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Posts Tagged ‘desarrollismo’

Recupero para el blog tres entradas que escribí hace siete años y medio durante mi primera andadura «blogueril». Mantenía mi primer blog, La Dehesilla News, y en él escribía, entre otras cosas, sobre la interacción de mis conciudadanos con el medio ambiente. Bajo el nombre común de «…buena sombra le cobija» recobía en tres entradas un paseo por el pueblo durante el que me daba por pensar en el (mal)trato que se daba a los árboles de nuestro entorno urbano. Que hoy traiga las entradas aquí no es fortuito. Las recordaba mientras trataba de debatir sobre la última poda y tala que se ha producido de forma masiva en el municipio. Aquí van, tal cual eran (salvo por la foto del peral, que he incluido tras buscarla en Google Street View).

 oOo

… buena sombra le cobija (13/06/2007)

Se dice que, en tiempos inmemoriales, allá por el medioevo, una ardilla habría podido cruzar la Península Ibérica desde los Pirineos hasta Gibraltar sin pisar el suelo, simplemente pasando de árbol a árbol. Ante una afirmación como ésta, cabría preguntarse, en primer lugar, qué motivaría a uno de estos roedores a realizar tal peregrinaje y, en segundo, para qué querría llegar a tierras anglosajonas, o que terminarían siéndolo en un futuro, con lo “bien que se vive” en España o Portugal. Ya que no tenemos posibilidad de dar respuesta a estas preguntas, nos queda al menos el (des)consuelo de una reflexión: antaño, en España, había más árboles que ahora. Tantos que, en comparación con aquél entonces, deberíamos crear una nueva figura de “taxón en peligro de extinción”, dada la escasez de figuras arbóreas que caracteriza nuestra geografía actual.

Para demostrar este hecho, el equipo de La Dehesilla News se ha propuesto llevar a cabo un experimento singular. Dando por sentado que actualmente es imposible cruzar la península de norte a sur, o de este a oeste, saltando de árbol en árbol, y por la más que probable posibilidad de dar al traste con el experimento tras un seguro golpetazo contra el suelo, hemos optado por restringir el campo de acción y desarrollar una prueba significativamente tan válida como la de nuestra amiga la ardilla. Como muestra estadísticamente significativa, hemos elegido el municipio de Santa Fe, y la prueba a realizar será atravesar el pueblo, no emulando al inmortal personaje creado por Burroughs, sino aprovechando el saber popular por aquello de “quien a buen árbol se arrima…”.

Así, dispuestos a recibir cuanta menos influencia maligna de los rayos solares sea posible, nos aprestamos a realizar nuestra hazaña, pertrechados con una botella de agua fría, en el extremo Este del municipio, justo en el acceso más cercano a la capital de provincia. Nuestro objetivo: el horizonte del sol poniente. Hora de inicio: 12:00AM.

Comenzamos nuestra excursión con el ánimo elevado. A nuestra derecha quedan algunas choperas, y las copas oscilando con la ligera brisa nos transmiten sensación de frescor. Ahora bien, en nuestro lado de la carretera sólo algunos árboles espaciados adornan la acera. Bueno, esperemos que sea poco tramo y pronto encontremos más sombra. Caminamos aceleradamente de uno a otro, haciendo ligeras pausas al lado de sus troncos. La acera, reventada por las raíces de algunos de ellos, constituye la muda evidencia de la falta de previsión de nuestros responsables (es un decir) políticos y representantes (otra falacia) ciudadanos, y de cómo prever el crecimiento de los árboles preparándoles un buen alcorque puede evitar futuros quebraderos de cabeza y de pavimento. Uno de los árboles es apenas un escuálido plantón. Le precedieron en su lugar varios ejemplares de su misma especie y, según vox populi, es uno de los vecinos el que, sistemáticamente, los fue asesinando cuando crecieron tanto que le tapaban “las vistas” a la carretera. Sí señor: patetismo bajuno y con denominación de origen. Pero volvamos a nuestro reto. Efectivamente, el tramo a superar inicialmente era corto: apenas media docena de árboles y, tras superarlo, contemplamos con resignación el campo minado que nos espera. La Avenida de la Hispanidad en pleno es una yerma extensión en la que, esporádicamente, encontramos exóticos árboles que, emulando a nuestras entrañables mimbreras, exhiben sus lánguidas ramas como si de sauces llorones se tratasen.

Nos miramos con decisión. ¿Qué incierto desenlace nos deparará el reto que nos hemos impuesto? Lo conoceremos en la próxima entrega, sólo aquí, en La Dehesilla News. Y, entretanto, les dejamos con unos agradables minutos musicales.

[…]

¿Sabrán por fin los cedros libaneses
que su voraz y sádico enemigo
no es el ébano gris de Camerún
ni el arrayán bastardo ni el morisco

ni la palma lineal de Camagüey
sino las hachas de los leñadores
la sierra de las grandes madereras
el rayo como látigo en la noche?

(Mario Benedetti – Joan Manuel Serrat)

 

… buena sombra le cobija (2) (18/06/2007)

En el último episodio:

Tras tomar la determinación de atravesar Santa Fe bajo la sombra de sus árboles, comenzamos nuestra ruta al inicio de la Avenida de la Hispanidad. Recorridos los primeros metros, contemplamos la extensión de la avenida frente a nosotros…

Los árboles que se presentan por delante se encuentran bastante espaciados entre sí, por lo que, emprendida la marcha, ésta se produce, qué remedio, a buen ritmo, intentando huir del implacable sol. Al llegar al primero de ellos nos damos cuenta, con resignación, de que sus bajas ramas nos impiden pasar con facilidad bajo el mismo. Cuentan, además, con agudas espinas en el fino ramaje, y sus pequeñas hojas apenas suponen protección para el viandante. El sol se ríe de ellas, las esquiva, las rodea, y cae a pleno sobre las cabezas de quienes busquen protección bajo ellos. Son bonitos, no cabe duda, e inútiles a nuestro propósito. Seguimos adelante, intentando alcanzar los más frondosos, hasta recorrer un par de centenares de metros. Acabamos de superar el reloj que, suspenso en el tiempo, marca la hora en la que un buen día se detuvo, situado en el centro de la avenida.

La memoria nos invade, recordándonos que, a nuestra diestra, antaño se alzaron los melocotoneros de un generoso huerto, a modo de isla entre el creciente urbanismo santaferino, en el lugar donde ahora se erigen varios bloques de pisos en cuyas entrañas habitarán, crecerán, dormirán, ¿soñarán?, futuros habitantes de Santa Fe, de nacimiento o adopción. Los ojos se humedecen al recordar los paseos alrededor del huerto, la humilde caseta que se erguía en el centro del mismo, su perímetro rodeado de olmos… y las lágrimas afloran al pensar como, no hace mucho, tras arrasar con los árboles y hundir los edificios sus cimientos en la fértil tierra de vega, usaron los olmos a modo de soporte para los andamios, quebrando sus ramas, desgajándolas hasta que caían como lánguidos brazos hasta el suelo, asfixiándolos bajo los balcones, haciéndolos desaparecer bajo la tela metálica que, con abrazo de oso, rodeaba sus indefensos troncos. Hasta que, exhaustos, se dejaron vencer, tornando la verde cabellera, ya rala por la forzada pérdida de hojas y ramas, en el amarillo otoñal que precedería a su invierno más largo. Ahora, quebradizos y escuálidos naranjos les sustituyen. De escasa envergadura y políticamente correctos, su altura no molestará a los habitantes de los pisos más bajos, máxime cuando algunos de ellos han caído ya, víctimas de su exigua fortaleza y del forzoso transplante al que fueron sometidos.

Ante todo lo ocurrido, parece que de nada sirvieron las solicitudes y sugerencias al “excelentísimoayuntamientodesantafe” o las cartas dirigidas a conocidos diarios granadinos. El verde del dinero prima sobre el del follaje de nuestros árboles, máxime cuando el cemento sepulta las buenas intenciones y las mejores palabras; y de nada sirve la nostalgia del recuerdo de la rugosa corteza de uno de esos olmos contra la palma de nuestra mano. Ni tan siquiera les salva el que, echando mano de bolígrafo y papel, nuestros ””’representantes””’ resuelvan un simplísimo problema de primaria:

Tenemos un conjunto de árboles, adquiridos por equis pesetas, hace veinte años, cuyo mantenimiento cuesta, céntimo arriba, céntimo abajo, otros nosecuantos euros/año, incluyendo riegos, podas, abono y cuidados varios. ¿Qué costo habrá supuesto para el bolsillo del contribuyente dicho mantenimiento, en el momento en que el constructor de turno decide que, pongamos, treinta árboles estorban a su planteamiento urbanístico y manda contra ellos a la máquina excavadora?

La solución: e=mc2.

La relatividad se manifiesta en nuestro esquema de ¿valores?.

… buena sombra le cobija (3) (23/07/2007)

Did we abolish Frost
The Summer would not cease;
If seasons perish or prevail
Is optional with us.
Emily Dickinson
(Si abolimos la escarcha
será siempre verano;
que existan estaciones
depende de nosotros.)

Continuamos con nuestro apasionante periplo, que nos está llevando de este a oeste en un recorrido a través del municipio de Santa Fe, buscando las sombras más propicias para dar esquinazo al implacable Lorenzo.

Tras los avances narrados en nuestro último escrito, proseguimos avanzando por la Avenida de la Hispanidad. A nuestra derecha, una impresionante conífera nos trae al recuerdo los tiempos en los que no estaba sola, sino que otros dos impresionantes árboles le acompañaban, hasta que cayeron, tras morir olvidados por la voluble memoria de nuestros gestores municipales, que podrían argüir que no fue así, aunque resulte cuando menos significativo que su muerte se fuese produciendo conforme entraban a formar parte del arbolado municipal.

Una vez más, el peso de los años se manifiesta, haciéndonos recordar que a nuestra izquierda, en su momento, se alzaron numerosos plátanos de sombra, de altura similar a la del último mohicano que se ubica a nuestra diestra. Antes de que la Avenida de la Hispanidad llevase incluso este nombre, y de que fueran construidos los numeros dúplex y bajos comerciales que ahora la conforman, se extendía a siniestra un huerto, y bajo la sombra de los plátanos “maullaban” los pavos reales cada tarde. Cuántos paseos andando o en bicicleta nos llevaron a sus alrededores, y cómo quedaron grabados en nuestra memoria, vinculados por siempre a esas imágenes y sonidos.

Prosigamos. Nuestro rápido avance nos lleva hasta el Arco de Granada, no sin antes dirigir la mirada al sudeste, donde, de adentrarnos, encontraríamos el Paseo de la Salud, que no recibe su nombre, precisamente, por la salud de los árboles centenarios que allí hallaremos, sino por el Cristo que en la ermita allí situada se encuentra. Estos plátanos de sombra, de troncos hendidos y baja altura, han sufrido a lo largo de su existencia de la presencia de hongos, de durísimas podas y todo tipo de daños y abandono. Parece que el dolor reflejado en el rostro del Cristo hubiese marcado para siempre el destino de estos buenos ladrones que le acompañan.
Recordamos también que, según acaba el Paseo, llegando a la ermita, se encuentra el Colegio Reyes Católicos y, más allá, una plaza ofrece la preciosa estampa de un peral indeseado: los vecinos no lo quieren porque en verano ofrece sus frutos que, despreciados, caen al suelo donde se pudren bajo este sol de justicia. En parte para evitarlo, y por otra, porque es ésta la política en cuestiones de jardinería, es podado en primavera, dejándolo mutilado tras seccionarle ramas de hasta treinta centímetros de diámetro.

peral01

Pero no es ésta la ruta que seguiremos hoy. Debemos cruzar el Arco, y seguir avanzando hacia la Plaza de España, centro de la ciudad, y ecuador de nuestro trayecto.

oOo

Y la noticia, más de un lustro después, sigue siendo la falta de consideración con que tratamos a nuestros verdes compañeros, a estos seres vivos que forman parte de nuestro paisaje, nuestra cultura, nuestra historia.

En la noticia en Ahora Granada pueden verse algunas de las fotografías que Auca, la Agrupación de voluntariado ambiental de Santa Fe, hemos tomado de la tala de árboles.

http://www.ahoragranada.com/noticia/denuncian-la-poda-de-arboles-indiscriminada-en-el-casco-urbano-de-santa-fe

Y en el boletín informativo de Otra Granada:

http://www.otragranada.org/spip.php?article763

Seguimos esperando información desde el consistorio municipal que, por otro lado, suspendió el viernes la tala de árboles tras requerirles dicha información. Ya os contaré en qué queda todo, aunque cansa que siempre se funcione a golpe de denuncia, de queja, y no de diálogo y acuerdo.

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Para que algo nos decepcione es necesario que previamente nos haya ilusionado o hecho creer en ello. Un servidor, que aunque realista no deja de ser un romántico, esperaba de la Cumbre del Clima centrada en el cambio climático que estos días ha venido celebrándose en Copenhague algo más que el paripé de una reunión de políticos quienes, en su tira y afloja, apuestan por el desarrollismo de siempre ante el desarrollo equilibrado de sus respectivos países. Vamos, que lo que hemos venido a ver no ha sido más que una triste sombra de las promesas y esperanzas que se habían depositado en dicha cumbre. Cuando parecía que todos estaban de acuerdo en que había que hacer algo para reducir los efectos de los gases invernadero y, en particular, del CO2 sobre la atmósfera y el clima de la Tierra, han primado los intereses económicos sobre los sociales y de respeto al medio natural. Ya no se trata de si el calentamiento global es un verdadero problema causado por el hombre o no (en unos días espero contrastar en esta misma bitácora un par de documentales que tratan este hecho desde perspectivas similares y, sin embargo, enfrentadas), sino de que el hombre está sometiendo al planeta en el que vive (en términos globales podíamos llegar a considerarlo nuestro hábitat) a un desgaste pronunciado e irreversible que, ya no porque pueda llevarnos a nuestra propia extinción, sino porque está arrastrando a la suya a miles de especies, me parece simple y llanamente un ejercicio de irresponsabilidad, egoísmo y cinismo como sólo nosotros, con nuestro antropocentrismo, somos capaces de llevar a cabo.

Ante este panorama, me pregunto con qué fuerza moral pueden ahora pedirnos a la ciudadanía estos políticos –que vuelven con las manos vacías de acuerdos– que llevemos a cabo un ejercicio de responsabilidad con el medio ambiente. Que consumamos menos energía, despilfarremos menos agua o reciclemos adecuadamente los residuos que generamos. Por otra parte, también es cierto que (afortunadamente no toda y, de hecho, cada vez menos) parte de la población no se siente responsable de sus actos, ni se plantea la necesidad de un cambio de modelo hacia otro más solidario que permita no solamente recuperarse a la Tierra de las agresiones a que la sometemos, sino simplemente que otros seres humanos puedan alcanzar un nivel de vida algo mejor. Ni ahora que se acerca la Navidad (la fiesta con las mejores intenciones que hemos creado, pero también la más violada, vilipendiada y pervertida por el feroz consumismo) pensamos en el otro, en el prójimo tan recitado, más que unos segundos. Pobrecillos, sí, pero ellos en su casa y Dios en la de todos.

Así las cosas, me planteo si no seré (seremos, me consta que no soy el único indignado, hastiado, decepcionado) un bicho raro, si “lo normal” no será que nuestro afán devorador nos lleve cada vez más lejos, más alto, “hasta donde ningún hombre ha llegado jamás”. La diferencia estriba en que el capitán Kirk y sus compañeros Spock y McCoy, amén de ser personajes de ficción, ya habían aprendido que más allá de las diferencias en el universo hay lugar para todos, siempre que prime el respecto mutuo y el conocimiento de que nuestros derechos llegan hasta donde empiezan los del otro, no más allá.

Termina con Copenhague otra muestra de que en este siglo XXI aún estamos muy cerca del animal territorial y posesivo que fuimos (y seguimos siendo), que se diferencia de cuantos le rodean en su escasa integración en el entorno, que le lleva a alterarlo en su propio beneficio, so pena del detrimento de aquel.

Para saber más:

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