Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘humedales’

Con la tinta electrónica fresca aún de la anterior entrada me dispongo a escribir una segunda, una suerte de continuación de aquella, que rompa el encanto de la entrada única y bienintencionada en la que plasmo mis ganas por volver a escribir y que, finalmente, queda en suspenso porque las obligaciones y esa falaz sensación de que el tiempo vuela provocan que siempre haya algo importante que hacer. Aunque guarde siempre la esperanza de que se me permitirá sentarme a escribir en algún momento, las obligaciones fagocitan los buenos propósitos.

Así que, a modo de cuaderno de campo, como hacía antaño, y mientras doy forma en mi cabeza a algunas cosillas que quería compartir con vosotros por aquí, voy a desplegar en forma de álbum de fotos un par de salidas campestres por humedales cercanos con las que di término al año 2017.

El día 29 de diciembre fui a la Desembocadura del Guadalhorce aprovechando que era un día laborable y yo estaba de vacaciones. Últimamente me da la impresión de que este paraje está demasiado masificado, especialmente los fines de semana; familias paseando, gran cantidad de bicicletas de montaña a paso rápido con ciclistas hablando bastante alto o directamente a voces, gente corriendo, paseando al perro o simplemente otros pajareros disfrutando de la ornitología. En suma, mucha gente (entre la que me incluyo, por supuesto, aunque solo sea por el volumen generado) que puede llegar a molestar a los animales que hacen de aquel Paraje Natural su refugio.

Pasé la mañana deambulando de laguna en laguna, disfrutando con la visión de un águila calzada que se buscaba la pitanza de aquel día y parecía seguirme de una a otra haciendo piruetas para sortear el fuerte viento de la jornada, aunque no tuve suerte de ver a ninguna pescadora. A los pequeños alados (alguna lavandera blanca, tarabilla europea, gorrión común…) se les sumaron unos zampullines en la Laguna Grande y una buena cantidad de cormoranes, cigüeñuelas, ánade real y gaviotas en los demás observatorios.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

El 30 fui con el retoño de Aliso (el pequeño trotalomas, al que a partir de ahora llamaremos así, con nombre de árbol, ya que es de rápido crecimiento y viene conmigo de humedal en humedal 😉 ) a la Charca de Suárez de Motril. Un espacio emblemático para el conservacionismo que encontramos en plena ciudad, junto a un hotel, y que supuso un freno frente a la especulación inmobiliaria que iba a sustituir tierra y aguas por cemento en aquella zona y que ha quedado protegido para el disfrute de aves y personas. Allí me encontré con mi querido Alberto y pasamos juntos una deliciosa mañana, mucho menos ventosa que la anterior, realizando un recorrido completo por los senderos, entre lagunas, perdiendo la noción del tiempo hasta el punto de encontrarnos cerrada la puerta de entrada al llegar a ella. Allí nos acompañaron algunas garzas reales, más cormoranes y ánades reales, pato cuchara, zampullines, polla de agua, fochas y una chocha.

Acabamos la jornada en un barecito de la zona donde degustaríamos unas deliciosas gambas «del terreno» y acompañadas de un frío zumo de cebada. Aliso, por supuesto, haciendo gala de su descaro y simpatía, se hizo amigo de un gato que esperaba paciente la caída de alguna raspa o algo más suculento de las mesas del local. Una amistad peligrosa para ambos, ya que Aliso suele aplastar (literalmente) a Lupo, que sufre pacientemente el cariño de aquel, pero dudo mucho que este gato hubiese sido tan pacífico ante semejantes muestras de amor. Una experiencia que habrá que repetir, habida cuenta del disfrute de la pequeña larva y de los imagos.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Anuncios

Read Full Post »

El cuerpo del delito. Un ecosistema de gran valor, perdido para siempre.

El cuerpo del delito. Un ecosistema de gran valor, perdido para siempre. (La imagen es propiedad de su autor. No he conseguido localizar la fuente original de la misma.)

Pena, dolor rabia e impotencia son algunos de los sentimientos que me embargan al contemplar las fotografías del cadáver que son hoy las Tablas de Daimiel, cuando ni todas las lágrimas del mundo podrían volver a inundarlas, ni existe justicia en este mundo al haberse permitido que algo así ocurra. Este país de risa (que resulta amarga ante noticias así, pero risible de cualquier modo) se permite el lujo de hacer desaparecer uno de los humedales más importantes de su territorio, que ofrecía sustento y descanso para una amplia avifauna durante sus periodos de cría y migración, capaz de albergar en su delicado ecosistema una amplia biodiversidad que, desde hace unos años, se ha perdido irremisiblemente del patrimonio natural, histórico y etnológico de los manchegos.

Daimiel, que ya agonizaba, ha muerto, y la prueba de ello es que sus casi dos mil hectáreas de extensión aparecen hoy secas, con algunas fumarolas que delatan el incendio que se ha iniciado en su interior por la autocombustión de la turba que es el corazón de las tablas. Daimiel es el crematorio donde desaparecen la vergüenza y la dignidad (si es que alguna vez la tuvimos) de un pueblo que no ha sabido conservar el último ecosistema compuesto por tablas fluviales que quedaba en este país, el que fuera el primer humedal español en ser declarado Parque Nacional, allá en 1973, que es (era) además ZEPA (Zona de Especial Protección para las Aves) y Reserva de la Biosfera. Ni las tablas, ni los ríos que las nutrían, el Guadiana y el Gigüela, dejaron de ser nunca el alimento de una agricultura injusta, insolidaria e insostenible, que estranguló y desequilibró el sistema fluvial con miles de pozos ilegales, derivando agua sin tener en cuenta el mínimo caudal hidrológico (el ecológico) que habrían debido mantener para no hacer peligrar el ecosistema. Desde hace unos días es noticia que las Tablas de Daimiel arden por dentro, pero los gestores del parque y los grupos ecologistas llevan años denunciando que Daimiel agonizaba. Las administraciones públicas han actuado de forma negligente, obviando lo evidente y permitiendo que quienes mataban al humedal siguieran haciéndolo impunemente. Hoy, todos nos echamos las manos a la cabeza, lamentando lo ocurrido; algunos, porque no concebimos cómo somos capaces de tal fechoría y seguimos insistiendo en denominarnos un “país civilizado”, otros, los fariseos que han permitido y contribuido a que esto ocurra, porque se les ha acabado el chollo. A ver si nos vamos enterando, señores míos, que un secano no puede ponerse en regadío, que un campo de golf es una aberración en un país como el nuestro, que los ríos son ecosistemas repletos de vida, con más valores que el de ser un mero cauce o canal de riego. Y, por encima de todo, que somos parte de la naturaleza, que sin ella somos incapaces de subsistir, y que no podemos usarla como si poseyera infinitos recursos.

Los humedales siempre se han visto como una molestia en este país. Años ha, los de la laguna de La Janda, en Cádiz, se desecaron para utilizar las tierras para cultivo. Otro tanto ocurrió en Granada con las turberas y humedales del Padul, donde transcurrieron décadas hasta conseguir que se le concediese una figura de protección (Reserva, dentro del Parque Natural de Sierra Nevada, hace apenas unos ñaos), o la Charca de Suárez, en Motril, donde se está llevando una importante labor de restauración y recuperación del humedal del río Guadalfeo.

Ahora es el momento de actuar, de forma contundente, para salvar Doñana. El otro gran humedal español, también declarado Parque Nacional, agoniza por causas similares a las Tablas de Daimiel. Se le explota para regar cultivos de fresón, se permite un uso indiscriminado de sus recursos, mueren linces atropellados en las carreteras y caminos que atraviesan el parque. Y sus aguas comienzan a salinizarse a causa de algunos de los efectos de un cambio climático cuya existencia algunos se empeñan en negar. Es labor de todos contribuir a que estos importantísimos ecosistemas no desaparezcan para siempre, para vergüenza y escarnio propios.

Read Full Post »

Anuncios