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Posts Tagged ‘contaminación’

Andaba manteniendo una charla en Twitter sobre la «limpieza» de ríos y montes cuando recordé una vieja entrada que había publicado sobre este tema tras uno de los desbordamientos del arroyo Salado en Santa Fe. Quería enlazarlo y comprobé que no lo había escrito en este blog sino que pertenecía a mi pretérito lugar de encuentro, La Dehesilla News. Como lo desactivé hace un tiempo, he querido recuperar la entrada para estas andanzas mías, ya que creo que sigue plenamente vigente (por desgracia) esa visión sobre que es un monte «limpio» y el supuesto extremismo ecologista.

Apuntaré que la entrada incidía en el ecologismo porque esa era la palabra que, de forma despectiva y, a mi parecer, injustificada, se usaba para atacar al colectivo al que pertenezco. Una asociación de voluntariado ambiental (AUCA) que lleva trabajando en el pueblo más de tres lustros en aras de mejorar las condiciones del entorno y con una trayectoria más que solvente en lo que se refiere a este ámbito.

Sin más dilación, la antigua entrada y el comentario que suscitó. Los enlaces finales están desactivados porque, tras revisarlos, he visto que las páginas dejaron de estar activas.

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Cuando nos vemos desbordados…
Sábado, 29 de septiembre de 2007

El pasado viernes 21 de septiembre, un temporal provocaba el desbordamiento del arroyo Salado en nuestro municipio, provocando numerosos daños. Sin embargo, el más grave de todos no fue provocado directamente por el aluvión, sino por la falta de reflexión y el escaso uso de las meninges, comprensible cuando se estaba en el meollo, pero incomprensible cuando días después se sigue insistiendo en el mismo punto.
Entre la gente que en aquel aciago momento arrimaba el hombro, había voces que proclamaban que la culpa de todo la tenían los ecologistas, que no querían que se limpiase el arroyo. Expresiones tan pensadas y sapientísimas como: “prefieren que vivan los sapos a las personas” o “al río teníamos que echarles ahora” calentaban los ánimos de la población. En momentos de tensión, es obvio que puedan decirse cosas de las que luego debamos, de mutuo acuerdo con nuestra conciencia, retractarnos. Lo peor es que sigamos sumidos en la ignorancia cuando todo ha pasado.
Así, invitamos a los lectores de La Dehesilla News a reflexionar sobre varios aspectos que encuentran su demostración gráfica en las fotografías que presentamos a continuación, tomadas el día de la inundación.
En la primera de ellas, vemos cómo el arroyo Salado ha salido de su cauce inundando campos de cultivo, y un olivar (en el lateral derecho de la fotografía). Puede observarse que, por un lado, la contención del arroyo había quedado mermada por las labores de cultivo que se venían realizando sin respetar el margen de dominio público que tienen todos nuestros ríos a lo largo de todo su cauce. Es más, en esta fotografía los árboles permanecen relativamente alejados, pero en múltiples ocasiones se encuentran árboles recientemente plantados a menos de dos metros del cauce del arroyo… ¿Ecologistas? No los vemos por ningún lado. ¿Agricultores? Nos lo planteamos también.

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En la siguiente foto, vemos a personas trabajando en la encomiable labor de desviar el curso del agua para que no inunde sus casas. Si observamos con atención, vemos con qué se está desviando el agua: con los restos que arrastra. Neveras rotas, ruedas de coche, cajas de fruta… ¿Por qué será que en España, en Andalucía, en SANTA FE, tenemos a los ríos por depósitos de basura? Si los ciudadanos, que somos todos, tiramos basura, colchones, escombros, e incluso reses muertas al cauce de los ríos, al final nos será devuelto multiplicado, como si de una maldición divina (provocada por nuestra inconsciencia) se tratase. Nos comemos la mierda -con perdón, pero no tiene otro nombre- que les arrojamos.
En todo esto, ¿qué papel juegan los ecologistas? Advierten e informan a nuestros políticos, a los dirigentes. Existen denuncias e informes sobre estos hechos, avisando de la necesidad de retirar los vertidos, de LIMPIAR el cauce del arroyo. Si se hace caso omiso a estos informes, ¿quién es el responsable moral del desbordamiento?

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Por tanto, los ecologistas, como se les llamaba de forma general en esas afirmaciones, sólo denunciaban en su momento el desastroso cuidado que se llevaba a cabo en nuestro arroyo. De hecho, se produjo una paralización de las obras de “limpieza” que llevaba a cabo la empresa adjudicataria en su día, por considerar que no era el momento adecuado, ni adecuada era la forma de llevarlo a cabo. El Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil fue quien paralizó la tala de árboles, por no tener en ese momento la empresa los permisos pertinentes.
Pasados dos meses, se volvieron a ejecutar las obras, finalizando la “limpieza” del cauce hasta el término municipal de Chauchina. Y los ecologistas advirtieron que esa “limpieza” no serviría más que para acelerar el paso del agua en caso de avenida, y que eran necesarias otras intervenciones para evitar posibles males.
Pero se hizo caso omiso de ello.

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No son las cañas las que taponan el puente bajo el que pasa el Salado. Es una tubería de una obra situada, originariamente, aguas arriba.
Tuberías, contenedores, material de construcción… en el cauce del río. ¿Propiedad de los ecologistas?

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Y ahora, ¿a quién señalamos con nuestro dedo? Vemos el cañizo en el ojo ecologista, pero no la tubería, el colchón que no sirve o el frigorífico usado en el nuestro.

Hoy, sinceramente, me siento decepcionado de ser santaferino.

ENLACES DE INTERÉS:

Solidaridad del grupo político IU con el colectivo ecologista.
Denuncia, ya en 2003, del estado en que se encontraba el arroyo Salado. Por Ecologistas en Acción.

1 COMENTARIO:

salvandoarboles dijo…
ahora los ecologistas tienen rabo y huelen a azufre y solo se preocupan por los bichos…

cuando los ecologistas trabajan desinteresadamente por la conservacion de la vida la humana incluida, pero haciendo más hincapie en los más débiles: animales y plantas

¿y quien no es ecologista? si el ecologismo quiere decir amor y respeto por la naturaleza, entonces todos lo somos…y si hay quien no respeta la naturaleza…¿no es a ese al que hay que mirar con el dedo acusador?

saludos y ánimo los comentarios ignorantes no ofenden, solo reafirman en la actitud positiva.

08/10/07 16:52

Finalmente, enlazo un par de entradas propias relacionadas con este tema:

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A menudo el creador alude a la dicha, a la felicidad de la creación, aunque yo debo reconocer que rara vez me siento dichoso escribiendo, bien porque vivo la angustia del tema que desarrollo, bien porque la inadecuación entre lo que quiero expresar y lo que realmente expreso me conduce a la perplejidad y al hastío. Es decir, necesito escribir pero no soy feliz escribiendo, porque inevitablemente no sólo me quedo corto sino que, consciente de mis limitaciones, advierto mi incapacidad para enderezar lo torcido.

Así da comienzo el libro de Miguel Delibes Con la escopeta al hombro, un compendio de artículos sobre caza que vino a publicar a mediados del siglo pasado en El Noticiero Universal y que nos permite retrotraernos a una época en la que buena parte de los carnívoros, mamíferos o alados, eran considerados alimañas y donde la mecanización del campo marcaría un punto de inflexión en la abundancia de especies, cinegéticas o no, que decaería alarmantemente.

Ni que decir tiene que estoy disfrutando con la lectura del libro del vallisoletano, máxime cuando se trata de uno de mis escritores de cabecera, y precisamente por esto, además de porque el comienzo del libro refleja a la perfección mi estado de ánimo respecto a cuanto escribo en los últimos tiempos, he querido que el título de la entrada de hoy rindiese homenaje a don Miguel. Es más, en lo que llevo releído (aproximadamente un tercio del libro), me he encontrado con un par de agradables sorpresas que no recordaba de la primera lectura; los trotacampos y trotapáramos del libro vienen a unirse a la familia de trotamundos y, por supuesto, de trotalomas, así que bienvenidos sean.

Después de semejante desvarío, si has llegado hasta aquí te estarás preguntando de qué va la entrada de hoy. Si bien el título rinde homenaje al libro de Delibes, no es menos cierto que puede ser tomado de forma absolutamente literal. Esta mañana, en lugar de dirigirme como pretendía a la desembocadura del río Guadalhorce, decidí calzarme las botas, coger los prismáticos y echarme al monte caminando. No era el de hoy uno de esos domingos en los que te dices «me voy a pasar el día fuera» y no vuelves a casa hasta el anochecer, pero sí que me apetecía desconectar durante unas horas al menos y, ya que no me apetecía lo más mínimo conducir, la alternativa más viable era subir al monte de El Atabal, barriada del Puerto de la Torre, donde podía llegar a pie.

Resina de almendro

Resina de almendro

Conglomerado

Estrato de conglomerados.

Lo cierto es que tanto el monte como sus alrededores requieren, si se desea disfrutar de ellos, de un ejercicio de observación a corta distancia. Si no es así, posiblemente el naturalista saldrá de allí con una úlcera de estómago por lo descuidado en que se encuentra el lugar y por la fuerte presión a que es sometido por parte de las poblaciones aledañas y la gente que lo recorre habitualmente, ya sea buscando un lugar de esparcimiento, ora sea mediante la realización de actividades inocuas, como pasear con la familia —siempre y cuando no se hable a grito pelado— o recoger espárragos trigueros, bien a través de otras más punibles como la realización de botellones, de barbacoas en lugares y fechas no admisibles o depositando basura de todo tipo en ese entorno.

Así pues, equipado con mis botas de monte y “armado” con mis prismáticos Papilio (cuanto más los uso más los adoro, ¿os lo había dicho?) he salido al campo dispuesto a obviar tanta afrenta a un entorno degradado que, para vergüenza de propios y ajenos, contaba no ha mucho con una población bastante maja de camaleones en grave recesión (si es que a día de hoy queda alguno). Respecto a lo de obviar las afrentas, una cosa es decirlo y otra muy distinta hacerlo, pero lo cierto es que he disfrutado de la salida, si bien he tomado buena nota de algunos detalles para trasladarlos a unas autoridades que se limpiarán salva sea la parte con ellos.

El recorrido de hoy

El recorrido de hoy, de oeste a este. En la parte superior, en el centro, la torre que da nombre al distrito.

Salir con los Papilio al cuello es casi como ir de la mano de Sir David Attenborough cuando está rodando uno de sus documentales sobre la vida de los insectos; como si llevásemos al cuello un microscopio de campo o una lupa capaz de enfocar a media distancia. Así, el caminante se deleita observando el vuelo errático de la libélula que termina por llevarla a una rama seca que le sirve de posadero, o descubre fascinado un asílido posado en una de las ramas superiores de un olivo, invisible a la vista si no fuese por los versátiles binoculares.

El milpiés se esconde presto en una de las oquedades del tronco seco de olivo y un negro almendro rezuma su ambarina trampa mientras las hormigas se afanan agrandando su hogar extrayendo minúsculas porciones de barro de las profundidades. Al levantar una piedra cercana otro miriápodo, calco del anterior, corre a refugiarse en el hormiguero mientras unos tisanuros (Proatelurina pseudolepisma, es posible verlo mejor en el Insectarium Virtual) de varios tamaños corretean inquietos hasta que vuelvo el canto a su posición original.

Proatelurina pseudolepisma

Un borroso, por inquieto, Proatelurina pseudolepisma.

Una laboriosa hormiga.

Una laboriosa hormiga.

Algarrobos de buen porte entre olivos viejos dispersos, un bosquecillo de pino carrasco a cuyos pies comienzan a tomar posiciones plantones de olivo nacidos de las deposiciones de las aves, algún que otro almendro y una buena zona de palmito, cerca ya de la torre, junto a mucha jara, retama, espino negro, marrubio y bufalaga componen un paisaje donde el romero o el jaguarzo también hacen acto de presencia.

Algarrobos

Algarrobos

Flor femenina del algarrobo

Flor femenina del algarrobo

Absorto durante minutos en la observación de un ortóptero que se atusa las alas con los zancos y lanza al aire un excremento, el trotalomas aguza el oído al escuchar el maullido del ratonero que sobrevuela el monte. Está fuera de la vista, pero por si acaso alza al cielo los prismáticos y los ajusta para ver a lo lejos. Ni rastro de la rapaz, pero una abubilla pasa entre los olivos y varios mosquiteros y colirrojos tizones laborean alrededor de sus troncos y ramas buscando la pitanza. Comienza el descenso y, en esto, un mochuelo se arranca y desaparece de la vista en completo silencio.

La basura, que denota la calidad moral de quienes allí la han depositado, no deja por ello de ser útil para algunos y así lo sabe el trotalomas que, ni corto ni perezoso, levanta todo aquello que es susceptible de convertirse en refugio de algún ser vivo. Eso sí, acto seguido lo vuelve a su sitio, si ya le encontraron utilidad, o lo lleva consigo si es posible para depositarlo en un lugar más adecuado: el contenedor. En estos menesteres descubre que las mantis encuentran adecuado para depositar sus ootecas  un artilugio para bebés humanos(hasta tres localizo bajo el mismo) y que una salamanquesa rosada (Hemidactylus turcicus) no hace ascos a unos harapos para refugiarse durante el día.

Ooteca de mantis

Ooteca de mantis

Llamo harapienta a nuestra salamanquesa no solo por la chaqueta bajo la que se encontraba, sino porque, si os fijáis, muestra parte de la cola lisa por haber perdido un trozo durante alguna batalla territorial o huyendo de algún depredador. Al regenerarse se queda lisa, sin mostrar los tubérculos cónicos que sí tiene en la parte que no perdió.

Salamanquesa rosada

Salamanquesa rosada harapienta.

Ya casi al final del camino, tras mirar a lo lejos casi exclusivamente para eludir a otros humanos que han ido apareciendo conforme avanzaba la mañana y el sol comenzaba a calentar (recolectores de espárragos, aficionados al ciclismo, familias de paseo) llega el trotalomas a un cañizal que denota la presencia de agua. El canto de mirlos y el paso de lavanderas le hace pensar que un día tiene que volver allí para observar a la avifauna con detenimiento, ya que la cercana laguna de la Barrera (una laguna artificial, procedente de una zona de extracción de arcilla para la fábrica de ladrillo que hubo en su día en la Colonia de Santa Inés) ofrece a las aves un lugar de refugio y alimentación que no cabe desdeñar.

Hueco de la laguna de la Barrera

Depresión de la laguna de la Barrera, a la derecha de la fotografía, y olivar de la zona visitada. Se ve también la subestación transformadora que hay en la zona. La fotografía es de 1965.

Vuelta al asfalto, a la ciudad que no ha dejado de estar presente más que en la mente del trotalomas, que por unas horas se ha evadido de la misma. De regreso a casa, a por la manduca y a echarle un vistazo a Trotty, el inspirador del blog, que se va recuperando del resfriado que le ha tenido postrado unos días.

Trotty y Darwin

Trotty y Darwin

Nota: La fotografía de 1965 la he tomado de este foro, donde se pueden encontrar otras fotos antiguas de Málaga.

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Porque no queremos esto…

Nuestra energía

Nuestra energía...

... y algunas consecuencias.

... y algunas consecuencias.

Nuestras ciudades,

Nuestras ciudades,

¿nuestros hogares?

¿nuestros hogares?

Lo que nos falta.

Lo que nos falta.

Lo que nos sobra.

Lo que nos sobra.

Nuestras telecomunicaciones.

Nuestras telecomunicaciones.

Día Mundial del Medio Ambiente 2011. Solo con tu implicación es posible celebrarlo de otro modo.

Nota: Las fotografías provienen de:

Si eres el propietario de alguna de ellas y deseas que sea retirada del blog puedes indicármelo  a través del correo electrónico trotalomas (arroba) gmail (punto) com. Gracias.

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Pueblo abandonado cerca de Chernóbil.

Pueblo abandonado (Pripyat) cerca de Chernóbil.

O lo que es lo mismo, 25 añitos. Cinco lustros desde que se produjera el mayor accidente nuclear de la historia, que no el único pero sí el que mayor repercusión ha tenido -hasta la llegada de Fukushima, otro gran accidente provocado por la decisión política de ubicar plantas nucleares en regiones de alta actividad sísmica-. Hoy todos los medios se hacen eco del aniversario de tan nefastos acontecimientos y hay numerosas propuestas para quienes deseen profundizar en torno a los hechos que rodearon el triste accidente y sus consecuencias. No quería dejar pasar el día sin traer, al menos, unas palabras para la reflexión. Se trata de unos fragmentos de la conocida obra de Ulrich Beck, La sociedad del riesgo: hacia una nueva modernidad. Las cursivas son del propio autor.

[…] en aquel tiempo [se refiere a la primera industrialización], a diferencia de hoy, los peligros atacaban a la nariz o al os ojos, es decir, eran perceptibles mediante los sentidos, mientras que los riesgos civilizatorios hoy se sustraen a la percepción y más bien residen en la esfera de las fórmulas químico-físicas (por ejemplo, los elementos tóxicos en los alimentos, la amenaza nuclear). A ello va unida una diferencia más. Por entonces, se podía atribuir los riesgos a un infraabastecimiento de tecnología higiénica. Hoy tienen su origen en una sobreproducción industrial. Así pues, los riesgos y peligros de hoy se diferencian esencialmente de los de la Edad Media (que a menudo se les parecen exteriormente) por la globalidad de su amenaza (seres humanos, animales, plantas) y por sus causas modernas. Son riesgos de la modernización. Son un producto global de la maquinaria del progreso industrial y son agudizados sistemáticamente con su desarrollo ulterior.

[…] a los riesgos que a continuación figurarán en el centro y que desde hace unos años intranquilizan a la opinión pública les corresponde una nueva cualidad. En las consecuencias que producen ya no están ligados al lugar de su surgimiento; más bien, ponen en peligro a la vida en esta Tierra, y en verdad en todas sus formas de manifestación.

[…]

Estos riesgos causan daños sistemáticos y a menudo irreversibles, suelen permanecer invisibles y se basan en interpretaciones causales, por lo que sólo se establecen en el saber (científico o anticientífico) de ellos, y en el saber pueden ser transformados, ampliados o reducidos, dramatizados o minimizados, por lo que están abiertos en una medida especial a procesos sociales de definición. Con ello, los medios y las posiciones de la definición del riesgo se convierten en posiciones sociopolíticas clave.

[…]

La expansión de los riesgos no rompe en absoluto con la lógica del desarrollo capitalista, sino que más bien la eleva a un nuevo nivel. Los riesgos de la modernización son un big business. Son las necesidades insaciables que buscan los economistas. Se puede calmar el hambre y satisfacer las necesidades, pero los riesgos de la civilización son un barril de necesidades sin fondo, inacabable, infinito, autoinstaurable.

Para saber más:

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El primero de los ejercicios del “Curso de periodismo ambiental” que estoy haciendo proponía un estudio y reflexión del siguiente vídeo, que me encantó:

Hoy es el Día de la Tierra, y la lectura de otra carta debería hacer que nos preguntásemos: ¿deseamos vivir o sobrevivir?

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El título de esta entrada coincide con el que diera la bióloga norteamericana Rachel L. Carson a su libro sobre los efectos de los plaguicidas sobre el organismo, un clásico de la literatura medioambiental publicado en 1962. Esa es la máxima similitud que será posible encontrar a lo largo de la misma, ya que la primavera silenciosa a la que aludo –con cierto grado de irónica tristeza, como se podrá apreciar más adelante– es a la que cada año, desde hace unos pocos, llega a nuestra querida Dehesa a mediados de marzo.

Con el descubrimiento hace ya cerca de dos décadas del yacimiento hidrotermal en Santa Fe se produjo un cambio de rumbo en la gestión del territorio. Las prospecciones realizadas por el Grupo KIO (Kuwait Investments Office) al detectar una inmensa bolsa que se creyó inicialmente de petróleo dieron un resultado inesperado pero interesante para los inversores: aguas termales fuertemente mineralizadas que excitaron la imaginación especulatoria: una gran urbanización con campos de golf, un oasis ya no en el desierto pero sí en una zona esteparia. Una locura, en definitiva.

El proyecto no siguió adelante y el manantial creado por las prospecciones quedó abierto. Aunque en ocasiones se intentó volver a cegarlo, unas veces por la presión del agua, otras por la picaresca ciudadana, el flujo de agua volvía a surgir, creándose unas pozas donde la gente aprovechaba para darse un baño relajante.

Finalmente llegó FADESA, la promotora inmobiliaria gallega, planteando un proyecto del que nuestros gobernantes se enamoraron perdidamente y que intentaron llevar adelante con toda presteza. Ni el temor de los comerciantes locales, ni las reticencias de los otros partidos políticos, ni los informes en contra presentados por las asociaciones o las recomendaciones del Defensor del Pueblo hicieron mella en su voluntariosa resolución. Las trabas legales encontradas por diversas irregularidades frenaron el proyecto una y otra vez hasta que siete años después de dar comienzo tan idílica relación la crisis económica y financiera supuso el fin del proyecto. Algo bueno debía traer.

Pero no acabaron los problemas ahí. Durante este tiempo los habitantes de Santa Fe y de otros municipios no usaron el balneario natural en exclusividad. Poco a poco iban llegando gentes de otros lugares e instalándose en torno a las mismas. Estos asentamientos, en camiones, furgonetas y caravanas llegaron a ser, en ocasiones, tan numerosos que “okuparon” cortijos cercanos, abandonados tras la compra de las tierras por FADESA, alterando el entorno. No habría nada que objetar (o, a lo sumo, debería hacerlo el propietario del terreno) si estas personas actuasen de buena fe y sin dañar el medio natural. Pero no ha sido así. Numerosos perros campan a sus anchas en un parque periurbano que da cobijo a numerosas especies, cazando cuando tienen oportunidad. Las basuras se multiplican alrededor del manantial y todas las lomas que lo rodean presentan asentamientos irregulares, marcas de rodaduras y un aspecto deplorable. Incluso interactúan de una forma poco ética con quienes acceden a la Dehesa buscando tranquilidad, tal y como nos contaba hace unos días nuestro amigo Otus.

Ahora, como cada primavera, llegan a miles a celebrar la llegada de la estación con la llamada “Fiesta del Dragón” que enlaza con otra, la del “Dragoff”, por lo que durante al menos diez días (del 18 al 28 del presente mes, según anuncian) un millar o dos de personas acampará ilegalmente, encenderá fuegos no siempre controlados, consumirá todo tipo de sustancias y alegrará la primavera naciente con su… ¿silencio? Obviamente, no. La música rave que despliegan sus inmensos altavoces inunda el ambiente con sonidos machacones, repetitivos, hirientes. Tanto es así que por la noche es posible oírla desde el núcleo urbano, a más de 5 kilómetros de distancia, llegando incluso a alterar el sueño. Si es así, ¿cómo no va a afectar al parque periurbano, junto al cual se instalan? Los animales están privados de uno de sus sentidos más desarrollados, el oído, o ven mermada su efectividad hasta el punto en que las presas no son capaces de oír a sus depredadores y estos, si dependen de este sentido para cazar, ven dificultada la obtención de alimento. Esto, sin contar con el estrés permanente que debe causarles esta presión de origen antropogénico.

Estos autoproclamados “antisistema” que compran en el pueblo Coca-Cola y otros productos de multinacionales y pagan con tarjeta de crédito despliegan sus banderas anarquistas y llaman capitalistas a quienes simplemente se acercan en vehículo a la Dehesa. Ellos, que conducen vehículos de gran tamaño y, en ocasiones, bastante edad. Ellos, que quieren una fiesta alternativa, fuera de los circuitos comerciales, pero consumen la droga de diseño fabricada en laboratorios industriales. Ellos, que piden respetar el entorno pero acumulan basuras en sus “pistas de baile”, letrinas en el entorno nitrificando el suelo y alterando la vida salvaje de un paraje que pierde su encanto frente a la abominable presencia de quienes no respetan a nada ni nadie que esté fuera de su egoísta concepción de la sociedad que dicen detestar y que no pretenden cambiar. Para ser antisistema no hay que salirse del mismo. Para ser antisistema, a mi parecer, hay que pretender cambiar el mundo, hacerlo más justo, donde todos tengamos cabida, humanos o no, en equilibrio. Un antisistema es el que pretende cambiar el rumbo de aquel al que pertenece. No se puede ser antisistema viviendo del producto del sistema criticado: eso es ser un parásito y a los parásitos les pasa lo que les pasa, que muerto el perro…

Qué decir, por otro lado, de la inane actuación política. Respondiendo siempre con evasivas, en los últimos años nunca existió constancia de la realización de la fiesta, al no haber sido solicitada al Ayuntamiento, a pesar de aparecer convocada la asistencia en multitud de redes sociales y foros de Internet. No hay más ciego que el que no quiere ver, y este año de elecciones la ceguera traspasa la frontera política para llegar a la de los medios de comunicación. Como lazarillos obedientes, a diferencia de pasados años en los que incluso días antes se recogía información sobre la Fiesta del Dragón en Santa Fe, este año no se ha escrito ni una letra. Ni gota de tinta, ni píxel delator. No hay fiesta, porque ojos que no ven… Queda así oculta, tapada bajo la alfombra de la desinformación, la incompetencia de tantos.

Oír, estos días de primavera ruidosa, no oiremos. Pero oler, vaya si huele.

Para conocer más:

Actualización (27/03/2011): Reproducción del artículo en Granada por una Nueva Cultura del Territorio.

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Caídas ya en el olvido mediático las noticias sobre la contaminación ambiental del aire en nuestras grandes ciudades, de lo que se habla en estas semanas es del varapalo sufrido por el transporte privado cuando el Gobierno anunció, entre sus medidas de ahorro energético, que limitaría la velocidad máxima en autopistas y autovías a 110 km/h.

Las reacciones más sonadas han sido las que han puesto el grito en el cielo por limitar más aún las libertades individuales, voces que afirman que nos dirigimos hacia el abismo del comunismo, que si esto es Cuba y que a 110 km/h uno se duerme al volante. Ahora bien, ante el recorte de derechos laborales y sociales nadie se indigna. Ante el paripé de los sindicatos, que organizaron una seudohuelga general y “nunca máis”, tampoco. Pero sí cuando no nos dejan fumar en espacios cerrados, aun cuando más del 60% de la población se declare no fumadora. Vayamos por partes, a ver si podemos oxigenar un poco más nuestras mentes.

Las medidas que está tomando el Gobierno para ahorrar en la factura de la energía son claramente insuficientes y, en ocasiones, contradictorias. Ahora bien, hasta la fecha no he oído de los grupos de la oposición alternativas claras y seguras sobre el tema. Del grupo mayoritario de la misma, el Partido Popular, surgen voces que hablan de un pacto energético que nos haga menos dependientes de los países productores del petróleo. Esto es, hablando claramente, que apostemos por la energía nuclear. Afortunadamente, tras muchos eufemismos y mensajes oscurantistas, su máximo representante ha hablado claro: “Nuclear sí, por supuesto“. Lo que no conviene olvidar es que la energía nuclear nos hace igualmente dependientes: de las minas de uranio del extranjero cuando con la producción nacional no resulta suficiente, de los costes de enriquecimiento del mismo ya que por el Tratado de no Proliferación Nuclear no es posible hacerlo en nuestro país y, por último del uso del uranio enriquecido para la obtención de energía eléctrica, así como de la gestión y almacenamiento de residuos de baja, media y alta actividad.

Volviendo a la iniciativa del Gobierno, lo cierto es que la reducción de la velocidad a 110 km/h tiene más pinta de desvío de la atención pública sobre otros asuntos de actualidad que de ser una medida seria, sobre todo porque la velocidad óptima de cada vehículo es distinta, depende de su par motor máximo (en el mío posiblemente esté más cerca de los 90-100 km/h a los que suelo circular que a esos 110 km/h propuestos por el Gobierno, y en otros vehículos es posible que esté incluso por encima), y porque el coste económico de colocar las famosas pegatinas (que requieren también de energía para su fabricación) sobre las señales de velocidad y de retirarlas en un futuro es bastante elevado. Lo que me ha resultado llamativo es que se hayan producido tantas reacciones adversas cuando, a día de hoy, tanta gente se salta a la torera la limitación actual de 120 km/h: mientras conduzco hay multitud de coches que me adelantan circulando a 130 ó 140 km/h, por lo menos. En cuanto al tiempo que “perderemos”, incluso en un trayecto largo, cuando más tiempo se pasa circulando en autovía o autopista, esa diferencia de velocidad no es realmente significativa: un viaje Málaga-Madrid, por ejemplo, es de 536 km, lo que quiere decir que a 120 km/h tardaríamos casi cuatro horas y media en llegar y a 110 km/h poco menos de 5 horas, en definitiva, unos 24 minutos más, aproximadamente. Tal vez es que haya  mucha gente velocifílica.

En el caso de transporte de mercancías, o transporte público en bus, una medida que me pareció razonable, propuesta por un profesional del sector, fue que se bajase el precio del peaje en autopistas y evitasen así el paso por travesías donde la velocidad está limitada a 50 km/h y el consumo de combustible en estos vehículos se eleva bastante. Otra medida interesante, de la que habré hablado en multitud de ocasiones con amigos y compañeros de profesión, es la del teletrabajo, siempre que la actividad que desarrollemos lo permita. La energía más barata y menos contaminante es la que no se usa,  tal y como afirma Txema en su blog (también aquí), y el teletrabajo sería una opción si no fuera por la falta de visión que existe en nuestro país. Siempre he defendido que si alguien tiene que quedarse un número de horas mayor cada día en su puesto es o porque no da más de sí y no es capaz de realizarlo en su tiempo o porque uno de sus superiores no hace bien su trabajo, estimando adecuadamente el tiempo necesario para llevar a cabo la actividad. Sea como fuere, alguien no está siendo suficientemente profesional. Lo curioso es que incluso en sectores que se consideran punteros y que deberían de estar a la avanzadilla de los que se quieren “europeos”, que se autodenominan en cuanto a las relaciones empresa/empleado, cuando se trata de maximizar el beneficio de la empresa y de que los proyectos salgan adelante apelan a la responsabilidad de los trabajadores y a que se trabaja por objetivos (es decir, que hay que echar las horas extras gratuitas que sean necesarias para que salga adelante el proyecto), pero cuando se menciona la palabra teletrabajo se echan las manos a la cabeza, negando la profesionalidad de esos mismos trabajadores, incapaces de hacer su trabajo si no están las horas necesarias en la oficina (cuyos costes energéticos de mantenimiento tiene que asumir, recordemos, la propia empresa).

Para terminar con este nuevo episodio humo-rístico, os voy a contar una anécdota que viví el pasado fin de semana en Santa Fe y que fue uno de los contrapuntos a los buenos momentos que narré en una entrada anterior. Mi pareja y yo habíamos salido el sábado por la noche a tomar algo, ver a un amigo y pretender arreglar el mundo entre charla y risas. Fuimos a un bar/cafetería del pueblo donde habitualmente tomamos algo cuando estamos por allí y entramos dentro, ocupando una de las mesas, y nos dispusimos a disfrutar de la noche. Así fue hasta que, en un momento dado, la camarera introdujo una de las mesas del exterior y entraron varias personas fumando. Nos miramos atónitos, diciéndonos que qué era aquello. Entonces la chica se acercó a nosotros y nos dijo: “No os importa que fumen dentro, ¿verdad? Es que es tarde, y como no va a venir ya más gente…”. Personalmente me considero una persona con empatía y, aunque he agradecido la aprobación de la ley antitabaco (ahora salgo más que antes, me gusta estar tomando algo y poder respirar a la vez y, la verdad, no he notado un descenso pronunciado en el número de gente que visita los bares y restaurantes), pienso que actitudes ilógicas como las de la menestra de sanidad, que entra en el ámbito cultural queriendo que en el teatro, por ejemplo, no se haga como que se fuma, van precisamente en contra de la acogida y adaptación a la ley (aunque este es otro tema del que, si queréis, hablamos en otra ocasión). Ahora bien, y sin querer ser más papistas que el papa, me pareció fatal la forma de actuar, preguntándonos cuando ya había permitido que entrase la gente fumando. Es más, cuando mi pareja le comentó que sí, que nos importaba ya que ninguno de los que estábamos allí fumábamos (y, para más inri, estaba convaleciente de una faringitis aguda), ni corta ni perezosa se fue hacia la otra mesa para pedirles que saliesen nuevamente, señalándonos como causantes del “desalojo”, lo que desembocó en miradas torvas y un malestar que nos llevó, finalmente, a irnos del lugar.

Lo que quiero señalar con este último punto es que lo importante no es tanto que se aprueben leyes que, recordemos, intentan regular cómo podemos actuar en sociedad, sino que aprendamos a vivir respetando a los demás y a nuestro entorno. Mientras en este país (o en cualquier otro, aunque aquí somos los reyes en esto) se vea bien la picaresca, se admire a quien sea capaz de saltarse la ley y salir indemne (léase corrupción política, el que lleva un detector de radares ilegal en el coche o el que especula con el dinero de otros y, encima, se le pagan “los vicios” con el dinero de los contribuyentes) o no seamos capaces de ver más allá del “súper-yo” egocéntrico en que estamos sumidos, mereceremos a los políticos que tenemos y ser lo que somos: un país de pandereta.

Os dejo, como en la primera entrada sobre “Malos humos”, con la música de Medina Azahara.

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