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Posts Tagged ‘estaciones’

Las grandes reuniones y congresos que pregonan la necesidad de luchar contra el cambio climático parecen ser el punto de reunión de las buenas intenciones, y el de inicio del no hacer nada, o más bien poco, para atajar el problema. Hasta la fecha, los países más avanzados –es un decir- y que más deberían haberse implicado, ya que son (somos) los principales actores de uno de los mayores problemas que sufre a día de hoy el planeta, han sido los que, escudándose en la no inclusión de otros países de economías emergentes, como China o la India, han terminado por quedarse en la intencionalidad o, lo sumo, han dado tímidos pasos para reducir las emisiones de CO2 a la atmósfera. Con este panorama creo que no le extraña a nadie que los ciudadanos se muestren reticentes ante cumbres que parecen predestinadas al ostracismo desde el momento en que son convocadas, y que se asemejan más a una pasarela, donde los políticos puedan lucir palmito y salir sonrientes en las fotografías, que encuentros donde fijar verdaderos objetivos y compromisos ineludibles. Ya ocurrió con Kioto, cuyo nombre sirvió para llenar páginas y páginas que se han demostrado hueras con el transcurrir de los años. Pantomimas como fijar cuotas máximas de emisión de gases contaminantes, que podían comprarse y venderse alegremente, y que permitieron seguir contaminando al que ya lo hacía, e impedir el desarrollo de quienes más lo necesitaban, no nos han llevado a una posición mejor que en la que estábamos.

Hoy, 22 de septiembre de 2009, comienza el otoño. Al menos nominalmente, porque la estación, como tantas especies de animales y plantas, está en peligro de extinción. El cambio climático, ese que tantos ciudadanos de pie confunden con un mero cambio de las temperaturas, o que ha llovido más o menos en un determinado mes, es un verdadero problema global, causado por nuestros abusos durante el pasado siglo (incluso, diría, desde la Revolución Industrial, aunque se agravó en los últimos 60 años) y lo que va del actual. La estación de las hojas caídas, de los frutos del bosque, las castañas y el comienzo del frío, tiene los días contados. De seguir así, los veranos se alargarán hasta llegar a un extraño invierno que se mostrará más riguroso que nunca. Las plantas, incluso las que cultiva el hombre, están alterando sus ciclos vitales. Esto lo saben bien los agricultores, y mucho mejor las aves esteparias y rapaces como los aguiluchos cenizos. Sus puestas corren peligro, año tras año, porque las cosechas se llevan a cabo mucho antes, y al llevarse a cabo mediante el uso de cosechadoras, los polluelos mueren indefectiblemente antes de ser capaces de levantar el vuelo. Por esto, creo que el otoño debería declararse estación en peligro de extinción e intentar preservarla. Y no hablo en broma, las estaciones son tan patrimonio natural de la humanidad como la biodiversidad, por ejemplo, y deberíamos cuidarlas.

Desearía que no se me malinterpretase por los dos párrafos volcados anteriormente. Por un lado, me parece necesario que se lleven a cabo reuniones a nivel mundial para decidir, de forma conjunta los pasos que se deben seguir para luchar contra el cambio climático (hablo en todo momento del generado por la actividad humana, por supuesto). Pero muy prepotentes debemos ser si creemos que podemos controlar al clima como si fuera un simple juguete; nos esperan años duros, los efectos que hemos causado en él pueden reducirse, intentar reconducirlos, pero es imposible que podamos controlarlos. La ONU indicaba hace un par de años que los efectos del cambio climático sobre la atmósfera se prolongarán durante, al menos, un milenio, el tiempo que tardará en quedar en los niveles de CO2 de hace treinta años. Eso, claro está, si no seguimos contaminando y terminamos por desbocar al inquieto caballo que hemos intentado cabalgar. De ser así, podemos caer al suelo para nunca más volver a levantarnos. Por todo esto, creo que deben llevarse a cabo reuniones con verdadero ánimo de cambiar las cosas y, sobre todo, que no queden en agua de borrajas: hay que actuar.

No quiero ser catastrofista, ni convertirme en un predicador de tintes apocalípticos, pero creo que tenemos un problema serio sobre la mesa. Es así desde hace décadas, y sea por las propias inquietudes que siempre me han acompañado en torno a la Naturaleza, por la propia formación como autodidacta, o por simple convencimiento personal, mi opinión es que debemos actuar. Sin alarmismo, pero con contundencia. Hace diez años, desde foros vinculados al ecologismo se hablaba de la ruptura de la burbuja inmobiliaria, y nadie hacía el menor caso. Era un problema que se veía venir, aunque no sería algo inmediato. Finalmente ha llegado y ha provocado que, además de encontrarnos con nuestro suelo esquilmado, nos hayamos hundido en la crisis global como ningún otro país de nuestro entorno. Por eso, me gustaría creer que la Cumbre sobre el Cambio Climático que se inicia hoy marque verdaderos compromisos, donde la gestión del medio ambiente dependa más del criterio de los científicos que del de los políticos.

También se anuncia para hoy el estreno mundial de la película “La era de la estupidez” (“The Age of Stupid”), que intenta mostrarnos los efectos futuros que puede tener sobre el planeta el cambio climático. Os dejo con el tráiler y con una recomendación literaria que también invita a la reflexión: La carretera, de Cormac McCarthy.

Feliz otoño.

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