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Posts Tagged ‘flora’

A menudo el creador alude a la dicha, a la felicidad de la creación, aunque yo debo reconocer que rara vez me siento dichoso escribiendo, bien porque vivo la angustia del tema que desarrollo, bien porque la inadecuación entre lo que quiero expresar y lo que realmente expreso me conduce a la perplejidad y al hastío. Es decir, necesito escribir pero no soy feliz escribiendo, porque inevitablemente no sólo me quedo corto sino que, consciente de mis limitaciones, advierto mi incapacidad para enderezar lo torcido.

Así da comienzo el libro de Miguel Delibes Con la escopeta al hombro, un compendio de artículos sobre caza que vino a publicar a mediados del siglo pasado en El Noticiero Universal y que nos permite retrotraernos a una época en la que buena parte de los carnívoros, mamíferos o alados, eran considerados alimañas y donde la mecanización del campo marcaría un punto de inflexión en la abundancia de especies, cinegéticas o no, que decaería alarmantemente.

Ni que decir tiene que estoy disfrutando con la lectura del libro del vallisoletano, máxime cuando se trata de uno de mis escritores de cabecera, y precisamente por esto, además de porque el comienzo del libro refleja a la perfección mi estado de ánimo respecto a cuanto escribo en los últimos tiempos, he querido que el título de la entrada de hoy rindiese homenaje a don Miguel. Es más, en lo que llevo releído (aproximadamente un tercio del libro), me he encontrado con un par de agradables sorpresas que no recordaba de la primera lectura; los trotacampos y trotapáramos del libro vienen a unirse a la familia de trotamundos y, por supuesto, de trotalomas, así que bienvenidos sean.

Después de semejante desvarío, si has llegado hasta aquí te estarás preguntando de qué va la entrada de hoy. Si bien el título rinde homenaje al libro de Delibes, no es menos cierto que puede ser tomado de forma absolutamente literal. Esta mañana, en lugar de dirigirme como pretendía a la desembocadura del río Guadalhorce, decidí calzarme las botas, coger los prismáticos y echarme al monte caminando. No era el de hoy uno de esos domingos en los que te dices «me voy a pasar el día fuera» y no vuelves a casa hasta el anochecer, pero sí que me apetecía desconectar durante unas horas al menos y, ya que no me apetecía lo más mínimo conducir, la alternativa más viable era subir al monte de El Atabal, barriada del Puerto de la Torre, donde podía llegar a pie.

Resina de almendro

Resina de almendro

Conglomerado

Estrato de conglomerados.

Lo cierto es que tanto el monte como sus alrededores requieren, si se desea disfrutar de ellos, de un ejercicio de observación a corta distancia. Si no es así, posiblemente el naturalista saldrá de allí con una úlcera de estómago por lo descuidado en que se encuentra el lugar y por la fuerte presión a que es sometido por parte de las poblaciones aledañas y la gente que lo recorre habitualmente, ya sea buscando un lugar de esparcimiento, ora sea mediante la realización de actividades inocuas, como pasear con la familia —siempre y cuando no se hable a grito pelado— o recoger espárragos trigueros, bien a través de otras más punibles como la realización de botellones, de barbacoas en lugares y fechas no admisibles o depositando basura de todo tipo en ese entorno.

Así pues, equipado con mis botas de monte y “armado” con mis prismáticos Papilio (cuanto más los uso más los adoro, ¿os lo había dicho?) he salido al campo dispuesto a obviar tanta afrenta a un entorno degradado que, para vergüenza de propios y ajenos, contaba no ha mucho con una población bastante maja de camaleones en grave recesión (si es que a día de hoy queda alguno). Respecto a lo de obviar las afrentas, una cosa es decirlo y otra muy distinta hacerlo, pero lo cierto es que he disfrutado de la salida, si bien he tomado buena nota de algunos detalles para trasladarlos a unas autoridades que se limpiarán salva sea la parte con ellos.

El recorrido de hoy

El recorrido de hoy, de oeste a este. En la parte superior, en el centro, la torre que da nombre al distrito.

Salir con los Papilio al cuello es casi como ir de la mano de Sir David Attenborough cuando está rodando uno de sus documentales sobre la vida de los insectos; como si llevásemos al cuello un microscopio de campo o una lupa capaz de enfocar a media distancia. Así, el caminante se deleita observando el vuelo errático de la libélula que termina por llevarla a una rama seca que le sirve de posadero, o descubre fascinado un asílido posado en una de las ramas superiores de un olivo, invisible a la vista si no fuese por los versátiles binoculares.

El milpiés se esconde presto en una de las oquedades del tronco seco de olivo y un negro almendro rezuma su ambarina trampa mientras las hormigas se afanan agrandando su hogar extrayendo minúsculas porciones de barro de las profundidades. Al levantar una piedra cercana otro miriápodo, calco del anterior, corre a refugiarse en el hormiguero mientras unos tisanuros (Proatelurina pseudolepisma, es posible verlo mejor en el Insectarium Virtual) de varios tamaños corretean inquietos hasta que vuelvo el canto a su posición original.

Proatelurina pseudolepisma

Un borroso, por inquieto, Proatelurina pseudolepisma.

Una laboriosa hormiga.

Una laboriosa hormiga.

Algarrobos de buen porte entre olivos viejos dispersos, un bosquecillo de pino carrasco a cuyos pies comienzan a tomar posiciones plantones de olivo nacidos de las deposiciones de las aves, algún que otro almendro y una buena zona de palmito, cerca ya de la torre, junto a mucha jara, retama, espino negro, marrubio y bufalaga componen un paisaje donde el romero o el jaguarzo también hacen acto de presencia.

Algarrobos

Algarrobos

Flor femenina del algarrobo

Flor femenina del algarrobo

Absorto durante minutos en la observación de un ortóptero que se atusa las alas con los zancos y lanza al aire un excremento, el trotalomas aguza el oído al escuchar el maullido del ratonero que sobrevuela el monte. Está fuera de la vista, pero por si acaso alza al cielo los prismáticos y los ajusta para ver a lo lejos. Ni rastro de la rapaz, pero una abubilla pasa entre los olivos y varios mosquiteros y colirrojos tizones laborean alrededor de sus troncos y ramas buscando la pitanza. Comienza el descenso y, en esto, un mochuelo se arranca y desaparece de la vista en completo silencio.

La basura, que denota la calidad moral de quienes allí la han depositado, no deja por ello de ser útil para algunos y así lo sabe el trotalomas que, ni corto ni perezoso, levanta todo aquello que es susceptible de convertirse en refugio de algún ser vivo. Eso sí, acto seguido lo vuelve a su sitio, si ya le encontraron utilidad, o lo lleva consigo si es posible para depositarlo en un lugar más adecuado: el contenedor. En estos menesteres descubre que las mantis encuentran adecuado para depositar sus ootecas  un artilugio para bebés humanos(hasta tres localizo bajo el mismo) y que una salamanquesa rosada (Hemidactylus turcicus) no hace ascos a unos harapos para refugiarse durante el día.

Ooteca de mantis

Ooteca de mantis

Llamo harapienta a nuestra salamanquesa no solo por la chaqueta bajo la que se encontraba, sino porque, si os fijáis, muestra parte de la cola lisa por haber perdido un trozo durante alguna batalla territorial o huyendo de algún depredador. Al regenerarse se queda lisa, sin mostrar los tubérculos cónicos que sí tiene en la parte que no perdió.

Salamanquesa rosada

Salamanquesa rosada harapienta.

Ya casi al final del camino, tras mirar a lo lejos casi exclusivamente para eludir a otros humanos que han ido apareciendo conforme avanzaba la mañana y el sol comenzaba a calentar (recolectores de espárragos, aficionados al ciclismo, familias de paseo) llega el trotalomas a un cañizal que denota la presencia de agua. El canto de mirlos y el paso de lavanderas le hace pensar que un día tiene que volver allí para observar a la avifauna con detenimiento, ya que la cercana laguna de la Barrera (una laguna artificial, procedente de una zona de extracción de arcilla para la fábrica de ladrillo que hubo en su día en la Colonia de Santa Inés) ofrece a las aves un lugar de refugio y alimentación que no cabe desdeñar.

Hueco de la laguna de la Barrera

Depresión de la laguna de la Barrera, a la derecha de la fotografía, y olivar de la zona visitada. Se ve también la subestación transformadora que hay en la zona. La fotografía es de 1965.

Vuelta al asfalto, a la ciudad que no ha dejado de estar presente más que en la mente del trotalomas, que por unas horas se ha evadido de la misma. De regreso a casa, a por la manduca y a echarle un vistazo a Trotty, el inspirador del blog, que se va recuperando del resfriado que le ha tenido postrado unos días.

Trotty y Darwin

Trotty y Darwin

Nota: La fotografía de 1965 la he tomado de este foro, donde se pueden encontrar otras fotos antiguas de Málaga.

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Cuando estaba como naturalista a bordo del Beagle, buque de la marina real, me impresionaron mucho ciertos hechos que se presentan en la distribución geográfica de los seres orgánicos que viven en América del Sur y en las relaciones geológicas entre los habitantes actuales y los pasados de aquel continente. Estos hechos, como se verá en los últimos capítulos de este libro, parecían dar alguna luz sobre el origen de las especies, este misterio de los misterios, como lo ha llamado uno de nuestros mayores filósofos. A mi regreso al hogar ocurrióseme en 1837 que acaso se podría llegar a descifrar algo de esta cuestión acumulando pacientemente y reflexionando sobre toda clase de hechos que pudiesen tener quizá alguna relación con ella. Después de cinco años de trabajo me permití discurrir especulativamente sobre esta materia y redacté unas breves notas; éstas las amplié en 1844, formando un bosquejo de las conclusiones que entonces me parecían probables. Desde este período hasta el día de hoy me he dedicado invariablemente al mismo asunto; espero que se me puede excusar el que entre en estos detalles personales, que los doy para mostrar que no me he precipitado al decidirme.

Tal día como hoy, hace 152 años (la nada en una escala de tiempo evolutivo), Charles Robert Darwin publicó un libro que generaría una gran polémica en su época y sobre el que se sigue debatiendo hoy día: El origen de las especies por medio de la selección natural. Un libro que aúna ciencia y literatura, y al que os recomiendo acercaros por lo apasionante que resulta su lectura.

Por eso, y porque otro 24 de noviembre, este de 1974, se descubrieron los restos de Lucy, se celebra hoy el Día del Orgullo Primate haciendo así patente la inmensa diversidad biológica en un ejercicio de hermanamiento biológico con nuestros “hermanos”, los otros primates, y el resto de especies.

¡Feliz día, mis homínidos lectores! ¡Un brindis para celebrarlo y adelante la música, “My Brother the Ape” por They Might Be Giants!

Para saber más:

Y algunas entradas antiguas en mi blog Homo libris:

 

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Hacía tiempo que deseaba escribir algo sobre las especies invasoras, y la conjunción de varios hechos ha propiciado que finalmente me siente a hacerlo. Por un lado, la elaboración del más que cuestionable Catálogo Español de Exóticas Invasoras por parte del Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino; por otro, la aparición en diversos medios de la noticia sobre la detención de varios miembros de asociaciones animalistas y, por último, la lectura de un artículo que me hizo llegar hace unas semanas mi buen amigo Otus y que me recordó otros escritos publicados en revistas cinegéticas de todo pelaje.

La presencia de especies exóticas (esto es, foráneas, introducidas en un ambiente ajeno a aquel del que son propias) provoca graves alteraciones en los ecosistemas donde proliferan sin mesura. Introducidas en sus nuevos hábitats y aclimatadas a los mismos, al no estar presentes sus depredadores naturales pueden medrar y constituirse en un grave problema ambiental, por lo que reciben entonces el nombre de especies invasoras. La dispersión de especies fuera de sus áreas de distribución geográfica de origen se produce en multitud de ocasiones por causas relacionadas directamente con nosotros, los humanos (antropocoría), ya sea porque introducimos estas especies de forma intencionada, bien porque su explotación reporta un beneficio económico (caza, pesca, ganadería o agricultura), bien para intentar controlar otra especie invasora mediante el manejo integrado de plagas (introducción del depredador natural, en ocasiones con consecuencias aún más nefastas para el ecosistema), o accidental, porque viajen ocultas en vehículos de transporte o en cargas de alimentos, madera, etc.

De lo anterior es fácil deducir que la presencia de animales exóticos invasores no reporta precisamente beneficios para las poblaciones locales, así como que provoca desde daños económicos hasta la extinción de algunas especies del lugar (de hecho, las invasoras constituyen una de las principales causas de pérdida de biodiversidad en el planeta). El efecto se agrava en ecosistemas especialmente delicados, como es el caso de las islas y regiones biogeográficas de características similares, aquellas que presentan barreras naturales que las aíslan del exterior, ya que las especies que las habitan suelen estar muy especializadas y son particularmente vulnerables a la introducción de otras del exterior, pues suelen ser mucho más oportunistas y adaptativas, depredando o desplazando a las especies originarias del ecosistema invadido e incluso transmitiéndoles enfermedades ante las que no son inmunes (caso del cangrejo de río americano, que transmite la afanomicosis al autóctono, o del visón americano y el parvovirus que transmite la enfermedad aleutiana entre los europeos, entre otras).

Como viene ocurriendo con buena parte de las problemáticas ambientales que adolece el planeta hoy día, la causa de la proliferación de muchas de estas especies invasoras tiene un origen claro: los humanos. Quienes llevaron conejos a Australia para poder disfrutar de un entretenimiento cinegético; el farero que llevó a su gatito a la isla donde trabajaba para no encontrarse solo (y que podría considerarse “individuo invasor”, como representante único de su especie que dio al traste con la viabilidad del endemismo ornitológico que constituía el Xénico de Lyall), y quienes liberaron aquel galápago de Florida de graciosas “orejas” rojas cuando dejó de medir tres centímetros de largo o permitieron que escapasen de sus jaulas las cotorras argentinas que habían comprado en la pajarería son algunos de los culpables.

No obstante, no siempre la dispersión se lleva a cabo de forma consciente; así, es habitual encontrar especies que han sido trasladadas de un extremo a otro del mundo a través en las bodegas inundadas de los barcos cuando viajan sin carga útil o en cargamentos de madera, plantas afectadas por algún insecto, etc.

Determinar el origen de la propagación de estas especies es importante para evitar que sigan ocurriendo, así como evaluar las posibles medidas que pueden tomarse para controlar su proliferación una vez que han ocupado un nuevo ecosistema. En la mayoría de ocasiones resulta muy complicado erradicarlas, y frecuentemente entran en juego dilemas morales que, si bien siempre cuidan del bienestar del individuo, pocas veces parecen pensar en el de las especies. Poca gente habrá que trate con miramiento la plaga de Periplaneta americana que invade su casa o al picudo rojo que hunde las palmeras de nuestros jardines, pero al Neovison vison, que para nada merece sufrir en una granja peletera hasta que le condenan a muerte para vestir a no-diré-qué-epíteto-aplico-a-ciertos-individuos, se le libera sin más en plena naturaleza, donde campea a sus anchas, llega a nado hasta a las Cíes y desplaza a su paso al visón europeo, en grave peligro y que ha sufrido un retroceso importantísimo en sus áreas de distribución.

Por todo lo anterior, entiendo que se tomen medidas contundentes con aquellas personas y entidades que atenten contra nuestros ecosistemas. Ahora bien, pese a que es cierto que no apoyaría jamás acciones de liberación animal porque, como suele decirse, puede ser peor el remedio que la enfermedad, no lo es menos que contemple con asombro cómo nuestro Gobierno de España plantea en el borrador del Catálogo de Especies Exóticas Invasoras un despropósito como es el permitir como “excepción excepcional” la cría de visón americano en estos pagos. Total, dirán, como ya hay en la naturaleza y dan buenos réditos… Esa forma meramente economicista de concebir el medio natural y, por ende, la vida, da al traste con cualquier intención de hacer las cosas bien. No es el Gobierno el único que peca de interesado: me hierve la sangre cuando leo, como apuntaba al comienzo de la entrada, algún artículo cinegético donde defienden lo idóneo del Arruí como especie de caza mayor y se quiere exterminar cual alimaña a los meloncillos que, de medrar, lo hacen porque los humanos facilitamos las condiciones para que ello ocurra y, no lo olvidemos, constituyen un efectivo aliado para los agricultores, depredando sobre ratas, topillos y otros roedores perjudiciales para la agricultura.

Resumiendo: las especies invasoras constituyen un gravísimo problema para el mantenimiento del equilibrio ecológico de los ecosistemas y la conservación de unos niveles de biodiversidad adecuados. El hombre es responsable en la mayor parte de ocasiones de su aparición, por lo que se hace necesario llevar a cabo una gestión adecuada de dichas especies, evitando su introducción en primer lugar (más vale prevenir que curar) y su proliferación, llegado el caso. Y aunque no apoyo la suelta de animales de las granjas donde son criados, también me opongo, como ciudadano interesado y preocupado, a la instalación de las mismas (por no hablar además del uso de animales para peletería, pero esto es otra batalla de la que hablaremos otro día si os place). Por eso, si se está dando tratamiento de “ecoterroristas” a varias personas miembros de grupos pro-defensa de los derechos de los animales, debería aplicarse un trato similar a promotores de Algarrobicos varios, a ciudadanos europeos que encienden fogatas en verano cuando se “pierden” en el campo, a cazadores que liberan jabalíes en la sierra de Mijas o a políticos que promueven leyes interesadas con agujeros y vacíos por los que se cuela con facilidad un visón, dos o mil.

Para saber más:

Actualización a 02/11/2011:

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Vivimos en la era de la estupidez. Eso es lo que afirma, al menos, la película de Franny Armstrong que lleva el mismo título que esta entrada, a caballo entre el cine documental y la ciencia ficción (con sólidas bases de la primera y asomos de realidad en la segunda). Aproveché el pasado fin de semana para verla, ya que era una de las películas que tenía pendientes en torno al tema –recurrente ya– del calentamiento global planetario, y lo cierto es que me gustó bastante, aunque cada día sea más escéptico con estos temas (más bien con el enfoque que se les da y el que se hayan convertido en objeto de los medios de comunicación y políticos, y se desvíe la atención de la necesidad de acción).

“La era de la estupidez” nos lleva al año 2055, cuando el cambio climático ha dejado de ser una amenaza para convertirse en una dura realidad para los habitantes del planeta. Ciudades devastadas por desastres naturales y campos de exiliados en un círculo ártico que ha dejado de ser polar abren una cinta que nos llevará a conocer el origen de tan nefastas escenas. Recurriendo a grabaciones del pasado, nuestro protagonista (Pete Postlethwaite) contempla con una mezcla de asombro y pesadumbre cómo los síntomas estaban presentes cuarenta años atrás entre nuestras sociedades, cómo la naturaleza dejaba traslucir el mal que la aquejaba y de qué manera estuvimos globalmente ciegos y sordos ante estas manifestaciones. Este particular archivero se pregunta cómo fuimos capaces de no hacer nada que lo evitase ante tamaña cantidad de evidencias de cambio.

Decía más arriba que la película me gustó, y es cierto, ya que plasma a modo de narración de ciencia ficción y de forma amena una problemática actual, recurriendo al recuerdo del protagonista y a los vídeos que visiona para ponernos delante de los ojos aquellos que todo el mundo parece ver pero nadie observar.

Sin embargo, líneas arriba me planteaba como un escéptico, y os diré por qué. Desde hace unos cuantos lustros se está llevando a cabo un debate encendido entre aquellos que defienden la teoría del calentamiento global de origen antropocéntrico y quienes hablan de que se trata de un calentamiento natural en el que el hombre nada interviene y, por tanto, que no es posible frenar sino que deberemos adaptarnos a él. Más allá de las teorías de uno u otro bando y de las bases científicas que les respaldan (se ha recurrido a llamar a diversos errores o falseamientos de datos como el “Climagate”, que ya parece ser caso cerrado), lo que es innegable es que el clima está cambiando a una velocidad pasmosa, en términos de tiempo y variables geológicas, y que si bien el ser humano podrá adaptarse, técnica mediante, en mayor o menor medida al fenómeno, son numerosas las especies de animales y plantas que sucumbirán ante esta grave situación. Es más, muchas de ellas no podrán adaptarse ni tan siquiera en otras regiones bioclimáticas porque hemos destruido potenciales hábitats en nuestra carrera desenfrenada de consumo y “crecimiento”. Y todo lo anterior sin olvidar que, a día de hoy, son muchísimos más los cientos de millones de personas que pasan hambre y no tienen acceso a esa “tecnología de salvación” (ni la tendrán) que las que pertenecemos a los países industrialmente avanzados.

Ante semejante panorama, inmersos en una crisis económica y social sin precedentes, provocada por un capitalismo sin control y un consumismo desmedido, ¿a quién culpamos? ¿Con qué fuerza moral señalamos a entidades bancarias y políticos como culpables de la crisis? Todos consumimos, todos producimos para consumir más y todos nos endeudamos porque era fácil hacerlo. Y de aquí, que se salve el que pueda. Por eso, todos somos responsables (que no culpables) de lo que está ocurriendo y como tales deberíamos ser coherentes y buscar una salida hacia un modelo que no sea, una vez más, el que nos ha hecho sucumbir a la primera de cambio. Dentro de este cambio de modelo, el respeto y la preservación de la naturaleza deberían ser de capital importancia, ya que ponemos en juego la supervivencia de las generaciones venideras. Aunque sea únicamente por este egoísta pensamiento, deberíamos plantearnos qué medidas tomar, individualmente y como sociedad, así como qué exigencias transmitimos a aquellos que, recordemos, no nos deberían gobernar sino representar.

En resumen, “La era de la estupidez” resulta interesante, aunque creo que su mensaje algo apocalíptico puede insensibilizar aún más a quienes están acostumbrados, a golpe de telediario, a contemplar la miseria humana en derredor. Los mensajes positivos son bienvenidos, por supuesto, y el medio ambiente puede ser un buen motor de cambio (es más, tal vez deba serlo), pero no podemos tomarlo como un recurso productivo más, sino como un objetivo de futuro y de calidad. Pero no permitamos que el mensajero desvíe la atención del mensaje, ni nos perdamos en debates interminables sobre el significado de este, máxime cuando intenta describir algo tan difícil de acotar como es el cambio climático (un problema perverso, además).

Si os apetece indagar algo más al respecto, un par de blogs que sigo desde hace tiempo y que recomiendo encarecidamente al respecto de este tema son “Hablemos del Cambio Climático” y “Usted no se lo cree“.

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De una relectura particular del discurso de ingreso de Miguel Delibes en la Real Academia Española he querido extraer un par de fragmentos de plena vigencia, máxime cuando los amos del mundo se vuelven a reunir, esta vez en México, quién sabe si para reírse las gracias como ya ocurriese un año atrás o para hacer su trabajo, algo sobre lo que tristemente tengo mis dudas.

Os dejo con estos fragmentos de sabiduría de uno de nuestros grandes, al que tristemente perdimos no hace mucho y, sin embargo, hace ya tanto…

En la actualidad la abundancia de medios técnicos permite la transformación del mundo a nuestro gusto, posibilidad que ha despertado en el hombre una vehemente pasión dominadora. El hombre de hoy usa y abusa de la Naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara un futuro.

La Naturaleza se convierte así en el chivo expiatorio del progreso. El biólogo australiano Macfarlane Burnet, que con tanta atención observa y analiza la marcha del mundo, hace notar en uno de sus libros fundamentales que «siempre que utilicemos nuestros conocimientos para la satisfacción a corto plazo de nuestros deseos de confort, seguridad o poder; encontraremos, a plazo algo más largo, que estamos creando una nueva trampa de la que tendremos que librarnos antes o después».

He aquí, sabiamente sintetizado, el gran error de nuestro tiempo. El hombre se complace en montar su propia carrera de obstáculos. Encandilado por la idea de progreso técnico indefinido, no ha querido advertir que éste no puede lograrse sino a costa de algo. De ese modo hemos caído en la primera trampa: la inmolación de la Naturaleza a la Tecnología. Esto es de una obviedad concluyente. Un principio biológico elemental dice que la demanda interminable y progresiva de la industria no puede ser atendida sin detrimento por la Naturaleza, cuyos recursos son finitos.

Toda idea de futuro basada en el crecimiento ilimitado conduce, pues, al desastre. Paralelamente, otro principio básico incuestionable es que todo complejo industrial de tipo capitalista sin expansión ininterrumpida termina por morir. Consecuentemente con este segundo postulado, observamos que todo país industrializado tiende a crecer; cifrando su desarrollo en un aumento anual que oscila entre el dos y el cuatro por ciento de su producto nacional bruto. Entonces, si la industria, que se nutre de la Naturaleza, no cesa de expansionarse, día llegará en que ésta no pueda atender las exigencias de aquélla ni asumir sus desechos; ese día quedará agotada.

[…]

La pueril idea de un mundo inmenso, inabarcable e inagotable, queacompaña al hombre desde su origen, se esfuma a mediados de este siglo con laaparición de aviones supersónicos que ciñen su cintura -la del mundo- en unashoras y con el primer hombre que pone su pie en la Luna.

Las fotografías tomadas desde los cohetes lunares muestran al planetaTierra como un pequeño punto azul en el firmamento, lo que equivale areconocer que 100.000 millones de otras galaxias pueden albergar, cada una,cientos de miles de sistemas solares semejantes al nuestro. La técnica, quepuede mucho, evidencia que somos poco. Esto supone para el orgullo delhombre, en cierto modo, una humillación, pero también una toma deconciencia: la de estar embarcado en una nave cuya despensa, por abastecidaque quiera estar, siempre será limitada.

Esta convicción destruye la idea peregrina de la infinidad de recursos y presenta, a cambio, de cara al futuro, el posible fantasma de la escasez. Mercedal perfeccionamiento de las técnicas de prospección, el hombre empieza a tocar ya las tristes consecuencias del despilfarro iniciado con la era industrial.

Miguel Delibes, Un mundo que agoniza.

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Aunque en plenos exámenes y con menos tiempo del que me gustaría, no deseaba dejar pasar por alto el Día Mundial del Medio Ambiente (no bromeo si digo que se me han ido las teclas a escribir “mundanal”), máxime en el Año de la Biodiversidad. Sí, esa diosa menguante que actúa como indicadora del estado de una crisis ecológica que va a la par de la de valores.

Traigo hoy un texto que escribí tres años atrás en el que sería mi primer blog, “La Dehesilla News”. Una bitácora que comencé con la intención de ser el diario del despropósito que supone vivir y convivir en Santa Fe y desde la que, durante un tiempo, intenté poner en evidencia con manifiesta ironía los desaguisados ambientales con que iba encontrándome en Granada y, más tarde, en Málaga.

La entrada en cuestión reflejaba mi desazón al ver cómo se alteran los ecosistemas fluviales sin tener en cuenta que son vitales para nuestra supervivencia. Si deterioramos la calidad de las aguas que nos alimentan, ¿qué futuro es posible? ¿Respetaremos otros sistemas que nos son (eso queremos creer al menos) menos vitales para nosotros? Muy relacionado con el que dejo en Homo libris (con un texto de Miguel Delibes y una imagen impactante del río Citarum), por desgracia no ha dejado de tener vigencia. En estos tres años han sido la Fuente de la Reina, el río Genil o el arroyo Salado los que han sufrido gravemente por nuestra mano. Y eso, en el entorno cercano a mi ciudad natal. ¿Cuantos ríos no se habrán convertido de plácidos cauces fluviales en conductos de transporte de lejías, detergentes y productos fitosanitarios? ¿En cuantos de ellos podrán seguir viviendo (y no sobreviviendo, o ni eso) peces y anfibios? ¿Habrá moscas de las piedras aún en ellos? ¿O llevan una carga de muerte que hace desaparecer, cual Othar, incluso a los antaño comunes matranzos?

No me extiendo más. Aquí queda el fragmento.

Es de bien nacidos…

Si hay algo de lo que peca en demasía el homo sapiens, ¿sapiens? es de ingratitud, y los ríos son el muerto reflejo de este hecho. Tendemos a olvidar, entre otras tantas cosas, que los ríos fueron vitales para el nacimiento y posterior expansión de las principales civilizaciones. Así, hace seis mil quinientos años se asientan entre el Tigris y el Éufrates los inicios de la civilización en la antigua Mesopotamia; cinco milenios atrás, la civilización egipcia floreció gracias a las inundaciones del Nilo; la civilización occidental surge a orillas del río Tíber, donde un pequeño grupo de pobladores decidió establecerse y fundar Roma. Podríamos seguir narrando de este modo nuestra Historia, que ha seguido, desde siempre, el curso de ríos grandes y pequeños.

Actualmente dependemos de ellos tanto como antaño. El Amazonas riega y da nombre al pulmón del planeta, la Amazonía. Algo más cerca, el río Ebro da vida a los campos de Aragón, y proporciona nutrientes vitales a los peces del Mediterráneo. Infinitos ríos constituyen el sistema circulatorio de la Tierra, distribuyendo el fluido vital. Pero, obcecados por nuestro desmesurado crecimiento despreciamos la memoria de nuestros antepasados, obviamos los motivos de por qué tantas ciudades y pueblos crecen a orillas de algún río, y los convertimos en meros canales de riego cuando no en simples basureros.

En Santa Fe también actuamos así, olvidando que el Genil es el río que ha proporcionado la riqueza a la Vega de Granada, que ésta es fruto de la sedimentación de detritos provocada por sus inundaciones y que el sistema de riego que nos ha dado de comer en tiempos de hambre, guerra y miseria forma parte de la herencia que nos dejaron los árabes y que fue parte de la cultura de nuestros mayores.

Estos días el alzheimer histórico hace mella en la comunidad de regantes de Chauchina, pueblo cercano a Santa Fe y con quien comparte río, el Genil, y arroyo, el Salado. Los agricultores, que son los que más le deben, han olvidado que la Fuente de la Reina es más que un simple canal de riego. El agua fresca que allí aflora calma la sed del caminante que ha buscado refugio en el bosque de galería que acompaña su trazado. Contempla, sobre el trasfondo de los sauces, olmos y saúcos, la batalla campal entre los trinos de ruiseñor y los gorjeos de la curruca.

Eso era ayer. Y anteayer. Hoy, la muerte en forma de máquina –esas máquinas que idolatramos-, arrasa con siglos de cultura, miles de recuerdos y cientos de árboles.

Desagradecidos.

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Lo más pequeño es un misterio
y lo sagrado tan sencillo.
El llanto de los nopales
junto al húsar de la muerte.
Cuando el coyote llamó a tu puerta
aulló notas malvenidas,
las sombras arrebatadas
para al sueño de los justos…

(Héroes del Silencio, “Morir todavía”.)

Matranzos de la Vega

Matranzos de la Vega

De mi infancia extraigo el recuerdo de la fragancia de una humilde planta, abundante en la Vega de Granada en aquel entonces (en particular en las cercanías de mi pueblo, Santa Fe) y que poco a poco fue desapareciendo hasta ser, hoy día, difícil de encontrar. El aroma del matranzo (Mentha suaveolens, aunque recibe diversos nombres comunes: atapulgas, hierba sapera, mastranto, mastranza, maztrancho, yerbabuena de burro…), esta planta herbácea emparentada con la menta y la hierbabuena, antaño aparecía estrechamente vinculado con las fiestas del Corpus Christi ya que las calles principales del pueblo se tapizaban con un manto de hierbas recién cortadas entre las que destacaba el matranzo por el olor que despedía. Sin embargo, con el paso del tiempo la planta se fue haciendo cada vez más escasa y fue sustituida por otras, como las abundantes vinagreras (o acedera común, Rumex acetosa) a la que tan poco uso se le da, por otro lado, a pesar de ser comestibles, como bien sabían en su momento mis queridas cobayas. De este modo, nuestra protagonista de hoy, esta planta capaz de repeler a los insectos y de aliviar tanto procesos griposos como dolencias estomacales fue, al menos en mi localidad, cayendo en el olvido.

Matranzo. Detalle.

Matranzo. Detalle.

Hace tiempo que estoy buscando matranzos en los alrededores de Santa Fe así como otras pequeñas especies comunes como la Anoxia villosa, cuyas larvas (las inefables “gallinas ciegas”) me encantaba criar y que de constituir una plaga en el pasado ha pasado a desaparecer prácticamente del todo en la comarca, lo que muestra cómo el abuso continuado sobre los recursos y el medio y, en este caso particular, la contaminación por el uso de pesticidas y herbicidas, ha llevado prácticamente hasta la extinción local a una especie frecuente con anterioridad.

Del matranzo me encantaba su olor y sus pequeños depredadores, los bellísimos escarabajos Chrysomela menthastri, aunque a día de hoy constituye para mí un ejemplo más que podemos perder mucho donde queremos creer que tenemos muy poco, en una muestra del escaso valor que concedemos a lo abundante al aplicar la vara de medir de la economía a cualquier asunto que nos ataña. Las riberas de las acequias de antaño hoy son de hormigón, y al caminar por ellas no se desprende el olor mentolado de esta querida planta, ni puede uno sorprenderse con el brillo increíble de estos crisomélidos.

Chrysomela menthastri, fotografía tomada de Institució Catalana d’Història Natural.

Chrysomela menthastri. Fotografía tomada de Institució Catalana d’Història Natural.

Posiblemente conozcáis también el marrubio, ciertamente parecido al matranzo aunque habita en lugares más secos que aquel y sus hojas son algo más anchas y de forma arriñonada. El Marrubium sp. (creo que se trata de Marrubium supinum, pero esta no es precisamente mi especialidad) de las fotografías me dio una leve alegría en su momento que trocó en desencanto al no ser sus hojas como las recordaba ni su olor tan fragante como el del marrubio.

Mata de marrubio.

Mata de marrubio.

Marrubio. Detalle.

Marrubio. Detalle.

Se me pasan por la cabeza ideas como un plan de recuperación del matranzo en algunos lugares de municipio, de modo que estaré al tanto para conseguir las semillas de los bellos ejemplares que encabezan la entrada y poder distribuirlas en zonas que puedan estar menos afectadas por los herbicidas, tarea harto dificultosa si tenemos en cuenta que viven, como decía, en zonas húmedas y de ribera y que estas han sido fumigadas a destajo hasta la fecha con las problemáticas que esto conlleva (por la filtración del veneno en el suelo y su difusión por el agua de las acequias), una práctica ilegal a todas luces, si no estoy equivocado, e imprudente en todo caso.

Una muestra más de la tragedia de los  comunes aplicada al aire, al agua y a cuanto nos rodea y es “de todos”.

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