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Posts Tagged ‘huellas y señales’

La naturaleza nos habla mediante señales, pero no siempre sabemos escucharla, no siempre conocemos cómo interpretarlas. Hay veces que nos habla en alta voz; mediante  la flora y fauna presentes —y ausentes— en un determinado ecosistema o las consecuencias visibles de la contaminación ambiental, por ejemplo. Pero en muchas ocasiones lo hace con mayor sutileza, vemos aquello que no está o, más bien, el rastro que dejó a su paso.

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A todos nos resulta familiar la figura del piel roja postrado sobre el suelo siguiendo la pista a la caza del bisonte, del rastreador blanco tras la del indio o el montaraz Aragorn determinando que los hobbits Pippin y Merry han sido raptados por los orcos en El Señor de los Anillos. Aunque parezca de película, lo cierto es que la figura del rastreador de fauna existe, ya que muchos animales habitualmente son escurridizos y no se dejan ver con facilidad, y saber determinar las especies que existen, aun cuando no podemos verlas, o conocer cómo podemos obtener más información sobre ellas (por ejemplo, mediante el fototrampeo) es una labor que conviene conocer para cualquier zoólogo, naturalista o amante de la naturaleza en general.

Por eso me alegró tanto saber que Alberto (algunas de cuyas andanzas habéis podido leer en este blog en el pasado) se disponía a impartir un curso de rastreo técnico de fauna en la sede de Auca, nuestra querida Asociación de voluntariado ambiental de Santa Fe. Será el próximo fin de semana, 20, 21 y 22 de abril de 2012 en el Centro de Estudios Ambientales de esta granadina localidad, en horario de 17:00 a 20:30 el viernes, 10:00 a 14:00 y 17:00 a 20:30 el sábado, y salida de campo el domingo por la mañana.

Si estáis en Granada ese fin de semana y os animáis a participar, allí nos veremos. Os dejo con el cartel del curso, donde puede encontrarse una información más detallada sobre el mismo.

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Nota: Edito para incluir el enlace al evento del curso en Facebook, por si Alberto incluye allí más información (10/04/2012).

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Recordar a Félix es acordarme de la infancia, de los primeros años siguiendo al maestro. No recorrí el camino solo sino, por contra, con la mejor compañía posible. Creo que pocas personas me conocen y saben de mi pasión por la naturaleza como Sergio, mi amigo de tantos años y tantas vivencias. Ni el tiempo ni la distancia han podido, ni podrán acaso, minar la profunda amistad que nos une. Por eso, no podía dejar pasar en esos días la oportunidad de que nos regalara algunas palabras en torno a la figura de Félix y lo que supuso para él seguirle. Os dejo con Sergio, que nos cuenta que…

Cuando me planteo en soledad por qué me hice biólogo, recorriendo mentalmente el camino que me ha conducido a esta profesión, invariablemente comienzo evocando la imagen de un gran sol rojo saliendo de detrás de una encina. Esa imagen la tengo muy grabada en lo más profundo de mis recuerdos. Y esa imagen que evoca mi mente, aparece indisociablemente con un fondo de música instrumental, muy basada en la percusión, que me pone la piel de gallina, que me llena de recuerdos vivísimos, sobre todo en compañía de mi mejor amigo de la escuela (¡aquella E.G.B.!) con el cual compartía (y comparto) mi primera y más arraigada afición que jamás he tenido, y que ha conducido profesionalmente mi vida. Si empiezo a indagar más en los recuerdos, tengo que reconocer que también los primeros libros que ojeé, sentado a horcajadas en el sofá del salón de la entonces casa familiar, eran tomos de una enciclopedia, con cubiertas marrones y con un animal grabado en bajo relieve, y que me aseguraban penetrar en un mundo fascinante de criaturas extrañas y paisajes idílicos alrededor del planeta Tierra. Recuerdo que acariciaba al animal grabado en la portada, contorneando su silueta con las yemas de mis dedos, y para cada tomo un animal distinto, como para grabarme su figura con el tacto y poder identificar a esa especie, en las circunstancias que fueran, desde aquellos días hasta hoy mismo. Casi se puede decir que aprendí a leer con los pies de foto de aquellos entrañables libros. Esos libros, que guardo como tesoro, son los tomos de la enciclopedia FAUNA.

Y es que para mí, como para muchos niños de aquellas generaciones, la obra de Félix Rodríguez de la Fuente tuvo una fuerte influencia en mi vida. Recuerdo perfectamente que el sólo sonido de aquella música con la que se introducían los capítulos televisivos del “Hombre y la Tierra” me hacían dejar lo que tuviera entre manos para sentarme delante del televisor con la finalidad de no perder ni un ínfimo detalle de todas las imágenes y todas las palabras que me conducían al maravilloso mundo de la naturaleza ibérica. Acompañados de la voz de Félix, vimos jugar a los lirones caretos dentro de troncos de árboles caídos; atendimos a la historia increíble del gran macho montés que, rendido de su última batalla, recordaba toda su vida mientras esperaba la inevitable muerte en fauces de los lobos; conocimos Doñana en sus cuatro estaciones del año; observamos los lances de los halcones peregrinos en las estepas castellanas; nos hicimos amigos de Taiga, el azor; aprendimos los secretos del bosque; lloramos la muerte de las camadas de lobos en manos de cazadores; admiramos los paisajes de Cazorla, el cañón del río Lobos, las Tablas de Daimiel o el refugio de rapaces de Montejo de la Sierra; descubrimos el sigilo del lince (príncipe del bosque), las aventuras del señor raposo, a los piratas de la espesura, la soberbia del Gran Duque, y a un sinfín de pobladores de los montes y bosques de nuestra tierra.

El pasado domingo 14 de febrero, de este 2010, se cumplieron los 30 años del fatídico día en que la vida lo abandonó. Un accidente de avioneta en Shaktoolik (Alaska) mientras filmaba la “Iditarod Trail Sled Dog Race” (la carrera de trineos tirados por perros más dura del mundo) nos arrebató a un genio de la oración y de la divulgación de la naturaleza, a un enorme naturalista con aires científicos muy entusiasmado por el comportamiento animal, por la diversidad natural y admiró profundamente a unos seres con los cuales siempre se identificó y de los cuales siempre se acompañó. Murió el día de su cumpleaños, como cerrando un ciclo perfecto en la temporalidad en que medimos el transcurso de la vida. Justo 52 años. Y con él murieron también el cámara Teodoro Roa, el ayudante Alberto Mariano Huéscar y el piloto Warren Dobson; todos grandes profesionales a los que también dedico un recuerdo de su fantástica labor como participantes en el equipo de filmación en Alaska. No hubo supervivientes.

Ese 14 de marzo de hace 30 años, los habitantes de los bosques caducifolios, de la taiga y de las selvas tropicales; de los ríos, desiertos, sabanas y estepas; de las montañas, los hielos y el matorral mediterráneo, lloraron la pérdida de un amigo, de un compañero que luchó contra viento y marea por su protección a pesar de que corrían tiempos difíciles para la fauna y flora. Porque hasta la aparición de Félix, tanto la capacidad de destrucción del hombre como la secular consideración de que los otros habitantes de este planeta eran seres inferiores, como objetos para uso y disfrute del ser humano, estuvieron a punto de extinguir numerosas especies, hasta el punto de que muchas de ellas no existirían hoy día. Se opuso duramente a la ley de alimañas que daba la luz de salida al exterminio de los depredadores (y con ellos, probablemente, al colapso de los ecosistemas). Luchó contra la persecución de lobos, osos, águilas y linces, que han sido nuestros vecinos desde la prehistoria. Se alió con las encinas y robles que componen los bosques ibéricos para que no fueran transformados en “tristes y utilitarios regadíos”. Como por arte de magia, transformó el corazón de las gentes, la visión del pueblo hacia una naturaleza infravalorada, hasta conseguir la protección legal de especies y ecosistemas que años antes hubiera sido imposible concebir como protegidos.

Félix Samuel Rodríguez de la Fuente, el amigo Félix, el verdadero amigo de los animales, fue un gran orador. De eso no cabe duda. Tanto su voz penetrante como su rico léxico dejaba embelesado a todos los oyentes, pero siempre en el idioma de la gente sencilla, de la gente llana, de la gente que colmaba los pueblos de entonces. Tenía mucho poder explicativo y de convencimiento. Esa era su herramienta de trabajo. Fue capaz de hacer comprender la necesidad de naturaleza que tenemos las sociedades humanas, haciendo participe al propio ser humano como elemento del ecosistema, argumento que era infalible hasta para el más citadino de los hombres: el hombre era una especie más de la red de lo vivo. Y eso siempre lo tuvo muy claro, pues fue un gran admirador de las culturas ancestrales con las que tuvo la dicha de interaccionar en sus viajes a África, Sudamérica o la misma Alaska; y supo visualizar qué tan perfectamente funciona la biosfera cuando el hombre no reniega de su papel como especie integrada a un ecosistema.

Además, fue muy innovador en su obra, tanto en la fílmica como en la escrita. La serie de fascículos de Fauna, de la editorial Salvat, fue la primera obra de fauna ordenada según las grandes regiones biogeográficas en las que se divide el mundo, permitiéndonos así una amplia visión en conjunto de las comunidades faunísticas y su interrelación, de los ecosistemas donde desarrollan sus actividades, de las adaptaciones que les permiten sobrevivir y de la evolución como respuesta a las condiciones de clima y geografía. Nos mostró las especies que coexisten en un mismo lugar y cómo se relacionan entre ellas; hecho este que repitió en sus filmaciones dando la que fue, probablemente, la serie española de documentales de fauna más espectacular de las realizadas hasta la fecha, y en mi opinión, no igualada: “El Hombre y la Tierra”. Nos enseñó a amar la naturaleza bajo la premisa de comprenderla; porque sólo comprendiéndola podía ser amada.

Aunque la divulgación de la naturaleza mediante sus obras escritas y sus documentales fueron los que lo lanzaron a la fama internacional, Félix fue conocido también como un gran cetrero entre aquellos que comparten esta actividad. Hizo una verdadera investigación sobre el arte de la caza con aves rapaces, desempolvando libros medievales como El libro de la caza de las aves de D. Pero López de Ayala, o El libro de la caça de D. Juan Manuel. Escribió numerosos artículos en revistas y periódicos sobre este arte milenario culminando con su famoso libro El arte de la cetrería que es hoy día imprescindible para aprender cetrería en casi todo el mundo. Y, seguramente, si se tuviera que nombrar al mejor cetrero de Europa del siglo XX, todos los que comparten esta afición no dudarían en nombrar a Félix Rodríguez de la Fuente. Hizo volar desde su puño halcones, águilas, azores y gavilanes de todo tipo. Apasionado del vuelo de estas magníficas aves, disfrutaba de las piruetas de aquellos halcones baharíes en sus queridas estepas castellanas, muchos de los cuales fueron protagonistas en sus documentales.

En resumen, Félix era un genio. Un genio de la divulgación, un genio de la pasión por la naturaleza. Pero sobre todo, fue un genio por inculcar a tantos de nosotros el amor a la naturaleza, sabiendo lo importante que es, precisamente, porque nosotros mismos somos parte de ella. Amor que había desaparecido en los hombres hace muchos años en este mundo industrializado y que, gracias a una persona como él, conseguimos de nuevo adquirir. Muchos de nosotros, que veíamos sus documentales, que leíamos sus libros y sus artículos en periódicos, que escuchábamos sus charlas, sus intervenciones en la radio, en televisión, etc., lloramos amargamente aquél día. La noticia de la muerte de Félix fue un jarro de agua fría. Fue una pérdida similar a la de un familiar, a la de un amigo empeñado en hacernos acompañarlo todos los días al campo, para enseñarnos lo maravilloso que es nuestro mundo. Hace 30 años murió Félix, dejando el mundo mejor que lo encontró, y dejándonos un legado de conservacionismo que aún pesa mucho entre nosotros. No podemos ni debemos olvidar eso. Al menos yo no lo olvido. Aún cuando me pregunto quién soy, a qué me dedico, sigo escuchando esa música… sigo viendo el sol rojo saliendo detrás de la encina.

Sergio de Haro Guijarro

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Preguntado mi buen amigo Alberto por su visión sobre Félix, por lo que representó en su vida y su evolución personal, este nos cuenta que…

Recuerdo perfectamente el momento que vi por primera vez “El hombre y la Tierra”, era el capítulo dedicado a las rapaces nocturnas, y aquellas palabras: “ Queridos amigos, como en las películas de ciencia ficción esto es una guerra acústica, se trata de huir sin ser escuchado”, mientras un búho chico acechaba a un ratoncillo de campo me hicieron abrir los ojos sobremanera y, a partir de aquel instante,  me convertí en Félixiano ; mi curiosidad por las rapaces nocturnas perdura desde entonces.

Como a tantos españoles, yo fui uno más a los que Félix Rodríguez de la Fuente marco irremediablemente, para siempre. Por mi edad, no pertenezco a esa generación que creció con Félix, sino a esa otra generación que lo conoció cuando ya era leyenda. Desde que tengo uso de razón, crecí con una desmesurada curiosidad hacia lo animal, pero que se incrementó con dos buenas razones. La primera, mis orígenes maternos, enclavados cerca del Refugio de Rapaces de Montejo de la Vega (Segovia), fundado precisamente por Félix, y en el que se respiraba naturaleza salvaje por doquier. La segunda es Félix Rodríguez de la Fuente en sí mismo.

Mi padre guardaba en un rincón de la estantería el primer tomo de la Enciclopedia Fauna, que nunca llegó a completar. Era uno de los tomos dedicados a África; la impresión desprendía un olor que le daba un toque especial. No sé cuantas veces habré tenido ese tomo en mis manos, desde que miraba las ilustraciones porque no sabía leer, a los innumerables dibujos que hice mirando su láminas, hasta conseguir que las pastas quedarán lisas, sin las letras doradas características, desgastadas por el uso. Cuando tuve diez años, conseguí ahorrar cinco mil pesetas, que fueron destinadas a comprarme la enciclopedia entera de segunda mano,  convirtiéndose en mi mayor tesoro.

Recuerdo que grababa cada capítulo de “El hombre y la Tierra” con un viejo casete, ya que en aquella época el vídeo sólo estaba al alcance de algunos afortunados. Conseguí crear una colección enorme, diseñando cada carátula, lo que me llevo a casi memorizar el diálogo de cada capítulo.

A lo largo de los años, con más uso de razón, fui profundizando en la obra de Félix, consiguiendo otras publicaciones y comprendiendo la huella que Félix dejo en la sociedad. De toda la obra de Félix, hubo una frase, que se me marcó a fuego en lo más profundo de mí, y que es la que mueve mi mundo, para lograr que nunca se produzca.

“El día que España se haya transformado en un inmenso criadero de perdices y hayan desaparecido los azores, los halcones, las águilas y todos los hermosos y necesarios animales carniceros; el día que hayamos conseguido una fauna mutilada, chata y unilateral; el día que podamos ufanarnos de matar miles de perdices en todos nuestros ojeos, habrá llegado el principio del fin (…)”.

Estos recuerdos, de abuelo Cebolleta, son una parte de lo que Félix produjo en mí, y seguramente muchos son comunes  a los que tienen todas aquellas personas que estamos ligados de una forma u otra a lo natural.

Muchos dicen que Félix consiguió crear conciencia aprovechando las oportunidades que le brindó una sociedad que empezaba abrir los ojos. Yo creo que Félix hubiera marcado esa huella en cualquier época en la que hubiese vivido. Si consiguió todo lo que consiguió, con un medio que tenían uno de cada diez españoles… ¿os imagináis que hubiera sido capaz de hacer si hubiera tenido Facebook?

A.F.H.

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Félix junto a uno de sus lobeznos.

Estaba yo un día solo. Había pasado el águila real, y no solamente me había brindado uno de sus penetrantes vuelos de caza, sino que había estado describiendo las más fantásticas acrobacias en compañía de su pareja. ¡El águila! El macho y la hembra colgados en el cielo estuvieron como cinco o diez minutos, ¡quien sabe!… ¡Yo estaba prendado de sus alas!, ¡yo quería volverme pájaro!

La infancia de Félix, a mi parecer, ha sido una de las facetas de su vida que siempre nos ha dado envidia a cuantos le hemos admirado. Su padre fue partidario de que fuera a la escuela en los primeros años de su infancia, en parte por la suspensión de clases durante la Guerra Civil, en parte porque prefería no escolarizarle de forma temprana, así que recibió clases en casa y tuvo todo el tiempo del mundo para corretear por el monte, algo maravilloso para para la curiosidad de un niño que, además, tenía predisposición por aprender descubriendo. El entorno de Poza de la Sal por aquél entonces no estaba degradado por un uso abusivo de la comunidad humana, de modo que podríamos considerar la naturaleza agreste del lugar como su primera escuela, el lugar donde descubriría su amor por las rapaces, por el lobo, por las pequeñas criaturas y, sobre todo, por la libertad y la vida.

Tiempo después comenzó a estudiar en un internado religioso y, aunque su labor como estudiante fue brillante, echaba de menos los campos y la libertad perdida. Más tarde comenzaría su carrera de médico en la Universidad, a instancias de su padre, que no veía demasiado futuro en las inclinaciones naturalistas del retoño. Aunque la pasión de Félix iba por otro camino, terminó sus estudios con buenas notas; era inteligentísimo, preparaba los exámenes poco tiempo antes de tener que acometerlos y, entretanto, seguía aprendiendo por su cuenta, relacionándose con gente que trabajaba con animales y recuperando un saber perdido hacía siglos: el de la cetrería. Esto ocurriría cuando, conociendo a José Antonio Valverde, llegó a ser uno de los socios fundadores de la SEO.

Aunque el camino fue largo (mas intenso), no es mi intención desarrollar aquí una semblanza de su vida y obra o plasmar una breve biografía que no le haría justicia. Baste decir que tiempo después la cetrería le daría la oportunidad para ganarse su minuto de gloria en televisión, “minuto” que se convirtió en todos y cada unos de los de su vida, hasta el último.

Si Félix estuviera vivo, el próximo domingo cumpliría 82 años. Sin embargo, no podemos compartir el lujo de celebrarlo con él y desearle que cumpla muchos más, sino que únicamente podemos homenajearle en el 30 aniversario de su muerte. Por eso, durante esta semana tanto aquí como en Homo libris traeré algunos de los momentos del que sin duda es una de las figuras más influyentes en el sentir de la sociedad española del pasado siglo, cuyo recuerdo perdurará durante mucho tiempo en la memoria colectiva. De alguien que, aunque muchos no llegamos a conocerle en persona, siempre hemos considerado un verdadero amigo.

Para saber más:

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Andanzas de un Trotalomas nació en un primer momento como blog todoterreno, debido a la especialización de las otras bitácoras que mantengo. Sin embargo, como la cabra tira al monte (nunca mejor dicho), cuando recuperé el blog pensé en dedicarlo a hablar sobre naturaleza y medio ambiente, y a todos los aspectos relacionados con esta corriente verde, tan de moda hoy en día, pero que para mí (y algunos de mis amigos y compañeros, que traeré por aquí algún día) ha sido una forma de vivir desde hace poco más de tres décadas.

Esta es la sexta entrada que publico en la bitácora, escritos que hasta la fecha se han centrado en llevar a cabo una crítica sobre las últimas noticias que han surgido en torno al medio ambiente en nuestro país. Por desgracia, al menos en el presente, cuando la gente habla de medio ambiente parece que lo hace únicamente de política (y sí, hay vínculos entre ambos conceptos, desde el punto y hora en que hay que tener en cuenta el medio ambiente cuando intentamos gestionar nuestras sociedades). No se les da voz a los científicos, no hay verdadero sentimiento cuando se habla de protección del medio natural. De ahí que, cuando hago crítica sobre determinados temas, tenga que autorregularme: “Trotalomas, frena el paso”, me digo, “no te enciendas”. A veces lo consigo, otras no, pero en cualquier caso ahí están mis pensamientos y sentimientos sobre los temas tratados. Me ha alegrado profundamente encontrar comentarios tan extensos a las entradas, genialmente argumentados y muy constructivos. Creo que cualquier blog es tan bueno como lo son sus lectores, y lo digo sinceramente. Así que estas nuevas andanzas me animan a continuar así.

Pero como no todo es política, y deseaba que en el blog tuvieran también cabida otros temas más lúdicos, tras la tal vez innecesaria pero sí deseada introducción, quería dejaros con un par de fotografías que saqué en la última salida de campo en Granada. Se trata de los restos de una urraca (Pica pica) desplumada y devorada por un carnívoro, muy probablemente por algún zorro (Vulpes vulpes) de los que abundan en el coto de caza por el que deambulaba, muy cerca del cauce del río Genil y, desgraciadamente, de la nueva autovía que, planificada diez años atrás, se está construyendo en el presente y viene a suponer una puntilla más sobre las espaldas de la fértil pero maltratada Vega del Genil. Pero este es otro tema, que trataremos cumplidamente si llega la ocasión, que hoy pretendía traeros una entrada más alegre.

Os dejo con las fotografías, la primera del desplume, la segunda, u n detalle de las plumas de urraca donde se aprecian los cañones cortados, muestra evidente de que la ha devorado un mamífero carnívoro, como os decía, posiblemente un zorro.

Plumas de urraca

Plumas de urraca

Cañones de plumas de urraca

Cañones de plumas de urraca

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