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Posts Tagged ‘ciencia’

Cuando pensé en escribir esta entrada creí que la comenzaría con una frase como «Hace unos días…», pero ha pasado el tiempo y sería más correcto afirmar que «semanas atrás se me pasó por la cabeza escribir una entrada bastante personal sobre la ciencia». Mi idea venía, por un lado, por las excelentes jornadas sobre divulgación científica llevadas a cabo en Murcia y, si bien no pude participar en ellas, al menos he estado disfrutándolas a través de las grabaciones de las ponencias disponibles en Internet.

Además, por otra parte, la invitación hace unos meses de Enrique Royuela para participar en Journal of Feelsynapsis me facilitó entrar en contacto con mucha y muy buena gente que “hace ciencia”. A algunos ya les conocía a través de la blogosfera o Twitter, fundamentalmente. Respecto a los demás, podría decir que aún no tenía el placer de conocerles, pero finalmente he podido acercarme mucho a todos ellos más gracias a esa invitación a participar en un proyecto para el que —no lo demoremos más, por doloroso que resulte— no soy digno. Al decir esto no quiero cuestionar en modo alguno el criterio de Enrique: cuando decidió contactar conmigo para hacerme partícipe del proyecto que se traía entre manos quiero creer que algo vio en mí (o en mis escritos, pues de momento no hemos tenido la suerte de conocernos), por más que se me escape qué pudo ser. Más bien soy indigno porque lo que me llevo del proyecto es infinitamente más de lo que puedo aportar a él, pero me siento como en casa; así, mientras no me echen, tienen Trotalomas para rato, aunque sea en pequeñas dosis.

Instrumental y cuaderno de laboratorio.

Instrumental y cuaderno de laboratorio.

Mi relación con la ciencia se remonta a tiempos inmemoriales, de modo que casi podríamos pensar en términos geológicos si, remitiéndonos a mi niñez, me permitís que os relate algunas de mis andanzas. Para quienes conocéis mínimamente el blog no será un descubrimiento en absoluto saber que mi pasión, desde siempre, fueron las ciencias naturales y, en concreto, la biología. No obstante, el pequeño niño pedante que fui se deleitaba aprendiendo con libros de todo tipo, desde obras de divulgación de física, química o meteorología a otras enciclopédicas, como Fauna, las matemáticas recreativas de Gardner o Smullyan, o sesudos libros universitarios que apenas comprendía pero que anhelaba entender. No todo eran libros, por supuesto, y allí me teníais montando y desmontando extraños artilugios compuestos por motores, interruptores, bombillas y, por supuesto, las sempiternas pilas de petaca de 4,5 V. No me cabe la duda de que MacGyver tenía algo que ver (no en balde crecí en los 80), pero tampoco de que detrás de todo aquello, de las noches pasadas al raso con los prismáticos de mi padre observando las estrellas y los días levantando piedras buscando insectos o con el cazamariposas detrás de todo bicho alado, había un científico en potencia, aunque fuese discretito. Fueron el «Quimicefa», la lupa y un microscopio que era poco más que un juguete, junto a mis libros (y ahí entran ya tanto los de ciencia como la literatura, mi otra gran pasión), los compañeros inseparables de mi infancia.

El libro de experiencias químicas de Quimicefa.

El libro de experiencias químicas de Quimicefa.

Pasaron los años y la vida me llevó, o me dejé llevar, por un camino que no era el soñado hasta el lugar en el que me encuentro hoy día. Podría arrepentirme de ello (y no sería la primera vez), pero haciéndolo no me acercaría un ápice al lugar en el que me gustaría estar. Por eso, hace unos pocos años me decidí a actuar, a cambiar el rumbo del barco. Posiblemente no llegase a marcar el deseado, pero si conseguía escorarlo un poco tal vez pudiera llegar a atisbar en lontananza la tierra deseada. Comencé a estudiar Ciencias Ambientales, y hoy por hoy estoy encantado con la carrera, si bien soy consciente de que difícilmente conseguiré dedicarme a trabajar en algo relacionado con la naturaleza y la ciencia (falta un trozo de papel donde debería estar la palabra “imposible” en mi diccionario), aunque nada me gustaría más.

El efecto invernadero.

El efecto invernadero. La caligrafía no ha mejorado con los años, así que dad gracias a que me leéis en "electrónico". 😉

Y llegamos al día de hoy. Sintiéndome más ambientólogo que informático (aunque me queda muchísimo por aprender para poder decir que lo soy), deseando aprehender cualquier conocimiento mínimo sobre etología, ecología, entomología, antropología… y disfrutando como años atrás de la física, las matemáticas o la química, sintiéndome rodeado de entusiastas compañeros que roban tantas horas al sueño como yo, que hablan con pasión de ciencia y viven con verdadero fervor el enamoramiento, porque así cabe llamarlo, hacia su vocación.

¿Y a qué viene este pestiño de entrada, os preguntaréis? Bueno, simplemente me apetecía compartirlo, rememorar los tiempos en los que un par de libros de Asimov eran mi “Biblia”, retomar fuerzas tras todo este tiempo desaparecido de mis blogs y anunciaros que estoy deseando volver a escribir con más fuerza y ánimo que nunca. Que os coja confesados… 😉

Por lo pronto, os dejo en buena compañía. Con todos vosotros,

Journal of Feelsynapsis n.º 3.

¡Feliz lectura!

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Lectores y amigos, en estas entrañables fechas a Darwin, a Trotty y a mí nos gustaría felicitaros unas fiestas que estaréis pasando, esperamos, en compañía de vuestros seres más cercanos y queridos. Como son tiempos de reencuentros, de compartir y regalar (aunque más nos valdría que fuese así todo el año), no quería aparecer por aquí sin traeros un pequeño gran detalle y mostrar mi agradecimiento.

El día 24 de diciembre aparecía el nº 2 de una revista que nació hace solo un par de meses de la ilusión de mucha gente buena, válida y comprometida: Journal of Feelsynapsis. Aunque unidos por el ánimo de divulgar la ciencia, posiblemente los esfuerzos no se habrían dirigido en una misma dirección si no hubiera sido por el afán de Enrique Royuela, el editor-maquetador-inspirador-animador-y-tantas-cosas-más de la que llamamos cariñosamente “JoF”. A él va dirigido mi agradecimiento por haber contado conmigo (aún me pregunto en qué momento le falló la lucidez a este hombre ;)) para contribuir siquiera un poquito en el avance de la revista.

Darwin llega a casa por Navidad.
Darwin llega a casa por Navidad.

En el segundo número de Journal of Feelsynapsis se incluye, como digo, un artículo de un servidor sobre biogeografía. Os recomendaría leerlo cuando llevéis devorada aproximadamente la mitad de JoF. A esas alturas la calidad del resto de los artículos hará imposible que abandonéis la lectura, y la otra mitad restante os ayudará a olvidarlo. 🙂

Hasta el momento, y debido a una temporal desconexión de la red, no he leído más que algunos artículos: os recomendaría sin dudar el de “Nativos digitales” de Teresa Ferrer o el de “Imprinting. Amor a primera vista” de Jesús David Tavira, y si no hiciera frío os invitaría a lanzaros al mar ahora mismo para visitar el bosque del que nos habla Santiago Campillo. Pero no puedo recomendaros estos artículos porque aún me quedan por leer muchos y a buen seguro que todos ellos os van a entusiasmar.

Os dejo con la revista, eso sí, sin olvidar a Copépodo y entrechocar con él un rico durián. Ya nos hablaba en su bloj de la durianidad (y si no lo leísteis, os recomiendo salir pitando para allá y disfrutar de su artículo) y tuvo la gentileza de enviarme un par de trocitos del durián empaquetado que le trajo un amigo. Como un servidor es todo un caballero, no me queda otra opción que agradecerle el envío, si bien es cierto que posiblemente no compre tan suculento fruto si me lo encuentro expuesto algún día entre otros. Mucho me temo que ni los colonos de la isla Lincoln tendrían a bien alimentarse de él, y solo Jup haría una excepción según vaticina la propia entrada de nuestro Copépodo preferido.

El durián tiene un olor y sabor peculiares. No está malo… pero tampoco bueno. Ni lo odias ni lo amas, o al menos a mí me ha ocurrido así: no sé si me gusta o lo detesto. A Lycisca (aka Azote ortográfico) sí que le gustó. Es lo que tiene ser menos dubitativa que yo, que al menos tiene claro su parecer sobre el durián. 🙂

Lo dicho, os dejo ya con el segundo número de Journal of Feelsynapsis (en línea o para su descarga en PDF) antes de que empiece a divagar. Disfrutadlo, pasadlo bien estos días y sed felices.

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No soy demasiado amigo de las redes sociales y lo cierto es que, de entre las que mantengo cuenta operativa, Twitter es la única que me convence. Cuando me abrí mi primera cuenta años atrás no terminé de verle la gracia; mensajitos cortos, muchos sin demasiada enjundia, pululando por la red. Lo dejé estar durante un tiempo y finalmente, hace tan solo unos meses, comencé a usarlo hasta que ha llegado a convertirse en una de mis mayores fuentes de información y de establecimiento de contactos de todo tipo. Desde autores de blogs con quienes ya tenía relación anteriormente y, gracias a Twitter, he podido ahondar en ella, hasta multitud de nuevos contactos, personas inteligentes, ingeniosas, atrevidas, comunicativas, que me enriquecen y enseñan cada día.

Bueno, yo colaboraré. 🙂

De entre estos últimos, primero a través de su perfil de Twitter y, como siempre que hay una página web o un blog detrás, gracias a sus textos, fui conociendo a @eroyuela, Quique para los amigos y “Jefe” para más de uno por algo que ahora os contaré. Hace apenas unas semanas me invitaba a, si me apetecía, una aventura singular, a colaborar en un proyecto cargado de ilusión y de lo más interesante: la publicación de una revista de divulgación científica, gratuita, y que estaría disponible en la red: Journal of Feelsynapsis. Quienes me conocéis estaréis en lo cierto acerca del tiempo que me llevó pensar en la propuesta: ninguno. Decididamente sí, colaboraría. Máxime encontrándome, como me he encontrado, con un equipo multidisciplinar, ilusionado, con un potencial para quitarse el sombrero y una calidad humana de las que hacen a uno sentirse orgulloso de estar ahí, aprendiendo de todos ellos.

Del primer número de Journal of Feelsynapsis podría deciros que está en la imprenta si no fuese porque aparecerá en formato electrónico y probablemente donde estará ahora será en la memoria del ordenador de Quique, que está trabajando a pleno rendimiento en la edición. Falta poco, muy poco, para que vea la luz, y el aspecto que presenta no puede ser mejor. Hace unos días nos permitía vislumbrar algo de lo que nos espera en la revista en una entrada de su blog, y hoy quería anunciar desde aquí el proyecto, recomendaros la revista, claro está, y anunciaros que tras este mesecillo de parón (ciertamente relativo, porque en Homo libris sí que he podido publicar alguna de las múltiples entradas que tengo pendientes) espero poder retomar la escritura en el blog de una forma más continuada. Os dejo ahora con algunas páginas de la revista.

Y ahora, mientras aparece el primero de los números de esta prometedora publicación (os avisaré tanto en el blog como a través de la cuenta de Twitter, @Trotalomas), os invito a disfrutar con los blogs de algunos de sus autores:

Y muchos más que, a estas horas de la noche, seguro que se me han quedado en el tintero. Aviso para navegantes: ¡actualizaré la lista!  😉

Feliz lectura.

Actualización a 2/11/2011: Ya está disponible el primer número de la revista. ¡A disfrutarlo! 🙂

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Vivo de las rentas. Llevo tiempo sin escribir nada en el blog, publicando únicamente algunos vídeos, textos o fotografías que llaman mi atención y que quiero compartir más allá de Twitter, Facebook u otras redes sociales. La falta de tiempo y el exceso de obligaciones mandan, y aunque desde hace ya demasiado tiempo siento que soy un quejica, que no termino de organizarme, lo cierto es que si vuelvo la vista atrás veo que puede ser que esté abarcando no más de lo que quisiera (¡quiá!) pero sí más de lo que debería. Tengo la sana intención de aprovechar el verano para ponerme al día en muchos aspectos y soltar lastre en lo que menos me aporta. Sin embargo, las RSS del blog no quedarán en silencio, je, je.

De cualquier modo, esta mañana me venía a la memoria la entrada que publicó ayer Conde Nado en su blog. Andaba yo perdido en la sección de ciencia de una librería debatiendo sobre qué libros llevaba conmigo. Ya tenía bajo el brazo la edición en bolsillo del magnífico Algo va mal de Tony Judt -es imprescindible, tenéis que leerlo, de veras- y ojeaba un libro lúdico sobre  matemáticas, una edición preciosa de El origen de los continentes y océanos, de Wegener y otra de bolsillo de La venganza de la Tierra, de Lovelock, mientras mi mirada se dirigía a una obra sobre la teoría de grafos. Como no podía con todo y ni tan siquiera había pasado aún por la sección de literatura, lo cierto es que hice una buena purga -sin dejar de anotar mentalmente los demás en la lista infinita de lecturas pendientes y la necesidad de revisar los fondos de la biblioteca pública más cercana para ver cuáles encuentro-. Pero, como decía, andar entre libros de divulgación científica y sesudos estudios de todo tipo me hizo recordar al niño que fui y al adulto que hoy daría todo por poder trabajar en investigación en lugar de en algo tan técnico, productivo y anodino como es el sector de las telecomunicaciones.

Algo raro, habida cuenta de que trabajar con el pensamiento tiene sus riesgos (y ahora me permito la libertad de citar a mi buen José Luis):

Pensar

Que te paguen por pensar plantea un problema: centrar la atención al mismo tiempo en pensar en producir y en pensar en crear son tareas prácticamente incompatibles. En otras palabras: si estás pensando en maximizar tu producción para no perder oportunidades de promocionar ni capacidad competitiva frente a tus colegas apenas puedes pensar en sumergirte en lecturas variadas, que trasciendan la banalidad ortodoxa o el enfoque estrecho de la hiperespecialización y que te permitan lograr síntesis de algún valor y originalidad que plantear a tu alumnado. Así que tienes que decidir entre la cantidad y la calidad. Y las consecuencias son severas, tanto económicamente como emotiva y formativamente. Porque solo unos pocos privilegiados son capaces de ser competitivos, en la acepción al uso, como consecuencia de su dedicación a pensar en términos creativos. Muy poquitos. El resto hacemos lo que podemos, y debemos decidir entre Scilla y Caribdis. Por eso, desde la óptica mercantilista y utilitarista que domina completamente la práctica científico-técnica y la práctica social occidental hoy día, quienes optamos por la vía creativa a costa de la productividad “sobramos” en el sistema de I+D+i. Así le luce el pelo a nuestra esfera académica. Y a nuestro pensamiento social, hablando en términos generales.

¡Salud!

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Desde niño admiré de los científicos su tesón, su capacidad de superación y empeño en llegar a donde ningún otro científico ha llegado jamás, si se me permite parafrasear la conocida expresión de una de las series de culto de la ciencia ficción. Mis héroes fueron Marie Curie y su marido Pierre, que resultaron afectados por la radiación de la pechblenda mientras investigaban el radio como uno de los productos de la degradación del uranio, Darwin, que supo ver, igual que Russel Wallace, las implicaciones de la selección natural en la evolución de las especies, u Oparin, que investigó el origen de la vida sobre la Tierra, entre otros. Fui un niño hasta cierto punto atípico, que creció fascinado por la ciencia y sus esforzados y disciplinados hacedores, y que, sólo unos años después, tuvo que poner los pies en el suelo para “buscarse las habichuelas”, que dirían en mi tierra, y es que la ciencia, por desgracia, estaba y sigue estando mal pagada.

Algunos amigos y conocidos míos trabajan en investigaciones científicas (dentro de los campos de la Física o la Biología), y hasta la fecha su retribución iba en función de los escasos ingresos del departamento o el instituto de investigaciones donde desarrollaran su labor en un determinado momento, lo que quiere decir que venían percibiendo el escaso aporte pecuniario de una beca, o el apenas mileurista sueldo de un científico auxiliar. A raíz de esto, alguno de estos amigos no puede dejar otros trabajos secundarios para llegar a final de mes, y otros han debido dejar España para no vivir una precaria existencia. Y es que los científicos, en este país son los gallegos de las profesiones. Conscientes de que sólo emigrando se puede medrar, muchos de ellos terminan por salir de nuestras fronteras, provocando una preocupante hemorragia intelectual en un país en el que los únicos a los que parecen irle bien las cosas es a los políticos (que cada día nos engañan un poquito más), grandes constructores (a los que la crisis les ha dado un buen repaso, pero ahí siguen), banqueros (que juegan con el dinero de todos y, cuando las cosas van mal, corren a esconderse bajo las faldas de mamá nación) y otros sectores, como el automovilístico, que no deja de pedir ayudas al Gobierno. Porque amigos, cuando las cosas van bien somos los más capitalistas y neoliberales del mundo mundial, pero cuando vienen las vacas flacas, ¡Marx para que os quiero!

Volviendo a la ciencia y a lo mal que de por sí estaba “el negocio”, ahora se nos anuncia un importante recorte presupuestario en la partida de I+D para el próximo año. Si ya resulta lamentable que a los sectores más críticos para el bienestar y el desarrollo de un país (educación, investigación y ciencia, sanidad…) se les reduzcan las ayudas, resulta indignante que entretanto se reparta dinero a mansalva entre otros sectores, sin unas directrices, además, que permitan augurar que las medidas que se están tomando sean favorecedoras de una pronta recuperación de la economía. Y es que aunque la macro y la microeconomía sean en esencia distintas, creo que nuestros gobernantes (que cada día que pasa me parecen menos “nuestros representantes”) deberían reflexionar en torno a una máxima: “de donde no hay no se puede sacar”, y esta dilapidación del erario público parece que va camino de convertirse en una verdadera lapidación de la ciudadanía y, ahora también, del saber científico.

Por todo lo expuesto anteriormente, y porque sólo mediante el conocimiento, la innovación y la investigación es posible un crecimiento adecuado de nuestra sociedad, desde este blog me sumo a la afirmación de que

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