eso es fundamental informar a la población. Días atrás oía una conversación entre dos ciudadanos en la que mantenían que el virus que estaba matando a las tórtolas del parque Huelin de Málaga lo habían introducido los que querían ver el parque libre de tórtolas y que las próximas iban a ser las cotorras. La ignorancia es lo que deberíamos hacernos mirar.

Para saber más:

 

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Andaba manteniendo una charla en Twitter sobre la «limpieza» de ríos y montes cuando recordé una vieja entrada que había publicado sobre este tema tras uno de los desbordamientos del arroyo Salado en Santa Fe. Quería enlazarlo y comprobé que no lo había escrito en este blog sino que pertenecía a mi pretérito lugar de encuentro, La Dehesilla News. Como lo desactivé hace un tiempo, he querido recuperar la entrada para estas andanzas mías, ya que creo que sigue plenamente vigente (por desgracia) esa visión sobre que es un monte «limpio» y el supuesto extremismo ecologista.

Apuntaré que la entrada incidía en el ecologismo porque esa era la palabra que, de forma despectiva y, a mi parecer, injustificada, se usaba para atacar al colectivo al que pertenezco. Una asociación de voluntariado ambiental (AUCA) que lleva trabajando en el pueblo más de tres lustros en aras de mejorar las condiciones del entorno y con una trayectoria más que solvente en lo que se refiere a este ámbito.

Sin más dilación, la antigua entrada y el comentario que suscitó. Los enlaces finales están desactivados porque, tras revisarlos, he visto que las páginas dejaron de estar activas.

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Cuando nos vemos desbordados…
Sábado, 29 de septiembre de 2007

El pasado viernes 21 de septiembre, un temporal provocaba el desbordamiento del arroyo Salado en nuestro municipio, provocando numerosos daños. Sin embargo, el más grave de todos no fue provocado directamente por el aluvión, sino por la falta de reflexión y el escaso uso de las meninges, comprensible cuando se estaba en el meollo, pero incomprensible cuando días después se sigue insistiendo en el mismo punto.
Entre la gente que en aquel aciago momento arrimaba el hombro, había voces que proclamaban que la culpa de todo la tenían los ecologistas, que no querían que se limpiase el arroyo. Expresiones tan pensadas y sapientísimas como: “prefieren que vivan los sapos a las personas” o “al río teníamos que echarles ahora” calentaban los ánimos de la población. En momentos de tensión, es obvio que puedan decirse cosas de las que luego debamos, de mutuo acuerdo con nuestra conciencia, retractarnos. Lo peor es que sigamos sumidos en la ignorancia cuando todo ha pasado.
Así, invitamos a los lectores de La Dehesilla News a reflexionar sobre varios aspectos que encuentran su demostración gráfica en las fotografías que presentamos a continuación, tomadas el día de la inundación.
En la primera de ellas, vemos cómo el arroyo Salado ha salido de su cauce inundando campos de cultivo, y un olivar (en el lateral derecho de la fotografía). Puede observarse que, por un lado, la contención del arroyo había quedado mermada por las labores de cultivo que se venían realizando sin respetar el margen de dominio público que tienen todos nuestros ríos a lo largo de todo su cauce. Es más, en esta fotografía los árboles permanecen relativamente alejados, pero en múltiples ocasiones se encuentran árboles recientemente plantados a menos de dos metros del cauce del arroyo… ¿Ecologistas? No los vemos por ningún lado. ¿Agricultores? Nos lo planteamos también.

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En la siguiente foto, vemos a personas trabajando en la encomiable labor de desviar el curso del agua para que no inunde sus casas. Si observamos con atención, vemos con qué se está desviando el agua: con los restos que arrastra. Neveras rotas, ruedas de coche, cajas de fruta… ¿Por qué será que en España, en Andalucía, en SANTA FE, tenemos a los ríos por depósitos de basura? Si los ciudadanos, que somos todos, tiramos basura, colchones, escombros, e incluso reses muertas al cauce de los ríos, al final nos será devuelto multiplicado, como si de una maldición divina (provocada por nuestra inconsciencia) se tratase. Nos comemos la mierda -con perdón, pero no tiene otro nombre- que les arrojamos.
En todo esto, ¿qué papel juegan los ecologistas? Advierten e informan a nuestros políticos, a los dirigentes. Existen denuncias e informes sobre estos hechos, avisando de la necesidad de retirar los vertidos, de LIMPIAR el cauce del arroyo. Si se hace caso omiso a estos informes, ¿quién es el responsable moral del desbordamiento?

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Por tanto, los ecologistas, como se les llamaba de forma general en esas afirmaciones, sólo denunciaban en su momento el desastroso cuidado que se llevaba a cabo en nuestro arroyo. De hecho, se produjo una paralización de las obras de “limpieza” que llevaba a cabo la empresa adjudicataria en su día, por considerar que no era el momento adecuado, ni adecuada era la forma de llevarlo a cabo. El Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil fue quien paralizó la tala de árboles, por no tener en ese momento la empresa los permisos pertinentes.
Pasados dos meses, se volvieron a ejecutar las obras, finalizando la “limpieza” del cauce hasta el término municipal de Chauchina. Y los ecologistas advirtieron que esa “limpieza” no serviría más que para acelerar el paso del agua en caso de avenida, y que eran necesarias otras intervenciones para evitar posibles males.
Pero se hizo caso omiso de ello.

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No son las cañas las que taponan el puente bajo el que pasa el Salado. Es una tubería de una obra situada, originariamente, aguas arriba.
Tuberías, contenedores, material de construcción… en el cauce del río. ¿Propiedad de los ecologistas?

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Y ahora, ¿a quién señalamos con nuestro dedo? Vemos el cañizo en el ojo ecologista, pero no la tubería, el colchón que no sirve o el frigorífico usado en el nuestro.

Hoy, sinceramente, me siento decepcionado de ser santaferino.

ENLACES DE INTERÉS:

Solidaridad del grupo político IU con el colectivo ecologista.
Denuncia, ya en 2003, del estado en que se encontraba el arroyo Salado. Por Ecologistas en Acción.

1 COMENTARIO:

salvandoarboles dijo…
ahora los ecologistas tienen rabo y huelen a azufre y solo se preocupan por los bichos…

cuando los ecologistas trabajan desinteresadamente por la conservacion de la vida la humana incluida, pero haciendo más hincapie en los más débiles: animales y plantas

¿y quien no es ecologista? si el ecologismo quiere decir amor y respeto por la naturaleza, entonces todos lo somos…y si hay quien no respeta la naturaleza…¿no es a ese al que hay que mirar con el dedo acusador?

saludos y ánimo los comentarios ignorantes no ofenden, solo reafirman en la actitud positiva.

08/10/07 16:52

Finalmente, enlazo un par de entradas propias relacionadas con este tema:

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5 de junio de 1852

Los altramuces están en toda su gloria. Resultan más importantes porque aparecen cubriendo parcelas muy extensas, de casi un acre o más en total, y con una gran variedad de colores (violeta, rosa, lila, blanco), sobre todo cuando les da el sol y la transparencia de sus flores hace que el color cambie constantemente. Pinta toda una colina con su azul, creando un campo (un prado incluso) como el que habría frecuentado Proserpina. Su hoja ha nacido para estar cubierta de gotas de rocío. La perspectiva de estas matas de flores azules, que aparecen en breves intervalos, me entusiasma. Tal profusión del color divino, elíseo, que parecen los Campos Elíseos. Dicen que las semillas tienen la apariencia de caras de bebé, y de ahí el nombre de la flor. No hay flor que exhiba tanto azul. Ese es el valor de los altramuces. La tierra queda tintada de azul a causa de ellos. Y aun así, a un tercio de milla de distancia, no puedo ya detectar su color en la colina. Quizá porque es el color del aire.

 lupinus

7 de junio de 1853

Hice una visita a mi chotacabras en su nido. Casi no podía dar crédito a lo que estaba viendo cuando, apenas a siete pies del nido, me quedé mirando cómo empollaba sus huevos con la cabeza girada hacia mí. Parecía tan dichoso, uno con la tierra, como una esfinge, reliquia del reino de Saturno que Júpiter no logró destruir, un enigma que bien podría provocar al hombre a lanzarse de cabeza contra la piedra. No era, en realidad, una criatura viva, y mucho menos una criatura alada perteneciente al aire, sino una figura de bronce o de piedra, una fantasiosa producción artística como un grifo o un fénix. Suficiente para sobrecoger a uno. Durante todo ese rato, esta esfinge de bronce en apariencia dormida, tan inmóvil como la tierra, me miraba con intensa ansiedad a través de la fisura mínima de sus párpados. Un paso más, y ya había echado a volar, colina abajo, hasta el suelo, balanceándose, como si tocara la tierra, primero con un ala, luego con la otra, a unas diez varas del suelo para surcar los aires por encima de mi cabeza. Una criatura espléndida, que empolla inmóvil sus huevos sobre la colina más desnuda, más expuesta, bajo tormentas, lluvia o granizo, como si se tratara de una roca o de una parte de la misma tierra (la costra del globo), con sus ojos cerrados, sus alas plegadas. Una criatura a la que, después de estos dos días de tormenta —en que pensaríamos que se había convertido en el símbolo adecuado del reumatismo—, vemos remontar el vuelo, como pájaro que es, y convertirse en el ser más aéreo, más elegante y flexible, desprovisto completamente de rigidez en sus alas o en sus articulaciones. Un preludio adecuado para su encuentro con Prometeo, atado a su roca en el Cáucaso.

chota

Henry D. Thoreau. El Diario (1837-1861) Volumen I.

Nota: La fotografía de los altramuces pertenece a Imgur y el chotacabras es de Miguel Vilar, en Mirada Natural.

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Esta semana iba a impartirse un curso de introducción a las rapaces nocturnas en en el Centro de Estudios Ambientales de Santa Fe, contando como mentor a mi buen amigo Alberto. El evento se presentaba la mar de interesante, ya que se iban a realizar dos salidas de campo al cercano Parque Periurbano de la Dehesa de Santa Fe donde es posible oír, con algo de suerte, al gran duque reclamando su territorio.

Sin embargo, a causa de las lluvias que se esperan en los próximos días el curso posiblemente se posponga, pero no es ese el motivo de que lo mencione en el blog. La mala noticia que vengo a traer no es otra que la que este lunes nos hacía llegar el presidente de AUCA: un ejemplar de búho real había aparecido electrocutado en una de las mortíferas líneas eléctricas que atraviesan este espacio protegido.

Podéis haceros cargo de nuestra desolación al constatar que nos encontrábamos ante el tercer búho real que aparecía muerto por dicha causa en menos de un año. Lamentablemente, ni son los únicos ejemplares de rapaces que hemos encontrado a los pies de estas líneas, ni esta es la única especie de interés que hace uso de “la Dehesilla”. Al final de la entrada dejo una serie de artículos aparecidos en prensa sobre esta problemática.

Tras conocer la nefasta noticia, publiqué en Twitter un par de fotografías del búho y al día siguiente recibí un mensaje de respuesta del responsable de comunicación de ENDESA, ya que cité el nombre de la compañía al ser el tendido propiedad de esta. En su mensaje me hacía llegar el enlace a un artículo sobre los avances realizados por  la compañía para la adecuación de sus infraestructuras buscando evitar la mortandad de aves, así como unos datos que indicaban que esta se había reducido hasta en un 80 %. Sin restar valor a la noticia (tal y como le dije, en efecto, me alegro de ello), me sentí como la persona que acaba de perder a un familiar, amigo o conocido en un accidente de tráfico (causado por un conductor en estado de embriaguez o que superaba la velocidad permitida) a la que la D. G. T. pretende consolar presentándole las estadísticas de una exitosa campaña de Navidad que se ha saldado con menos muertes que las de los 5 últimos años, por poner un ejemplo.

No solo me congratulo de que las compañías se impliquen y trabajen en pro del entorno natural (si bien muchas veces, y no digo que este sea el caso, no se trata más que de operaciones de “greenwashing” o paraecologismo), sino que lo considero necesario. Entiendo también que haya prioridades, de modo que las líneas con más puntos negros y aquellas que atraviesan entornos protegidos (no es lo mismo un parque nacional que uno periurbano) reciban mayor atención. Pero no hay que olvidar que existen numerosos informes presentados a lo largo de los años por la Agrupación de Voluntariado Ambiental de Santa Fe (AUCA) ante el Ayuntamiento de la localidad y la Delegación de Medio Ambiente en los que se informa de la problemática de estas líneas. Que tanto los agentes de Medio Ambiente como el SEPRONA han sido informados en cada uno de los casos de electrocución y se les ha acompañado al lugar de los hechos para la inspección y recogida de los cadáveres, y que la propia compañía eléctrica estaba al tanto de los mismos.

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El Parque Periurbano de la Dehesa de Santa Fe, como ocurre con tantos otros espacios verdes cercanos a núcleos urbanos, está francamente infravalorado. Tanto por sus valores intrínsecos como por la importancia que tienen estos entornos naturales (o naturalizados) para el desplazamiento de muchas especies, ya que en muchos casos vienen a satisfacer las necesidades de ejemplares juveniles de aves que se encuentran en dispersión, de otras que están en plena migración o que los usan como cazaderos y lugares de nidificación y cría.

Por todo lo anterior, me gustaría reivindicar estos espacios cuyos valores son olvidados, consciente o inconscientemente, por las concejalías de medio ambiente, agencias medioambientales, responsables políticos, empresarios, técnicos y por la ciudadanía en general. Porque, como bien sabéis, el valor conjunto de nuestros ecosistemas es mucho más que la suma de cada uno de ellos tomados por separado.

Por eso, y porque por muy bien que vaya la economía global a cualquiera de nosotros nos preocupará estar en paro (volviendo al símil de que el bien de la mayoría no ha de hacernos caer en la autocomplacencia y llevarnos a olvidar que existe el dolor de una gran minoría), hoy he querido volver a recordar al gran duque que tantas buenas noches nos ha regalado acompañándonos con su bronco ululido.

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Nota: Las fotografías pertenecen a la persona que localizó el ejemplar de búho real y lo notificó a la asociación de voluntariado y a Alberto, el organizador del curso sobre rapaces nocturnas y que ya nos visitó para hablarnos de la mortandad de aves por colisiones.

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Acabo de comenzar a leer El futuro de la vida, de Edward O. Wilson. Constituye el prólogo de este libro (sobre el que profundizaré en Homo libris más adelante, a buen seguro) una carta del eminente mirmecólogo a Thoreau, uno de los padres del movimiento conservacionista del que algo cité no hace demasiado tiempo por aquí, y de su visión del trabajo hace ya bastante.

De este prólogo emotivo, apasionado, sentido, quería extraer un fragmento que me ha gustado sobre qué es ser un naturalista. Aquí os dejo con Wilson dirigiendo la palabra a Thoreau. Espero que lo disfrutéis.

Existen dos tipos de naturalistas, y en esto coincidirás conmigo, definidos por las imágenes de búsqueda que los guían. El primero (los de tu tribu) está constituido por los naturalistas interesados en encontrar organismos grandes: plantas, aves, mamíferos, reptiles, anfibios, quizá mariposas. Las personas que buscan organismos grandes están atentos a los gritos de los animales, escudriñan en la bóveda arbórea, hurgan en los huecos de los árboles, buscan cagarrutas y rastros en las orillas fangosas. Su línea visual vacila a lo largo de la horizontal, primero hacia arriba para examinar la bóveda arbórea, después hacia abajo para fijar la vista en el suelo. Las personas de organismos grandes buscan un solo hallazgo que sea lo suficientemente bueno para el día. A ti, recuerdo, no te importaba andar siete kilómetros o más para ver si determinada planta había empezado a florecer.

Yo soy un miembro de la otra tribu: un amante de las cosas pequeñas; también un cazador, pero más en la línea de una zarigüeya que husmea que en la de una pantera que rastrea. Pienso en milímetros y minutos, y no soy en absoluto paciente mientras merodeo, porque la riqueza de los invertebrados y la recompensa rápida por un pequeño esfuerzo me han viciado para siempre. Si penetro en un trecho de bosque rico, raramente ando más allá de unas pocas decenas de metros. Me detengo frente al primer tronco en putrefacción prometedor que encuentro. Arrodillándome, le doy la vuelta, y el pequeño mundo que vive debajo me proporciona siempre una gratificación instantánea. Se separan raicillas y filamentos fúngicos, caen a tierra fragmentos adheridos de corteza. El olor húmedo, dulce y mohoso del suelo sano se eleva como un perfume hasta los orificios nasales que lo aman. Los habitantes del tronco que quedan a la vista son como los ciervos iluminados de repente por los faros de un vehículo en una carretera comarcal, congelados en un momento de su vida secreta. Se dispersan rápidamente para evitar la luz y el aire desecante, cada uno de ellos maniobrando de la manera particular de su especie. Una araña lobo macho sale zumbando precipitadamente, recorre varios cuerpos de longitud y, al no encontrar refugio, se detiene y se queda rígida. Su tegumento moteado le proporciona camuflaje, pero la cápsula ovígera de seda blanca que transporta entre sus pedipalpos y quelíceros la descubren. Cerca de ella, milpiés iúlidos, que ramoneaban moho cuando llegó el cataclismo, arrollan su cuerpo en espirales defensivas. En el extremo alejado de la superficie expuesta, un gran ciempiés escolopéndrido se encuentra parcialmente escondido bajo fragmentos de corteza en descomposición. Sus escleritos constituyen una armadura parda reluciente; sus mandíbulas, agujas hipodérmicas llenas de veneno; sus patas, hoces curvadas hacia abajo. La escolopendra no supone ninguna amenaza a menos que la cojas. Pero ¿quién se atrevería a tocar a este dragón en miniatura? En lugar de ello la golpeo con la punta de una ramita. ¡Fuera de aquí! Se retuerce, da media vuelta y desaparece en un instante. Ahora puedo registrar sin peligro el humus con mis dedos, en busca de especies menos amenazadoras.

Edward O. Wilson, El futuro de la vida.

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