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Archive for the ‘Miscelánea’ Category

Beatus ille

De vida beata

En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.

Pareciera que, en aras de sobrevivir, he decidido hacer míos los versos de Gil de Biedma (con ese «beata» en su acepción de «feliz», eso sí) y relegar al olvido estas bitácoras mías que tantas alegrías me dieron en el pasado. Llevo un tiempo pensando retomar este blog, pero para ello debía hacerlo antes con las andanzas que lo caracterizaban. Y hoy, esta tarde, mientras me venía a la memoria la versión musical que de La vida que yo veo de Atxaga llevase a cabo Loquillo, recordé que hace tiempo publiqué una entrada por aquí en la que me lamentaba de mi poca productividad en cuanto al hábito de redactar. Cuatro años y medio han transcurrido desde entonces, prácticamente la mitad de la vida del blog, que en sus primeros tiempos mostraba una actividad mucho mayor y que en los últimos años ha permanecido en una suerte de diapausa sin aparente fin. De hecho, respecto al blog, el último par de años ha transcurrido sin pena ni gloria, demasiado ocupado en menesteres laborales y, afortunadamente, también en otros asuntos vitales mucho más satisfactorios. Así, el año y medio largo de edad que tiene mi pequeño, perteneciente a una nueva generación trotalomesca, ha sido apasionante, agotador, divertido, novedoso y sorprendente. Y me ha inspirado para desear volver por aquí, recuperarme a mí mismo, salir de este agujero donde, refugiado ante las inclemencias del día a día, preservo la vida, y despilfarrarla por el mundo, de loma en loma, cual simpar vividor.

El pasado año 2017 acabó felizmente y los últimos meses fueron de reencuentro con mi propio ser; volver a ir de concierto, recuperar el contacto con compañeros de Auca, la Agrupación de voluntariado ambiental de Santa Fe que siento como mi casa espiritual, salir de nuevo al campo sin más fin que el de disfrutar del camino, participar en actividades al aire libre, hasta sentirme de nuevo yo. Alegrarme y que se me ilumine tontamente la cara con una sonrisa al sorprenderme, un viernes por la tarde al salir del trabajo, escuchando en un podcast de «El bosque habitado» que ese texto de Edward O. Wilson que leían había salido de las páginas electrónicas de Andanzas de un Trotalomas. A esta comunidad conmovida le debo también muchas alegrías y de ellos me apetece también hablar por aquí, puesto que me acompañan habitualmente de camino al trabajo ahora que vivimos algo más lejos, por lo que los trayectos de ida y vuelta requieren de un poco más de tiempo.

Pastor de nubes

Eso sí, la nueva morada del Trotalomas invita a soñar. A hacerse, como canta El Cabrero, «Pastor de nubes», a ser un trotalomas saltaolas.

He decidido volver porque, pese a que en ambientes productivistas y buenrollistas las palabras de Beckett se interpreten como algo positivo (ese afán por levantarse y seguir adelante tras cada caída), su «Ever tried. Ever failed. No matter. Try Again. Fail again. Fail better.» puede interpretarse también (o más bien) desde una perspectiva negativa. Pero da igual, porque fallando una y otra vez, incluso haciéndolo de forma estrepitosa, continuamos aprendiendo. Y más nos vale, porque es el camino que estamos siguiendo. A lo mejor suena la flauta o tal vez la comunidad de personas conmovidas, que desean cambiar de rumbo, llega a conformar una masa crítica suficiente como para girar el timón.

Contad conmigo para ello. ¡Arriba las ramas!

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Hay que vivir

Habrá que hacernos a la idea,
que sube la marea
y esto no da más de sí.
Habrá que darnos por vencidos
y echarnos al camino,
que no hay nortes por aquí.

Podría ser el caso, que esto no diese más de sí, que después de mucho tiempo cerrado el contenido se hubiese echado a perder. Que, ajado, no nos supiese a nada. Que fuese mejor una política de tierra quemada, cerrarlo y comenzar en otro lugar.

Al sueño americano,
se le han ido las manos
y ya no tiene nada que ofrecer,
sólo esperar y ver si cede
la gran bola de nieve
que se levanta por doquier.

Esto nos lo dirán mañana, tras estas elecciones presidenciales que pueden ser históricas por muchos motivos, pero que, me temo, no cambiarán el mundo a (mucho) mejor. Porque para buscar otros nortes que tengan algo que ofrecer tal vez los que deberíamos ser otros somos nosotros. Pero…

¡Hay que vivir!, amigo mío
antes que nada hay que vivir,
y ya va haciendo frío,
hay que burlar ese futuro
que empieza a hacerse muro en ti.

En eso estamos de acuerdo. Hay que vivir, hay que burlar ese frío que cala los huesos y hasta el alma, y no precisamente este frío que (un año más parece que no estemos en otoño) llega tarde a estos pagos, sino un frío existencial que merece la pena arrostrar. Entonces,

Habrá que componer de nuevo
el pozo y el granero
y aprender de nuevo a andar.
Hacer del sol nuestro aliado
pintar el horno ajado
y volver a respirar.
Quitarle centinelas,
al parque y a la escuela,
columpios y sonrisas volarán.
Sentirse libre y suficiente
al cierzo y al relente,
mientras se va dorando el pan.

No me parece una mala opción. Otros blogs amigos han pasado también por baches, por ausencias, y han vuelto a la carga. He vuelto a leer las palabras de quienes siguen detrás de ellos y me ha gustado reencontrarme con ellos. ¿Por qué no con el mío (con los míos) propios? Al fin y al cabo quiero dar un giro a las obligaciones impuestas a mí mismo este año académico.Ya veremos. Lo que es seguro es que hoy quería compartir aquí que siento que…

Habrá que demoler barreras,
crear nuevas maneras
y alzar otra verdad.
Desempolvar viejas creencias
que hablaban en esencia
sobre la simplicidad.
Darles a nuestros hijos,
el credo y el hechizo
del alba y el rescoldo
en el hogar.
Y si aún nos queda algo de tiempo,
poner la cara al viento
y aventurarnos a soñar.

 

 

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… me temo que el jornalero aún no fue capaz de decirle nada al amo. Aunque despoblada, sin árboles, no quedó desolada (porque el sol ahora es justiciero en verano y no hay quien la atraviese sin echarlos de menos). Siguiendo con la entrada que acabo de publicar, dejo por aquí una imagen que refleja cómo es la plaza en la actualidad, con un par de magnolios que plantaron junto al ayuntamiento y que no han crecido pese a llevar allí 24 años, imagino que por la falta de suelo. Como contraste, algunas fotografías antiguas, donde se ve cómo era esa misma plaza hace unas décadas, y eso que no estaban aún crecidos los imponentes cipreses que llegaron a alcanzar la altura de las torres de la iglesia, creciendo en su costado izquierdo.

La plaza de España en la actualidad

La plaza de España en la actualidad

La plaza de España en la actualidad

La plaza de España, cuando todavía se permitía el tránsito de vehículos. Se ven los cipreses, pequeños aún, a la izquierda de la iglesia.

Plaza durante una celebración. Se observa el arbolado de la misma.

Plaza durante una celebración. Se observa el arbolado de la misma.

La iglesia, con dos imponentes árboles a sus costados.

La iglesia, con dos imponentes árboles a sus costados.

Las fotografías antiguas pertenecen a sus autores y las he tomado de la página de Facebook de Santa Fe de Granada. La actual pertenece a Google Street View.

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Recupero para el blog tres entradas que escribí hace siete años y medio durante mi primera andadura «blogueril». Mantenía mi primer blog, La Dehesilla News, y en él escribía, entre otras cosas, sobre la interacción de mis conciudadanos con el medio ambiente. Bajo el nombre común de «…buena sombra le cobija» recobía en tres entradas un paseo por el pueblo durante el que me daba por pensar en el (mal)trato que se daba a los árboles de nuestro entorno urbano. Que hoy traiga las entradas aquí no es fortuito. Las recordaba mientras trataba de debatir sobre la última poda y tala que se ha producido de forma masiva en el municipio. Aquí van, tal cual eran (salvo por la foto del peral, que he incluido tras buscarla en Google Street View).

 oOo

… buena sombra le cobija (13/06/2007)

Se dice que, en tiempos inmemoriales, allá por el medioevo, una ardilla habría podido cruzar la Península Ibérica desde los Pirineos hasta Gibraltar sin pisar el suelo, simplemente pasando de árbol a árbol. Ante una afirmación como ésta, cabría preguntarse, en primer lugar, qué motivaría a uno de estos roedores a realizar tal peregrinaje y, en segundo, para qué querría llegar a tierras anglosajonas, o que terminarían siéndolo en un futuro, con lo “bien que se vive” en España o Portugal. Ya que no tenemos posibilidad de dar respuesta a estas preguntas, nos queda al menos el (des)consuelo de una reflexión: antaño, en España, había más árboles que ahora. Tantos que, en comparación con aquél entonces, deberíamos crear una nueva figura de “taxón en peligro de extinción”, dada la escasez de figuras arbóreas que caracteriza nuestra geografía actual.

Para demostrar este hecho, el equipo de La Dehesilla News se ha propuesto llevar a cabo un experimento singular. Dando por sentado que actualmente es imposible cruzar la península de norte a sur, o de este a oeste, saltando de árbol en árbol, y por la más que probable posibilidad de dar al traste con el experimento tras un seguro golpetazo contra el suelo, hemos optado por restringir el campo de acción y desarrollar una prueba significativamente tan válida como la de nuestra amiga la ardilla. Como muestra estadísticamente significativa, hemos elegido el municipio de Santa Fe, y la prueba a realizar será atravesar el pueblo, no emulando al inmortal personaje creado por Burroughs, sino aprovechando el saber popular por aquello de “quien a buen árbol se arrima…”.

Así, dispuestos a recibir cuanta menos influencia maligna de los rayos solares sea posible, nos aprestamos a realizar nuestra hazaña, pertrechados con una botella de agua fría, en el extremo Este del municipio, justo en el acceso más cercano a la capital de provincia. Nuestro objetivo: el horizonte del sol poniente. Hora de inicio: 12:00AM.

Comenzamos nuestra excursión con el ánimo elevado. A nuestra derecha quedan algunas choperas, y las copas oscilando con la ligera brisa nos transmiten sensación de frescor. Ahora bien, en nuestro lado de la carretera sólo algunos árboles espaciados adornan la acera. Bueno, esperemos que sea poco tramo y pronto encontremos más sombra. Caminamos aceleradamente de uno a otro, haciendo ligeras pausas al lado de sus troncos. La acera, reventada por las raíces de algunos de ellos, constituye la muda evidencia de la falta de previsión de nuestros responsables (es un decir) políticos y representantes (otra falacia) ciudadanos, y de cómo prever el crecimiento de los árboles preparándoles un buen alcorque puede evitar futuros quebraderos de cabeza y de pavimento. Uno de los árboles es apenas un escuálido plantón. Le precedieron en su lugar varios ejemplares de su misma especie y, según vox populi, es uno de los vecinos el que, sistemáticamente, los fue asesinando cuando crecieron tanto que le tapaban “las vistas” a la carretera. Sí señor: patetismo bajuno y con denominación de origen. Pero volvamos a nuestro reto. Efectivamente, el tramo a superar inicialmente era corto: apenas media docena de árboles y, tras superarlo, contemplamos con resignación el campo minado que nos espera. La Avenida de la Hispanidad en pleno es una yerma extensión en la que, esporádicamente, encontramos exóticos árboles que, emulando a nuestras entrañables mimbreras, exhiben sus lánguidas ramas como si de sauces llorones se tratasen.

Nos miramos con decisión. ¿Qué incierto desenlace nos deparará el reto que nos hemos impuesto? Lo conoceremos en la próxima entrega, sólo aquí, en La Dehesilla News. Y, entretanto, les dejamos con unos agradables minutos musicales.

[…]

¿Sabrán por fin los cedros libaneses
que su voraz y sádico enemigo
no es el ébano gris de Camerún
ni el arrayán bastardo ni el morisco

ni la palma lineal de Camagüey
sino las hachas de los leñadores
la sierra de las grandes madereras
el rayo como látigo en la noche?

(Mario Benedetti – Joan Manuel Serrat)

 

… buena sombra le cobija (2) (18/06/2007)

En el último episodio:

Tras tomar la determinación de atravesar Santa Fe bajo la sombra de sus árboles, comenzamos nuestra ruta al inicio de la Avenida de la Hispanidad. Recorridos los primeros metros, contemplamos la extensión de la avenida frente a nosotros…

Los árboles que se presentan por delante se encuentran bastante espaciados entre sí, por lo que, emprendida la marcha, ésta se produce, qué remedio, a buen ritmo, intentando huir del implacable sol. Al llegar al primero de ellos nos damos cuenta, con resignación, de que sus bajas ramas nos impiden pasar con facilidad bajo el mismo. Cuentan, además, con agudas espinas en el fino ramaje, y sus pequeñas hojas apenas suponen protección para el viandante. El sol se ríe de ellas, las esquiva, las rodea, y cae a pleno sobre las cabezas de quienes busquen protección bajo ellos. Son bonitos, no cabe duda, e inútiles a nuestro propósito. Seguimos adelante, intentando alcanzar los más frondosos, hasta recorrer un par de centenares de metros. Acabamos de superar el reloj que, suspenso en el tiempo, marca la hora en la que un buen día se detuvo, situado en el centro de la avenida.

La memoria nos invade, recordándonos que, a nuestra diestra, antaño se alzaron los melocotoneros de un generoso huerto, a modo de isla entre el creciente urbanismo santaferino, en el lugar donde ahora se erigen varios bloques de pisos en cuyas entrañas habitarán, crecerán, dormirán, ¿soñarán?, futuros habitantes de Santa Fe, de nacimiento o adopción. Los ojos se humedecen al recordar los paseos alrededor del huerto, la humilde caseta que se erguía en el centro del mismo, su perímetro rodeado de olmos… y las lágrimas afloran al pensar como, no hace mucho, tras arrasar con los árboles y hundir los edificios sus cimientos en la fértil tierra de vega, usaron los olmos a modo de soporte para los andamios, quebrando sus ramas, desgajándolas hasta que caían como lánguidos brazos hasta el suelo, asfixiándolos bajo los balcones, haciéndolos desaparecer bajo la tela metálica que, con abrazo de oso, rodeaba sus indefensos troncos. Hasta que, exhaustos, se dejaron vencer, tornando la verde cabellera, ya rala por la forzada pérdida de hojas y ramas, en el amarillo otoñal que precedería a su invierno más largo. Ahora, quebradizos y escuálidos naranjos les sustituyen. De escasa envergadura y políticamente correctos, su altura no molestará a los habitantes de los pisos más bajos, máxime cuando algunos de ellos han caído ya, víctimas de su exigua fortaleza y del forzoso transplante al que fueron sometidos.

Ante todo lo ocurrido, parece que de nada sirvieron las solicitudes y sugerencias al “excelentísimoayuntamientodesantafe” o las cartas dirigidas a conocidos diarios granadinos. El verde del dinero prima sobre el del follaje de nuestros árboles, máxime cuando el cemento sepulta las buenas intenciones y las mejores palabras; y de nada sirve la nostalgia del recuerdo de la rugosa corteza de uno de esos olmos contra la palma de nuestra mano. Ni tan siquiera les salva el que, echando mano de bolígrafo y papel, nuestros ””’representantes””’ resuelvan un simplísimo problema de primaria:

Tenemos un conjunto de árboles, adquiridos por equis pesetas, hace veinte años, cuyo mantenimiento cuesta, céntimo arriba, céntimo abajo, otros nosecuantos euros/año, incluyendo riegos, podas, abono y cuidados varios. ¿Qué costo habrá supuesto para el bolsillo del contribuyente dicho mantenimiento, en el momento en que el constructor de turno decide que, pongamos, treinta árboles estorban a su planteamiento urbanístico y manda contra ellos a la máquina excavadora?

La solución: e=mc2.

La relatividad se manifiesta en nuestro esquema de ¿valores?.

… buena sombra le cobija (3) (23/07/2007)

Did we abolish Frost
The Summer would not cease;
If seasons perish or prevail
Is optional with us.
Emily Dickinson
(Si abolimos la escarcha
será siempre verano;
que existan estaciones
depende de nosotros.)

Continuamos con nuestro apasionante periplo, que nos está llevando de este a oeste en un recorrido a través del municipio de Santa Fe, buscando las sombras más propicias para dar esquinazo al implacable Lorenzo.

Tras los avances narrados en nuestro último escrito, proseguimos avanzando por la Avenida de la Hispanidad. A nuestra derecha, una impresionante conífera nos trae al recuerdo los tiempos en los que no estaba sola, sino que otros dos impresionantes árboles le acompañaban, hasta que cayeron, tras morir olvidados por la voluble memoria de nuestros gestores municipales, que podrían argüir que no fue así, aunque resulte cuando menos significativo que su muerte se fuese produciendo conforme entraban a formar parte del arbolado municipal.

Una vez más, el peso de los años se manifiesta, haciéndonos recordar que a nuestra izquierda, en su momento, se alzaron numerosos plátanos de sombra, de altura similar a la del último mohicano que se ubica a nuestra diestra. Antes de que la Avenida de la Hispanidad llevase incluso este nombre, y de que fueran construidos los numeros dúplex y bajos comerciales que ahora la conforman, se extendía a siniestra un huerto, y bajo la sombra de los plátanos “maullaban” los pavos reales cada tarde. Cuántos paseos andando o en bicicleta nos llevaron a sus alrededores, y cómo quedaron grabados en nuestra memoria, vinculados por siempre a esas imágenes y sonidos.

Prosigamos. Nuestro rápido avance nos lleva hasta el Arco de Granada, no sin antes dirigir la mirada al sudeste, donde, de adentrarnos, encontraríamos el Paseo de la Salud, que no recibe su nombre, precisamente, por la salud de los árboles centenarios que allí hallaremos, sino por el Cristo que en la ermita allí situada se encuentra. Estos plátanos de sombra, de troncos hendidos y baja altura, han sufrido a lo largo de su existencia de la presencia de hongos, de durísimas podas y todo tipo de daños y abandono. Parece que el dolor reflejado en el rostro del Cristo hubiese marcado para siempre el destino de estos buenos ladrones que le acompañan.
Recordamos también que, según acaba el Paseo, llegando a la ermita, se encuentra el Colegio Reyes Católicos y, más allá, una plaza ofrece la preciosa estampa de un peral indeseado: los vecinos no lo quieren porque en verano ofrece sus frutos que, despreciados, caen al suelo donde se pudren bajo este sol de justicia. En parte para evitarlo, y por otra, porque es ésta la política en cuestiones de jardinería, es podado en primavera, dejándolo mutilado tras seccionarle ramas de hasta treinta centímetros de diámetro.

peral01

Pero no es ésta la ruta que seguiremos hoy. Debemos cruzar el Arco, y seguir avanzando hacia la Plaza de España, centro de la ciudad, y ecuador de nuestro trayecto.

oOo

Y la noticia, más de un lustro después, sigue siendo la falta de consideración con que tratamos a nuestros verdes compañeros, a estos seres vivos que forman parte de nuestro paisaje, nuestra cultura, nuestra historia.

En la noticia en Ahora Granada pueden verse algunas de las fotografías que Auca, la Agrupación de voluntariado ambiental de Santa Fe, hemos tomado de la tala de árboles.

http://www.ahoragranada.com/noticia/denuncian-la-poda-de-arboles-indiscriminada-en-el-casco-urbano-de-santa-fe

Y en el boletín informativo de Otra Granada:

http://www.otragranada.org/spip.php?article763

Seguimos esperando información desde el consistorio municipal que, por otro lado, suspendió el viernes la tala de árboles tras requerirles dicha información. Ya os contaré en qué queda todo, aunque cansa que siempre se funcione a golpe de denuncia, de queja, y no de diálogo y acuerdo.

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La vida de nuestra ciudad se estancaría si no fuera por los bosques inexplorados y los prados que la rodean. Necesitamos el tónico de lo salvaje, vagar de vez en cuando por los marjales donde acechan el avetoro y la gallineta y oír el estampido de la agachadiza, oler el susurro de la enea donde sólo construyen su nido los pájaros más salvajes y solitarios y el visón se arrastra con el pecho cerca de la tierra. Al mismo tiempo que nos tomamos en serio explorar y aprender todas las cosas, necesitamos que todas las cosas sean misteriosas y no hayan sido exploradas, que la tierra y el mar sean infinitamente salvajes, que no sean investigados ni sondeados por nosotros, porque son insondables. No podemos tener bastante de naturaleza. Hemos de remozarnos con la vista de un vigor inagotable, de rasgos vastos y titánicos, la costa del mar con sus naufragios, la nube de tormenta y la lluvia que dura tres semanas y produce inundaciones. Necesitamos ver nuestros límites superados y cierta vida pastando libremente donde nosotros no llegaremos nunca.

H. D. Thoreau, Walden.

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Atracción natural

Parque Nacional de Bryce Canyon, Utah, EEUU

Parque Nacional de Bryce Canyon, Utah, EEUU. Fotografía de Wikipedia.

Lawrence Gilman, el distinguido crítico musical, afirma en Nature in Music: «… M. Pierre Janet, que sostiene que aquellos que, en diferentes periodos históricos de la civilización del mundo, han expresado una fuerte atracción hacia el mundo natural, siempre han sido personas de un tipo determinado y concreto: emocionales, sometidas a cambios de humor, deseosas de romper con las tradiciones, esencialmente anti-convencionales. Mr. Havelock Ellis, en su estudio sobre la psicología del amor por la Naturaleza, caracteriza a todas estas personas, en mayor o menor grado, “de un temperamento excepcional”. En las manifestaciones más rotundas y simples de este tipo, estos amantes de la naturaleza salvaje han sentido un rechazo instintivo hacia sus entornos habituales… Chateaubriand, que veía poca utilidad en las montañas más allá de ser “las fuentes de ríos, una barrera contra los horrores de la guerra” es contrarrestado por Petrarca, el cual, tras escalar Mont Ventoux, observó que su alma “se elevaba a las más nobles contemplaciones en la cima”. (…) El mayor atractivo de la belleza natural siempre ha sido de suma importancia para aquellos individuos de hábitos emocionales, y especialmente para aquellos que poseen una imaginación libre y tendencia al inconformismo: en otras palabras, para los radicales de mentes poéticas de todos los tiempos y regiones».

En la «Nota al lector» de El trampero, de Vardis Fisher.

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2014

Por el título de la entrada podríamos deducir sin mucho riesgo a equivocarnos que el blog ante el que nos encontramos sirve a modo de anuario a su autor. Lo cierto es que no me he prodigado demasiado en los últimos tiempos, más bien nada, a pesar de las buenas intenciones que declaraba en la última publicación, hace casi un año.

No es momento de volver a incidir en esto; en la escasez de entradas, en el bloqueo del escritor, en la falta de tiempo. El presente año ha venido cargado de cambios y de buenos y malos momentos, y quién sabe si sacaré tiempo para relatar aquellos que, siendo importantes, pueda creer que serán del interés de los lectores de esta bitácora, si es que hay alguien todavía al otro lado.

Pero sí es el momento de contaros una historia. Porque el bloqueo del escritor me llegó en el momento en el que quería contar aquí una curiosa historia que ocurrió hace justo un año. Una historia autoconclusiva en parte, abierta por otro lado y con un final en uno de los hilos narrativos que no me gustaría haber tenido que relatar. Sea como sea, lo que viene ahora es un «Cuento de Navidad».

«La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…» cantaba a ritmo de salsa Rubén Blades en una de las canciones que más recuerdo de mi infancia, «Pedro Navaja», y así ocurrió el 17 de diciembre del año pasado. En la mañana de dicho día, mi entonces pareja (y actual esposa ya que, como digo, el año ha dado mucho de sí) me enviaba una noticia que me llamó la atención y que tuiteé. Abría en Cártama, un pueblo malagueño, la mayor granja de huevos ecológicos de la provincia. Esto no habría tenido mayor trascendencia si no hubiera sido porque, un rato después, vi que una chica había retuiteado la noticia. ¿Y?, os preguntaréis. Bueno, su fotografía de perfil me resultó familiar. Era una imagen no demasiado clara, con algún efecto fotográfico, donde tampoco se la veía muy bien. Pero esa imagen la había visto antes. Mi memoria, que se complace en dejarme a la aventura en el momento menos adecuado, no me falló entonces. Con un chispazo me dije: ¡No puede ser! Cogí el móvil, busqué en él un contacto dentro de una conocida aplicación de mensajería y… sí que era.

Acto seguido le escribí a Azote. ¿Sabes lo que acaba de pasarme? No lo sabía, obviamente, y se quedó sorprendidísima en cuanto se lo conté. ¿Qué hago? ¿Le escribo? ¿Qué decirle? ¿Cómo explicar que la seguía teniendo ahí? Entretanto, seguía atando cabos. En Twitter vi que me seguía y yo la seguía a ella, y que también que con Azote mantenía contacto. De hecho, era previo al mío y posiblemente yo la había seguido a raíz de algún comentario compartido con mi pareja. Al fin y al cabo, por lo que fui averiguando, no solo compartían el amor por la filología y estudios en esta disciplina sino también amigos y conocidos en común.

Le escribí, por supuesto. Le dije que tenía algo que contarle sobre un pequeño amigo en común. Seis años atrás nos habíamos conocido porque ella, que tenía que viajar fuera de España, no podía hacerse cargo de un pequeño cobayo que le hacía compañía. De niño siempre tuve cobayas y, por aquél entonces, recién llegados a Málaga, buscaba una que adoptar. Encontré su anuncio en un foro de Internet, me puse en contacto con ella y quedamos una mañana en la capital para recoger al pequeño Trotty (Pisoni, en aquel momento, pero de su nuevo nombre ya os conté algo en el blog). Efectivamente, @mclasartec, a la que estáis tardando en seguir en Twitter si no lo hacéis ya, y leer su blog, si no lo conocíais antes, era la mamá de Trotty hasta el día en que que vino a casa y se convirtió en el alma mater de este blog.

trottydarwinmediana

La teoría de los seis grados de separación nos viene a decir que lo anterior no tiene demasiado de asombroso. Pero los sentimientos, el asombro, la alegría que sentí ese día sí que lo tuvo. Fue increíble que, siguiéndonos desde hacía tiempo, compartiendo libros y lecturas, nos diésemos cuenta de forma casual de que había algo más que nos unía. La primera intención que tuve al adoptarlo, enviarle de cuando en cuando algunas fotos de Trotty al móvil, el único medio de contacto que tenía, quedó en la nada con el tiempo. Me daba apuro escribirle sin ton ni son (a veces soy así de tonto, sí). Pero mantenía el número, por si acaso, y por eso, cuando las tecnologías avanzaron, pude ver esa foto y asociarla con la del perfil de Twitter.

Y este, aunque el estilo con el que está narrado no le haga parecerlo, es mi cuento de Navidad. Un cuento que me parece hermoso, lleno de magia por la época en la que sucedió y, sobre todo, por las alegrías que nos dio a quienes conocimos la historia y estuvimos vinculados gracias a Trotty.

Transcurrieron casi seis meses y, llegando el verano, Trotty nos dejó, como algunos sabéis. Resulta asombroso ver, comprender y, sobre todo, sentir cómo un ser tan pequeño pudo llegar a ser tan grande y a significar tanto. Los vínculos que ayudó a tender siguen ahí, la red que tejió a su alrededor perdura y su recuerdo, doloroso y amoroso a un tiempo, sigue acompañándome.

No podía volver al blog sin escribir sobre aquel maravillo encuentro. No podía escribir aquí sin traer ese cuento de Navidad que, a mis ojos, nada tiene que envidiar al archiconocido de Dickens. No podía, en resumen, reemprender estas andanzas sin rendir un cumplido aunque siempre indigno homenaje al único y verdadero Trotalomas.

TrottyCollage2

Gracias por vuestro tiempo y felices fiestas.

¡Salud!

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