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No es mi deseo que el blog se convierta en un cúmulo de reseñas cinematográficas, pero sí que entraba entre mis intenciones, cuando inauguré la serie de entradas sobre cine, traer algunas películas y documentales que invitasen a la reflexión sobre diversos temas o, simplemente, que me hubieran gustado especialmente. Al fin y al cabo, aunque la temática que está adquiriendo el blog es manifiestamente cercana al medio natural y a su conservación, mi propósito primigenio no fue otro que ir narrando alguna que otra andanza en la que me fuese viendo involucrado.

Sin embargo, a raíz de ver y comentar en el blog “Moon”, la película de Duncan Jones, surgió un interesante y variopinto debate que dio lugar a un recuerdo de Javier16: otra película de ciencia ficción, con unos pocos años más a las espaldas, cuyo título nos descubrió cumplidamente Fulgida y su visionado nos fue recomendado por Amandil (quien, por cierto, ha escrito una más que interesante reseña de “Moon” cuya lectura os recomiendo). Se trataba de “Naves misteriosas” (“Silent Running”), y su argumento me resultaba remotamente conocido. De hecho, tras verla, comprobé que guardaba un recuerdo neblinoso de la misma y, tras unos días de inactividad en los que he estado sometido a los requerimientos de ineludibles obligaciones, he decidido traerla al blog como una sugerencia más para los próximos días que, si nada lo estropea, prometen un poco más de descanso y tiempo para el disfrute gracias al fin de semana inusualmente prolongado.

El director de “Naves misteriosas”, Douglas Trumbull, no es un desconocido dentro del cine de ciencia ficción. Fue, una década antes de rodar la película que nos ocupa, uno de los responsables de los efectos especiales de “2001: Una odisea del espacio”, la conocidísima adaptación al cine de la novela de Arthur C. Clarke, y diez años después repetiría lo hecho con Kubrick, aunque ahora junto a Ridley Scott, en “Blade Runner”. Entretanto, como decía, además de trabajar en otras películas dirigió en 1971 “Silent Running” contando con un presupuesto ínfimo (la décima parte del destinado a “2001”) lo que no fue óbice para conseguir alcanzar un buen resultado.

El argumento de “Naves misteriosas” es propio de su época, y recoge algunos de los llamados que ya en aquel entonces hacía la revolución verde, recién surgida en los años 60. Nos encontramos en el siglo XXI y la vida vegetal ha desaparecido de la Tierra. Los últimos especímenes vegetales se encuentran en el espacio, a bordo de tres naves botánicas que orbitan Saturno. El botánico Freeman Lowell (interpretado por Bruce Dern) cuida de los ecosistemas artificiales creados en los inmensos invernaderos que porta, al igual que sus dos hermanas, la nave Valley Fogue. Lowell trabaja en el convencimiento de que, algún día, las plantas volverán a ocupar la Tierra, que será nuevamente verde, y podrán aportar los alimentos necesarios para una población que se nutre únicamente mediante comida sintética. En contraposición a Lowell, cuya estética y modo de pensar hacen pensar en la de un hippie modernizado, sus compañeros en la nave disfrutan llevando a cabo carreras de coches en la nave y únicamente desean volver a casa. Por esto, cuando reciben la noticia de destruir las naves y regresar, dejando de este modo claro que la humanidad ha prescindido definitivamente de las plantas para sustituirlas por los adelantos técnicos que hacen posible la vida sobre la faz de la Tierra, todos se alegran excepto nuestro protagonista. Este decidirá rebelarse contra la orden de sus superiores y, reprogramándolos, contará para ello con la ayuda de los robots de la nave.

La historia de “Naves misteriosas” nos hace plantearnos inmediatamente diversas cuestiones: ¿Hasta qué punto el hombre puede disociarse de la naturaleza? ¿Seremos capaces, siendo parte de ella, de prescindir del resto de especies? ¿Esperamos únicamente de ellas que sean capaces de ofrecernos sustento, alimento o material para cobijarnos, o su aportación llega más allá de la mera supervivencia? Sin duda alguna, “Naves misteriosas” es una película que invita a la reflexión sobre temas como la superpoblación y la consiguiente sobreexplotación de los recursos de la Tierra hasta esquilmarlos por completo o, al menos, hasta que no sean suficientes para mantener a la población.

Por otro lado, el personaje de Lowell me ha parecido de lo más interesante; su moralidad, que en principio nos resulta encomiable, termina desembocando en acciones de nefastas consecuencias debido a lo extremista de una actitud que llega a alcanzar tintes de fanatismo. Aunque la imagen del ecologista, los lodos en que devinieron aquellos primeros hippies, resulta cuestionada en la película, es tristemente cierto que, en ocasiones, algunas personas confunden la vehemencia y el deseo de transmitir a los demás sus sentimientos y aspiraciones con una actitud cerrada e intolerante con todo aquello que no los secunde. Y es que, para proteger, debemos enseñar, no imponer. Recordando la letra de una antigua canción de la banda La Dama se Esconde, podríamos finalizar diciendo que

Es la princesa que de niño
yo desee imaginando que
juntos podríamos vencer
y quién sabe
si incluso convencer
al malvado enemigo.

Edito la entrada a las 20:45 horas para incluir un apunte sobre una imperdonable omisión por mi parte. Olvidaba decir que uno de los puntos fuertes de la película es su banda sonora, que incluye un par de temas interpretados por la inigualable Joan Baez. Aprovechando la actualización, os dejo unas escenas de la película en las que Baez canta “Rejoice in the Sun”. Simple y llanamente, una preciosidad.

Ficha de la película en IMDb.

Lo veía venir, ya nos lo avisaban las “bombas racimo” que eran las “enmiendas torpedo”, la permisividad de un gobierno que confunde términos y permite que una entidad privada con ánimo de lucro mueva los hilos suficientes como para influir en la legislación (¡ah, esos tejemanejes encubiertos y, permitidme la guasa, francmasónicos!) mientras hipoteca edificios que son DE TODOS (¡ay, cómo hacemos “Creative Commons” cuando nos interesa, amiguitos!), cobra por nuestro himno autonómico, recauda por derechos anónimos (como sea el de los libros, anda que no sacarán pasta, jeje ;) ) y nos grava las compras con un canon digital que, para mí, es como quitarte los puntos del carné de conducir por adelantado “porque oiga, algún día seguro que se salta usted un semáforo, aparca en doble fila o comete una infracción”.

Pues nada, como la sostenibilidad está en todos lados, siendo la palabra más huera del vocabulario de la lengua castellana, a la que los políticos se han encargado de vaciar de significado, ahora tenemos una “Ley de Economía Sostenible” (se ve que la anterior no lo era, con tanta construcción, campito de golf y derroche de libertino capitalismo, por lo que ahora los bancos y las empresas del sector del automóvil y de la construcción, que antaño se llenaron los bolsillos a resultas de sus ora turbios, otrora licuescentes negocios, ensalzan la memoria de Marx, solicitando al Estado ayudas variadas), que curiosamente incorpora entre sus gracias la maldita de recortarnos, un poquito más si cabe, los ya escasos derechos que nos quedan.

Personalmente considero que un autor tiene todo el derecho del mundo a vivir de su trabajo, ya sea la música, la escritura o cualquier otra arte. De hecho, que sus derechos de autor pasen al dominio público cuando transcurre el periodo marcado para ello desde la fecha de su defunción, me parece ético y justo (ya que su creación también se nutrió de su interacción con la sociedad). Es más, con los bienes físicos debería ocurrir otro tanto, e incluso más aún, ya que no es lógico que si yo escribo un libro, mis herederos pierdan los derechos de explotación pasados unos años, pero las casas y terrenos del vecino, que se ha dedicado a la construcción, pasarán ad infinitum entre sus descendientes. Es decir, que aquí todos moros o todos cristianos. Dicho lo cual, y sin ánimo de ser linchado, proseguiré afirmando que los derechos de autor no son los derechos de unos pocos (de aquellos pocos a los que me refería en el primer párrafo), algo que -tristemente- parece haber obviado el Gobierno español.

Así las cosas, desde esta pequeña atalaya que es mi blog, donde aún se me permite alzar la voz, suscribo el

Manifiesto en defensa de los derechos fundamentales en Internet

  1. Los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, como el derecho a la privacidad, a la seguridad, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva y a la libertad de expresión.
  2. La suspensión de derechos fundamentales es y debe seguir siendo competencia exclusiva del poder judicial. Ni un cierre sin sentencia. Este anteproyecto, en contra de lo establecido en el artículo 20.5 de la Constitución, pone en manos de un órgano no judicial -un organismo dependiente del ministerio de Cultura-, la potestad de impedir a los ciudadanos españoles el acceso a cualquier página web.
  3. La nueva legislación creará inseguridad jurídica en todo el sector tecnológico español, perjudicando uno de los pocos campos de desarrollo y futuro de nuestra economía, entorpeciendo la creación de empresas, introduciendo trabas a la libre competencia y ralentizando su proyección internacional.
  4. La nueva legislación propuesta amenaza a los nuevos creadores y entorpece la creación cultural. Con Internet y los sucesivos avances tecnológicos se ha democratizado extraordinariamente la creación y emisión de contenidos de todo tipo, que ya no provienen prevalentemente de las industrias culturales tradicionales, sino de multitud de fuentes diferentes.
  5. Los autores, como todos los trabajadores, tienen derecho a vivir de su trabajo con nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividades asociadas a sus creaciones. Intentar sostener con cambios legislativos a una industria obsoleta que no sabe adaptarse a este nuevo entorno no es ni justo ni realista. Si su modelo de negocio se basaba en el control de las copias de las obras y en Internet no es posible sin vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo.
  6. Consideramos que las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir.
  7. Internet debe funcionar de forma libre y sin interferencias políticas auspiciadas por sectores que pretenden perpetuar obsoletos modelos de negocio e imposibilitar que el saber humano siga siendo libre.
  8. Exigimos que el Gobierno garantice por ley la neutralidad de la Red en España, ante cualquier presión que pueda producirse, como marco para el desarrollo de una economía sostenible y realista de cara al futuro.
  9. Proponemos una verdadera reforma del derecho de propiedad intelectual orientada a su fin: devolver a la sociedad el conocimiento, promover el dominio público y limitar los abusos de las entidades gestoras.
  10. En democracia las leyes y sus modificaciones deben aprobarse tras el oportuno debate público y habiendo consultado previamente a todas las partes implicadas. No es de recibo que se realicen cambios legislativos que afectan a derechos fundamentales en una ley no orgánica y que versa sobre otra materia.

Para saber más:

Ayer hablaba con un compañero acerca de las problemáticas por las que están pasando las poblaciones de murciélagos en nuestro país. Comentábamos la noticia del virus que les está atacando, similar al Ébola pero que -según dicen- no parece patógeno. Le decía a mi amigo que, entre otros muchos problemas, nuestros hermosos quirópteros (la belleza, dicen, está en los ojos de quien mira, ¿no? Je, je) sufren el envenenamiento progresivo de los campos, devorando insectos que presentan en sus organismos numerosos compuestos químicos provenientes de herbicidas, insecticidas y demás pesticidas con que se aderezan los productos de la industria agrícola de nuestros días.

El caso es que, habla que te habla, y ya que veía la gran importancia de estos mamíferos en el control de plagas, le pregunté a mi compañero si había pensado en la cantidad de murciélagos que podía ver en las noches de verano (tan propicias para observarles en la anochecida) cuando era joven, y los que veía hoy día. Confirmó lo sabido: “¡Ostras! Es verdad, ahora no se ven tantos.”

Me acordé entonces de un artículo que escribí hace años para una revista cultural que comenzamos a publicar unos amigos y yo y que, aunque no alcanzó tan larga vida como otra musical que la precedió, sí que nos proporcionó bastantes satisfacciones. He recuperado el texto tal y como lo escribí en su momento,  y aquí os lo traigo, solicitando benevolencia para con él. Espero que os guste.

oOo

Resulta preocupante -o así debiera ser- para cualquier sociedad avanzada el comprobar de qué manera va perdiendo no sólo sus propios valores y costumbres, sino incluso su patrimonio cultural y biológico. Este último, el biológico, no parece haber sido nunca tomado demasiado en cuenta. Y, creo yo, y a buen seguro también tú, lector -y excúsame ese trato de confianza-, que no es cosa de tomarse a broma el perder un patrimonio irrecuperable, extenso por cuanto lo diverso de las especies, ecosistemas, climas, etc. que lo componen, y tan frágil que un ligero desequilibrio en esta tupida red que interrelaciona todos los componentes de cualquier ecosistema, conlleva una sucesión de acontecimientos difícilmente reparables por la pequeña mano del hombre, por más que, encerrados en nuestra actitud ególatra, nos creamos dueños de “echar a nuestra cazuela” todo lo que corra, nade, o vuele.

Tal vez creamos que no hay por qué ser tremendistas, que todo tiene solución o que realmente no puede llegar a afectarnos. Cuando se habla de medio ambiente, no se habla de las amapolas de un verde campo de trigo, ni de las abejas que polinizan dichas flores, ni de una perdida y lejana selva amazónica. Se habla del entorno que nos rodea, de la interacción del hombre con el mismo, de la ciudad donde vivimos, del aire que respiramos, en suma, de nosotros mismos. Y, aunque sólo fuera por eso, por simple y mero egoísmo, deberíamos ser más exigentes con nuestros gobiernos, con nuestros conciudadanos y con nosotros mismos, para intentar conseguir unas mejores y más óptimas condiciones de vida.

Quizá aún pienses que todos esos problemas están lejos. Que a ti no te afectan, o que no llegas a ver ninguna consecuencia directa de los mismos. Ya vivamos en la ciudad o en un perdido pueblito rodeado de campos de cultivo, podremos observar secuelas de la presión que ejercemos sobre nuestro medio ambiente. Pensemos tan sólo por unos instantes en qué echamos de menos a nuestro alrededor. Yo propondré un ejemplo. Después, te toca a ti, ¿de acuerdo? Llega ahora el verano, y con el estío, las tardes se prolongan y extienden bajo un calor soporífero. Pero, con la caída de la noche, refresca un poco, y todos nos disponemos a pasear, a tomar unas cañas en la terraza de ese bar de la esquina, o a leer un libro en un parque cercano. Miremos por un instante al cielo. ¿Qué vemos? Tal vez el lucero del alba ya titila, solitario aún. Una perdida nube. Algún tejado bajo cuyo alero aún quedan las marcas de un nido de vencejos arrancado y caído. Pero, ¿qué es lo que no vemos? Por ejemplo, el vuelo zigzagueante y (aparentemente) sin rumbo de los murciélagos. Tal vez veamos uno, dos, tres de estos mamíferos voladores buscando su alimento durante el crepúsculo. Hace cinco, diez años, su número habría sido muchísimo más elevado. Recuerdo, en mi caso, cielos abarrotados de pequeños murciélagos que con su vertiginoso vuelo rasante, con aquella danza macabra que ejecutaban cada noche, me embelesaban y me hacían indagar en los misterios de la física y la vida. El radar con el que tan ingeniosamente dotó Madre Naturaleza a los quirópteros. Este es sólo un ejemplo de cómo un animal beneficioso para nosotros, ya que la ingesta de pequeños insectos que realiza cada noche resulta necesaria y útil, desaparece en pos de un progreso en el que, encontrado el DDT y más eficaces insecticidas y pesticidas con los que rociar nuestros campos, no hay cabida para un animal que perece envenenado por alimentarse de insectos emponzoñados. Pero no sólo él, sino muchas avecillas insectívoras mueren por esto, o resultan dañadas. Los huevos de muchas aves cada vez muestran un menor número de nacimientos debido a que los pesticidas dañan los mismos. Pero no divago más, y te dejo el turno: espero tu ejemplo.

No es éste -no, al menos, en primer término- el tema de mi artículo. Tan sólo pretendía exponer el hecho de que todo, aunque no nos lo parezca, nos influye y toca de cerca. ¿Recuerdas que ocurrió con el bucardo? El bucardo, esa cabra montés pirenaica, se extinguió hace un par de años. Su último ejemplar, una anciana hembra, murió aplastada por un árbol caído. Un triste final para una especie autóctona, irrepetible, que era parte de nuestro patrimonio biológico. Una pérdida irreparable, en suma. Yo pretendía, al comenzar el artículo, hablar un poco sobre el lince ibérico (Lynx pardinus). Sobre nuestro pequeño tigre peninsular.

Estudios de la Consejería de Medio Ambiente indican que el número de ejemplares lince es de unos quinientos. Teniendo en cuenta que su número está en grave recesión (su población se ha reducido al 50% en los últimos 10 años), y lo dificultoso de la reproducción en ejemplares tan dispersos geográficamente, llegamos a la conclusión de que nuestro lince se encuentra en graves problemas de supervivencia como especie. Especie que se encuentra gravemente amenazada por la pérdida de su hábitat, la disminución de alimento disponible por la regresión de su presa básica (el conejo), así como por la mortandad no natural de ejemplares por atropellos, cepos, disparos… Según datos de la Unión Mundial para la Naturaleza (UICN), el lince ibérico está considerado como el felino más amenazado del mundo.

Se creyó durante mucho tiempo que el lince ibérico (lynx pardinus) era una subespecie del lince boreal o eurasiático (lynx lynx), y esta confusión -además de la dejadez y mal hacer de unos gobiernos poco interesados en la conservación de nuestro entorno- ha conllevado a una mala y escasa política de conservación del lince ibérico. Por poner un ejemplo, el gobierno español pagó generosamente la destrucción de linces hasta los años 50, no siendo declarado especie protegida hasta 1973. Actualmente hay sanciones por el asesinato de un lince que llegan incluso a la cárcel.

¿Qué sabemos sobre el lince? Todos hemos visto en alguna ocasión en televisión a este pequeño cazador. Hagamos memoria: a buen seguro nos llamó la atención este singular felino por sus orejas rematadas por pequeños “pinceles” de pelo negro, cuya finalidad es la de descomponer la redonda silueta de su cabeza y aumentar así el mimetismo con su entorno. También recordaremos sus patillas que le cuelgan de las mejillas y le proporcionan tan singular apariencia. Los machos, por cierto, las tienen más grandes que las hembras, pero en ambos casos esas patillas crecen durante toda su vida. Y su pelaje, pardo-grisáceo con los flancos moteados de negro, que tan bien le camuflan en los bosques mediterráneos con abundante matorral que conforman su entorno.

Su entorno, su territorio, que viene a ocupar unos 10 kilómetros cuadrados, y cuya extensión está delimitada por la cantidad de presas que allí habiten. Territorios que, cada vez más, aparecen degradados por la mano del hombre, separados por barreras de todo tipo, lo que consigue aislar a los linces en poblaciones fragmentadas, incomunicadas, que dificultan la reproducción, e impiden en último término el intercambio genético de la especie.

Los problemas ante los que se encuentra el lince, son por tanto, el descenso de las poblaciones de conejo, su máxima fuente alimenticia; la pérdida de su hábitat, al que han afectado tanto las repoblaciones con especies inadecuadas, de crecimiento rápido, como el pino o el eucalipto, que evitan el crecimiento de matorral, como la ganadería intensiva, que sobre-explota el estrato herbáceo, limitándose así las poblaciones de conejos. Y por último, actividades de caza furtiva, con uso de cepos y lazos, las muertes indirectas por accidentes, etc.

Habida cuenta de la situación de tan emblemática especie, los biólogos no quieren arriesgarse a que una inesperada enfermedad, o cualquier situación imprevista, llegue a mermar más aún la población de linces ibéricos. Por ello, entre las acciones que se están llevando a cabo para la recuperación de la especie, se encuentra la cría en cautividad. Es el medio de conservación que se usa cuando todos los demás han fallado, y en la actualidad sólo se usa este método con el quebrantahuesos y, próximamente, con el águila imperial. Sin embargo, no es algo tan fácil. Las especies salvajes tienen serios problemas para la procreación cuando se encuentran en cautividad, y así, por ejemplo, aunque se han producido puestas de quebrantahuesos cautivos, no ha sido con éxito. A esta iniciativa del Grupo de Trabajo del Lince Ibérico se ha sumado por primera vez Portugal, donde existen unos 60 ejemplares de lince. Así pues, se intentará la reproducción de linces en el centro de “El Acebuche”, en Doñana, y hasta dentro de 8 ó 10 años no se cree que puedan introducirse algunos de esos linces en zonas donde la especie ha desaparecido o está en franco retroceso… y pueda conseguirse con éxito. Esto sólo sería posible si las condiciones que provocaron la desaparición del lince hubieran cambiado. Es por ello que el biólogo Miguel Delibes apunta que, si bien el Ministerio de Medio Ambiente con esta iniciativa intenta la recuperación de la especie, no actúe de forma incongruente con su política de aguas, aprobando la construcción de embalses que, como el de la Breña II, amenacen hábitats de linces.

Resumiendo, tenemos linces que, como aquellos murciélagos que ponía por ejemplo algunos párrafos más arriba, cada vez son menos avistados. Más escasos. En recesión. ¿Hasta qué punto queremos imponernos la medalla de permitir la desaparición de una especie? ¿Aun así, nos consideramos avanzados, civilizados… racionales? No creamos que todo nos pertenece y que podemos destruirlo a nuestro antojo… o creámos que sí, que es nuestro, y asumamos la responsabilidad que nos corresponde: defendamos, con uñas y dientes, pero sobre todo con inteligencia, aquello que es nuestro más preciado tesoro. He dicho.

(Este artículo apareció publicado en el nº 2 de la revista cultural “Al-Margen”. Otoño de 2001).

Hace unos fines de semana aproveché el buen tiempo del falso otoño que vivimos para hacer una escapada a un entorno realmente maravilloso por lo singular de sus formaciones geológicas, y de lo que allí aconteció os voy a contar hoy algunos pequeños detalles.

El arce solitario.

El arce solitario.

Había transcurrido bastante tiempo desde mi última visita al Torcal, un Paraje Natural (el primero de Andalucía en ser reconocido Espacio Natural Protegido, ya en 1929) situado en el municipio de Antequera, muy ceca de la capital malagueña, y lo cierto es que disfruté mucho con el reencuentro. Ya en la subida a este paraje pudimos contemplar el sosegado vuelo de los buitres, que evolucionaban sobre los riscos buscando su condumio diario, y al llegar al centro de interpretación nos encontramos con una tremenda afluencia de gente, aprovechando lo que parecía ser el inicio de un buen fin de semana para disfrutar con una salida al campo, siempre gratificante. Una vez allí, me encontré con la grata sorpresa de que uno de los recorridos que entrañan una mayor amplitud, y que llevaba un tiempo clausurado, había sido abierto al público nuevamente aunque –mi gozo en un pozo- mis acompañantes decidieron acometer el sencillo. Igualmente, nada –o eso creía yo, iluso de mí- estropearía la visita.

Viento en popa, a toda vela...

Viento en popa, a toda vela...

El Torcal encierra en una reducida extensión, de apenas 20 km2, una impresionante muestra del paisaje cárstico de toda Europa. Sus orígenes se remontan al Jurásico, cuando por esta zona transcurría un pasillo marítimo que unía unos primitivos océano Atlántico y mar Mediterráneo. Durante la Era Terciaria, gracias a la orogenia alpina, los sedimentos marinos emergieron a la superficie (prueba de ello es una de las fotografías que acompañan a la entrada) y quedaron expuestos a la erosión. El viento y el agua (en particular en su estado sólido) moldearon las rocas calizas del Torcal (oolíticas, brechoides y clásticas), creando grietas y sistemas de fallas que produjeron corredores y dieron forma al entorno que hoy conocemos.

Ideal para una película de Sergio Leone

Ideal para una película de Sergio Leone

De su fauna, salvo alguna lavandera y los buitres, únicamente pude avistar un par de hembras de cabra montés

De su fauna, salvo alguna lavandera y los buitres, únicamente pude avistar un par de hembras de cabra montés

Su última escalada

Su última escalada

El día dio de sí, aunque el excesivo número de visitantes que presentaba este espacio natural no me dejó desconectar demasiado. Soy animal solitario, y gusto de salir al campo evitando en lo posible el contacto con mis semejantes. Que conste que creo interesante que la gente salga al campo y lo conozca, porque solo así es posible proteger a la naturaleza. También es cierto que tanto derecho tienen otras personas como uno mismo a disfrutarlo, pero siempre me enseñaron que mis derechos terminaban donde empezaban los de los demás. Es decir, que no puedo ampararme en mi derecho a algo para perjudicar al prójimo. Desgraciadamente, y aun presentando una avanzada edad, al grupo que nos precedía no debieron de explicárselo en su día, pues si no, no me explico tal cantidad de gritos, de llamadas entre sí, de risas injustificadas e, incluso, el triste alarido que, emulando a un hipotético Tarzán que no sé a las fieras, pero a mí consiguió espantarme.

¡Menuda fauna!

¡Menuda fauna!

Después de completar el recorrido, nos desviamos para visitar los fósiles presentes en una de las elevaciones del terreno, que constituye además un excelente mirador de la comarca de los Montes de Málaga. Durante la subida, pude contemplar unas pinturas rupestres…

Como dicen en mi pueblo: "el nombre de los tontos, en todos lados aparece escrito"

Como dicen en mi pueblo: "el nombre de los tontos, en todos lados aparece escrito"

… aunque el enfado se me pasó un poco al encontrarme ante los hermosos ammonites, disfrutar del vuelo de los buitres sobre y bajo mi cabeza y degustar finalmente, en buena compañía y espléndido debate, una buena “comida de los Montes”, que terminó por reconciliarme con la especie.

Ammonites en la cima

Ammonites en la cima

Sobre sus alas.

Sobre sus alas.

Sin dudarlo ni un momento, y dentro del plan de turismo alternativo que os propongo para Málaga, os recomiendo visitar este paraje si pasáis en algún momento por la provincia; estoy seguro de que disfrutaréis de lo lindo.

¡A por la pitanza!

¡A por la pitanza!

Hay que ahorrar agua...

Hay que ahorrar agua...

Moon

El pasado fin de semana disfruté como un niño de la película de ciencia ficción “Moon”, dirigida por el hijo de David Bowie, Duncan Jones, que ha resultado ser una verdadera revelación en los festivales de medio mundo. Conocí la película gracias a la recomendación de Isi, que me habló muy bien de ella, y de Mork, que ya la reseñara en su blog.

Hacía tiempo que no me enfrentaba a una buena película del género en la que primase la historia y la interpretación por encima de los efectos especiales y las batallas intergalácticas (tengo pendiente ver “Distrito 9”, y posiblemente también la traiga al blog cuando llegue el momento). Desde los memorables tiempos de “Blade Runner”, “Atmósfera Cero”, “Solaris” o “2001: Una odisea del espacio”, a las que se hace un claro homenaje en algunas escenas de “Moon”, echaba de menos este tipo de ciencia ficción, comprometida y cuyas historias que dan que pensar.

El argumento de la película es simple pero efectivo. En un futuro cercano la Tierra se abastece de energía gracias al Helio 3 que es extraído de la cara oculta de la Luna. Más del 70% de la energía consumida proviene de la compañía Lunar Industries, que tiene instaladas en nuestro satélite varias cosechadoras que son controladas desde una base espacial en la que trabaja Sam Bell, nuestro astronauta, que es el único en habitarla. Le acompaña únicamente Gerty, un robot mucho más humanizado y simpático que el ya clásico HAL 9000. Sam, que está a punto de finalizar su contrato de tres años con Lunar Industries, empieza a mostrar síntomas de cansancio y desorientación debidos a la prolongada estancia espacial y lo que más desea es volver a la Tierra para reunirse con su familia; sin embargo, durante una salida a la superficie lunar en su vehículo de exploración, sufre un accidente que tendrá inesperadas y dramáticas consecuencias.

Sin querer entrar en mayor profundidad en la trama para no desvelar los acontecimientos que sobrevendrán al accidente ni la resolución que tendrán estos, os diré que la película presenta un ambiente algo claustrofóbico, con escenarios limitados a la base espacial y a los recorridos por la yerma superficie selénica. La única presencia en toda la película de Sam Bell, interpretado magistralmente por Sam Rockwell, contribuye a la sensación de angustia que crea la soledad absoluta en la que vive y que le lleva a tomar por amigo y compañero a Gerty. El guión de Nathan Parker, que da forma a la idea de Duncan Jones, es uno de los platos fuertes de la película. Sabe llevarnos a un terreno desconocido e incierto sin que apenas nos demos cuenta de ello, y plantea numerosas cuestiones sobre las que reflexionar: ¿Hasta qué punto puede llegar el hombre para colmar sus necesidades? ¿Supera el bienestar de la mayoría al de la minoría o, incluso, al de una sola persona? ¿Es ético asumir, consciente o inconscientemente, el dicho de “ojos que no ven…”?

Únicamente el final de la película resulta algo predecible, con un desenlace que, a mi parecer, habría quedado mejor con un final más abierto. Pero esto son meras apreciaciones personales, en vista de lo cual, ¿os animáis a embarcaros en este viaje lunar?

Ficha de la película en IMdB.

No hace mucho, mi alter ego Homo libris hablaba en el blog de Lammermoor sobre las continuas mudanzas que había sufrido (sí, en propias carnes) durante los últimos años. Esta vida de emigrante que no envidiarían ni los pueblos nómadas se ha mostrado dadivosa en situaciones peculiares. Entre ellas, hay una que ha quedado grabada a fuego en mi memoria, aunque tal vez sería más adecuado adjudicarle el más líquido de los elementos a la hora de conformar esta locución verbal, como si hubiera sido la erosión de un rítmico, marcado y paciente oleaje el que hubiese moldeado los recuerdos. Algo así, en efecto, como lo que no hace mucho os contaba acerca de la preciosa Cueva del Tesoro. Pero vayamos al grano.

Lo primero que tengo que deciros es que, si una vez vais a alquilar una vivienda y el arrendatario se llama Eduardo Mendoza (y no es el escritor, en este caso simplemente pedidle un autógrafo), no os fiéis. Puede que os encontréis ante un ejemplar de Homo chapucirratensis, una mutación perdida del Homo habilis de la que nos quedan algunos indicios de la industria lítica que desarrolló, basada fundamentalmente en la fabricación de percutores que dieron en llamar machotas. No conoció esta especie afán de especialización alguno, sino que gracias a su oportunismo ocupó un nicho ecológico realmente amplio. Tan efectiva fue su adaptabilidad al medio que hoy día aún es posible encontrarles entre nosotros. Su aspecto, realmente similar al del humano moderno, impide que puedan ser reconocidos a primera vista. Sin embargo, tarde o temprano terminan por delatarse, bien sea por sus palabras o, en el peor de los casos, por sus actos, que pueden provocar daños de índole diversa en nuestros hogares y que suelen venir acompañados por la solicitud de unos emolumentos inversamente proporcionales al dinero invertido en la adquisición de materiales, cantidad que suele ser escasa cuando no realmente ridícula. Algunos de los Homo chapucirratensis más conocidos son Pepe Gotera y Otilio, Manolo y Benito o el ya citado Eduardo Mendoza.

Como ya supondréis, esta historia va de una vivienda, de un alquiler y un Mendoza que no es ni el autor de Sin noticias de Gurb ni el ex presidente del Real Madrid, pero lo que jamás podríais imaginar son los singulares infortunios que en aquella acaecieron, ni el trágico desenlace que desembocó en nuestra marcha del lugar. Pero eso estoy aquí, claro está, para narrarlo sucintamente y desvelaros el origen del nombre que, a mucha honra, preside esta bitácora.

Nos mudamos a Málaga por motivos laborales y, debido a la urgencia del traslado, miramos unas pocas viviendas, la que nos ocupa no nos disgustó y nos la quedamos. Inicialmente todo fue bien, aunque tuvimos que tolerar los ruidos de un par de obras menores que el propietario decidió emprender en la vivienda justo tras ocuparla nosotros. Los problemas comenzaron cuando los vecinos de la casa de abajo, una pareja de ancianos, comenzaron a quejarse por las manchas que la humedad dejaba en su cocina, y cuyo origen parecía estar en nuestro cuarto de baño, ubicado justo encima de la misma. Hablando con ellos, descubrimos con consternación que llevaban esperando casi un año para que el seguro de nuestro casero arreglase el techo del comedor, que también se había visto afectado en el pasado por las fugas de agua de alguna tubería. Vamos, que no estábamos ante ninguna novedad y que el amigo Mendoza había estado dando largas a nuestros vecinos durante once meses. Poco podíamos hacer más que exigir la reparación de una avería que, según nuestro Homo chapucirratensis y los informes de su compañía aseguradora, tenía su origen en el inodoro. Las reparaciones infructuosas se fueron sucediendo semana a semana, y si la memoria no me falla pudieron alcanzar las ocho intervenciones. Entretanto, mi pareja y yo habíamos comentado al casero y a los sucesivos operarios que vinieron a la casa que bajo el plato de ducha se oía un sospechoso ruido acuoso tras ducharnos pero, claro está, éramos jóvenes e inexpertos: ¡qué íbamos a saber de un tema tan complejo y apasionante como es el de la fontanería doméstica! Así siguieron las cosas hasta que, llegada la época estival, los vecinos volvieron a insistirle en la reparación, impensablemente él accedió y se dispuso a cambiar la ducha y las tuberías. Por supuesto, la fecha elegida por él fue la de mis vacaciones, así que me negué a que se realizara en ese momento. Esta decisión me costó hacérsela entender a él y a los vecinos pero, como tal y como les dije, si iba a estar en casa y cortaba el paso de agua, no debería haber problema. A esas alturas, y a la vista de los hechos, me negaba rotundamente a dejar la vivienda a la libre disposición del arrendador. Al fin, tras debatirlo, decidieron aplazar una semana la reparación y así se hizo.

Tras esto, ese dechado de virtudes que era nuestro casero procedió a arreglar el baño y todo fue bien hasta que un mes después la vecina de la casa de al lado llegó corriendo a casa diciéndonos que se le había inundado al ducharnos. En efecto, el agua salía a borbotones por el rodapié, y llamé urgentemente al propietario de la casa para que pasara a verlo. El buen hombre andaba almorzando con unos amigos y me aseguró que vendría por casa durante la tarde. La tarde pasó, llegó el día siguiente, domingo, y tampoco apareció. Le llamé y, tras insistir en numerosas ocasiones, finalmente respondió al teléfono, terminó por pasarse y nos dijo que iba a mirar lo de la reparación y nos avisaría.

Ahora viene lo bueno, señoras y señores. Al día siguiente le llamé (obvia decir que él no tenía pensado hacerlo), y me comentó que el seguro no se hacía cargo (la nueva ducha la había instalado él mismo), y que iba a arreglarlo por su cuenta. La solución no me hizo mucha ilusión, como comprenderéis, pero de momento tragué con ella. Esa misma tarde, hablándolo con los vecinos (a estas alturas de la historia habíamos terminado por hacer un frente común ante la desgracia de conocer a semejante individuo), el hombre mayor dijo algo que pasó a la historia: “¿Ese? ¿Que va a arreglarlo ese? Ese lo que va a hacer es buscar a otro trotalomas como él, que cree saber mucho y no sabe de nada, y volverán a hacer una chapuza”. La expresión me encantó, por su sonoridad, por sumarse a una larga lista de trotamundos y trotaconventos de posibilidades infinitas, y con una carcajada la hice mía.

Etimología del trotalomas.

Parece que mi buen vecino lo tenía bien calado. El trotalomas en cuestión trajo los materiales para la obra y me informó de que iba a arreglarlo con un primo suyo (el otro trotalomas) que sólo tenía los fines de semana libres. Es decir, que pretendía levantar todo el cuarto de baño, revisar las tuberías y repararlo trabajando un par de mañanas a la semana. Pero no solo eso, sino que, ya puestos a hacer obra, pensaba cambiar los azulejos y la grifería. Le echaba al asunto, así por encima, más de mes y medio. Aquí mi paciencia, que suele rivalizar con la del santo Job, dijo que había tocado fondo. Se lo hice saber y le exigí alternativas. Llevábamos varios días acudiendo a la casa “suegril”, situada a 50 kilómetros de nada, para poder ducharnos, y una situación como esta, con todo el cuarto de baño inhabilitado durante semanas, era insostenible. ¿Su respuesta? Que no podía (o quería, entiéndanlo como quieran) hacerlo de otro modo. ¿La nuestra? Que nos marchábamos.

Y así lo hicimos, notificando el motivo, llegando a un acuerdo que nos costó el dinero por diversas manifestaciones más de racanería y mala sangre, aunque no entraré ahora en ello. Aún me acuerdo y me enciendo.

Me quedo con lo bueno de todo esto: con un nombre original y sonoro que quise dotar de un significado más positivo que el dado por el buenazo de mi vecino, con un cobayo adoptado algo después que lleva ese nombre con mucha honra (aunque le llamamos por el diminutivo familiar de Trotty) y, por último, con un blog que representa las andanzas (hasta ahora fundamentalmente campechanas y naturalistas) de este, vuestro seguro servidor, que espera contar por mucho tiempo con vuestra buena disposición e interés.

Soylent Green

El cartel original de la película.

El cartel original de la película.

He aprovechado el ventoso fin de semana para, además de descansar un poco, ver la película “Cuando el destino nos alcance”. Basada en la novela ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! de Harry Harrison, podría encuadrarse dentro de la ciencia ficción social al presentarnos, igual que la obra en que se inspira, un mundo distópico situado en un hipotético futuro en el que la superpoblación de la ciudad de Nueva York, con cerca de 40 millones de habitantes en el año 2022, nos hace vislumbrar un porvenir incierto y sombrío para la humanidad.

La película resulta interesante desde los propios títulos de crédito, donde se introducen, mediante una sucesión de imágenes, las circunstancias que han llevado al planeta a la situación en la que se desenvuelven nuestros protagonistas.

Roberth Thorn, un policía saturado de trabajo, vive en un piso de unos pocos metros cuadrados compartido con Sol Roth, un anciano ingeniero retirado que le ayuda en sus investigaciones. Pueden sentirse afortunados, pues la mayor parte de la población sobrevive hacinada en las escaleras y pasillos de los edificios, o duerme en la calle, bajo los vehículos ya inútiles por la falta de combustible. Aun así, deben generar su propia energía pedaleando en una bicicleta que recarga las baterías que almacenan la electricidad, han de abastecerse de agua usando unas garrafas de plástico y se alimentan de lo que el resto de la gente: Soylent Yellow y Soylent Red, alimento sintético proveniente en su mayor parte de las algas oceánicas. El acceso a la verdura o la carne es posible únicamente para un reducido grupo de personas, ricas y con poder. Sol Roth, que vivió épocas mejores, recuerda en ocasiones a Thorn cómo era el mundo antes de comenzar las restricciones, cuando aún había disponibilidad de recursos y la población del planeta no había alcanzado un nivel tan preocupante, mermando claramente la calidad de vida de sus habitantes.

Tras recibir el aviso del asesinato de Simonson, un acaudalado residente de la zona más elitista de la ciudad, Thorn visita el lugar del crimen y conoce a Shirl, una hermosa muchacha que compartía su vida con el difunto a cambio de un hogar y protección. Como tantas otras chicas, es tratada como un bonito “mobiliario”, que embellece el entorno de quienes se lo pueden permitir. La pasión surgirá entre la chica y el policía, en tanto las investigaciones de este le llevan a descubrir el inquietante secreto que se esconde tras la multinacional alimenticia que suministra los Soylent Red, Soylent Yellow y el novedoso Soylent Green a los ciudadanos.

La película de Richard Fleischer está interpretada por Charlton Heston (Robert Thorn), Leigh Taylor-Young (Shirl), Joseph Cotten (Simonson) y, sobre todo, por un maravilloso Edward G. Robinson (Sol Roth) que, ya enfermo cuando rodaba la película, interpretó en ella un último y emotivo papel.

Es interesante la forma en que la película plasma cómo la moralidad afecta al modo de vida futuro. Se permite a los ancianos ejercer su derecho a la eutanasia, yendo a morir cuando creen que no tienen motivos para seguir viviendo pero, como contrapartida, los sistemas de control de la natalidad están prohibidos por un gobierno autoritario que dicta cómo ha de vivir la gente, provocando un incremento de los nacimientos que no se corresponde con la disponibilidad de recursos. Esto me ha parecido interesante respecto al debate que surgía en el blog hace unos días, donde se hablaba de la educación como un elemento imprescindible ya no para la autorregulación del crecimiento de la población, sino para la relación con nuestro propio entorno.

Aparte de las diferencias entre la novela y la película (aquella simultaneaba varias historias, además de poner mayor énfasis en la relación entre el policía y la amante del asesinado; esta otra presentándonos un final ciertamente más sobrecogedor y macabro), en ambas se plantea una de las inquietudes que Harry Harrison tenía respecto al futuro del hombre en un planeta cada vez más poblado y con unos recursos limitados.

Hay que tener en cuenta que el momento en que se escribió la novela (1966) coincide con el importante incremento de la población debido a la explosión de natalidad (el conocido baby boom) posterior a la Segunda Guerra Mundial. Aunque rodada unos años después (1973), es interesante comprobar que Fleischer exhibe la superpoblación de Nueva York mediante calles atestadas de gente y multitudes que claman frente a fallos en el suministro de alimentos sintéticos, los únicos a los que tienen acceso. No habría que llegar a situaciones tan desesperadas, no obstante, para encontrarse ante un caso de exceso de moradores en un determinado lugar. Pensemos que el espacio es uno de los factores que limitan el crecimiento de las poblaciones, pero que los recursos de la zona de que estemos hablando son realmente los que actúan como condicionantes de la posibilidad de existencia de vida. Cabría pensar en los extensos yermos de las zonas cercanas al Ártico, que si bien acogen a una importante fauna y flora, muestran una biodiversidad mucho más reducida que las ricas regiones de las selvas tropicales en áreas considerablemente menos amplias.

En el caso del hombre, como animal social que habita a día de hoy en la gran “aldea global”, cabría preguntarse hasta qué momento continuará (continuaremos) considerando ajenos los problemas alimentarios y sanitarios de la mayor parte de habitantes del planeta, y cuánto estamos dispuestos a sacrificar nuestro ritmo de vida para que aquellos puedan incrementar el suyo hasta el nivel de que su supervivencia se convierta, simple y llanamente, en una vida digna.

Home

Cuando hace unos meses Isi me recomendó la película “Home” e investigué un poco sobre ella, me encontré ante un interesante proyecto que había sido lanzado en la significativa fecha del 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente. Tuvieron que transcurrir varios días hasta que pude sentarme con tranquilidad a verla, y entretanto me preguntaba si me encontraría ante otra “Verdad incómoda” como la de Al Gore.

home

Quienes me conocen bien, al igual que aquellos que leéis este blog, saben de mis inquietudes respecto a la defensa de nuestro entorno. Decía en una entrada anterior que, insistiendo demasiado sobre un determinado asunto se corre el riesgo de banalizarlo y, añadiría incluso, de hacer a la población reacia a afrontarlo o tenerlo en cuenta. En el caso que nos ocupa, que no es otro que el del cambio climático, esto podría ocurrir bien porque la gente termine convertida en un grupo de descreídos sobre su existencia, bien porque se frustre al creer imposible que pueda hacerse algo para revertir el proceso.

De ahí que, aunque el cambio climático no es el único de los males que acucian al planeta por nuestra causa, y aun temiendo echar más leña al fuego, he querido traer “Home” como la primera de las películas recomendadas de Andanzas de un Trotalomas, inaugurando de este modo una nueva sección (que espero os guste) donde iré comentando alguna película con la que me haya encontrado (o reencontrado) recientemente y que, ojalá, espero que suscite vuestro interés y despierte un animado debate si decidís verla y/u opinar sobre ella.

De “Home”, del director francés Yann Arthus-Bertrand, he oído alabanzas y críticas en todos los sentidos. Desde los elogios a su excelente fotografía hasta el menosprecio de su discurso ecologista y, según dicen, catastrofista. Podéis comprobarlo por vosotros mismos si os decidís a ver la película, que está disponible en YouTube de forma totalmente gratuita, ya que fue realizada bajo el mecenazgo del grupo empresarial PPR (dentro de poco entraremos en lo que esto implica).

Lo que viene a partir de este momento es, simple y llanamente, la impresión que me transmitió a mí mismo la película. El debate, por supuesto, al final de la entrada si os animáis a ello.

“Home” arranca con una breve historia de la Tierra, deleitándonos con imágenes de espectacular belleza (aunque para mi gusto, con el color demasiado saturado) que reflejan los fenómenos geológicos que la han conformado tal y como la venimos conociendo desde que, hace unos 200.000 años, el género Homo apareció sobre su faz. Sin embargo, ni tan siquiera los desastres naturales, a través de los cuales hemos llegado a vislumbrar su poder, han sido capaces de alterar su superficie de una forma tan radical como lo ha hecho el hombre moderno. Pronto, muy pronto, aparece en nuestra película el Homo sapiens y, con él, la capacidad de reunirse, de formar tribus y de alterar el entorno mediante la agricultura, la primera gran revolución alimentaria del hombre.

Volcanes. El origen de nuestro planeta.

Volcanes. El origen de nuestro planeta.

Nuestra habilidad de modificar el entorno para cubrir las necesidades de la población (las que lo son, y las que “nos creamos”) parece no tener más límite que el impuesto por los recursos de que disponemos. La que constituye, gracias a la inteligencia, nuestra mayor capacidad adaptativa, que va más allá del mero oportunismo, puede encerrar en sí misma la semilla de nuestra destrucción. Si nada ni nadie nos impone límites, si no somos capaces de autoinhibir nuestra conducta depredadora de recursos, llegará el día en que el hábitat conformado por la totalidad del planeta no sea capaz de seguir abasteciéndonos.

El vídeo nos muestra algunos de los despilfarros de recursos más incomprensibles que pueda nadie imaginar. Las pistas de esquí de Dubái en medio del desierto, cultivos bajo plástico en las zonas áridas de Almería que abastecen a Europa a costa de esquilmar los acuíferos o el consumismo elevado al máximo exponente se hacen patentes durante esta parte de la película, que también nos presenta algo más adelante algunas de las medidas que se están tomando para combatir la contaminación o reducir la dependencia energética de los países. La recompensa a este esfuerzo economizador (entendido como el mejor uso de los recursos disponibles y limitados para hacer frente a nuestras necesidades) será poder seguir disfrutando de una Tierra de fértiles suelos y de la biodiversidad que la puebla.

Poderoso caballero es don Dinero. Ante ustedes, el nada artificioso paisaje de Dubai.

Poderoso caballero es don Dinero. Ante ustedes, el nada artificioso paisaje de Dubái.

Me consta que hay numerosas voces que niegan el cambio climático, y que incluso propugnan que el hombre es dueño y señor de cuanto existe sobre el planeta. No podía ser de otro modo, dada la visión antropocéntrica que, desde tiempos inmemoriales, ha regido nuestras sociedades. Sin embargo, y dejando de lado incluso las motivaciones o pensamientos de carácter conservacionista, creo que todos coincidiremos en que no es justo que el 20% de la población mundial acapare el 80% de los recursos, manteniendo al resto de seres humanos sumidos en la miseria. Aunque sólo fuera por este hecho, cabría preguntarse en qué mundo vivimos y si debemos cambiarlo. Está claro que los gobiernos tienen mucho que decir aquí, pero una vez más insistiré en que estos gobiernos son, o deberían ser, meros representantes de la ciudadanía y no de los intereses de las grandes empresas u otros grupos de poder. Por tanto, si esto no es así debemos comenzar por cambiarlo. Es nuestra responsabilidad. Y nuestro derecho.

Por último, añadiré que tanto al comenzar “Home” como en los títulos de crédito finales se publicita a algunas de las empresas del grupo PPR, que actuó como mecenas de la película, permitiendo su libre distribución para alcanzar así la máxima difusión de la misma. Soy bastante precavido a la hora de acercarme a productos, servicios o mensajes que vengan auspiciados por el nombre de una corporación empresarial o política. Tal vez no debería de ser tan malpensado, y es posible que no lo fuera de no encontrarnos en un mundo tan manipulado como este en el que nos ha tocado vivir. En cualquier caso, y dejando de lado momentáneamente las motivaciones que puede tener PPR para apoyar una iniciativa como esta (prestigio social, apariencia de compromiso medioambiental, publicidad o, verdadera y simplemente, interés por informar), lo cierto es que el resultado me ha gustado, y es que “Home” no se limita a vaticinar la llegada del fin de los tiempos como otros documentales que tratan sobre temas similares, pero tampoco permanece ajeno al problema. Es más, no veo la visión catastrofista con la que algunos definen este documental, sino que en todo momento se deja lugar para la esperanza. Eso sí, no se trata de un futuro que se nos vaya a dar de forma gratuita, sino que deberemos alcanzarlo mediante el esfuerzo y el optimismo. Personalmente, considero que llegar a verlo es posible, pero, ¿seremos capaces de conseguirlo? Tenemos los medios, estamos avisados, podemos hacerlo. ¿Lo intentaremos? Únicamente de nosotros depende.

Ficha de HOME en IMDb.

Hay gente que se entretiene hasta con el vuelo de una mosca, y la verdad es que en ocasiones esto es algo que se da de una forma total y absolutamente literal. Andaba yo demorando un poco el momento de ponerme a estudiar (no por falta de ganas ni de necesidad de ello, sino porque tras diez horitas de trabajo no viene uno con mucho ánimo para nada, por mucho que le atraigan las asignaturas que ha escogido el presente año), y me he encontrado con una oportunidad de oro para ocupar un poco del tiempo de ocio, aprovechándolo además para acercarme a uno de los frentes que más interesantes me parecen de cuantos tengo abiertos este año: la entomología aplicada.

Ya de niño me gustaba especialmente el mundo de los insectos. Tan cercano y apasionante como accesible, variopinto gracias a que la diversidad de especies es sencillamente abrumadora, antaño dediqué muchas horas y deliciosos esfuerzos en la captura y catalogación de cuanto bicho con tres pares de patas se ponía a mi alcance. Pasaron los años y, a pesar de que ni la pasión por estos animales ni por el estudio de la naturaleza decreció un ápice, me vi abocado a estudiar y dedicarme profesionalmente a otros menesteres. Durante este tiempo mantuve viva una afición que fue creciendo y derivó por otros derroteros más cercanos al ecologismo y a la sensibilización medioambiental, aunque esto es otra historia que merece, tal vez, ser narrada en otra ocasión. Volviendo a lo que os decía, los insectos me gustaron siempre y, a pesar de que en los últimos años he centrado mis particulares investigaciones en las aves, la asignatura de Entomología Aplicada que curso este año ha hecho que me reconcilie con el pequeño universo de estos artrópodos (lo que empieza a dejarse notar en las fotografías que de la Dehesilla he ido subiendo a blog en pasadas entradas).

El caso es que, como os decía, estaba dispuesto a ponerme a estudiar cuando me he encontrado con una pequeña sorpresa en la lámpara. Mi pareja la había visto rondar por la casa el día de antes, y ahora se ponía al alcance de mi objetivo. ¿Cómo dejar pasar la oportunidad?

Nuestra mosca de la fruta parece gustar de la luz de la lámpara de estudio.

Nuestra mosca de la fruta parece gustar de la luz de la lámpara de estudio.

La que veis aquí es, en su hermosura, un temible enemigo para los agricultores. Se trata de la Ceratitis capitata, la mosca de la fruta. Su origen se encuentra en la costa occidental de África, aunque a día de hoy es fácil de encontrar en cualquier lugar del mundo (especialmente en zonas de climas templados, subtropicales y tropicales) gracias a que el comercio de frutas facilitó su dispersión.

En el caso que os ocupa se trata de una hembra (esta especie presenta dimorfismo sexual en las antenas, que terminan en una banda negra en el caso del macho), que se ha mostrado de lo más complaciente y tranquila mientras le sacaba algunas fotografías. Aunque sepamos que puede constituir una plaga para la agricultura, no se puede negar la belleza del ejemplar, ¿verdad?

Posando tan tranquila en el techo (fotografía invertida).

Posando tan tranquila en el techo (fotografía invertida).

Sí que invitaría a pensar sobre la repercusión que tienen las especies invasoras sobre las producciones agropecuarias y, sobre todo, alterando los ecosistemas donde se asientan, donde pueden desplazar a especies locales al entablar con ellas una competencia por la obtención de recursos al no contar, habitualmente, con depredadores naturales que limiten su crecimiento. Suelen ser especies oportunistas, y son capaces de ponernos en jaque con facilidad.

Nuestra Ceratitis capitata cuenta, en todo caso, con enemigos naturales como algunos bracónidos, pequeñas avispas que la parasitan depositando sus huevos sobre las larvas de aquella. Recordemos que siempre será preferible llevar a cabo un correcto manejo integrado de plagas, facilitando el desarrollo de estos insectos beneficiosos que atacan a los no deseados antes que recurrir al tratamiento de los frutales con cualquier tipo de biocida.

Ceratitis capitata, pensando si el largo verano, que no termina, dará para otra puesta.

Ceratitis capitata pensando si el largo verano, que no parece terminar, dará para otra puesta.

Y ahora sí, me voy a estudiar… hasta que otra mosca pase volando buscando mi perdición.

Una mentira repetida mil veces se convierte en una realidad”, afirmaba Joseph Goebbels, el que fuera ministro de propaganda del gobierno hitleriano de Alemania, a lo que yo añadiría: “y repite un millón de veces una verdad y harás que se convierta en palabras hueras”. Máxime si lo repiten las clases política o empresarial, porque entonces podría tornar en falacia e, incluso, servir a oscuros intereses. Palabras como “sostenibilidad” se oyen hasta la saciedad, suenan bien en cualquier discurso e imprimen un aire de compromiso en quien las pronuncia. Con el “cambio climático” está ocurriendo otro tanto, y aunque es interesante que la gente de la calle conozca el término y las implicaciones que para nuestras vidas puede tener que trascienda de los medios a nuestra realidad del día a día, creo que, en términos generales, siempre nos quedamos en la superficie.

¿El cambio climático implicará la subida del nivel del mar? ¿Desaparecerá Venecia? ¿Se salinizará Doñana? Pues no lo sé, sinceramente, pero posiblemente la respuesta a estas preguntas sea que sí. ¿Cambiará esto mi vida? Con toda probabilidad sí, bien porque vivamos cerca de una zona costera, o un cauce fluvial, pero a buen seguro lo notaremos en el bolsillo. ¿En el bolsillo?, podríamos preguntarnos. La economía, que no nos la toquen, oiga. Bueno, dejemos por un momento de lado el precio cada vez más alto de las energías provenientes de fuentes fósiles, como el carbón, el gas o el petróleo, y pensemos simplemente en el agua potable, un recurso escaso en un planeta azul, cuyo acceso se verá cada vez más dificultado por la contaminación de las capas freáticas, la desaparición de afluentes naturales y la necesidad de desalinizar (consumiendo grandes cantidades de energía) y potabilizar agua del mar. ¿Sólo es necesaria para beber? Claro que no, por supuesto. Los cultivos la necesitan, y también los animales que alimentamos con aquellos para hacer nosotros lo propio tanto con los unos como con los otros. El agua es el líquido vital, está incluida dentro de un ciclo cerrado, por lo que es la misma que existe sobre la faz de la Tierra desde su creación. Pero, ¿qué ocurrirá si alteramos el ciclo o si la contaminamos?

La noticia de estos días sobre el cambio climático es la reunión preparatoria de Barcelona, que supone la antesala de lo que está por venir en Copenhague dentro de un mes. Las esperanzas de lo que allí pueda surgir se entremezclan con la desazón que produce (al menos a mí me ocurre así) constatar cómo todo este despliegue de medios puede quedar reducido a la pantomima de la palmadita en la espalda, la fotografía de rigor, que tan bien viste en las portadas de los diarios, los adelantos informativos y los portales de Internet, y todos para casa, que ya es tarde y tenemos que seguir produciendo, consumiendo, que la Navidad está a la vuelta de la esquina y no hemos engordado al pavo lo suficiente.

Lo último que nos llega desde Barcelona es que el G-77 está obstaculizando la toma de decisiones en esta reunión. Los países en vías de desarrollo exigen de los industrializados que pongan las cartas sobre la mesa y adquieran compromisos reales, que no todo quede en una declaración de intenciones que no lleven a ningún lado. Lo que exigen no es descabellado en modo alguno: se pide ayuda económica a estos países para contribuir al desarrollo de los más desfavorecidos, y que se fijen objetivos cuantificables, como la reducción de las emisiones de CO2 en un 40% respecto a los niveles de 1990. Curiosamente, es China una de las naciones que se suman a esta iniciativa, aun cuando las emisiones per cápita de CO2 en este país se han duplicado en apenas 10 años, pero también es cierto que desde los Estados Unidos de América siempre se vetaron las resoluciones adoptadas por la comunidad internacional a este respecto, y se desmarcaron en todo momento del cumplimiento de cualquier tipo de compromiso.

Está claro que no podemos seguir por este camino, contaminando cada vez más y sobreexplotando los finitos recursos de un planeta cuya biodiversidad se desangra más y más a cada día que pasa. Pero tampoco tenemos, desde los países más industrializados, la fuerza moral para negar a los menos desarrollados que intenten alcanzar el mismo nivel de vida que gozamos, en mayor o menor medida, nosotros.

¿Adónde quiero llegar con todo esto? Por un lado, a que las exigencias de cumplimiento real de los compromisos por parte de los países desarrollados me parece, además de justo, algo necesario. Contribuir a paliar los efectos de un cambio climático al que contribuimos todos, pero en mayor medida desde los países ricos, sobre las poblaciones y países más necesitados es una medida razonable. Permitirles crecer en igualdad, mientras se apuesta por desarrollar medidas que palien el desgaste a que estamos sometiendo al planeta, conseguimos contaminar y vivir con menos de lo que lo hacemos ahora contribuirá a conseguir un mundo mejor, con la riqueza distribuida de forma más equitativa. Pero hay que tener cuidado. Se plantean cuotas de carbono, como en Kioto, que pueden suscitar negocios de compra-venta de CO2. Esta permisividad con las cuotas siempre me pareció un verdadero engaño. Es cierto que el dinero con que pagan los países ricos a los pobres “por contaminar más en su nombre” puede ser invertido en el desarrollo de estos últimos, pero no deja de ser una justificación para que en los primeros siga creciéndose y contaminándose cada vez más. Es, por tanto, inducir una demora en la resolución del problema principal. Por otro lado, la deslocalización de las empresas para instalarlas en países en vías de desarrollo, donde los costes resultan más bajos implica que buena parte de la contaminación generada en estos países vendrá dada por empresas extranjeras que han implantado allí sus fábricas. ¿Quién estará contaminando entonces?

En un mundo totalmente globalizado resulta difícil compartimentar los derechos y las responsabilidades. El camino que debemos recorrer debe pasar por tomar como propios los problemas de los demás, y hacer de todos las bondades que hasta la fecha acaparábamos únicamente para nosotros. ¿Hermoso? ¿Utópico? ¿O tal vez necesario?

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