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Posts Tagged ‘injustificable’

Estos ismaelitas del mundo animal, aunque abundan en las regiones más agrestes de España y Portugal, raras veces se ponen a tiro. Mucho más astuto que el zorro, el lobo jamás olvida el peligro ni a su adversario, el hombre. Cuando se les alerta en una montería, los lobos avanzan lentamente, escudriñando su camino como mariscales en territorio enemigo, y al llegar a algún risco o mancha se echan, esperando la llegada de los ojeadores, que han de pasar a un lado, permitiéndoles retroceder huyendo hacia atrás.
[…]
Demasiado astuto para caer en trampa alguna, ha disminuido, sin embargo, la cifra de lobos en los últimos años, debido al empleo de veneno; creemos, sin embargo, que subsistirán los lobos en España durante siglos.

La España agreste. La caza. Abel Chapman y Walter J. Buck. (1893)

Mi nombre es Trotalomas y soy “naturómano”. Ya, ya sé que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua no incluye esta palabra. Ni tan siquiera existe, a diferencia de naturista, naturalista, naturópata, vengan o no recogidas sus acepciones en el DRAE, pero debería aparecer grabada a fuego, pues tal es la sensación que nos recorre por dentro a quienes caemos en dicha adicción. Mi primer “camello”, junto a mi padre, y a la vez que él, el que posiblemente más me haya marcado, habría cumplido hoy ochenta y cuatro años si no fuese porque en un fatídico día de hace treinta y dos le perdimos. Efectivamente, soy un adicto a la naturaleza y hablo de Félix Rodríguez de la Fuente.

Félix Rodríguez de la Fuente y un terrible lobo feroz. ;)

Félix Rodríguez de la Fuente y un terrible lobo feroz.

Si hoy día Félix levantase la cabeza posiblemente sentiría en su corazón dolor ante el tronar de las armas de fuego y el silencio del aullido del lobo. Él, que fue el precursor en nuestros país de un cambio de mentalidad, él, que hizo que las “alimañas” dejasen de serlo para convertirse en águilas culebreras, en buitres sabios, en bellas matadoras, en linces y en lobos. En animales con nombre propio, científico y poético en la voz del inmortal burgalés. Hacia el lobo, nuestro histórico rival, guardaba Félix una especial devoción, pero ¡ay!, corren tiempos aciagos para nuestro superpredador. La Junta de Castilla y León, la especialista en plagas, cansada de andar a la busca y captura de topillos, ha propuesto a la Comisión Europea que le deje jugar con el futuro de las poblaciones loberas al sur del río Duero. Para ello, el lobo debería pasar de ser considerada especie prioritaria a cinegética. Esto es, pasaríamos de proteger a la especie y su hábitat (lo que redunda en beneficio para otras especies que cohabitan en dicho espacio con el cánido) a permitir su caza.

El lobo pasaba por una situación extrema cuando, como apuntaba algo más arriba, Félix realizó una jugada maestra para salvarlo. La forma de proteger a dicha especie fue pedir, precisamente, que los lobos pudieran ser cazados. Así, la Ley de Caza de 1970 convirtió a una alimaña sin valor en un trofeo cinegético y, como tal, había que protegerlo. No se permitiría su caza salvo en determinados periodos del año y siempre con métodos autorizados. Atrás quedarían el veneno, los cepos y los lazos, al menos oficialmente, sistemas que podrían ser definidos sin pudor como de tortura y muerte. El que fuera nuestro más sagaz competidor desde tiempos ancestrales entraba entonces a nuestro salón a través de la televisión y no parecía tan fiero como lo pintaban las tradiciones orales y escritas.

Pasados los años, los pocos centenares de lobos que quedaban en la península han ido recuperándose. En el norte de España, en Castilla y León y Galicia, fundamentalmente, cuentan con poblaciones viables a pesar de las presiones que sufre la especie; fragmentación de hábitats debido a cambios de uso del suelo y a la construcción de infraestructuras lineales, caza furtiva, rechazo institucional, poco aprecio por parte del sector ganadero, hibridación con perros cimarrones (que son, en realidad, los que anotan en su haber la mayor parte de ataques a rebaños de ganado) y un suma y sigue demasiado extenso como para no preocuparse. En el sur del país la situación es mucho más problemática. En Andalucía la especie está en grave peligro de extinción y nuestro Canis lupus signatus no pasa por el mejor de los momentos. Así las cosas, resulta un despropósito plantearse siquiera que una especie tan emblemática, con tan pocos efectivos, que tanto ha costado proteger hasta llevarla a obtener una figura de protección adecuada, pase a ser un trofeo de caza. Lo que hace cuarenta años fue una visión de iluminado, una bendición de manos de Félix, hoy constituiría un atraso, un paso en falso, el reflejo de una ignorancia supina y un completo error.

Por esto, porque Félix así lo habría querido, por mor de la biofília y de la “naturomanía”, y, en definitiva, porque es parte de nuestro patrimonio natural, hay que recordar que el lobo vivo vale más que el lobo muerto. Luchemos por él, que no nos lo roben.

Para encontrar más información:

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Entrando, en la dehesa de los Caballos, Platero ha comenzado a cojear. Me he echado al suelo…

— Pero, hombre, ¿qué te pasa?

Platero ha dejado la mano derecha un poco levantada, mostrando la ranilla, sin fuerza y sin peso, sin tocar casi con el casco la arena ardiente del camino.

Con una solicitud mayor, sin duda, que la del viejo Darbón, su médico, le he doblado la mano y le he mirado la ranilla roja.

Una púa larga y verde, de naranjo sano, está clavada en ella como un redondo puñalillo de esmeralda. Estremecido del dolor de Platero, he tirado de la púa; y me lo he llevado al pobre al arroyo de los lirios amarillos, para que el agua corriente la lama, con su larga lengua pura, la heridilla.

Después hemos seguido hacia la mar blanca, yo delante, él detrás, cojeando todavía y dándome suaves topadas en la espalda.

Al escribir Juan Ramón Jiménez estas líneas de Platero y yo, en las que el animal sufre la herida de su pata, el poeta se pone en su lugar para plasmar unas manifestaciones de dolor que comenzarán a remitir solo cuando el escritor extrae la púa que mortifica al animal y le alivia con el agua fresca del arroyo.

¿Sentía dolor Platero realmente o simplemente Juan Ramón recurrió a la prosopopeya? Antonio Damaso, neurólogo, premiado con el Príncipe de Asturias, nos ofrece unas pistas a este respecto:

Por supuesto que sí. Creo que el perro, el chimpancé o el gato son conscientes. Especialmente los animales domésticos, que se han desarrollado evolutivamente con muchas características que están en coevolución con los humanos, ¡por supuesto que tienen conciencia y sentimientos! Creo que sería un error terrible suponer lo contrario. Me parece que la postura que hay que adoptar es ésta: no se puede demostrar científicamente de un modo satisfactorio que un perro tenga sentimientos. ¡Pero tampoco se puede demostrar lo contrario! Concedámosle el beneficio de la duda. Si sabemos el tipo de cerebro necesario para los sentimientos y la conciencia, preguntémonos si este animal tiene este tipo de cerebro. Y si el animal tiene ese tipo de cerebro y se comporta como si fuera consciente, entonces probablemente tenga sentimientos. Además, me parece que esto es muy importante para tratar correctamente a los animales.

Efectivamente, resulta harto complejo conocer cómo sienten el resto de seres vivos y la neurociencia aún no ofrece respuestas sobre las percepciones pero sí sobre los mecanismos que desencadena el dolor.

The recognition, assessment and effective alleviation of pain in animals is necessary for their proper clinical management and should be an important objective in research facilities. Any procedures that cause pain or distress in humans may be assumed to cause pain in animals, and it has been shown that analgesic therapy is effective in animals.

“Assessment of pain in laboratory animals”, Elisa French, BS, LATg et al.

No hace mucho escribía una entrada sobre cómo el exceso de vehemencia en la transmisión de un mensaje podía truncar la recepción del mismo, ya por saturación, ya por suspicacia ante lo que con tanto ímpetu se nos desea convencer. Ponía por ejemplo, al haberme encontrado en numerosas ocasiones ante ello, a grupos de defensores de los derechos de los animales. No porque una acción sea loable va a recibir una mejor percepción por parte de los receptores del mensaje, como decía, si este se transmite con atropello e, incluso, impositivamente o cargado de histerismo. Siendo fundamental el contenido, no es cuestión baladí la del continente.

Hace unos días me topé en Twitter con una conversación entre un periodista que trabaja para una radio pública y una serie de personas que tildaba peyorativamente de animalistas. La discusión había surgido a raíz de una manifestación a favor de los derechos de los animales, y había devenido en un debate sobre las corridas de toros. Afirmaba el reportero que el toro embiste repetidamente cuando él mismo o su mascota huirían, lo que al parecer convierte al toro en una superbestia indolente. Aferrado al argumento de la ausencia de estudios neurocientíficos sobre el dolor del toro, denostaba cualquier afirmación que presentase, por ejemplo, a la etología como ciencia que estudia el comportamiento animal y que podía explicar claramente esas embestidas como un reflejo del dolor del animal y única salida al encontrarse en la encerrona de la plaza, de donde no es posible huir.

No sé si me preocupó más la cerrazón del individuo o que percibiese parte de sus emolumentos, si no todos, de una radio pública que, a fin de cuentas, pagamos entre todos. Tras indagar un poco más en sus comentarios, pude comprobar que se trataba de un provocador nato, instigando a quienes promueven la defensa de los derechos de los animales como si de un banderillero o un picador a caballo se tratase. Algo muy apropiado, dadas las circunstancias.

Tras intentar debatir con él y comprobar que ante cualquier argumentación presentada salía, como suele decirse, por peteneras, mezclando churras con merinas o, en su caso, cocodrilos y osos o elefantes y lobos, equiparando el comportamiento de ataque de cada una de estas especies haciendo caso omiso a que ocupan distintos nichos ecológicos y obviando las diversas circunstancias en las que puede producirse el ataque, comprobé que además ignoraba supinamente cualquier alusión a los estudios de Lorenz, entre otros etólogos, sobre el comportamiento animal y la agresividad. Tan poco afán puso en pensar acerca del debate que mantenía (sí así puede llamarse a arrojar mensajes sin contexto que parecían lecciones aprendidas de memoria) que ignoró mi sexo, dirigiéndose a mí como a una «señora» y llegó un momento en que dejé de ver sus mensajes en las alusiones a mi cuenta de Twitter: me había bloqueado.

Siendo así, ante semejante falta de interés por llegar al fondo del asunto, cabe esperar que no se plantease que los toros también se enfrentan entre ellos (como ocurre con los ciervos, los machos monteses o los leones, por ejemplo) para defender su harén y su derecho a procrear. Estando en juego antes la perpetuación de sus genes que su propia supervivencia, estos animales están preparados para continuar luchando aunque presenten heridas importantes, lo que no quiere decir que no les duela. Algo así ocurre durante un combate de boxeo o cuando se produce un altercado y varias personas se pelean, por ejemplo. En esos momentos los golpes duelen menos porque sube el nivel de adrenalina en sangre, pero no quiere decir que no sufran ni que por ello los golpes sean menores.

Sin embargo, cuando uno de estos animales se encuentra con sus depredadores el comportamiento es distinto. La primera respuesta es la huida, pero esta cambia radicalmente si el animal se ve acorralado: entonces vuelve grupas y arremete contra su atacante. Ante la ausencia de vías de escape, tal y como ocurre en una plaza de toros, la única oportunidad de supervivencia del animal es el ataque. Si a eso sumamos el estrés acumulado por el animal durante el la captura en el campo, el transporte, encierro, salida a una plaza donde cientos de personas le rodean y hacen ruido… la respuesta agresiva es más que razonable. Esto es lo que aprovecha el negocio del toreo (pues únicamente de negocio y dinero estamos hablando) en su beneficio. Y esto último no es afirmación baladí, si no, os invito a leer de primera mano la descripción que ofrece Francisco González Ledesma en su artículo “La memoria del llanto”.

Como la cosa no termina aquí, y el presunto periodista (ya cuestiono hasta esta circunstancia, cuando las faltas de ortografía que comete son numerosas y parece más interesado en suscitar polémica que en debatir o informar, cual si de un personaje protagonista de ciertos programas televisivos se tratase) parecía aferrarse al sector de la ciencia que más le interesaba para, por falta de estudios al respecto, afirmar que el toro no siente dolor, pensé escribir esta entrada para recoger algunos puntos de reflexión y referencias a estudios sobre el comportamiento del toro.

¿Cómo saber si el toro siente dolor? No es posible sentir el dolor de los otros, sean humanos o no. Sabemos que alguien siente dolor porque así nos lo expresa o porque observamos sus reacciones ante el mismo, que pueden ser similares a las nuestras. Si nos cortamos con un cuchillo o nos quemamos con aceite hirviendo retiramos la mano de inmediato y pueden darse expresiones de dolor como lanzar un grito o el llanto. Si sufrimos una luxación o una púa se clava en nuestro pie cojeamos. Si el toro tiene una herida en la pata también cojea, como lo hacía Platero al comienzo de la entrada.

Dejando esta escena literaria a un lado, a menos que concibamos que un supremo creador nos ha hecho de la nada, distintos a todo lo vivo, es decir, a menos que abracemos al creacionismo y demos de lado las evidencias que los estudios en Paleontología o en Biología han puesto ante nosotros, hemos de admitir que el ser humano (Homo sapiens sapiens) es un homínido, por tanto del Orden de los Primates, Clase Mamíferos, Filo Cordados y Reino Animal. El toro bravo (Bos taurus) es un bóvido del Orden de los Artiodáctilos, Clase Mamíferos, Filo Cordados y Reino Animal. Por tanto, compartimos no solo una historia evolutiva sino un buen trecho del camino en común. Todos los vertebrados compartimos un sistema nervioso con idéntico origen y funciones comunes que, entre otras, comprende la de actuar como sensor para evitar daños que pongan en peligro la supervivencia del individuo. El dolor constituye, por tanto, una señal de alarma de que algo malo está ocurriendo y existe, que se sepa, en todos los cordados. Tanto es así, y tan similar ha de ser el desarrollado sistema nervioso de los mamíferos que, tras ser sometido a estudio, buena parte de los descubrimientos realizados sobre animales han encontrado una aplicación práctica en los humanos. ¿Es posible que la relación sea, en términos matemáticos, únicamente inyectiva? ¿No es asumible una cierta biyectividad basada en los resultados de muchos de estos experimentos, similares cuando son efectuados sobre diversas especies?

En el campo de la neurociencia uno de nuestros científicos destacados fue el neurofisiólogo malagueño José Manuel Rodríguez Delgado, fallecido hace solo unos meses. Trabajó en EEUU (Universidad de Yale) y España (UAM, centro Ramón y Cajal), y fue un pionero en su campo. Uno de sus experimentos más conocidos fue el control de un toro de lidia mediante una serie de electrodos implantados, y durante toda su vida estudió los efectos terapéuticos de la estimulación cerebral para el tratamiento del dolor y diversas enfermedades.

La ciencia a día de hoy aún no ha descubierto cómo siente el dolor un animal mas sí los mecanismos que este desencadena. Los estudios en neurociencia se acercan cada vez más al conocimiento (y reconocimiento) del dolor en animales. Así, la International Brain Research Organization, durante el 8º IBRO World Congress of Neuroscience celebrado a mediados de julio en Florencia, presentaba un artículo titulado “Do animals feel pain in the same way as humans?” donde concluyen:

Animals used in pain research are still often tested only for simple physical responses, such as reflex withdrawal, or basic changes in behaviour. But in more recent studies, rats have been trained to recognise the reward “of pain relief. Now new approaches are emerging that attempt to measure some aspects of cognitive processing of pain, such as facial expression which can be identified in mice on the mouse grimace scale”. The results of these types of investigations contribute to growing evidence that suggests that the experience of pain in animals shares some similarities to pain in humans.

“With more knowledge of how animals feel about pain, will be able to conduct research much more effectively and more humanely in the future, which is better for the animal and better for science,” said Professor Flecknell.

Algo en común debemos tener con los toros y no es la suspicaz cornamenta. Si nos sentimos atacados y sin salida, respondemos con el ataque, si un filo cortante penetra nuestra piel sangramos y mostramos una expresión que llaman de dolor, y si somos heridos repetidamente cometemos la estulticia de morirnos.

Para saber más:

Nota:

Gracias a quienes me habéis echado una mano, especialmente con la bibliografía. Todo el mérito de la entrada es vuestro, y cualquier incorrección, por supuesto, no es más que un una manifestación de mi mal hacer.  Espero y deseo que, con sus defectos, os resulte interesante.

Actualización (16/12/2011):

Se ha descubierto que la rata topo desnuda o heterocéfalo, un roedor conocido por su vida subterránea y por su comportamiento eusocial similar al de las colonias de hormigas o termitas, no presenta reacciones de dolor ante el ácido. Un estudio más sobre la presencia de dolor en animales que viene a corroborar cuanto afirmaba en el artículo. En conclusión, y para algunos: «si no sabes torear, Manolete, «pa» qué te metes».

La noticia, en ABC y en Público.

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En España, a día de hoy…

Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal.

Dentro de los “Delitos relativos a la protección de la Flora, Fauna y Animales Domésticos:

Artículo 337.

Los que maltrataren con ensañamiento e injustificadamente a animales domésticos causándoles la muerte o provocándoles lesiones que produzcan un grave menoscabo físico serán castigados con la pena de prisión de tres meses a un año e inhabilitación especial de uno a tres años para el ejercicio de profesión, oficio o comercio que tenga relación con los animales.

Dentro de las “Faltas contra los intereses generales”:

Artículo 631.

1. Los dueños o encargados de la custodia de animales feroces o dañinos que los dejaren sueltos o en condiciones de causar mal serán castigados con la pena de multa de 20 a 30 días.

2. Quienes abandonen a un animal doméstico en condiciones en que pueda peligrar su vida o su integridad serán castigados con la pena de multa de 10 a 30 días.

En Argentina, hace más de 50 años…

Ley Argentina de Protección Animal Nº 14346
SANCIONADA EN EL CONGRESO NACIONAL EL 27/9/54.
INCLUIDA EN EL CÓDIGO PENAL.

Art. 1º: Será reprimido con prisión de 15 días a un año el que infligiere malos tratos o hiciere víctima de actos de crueldad a los animales.

Art. 2º: Serán considerados actos de maltrato:
1 ) No alimentar en cantidad y calidad suficiente a los animales domésticos o cautivos.
2 ) Azuzarlos para el trabajo mediante instrumentos que, no siendo de simple estímulo, les provoquen innecesarios castigos o sensaciones dolorosas.
3 ) Hacerlos trabajar en jornadas excesivas, sin proporcionarles descanso adecuado, según las estaciones climáticas.
4 ) Emplearlos en el trabajo cuando no se hallen en estado físico adecuado.
5 ) Estimularlos con drogas sin perseguir fines terapéuticos.
6 ) Emplear animales en el tiro de vehículos que excedan notoriamente sus fuerzas.

Art. 3º: Serán considerados actos de crueldad:
1 ) Practicar la vivisección con fines que no sean científicamente demostrables y en lugares o por personas que no estén debidamente autorizadas para ello.
2 ) Mutilar cualquier parte del cuerpo de un animal, salvo que el acto tenga fines de mejoramiento, marcación o higiene de la respectiva especie animal o se realice por motivos de piedad.
3 ) Intervenir quirúrgicamente animales sin anestesia y sin poseer el título de médico o veterinario, con fines que no sean terapéuticos o de perfeccionamiento técnico operatorio, salvo en casos de urgencia debidamente comprobada.
4 ) Experimentar con animales de grado superior en la escala zoológica al indispensable según la naturaleza de la experiencia.
5 ) Abandonar a sus propios medios a los animales utilizados en la experimentación.
6 ) Causar la muerte de animales grávidos, cuando tal estado sea patente en el animal y salvo en el caso de las industrias legalmente establecidas que se fundan sobre la explotación del nonato.
7 ) Lastimar o arrollar animales intencionalmente, causarles torturas o sufrimientos innecesarios, o matarlos por el sólo espíritu de perversidad.
8 ) Realizar actos públicos o privados de riñas de animales, corridas de toros, novilladas y parodias, en que se mate, hiera u hostilice animales.

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Hacía tiempo que deseaba escribir algo sobre las especies invasoras, y la conjunción de varios hechos ha propiciado que finalmente me siente a hacerlo. Por un lado, la elaboración del más que cuestionable Catálogo Español de Exóticas Invasoras por parte del Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino; por otro, la aparición en diversos medios de la noticia sobre la detención de varios miembros de asociaciones animalistas y, por último, la lectura de un artículo que me hizo llegar hace unas semanas mi buen amigo Otus y que me recordó otros escritos publicados en revistas cinegéticas de todo pelaje.

La presencia de especies exóticas (esto es, foráneas, introducidas en un ambiente ajeno a aquel del que son propias) provoca graves alteraciones en los ecosistemas donde proliferan sin mesura. Introducidas en sus nuevos hábitats y aclimatadas a los mismos, al no estar presentes sus depredadores naturales pueden medrar y constituirse en un grave problema ambiental, por lo que reciben entonces el nombre de especies invasoras. La dispersión de especies fuera de sus áreas de distribución geográfica de origen se produce en multitud de ocasiones por causas relacionadas directamente con nosotros, los humanos (antropocoría), ya sea porque introducimos estas especies de forma intencionada, bien porque su explotación reporta un beneficio económico (caza, pesca, ganadería o agricultura), bien para intentar controlar otra especie invasora mediante el manejo integrado de plagas (introducción del depredador natural, en ocasiones con consecuencias aún más nefastas para el ecosistema), o accidental, porque viajen ocultas en vehículos de transporte o en cargas de alimentos, madera, etc.

De lo anterior es fácil deducir que la presencia de animales exóticos invasores no reporta precisamente beneficios para las poblaciones locales, así como que provoca desde daños económicos hasta la extinción de algunas especies del lugar (de hecho, las invasoras constituyen una de las principales causas de pérdida de biodiversidad en el planeta). El efecto se agrava en ecosistemas especialmente delicados, como es el caso de las islas y regiones biogeográficas de características similares, aquellas que presentan barreras naturales que las aíslan del exterior, ya que las especies que las habitan suelen estar muy especializadas y son particularmente vulnerables a la introducción de otras del exterior, pues suelen ser mucho más oportunistas y adaptativas, depredando o desplazando a las especies originarias del ecosistema invadido e incluso transmitiéndoles enfermedades ante las que no son inmunes (caso del cangrejo de río americano, que transmite la afanomicosis al autóctono, o del visón americano y el parvovirus que transmite la enfermedad aleutiana entre los europeos, entre otras).

Como viene ocurriendo con buena parte de las problemáticas ambientales que adolece el planeta hoy día, la causa de la proliferación de muchas de estas especies invasoras tiene un origen claro: los humanos. Quienes llevaron conejos a Australia para poder disfrutar de un entretenimiento cinegético; el farero que llevó a su gatito a la isla donde trabajaba para no encontrarse solo (y que podría considerarse “individuo invasor”, como representante único de su especie que dio al traste con la viabilidad del endemismo ornitológico que constituía el Xénico de Lyall), y quienes liberaron aquel galápago de Florida de graciosas “orejas” rojas cuando dejó de medir tres centímetros de largo o permitieron que escapasen de sus jaulas las cotorras argentinas que habían comprado en la pajarería son algunos de los culpables.

No obstante, no siempre la dispersión se lleva a cabo de forma consciente; así, es habitual encontrar especies que han sido trasladadas de un extremo a otro del mundo a través en las bodegas inundadas de los barcos cuando viajan sin carga útil o en cargamentos de madera, plantas afectadas por algún insecto, etc.

Determinar el origen de la propagación de estas especies es importante para evitar que sigan ocurriendo, así como evaluar las posibles medidas que pueden tomarse para controlar su proliferación una vez que han ocupado un nuevo ecosistema. En la mayoría de ocasiones resulta muy complicado erradicarlas, y frecuentemente entran en juego dilemas morales que, si bien siempre cuidan del bienestar del individuo, pocas veces parecen pensar en el de las especies. Poca gente habrá que trate con miramiento la plaga de Periplaneta americana que invade su casa o al picudo rojo que hunde las palmeras de nuestros jardines, pero al Neovison vison, que para nada merece sufrir en una granja peletera hasta que le condenan a muerte para vestir a no-diré-qué-epíteto-aplico-a-ciertos-individuos, se le libera sin más en plena naturaleza, donde campea a sus anchas, llega a nado hasta a las Cíes y desplaza a su paso al visón europeo, en grave peligro y que ha sufrido un retroceso importantísimo en sus áreas de distribución.

Por todo lo anterior, entiendo que se tomen medidas contundentes con aquellas personas y entidades que atenten contra nuestros ecosistemas. Ahora bien, pese a que es cierto que no apoyaría jamás acciones de liberación animal porque, como suele decirse, puede ser peor el remedio que la enfermedad, no lo es menos que contemple con asombro cómo nuestro Gobierno de España plantea en el borrador del Catálogo de Especies Exóticas Invasoras un despropósito como es el permitir como “excepción excepcional” la cría de visón americano en estos pagos. Total, dirán, como ya hay en la naturaleza y dan buenos réditos… Esa forma meramente economicista de concebir el medio natural y, por ende, la vida, da al traste con cualquier intención de hacer las cosas bien. No es el Gobierno el único que peca de interesado: me hierve la sangre cuando leo, como apuntaba al comienzo de la entrada, algún artículo cinegético donde defienden lo idóneo del Arruí como especie de caza mayor y se quiere exterminar cual alimaña a los meloncillos que, de medrar, lo hacen porque los humanos facilitamos las condiciones para que ello ocurra y, no lo olvidemos, constituyen un efectivo aliado para los agricultores, depredando sobre ratas, topillos y otros roedores perjudiciales para la agricultura.

Resumiendo: las especies invasoras constituyen un gravísimo problema para el mantenimiento del equilibrio ecológico de los ecosistemas y la conservación de unos niveles de biodiversidad adecuados. El hombre es responsable en la mayor parte de ocasiones de su aparición, por lo que se hace necesario llevar a cabo una gestión adecuada de dichas especies, evitando su introducción en primer lugar (más vale prevenir que curar) y su proliferación, llegado el caso. Y aunque no apoyo la suelta de animales de las granjas donde son criados, también me opongo, como ciudadano interesado y preocupado, a la instalación de las mismas (por no hablar además del uso de animales para peletería, pero esto es otra batalla de la que hablaremos otro día si os place). Por eso, si se está dando tratamiento de “ecoterroristas” a varias personas miembros de grupos pro-defensa de los derechos de los animales, debería aplicarse un trato similar a promotores de Algarrobicos varios, a ciudadanos europeos que encienden fogatas en verano cuando se “pierden” en el campo, a cazadores que liberan jabalíes en la sierra de Mijas o a políticos que promueven leyes interesadas con agujeros y vacíos por los que se cuela con facilidad un visón, dos o mil.

Para saber más:

Actualización a 02/11/2011:

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Porque no queremos esto…

Nuestra energía

Nuestra energía...

... y algunas consecuencias.

... y algunas consecuencias.

Nuestras ciudades,

Nuestras ciudades,

¿nuestros hogares?

¿nuestros hogares?

Lo que nos falta.

Lo que nos falta.

Lo que nos sobra.

Lo que nos sobra.

Nuestras telecomunicaciones.

Nuestras telecomunicaciones.

Día Mundial del Medio Ambiente 2011. Solo con tu implicación es posible celebrarlo de otro modo.

Nota: Las fotografías provienen de:

Si eres el propietario de alguna de ellas y deseas que sea retirada del blog puedes indicármelo  a través del correo electrónico trotalomas (arroba) gmail (punto) com. Gracias.

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