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Posts Tagged ‘ecología’

El primero de los ejercicios del “Curso de periodismo ambiental” que estoy haciendo proponía un estudio y reflexión del siguiente vídeo, que me encantó:

Hoy es el Día de la Tierra, y la lectura de otra carta debería hacer que nos preguntásemos: ¿deseamos vivir o sobrevivir?

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De una relectura particular del discurso de ingreso de Miguel Delibes en la Real Academia Española he querido extraer un par de fragmentos de plena vigencia, máxime cuando los amos del mundo se vuelven a reunir, esta vez en México, quién sabe si para reírse las gracias como ya ocurriese un año atrás o para hacer su trabajo, algo sobre lo que tristemente tengo mis dudas.

Os dejo con estos fragmentos de sabiduría de uno de nuestros grandes, al que tristemente perdimos no hace mucho y, sin embargo, hace ya tanto…

En la actualidad la abundancia de medios técnicos permite la transformación del mundo a nuestro gusto, posibilidad que ha despertado en el hombre una vehemente pasión dominadora. El hombre de hoy usa y abusa de la Naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara un futuro.

La Naturaleza se convierte así en el chivo expiatorio del progreso. El biólogo australiano Macfarlane Burnet, que con tanta atención observa y analiza la marcha del mundo, hace notar en uno de sus libros fundamentales que «siempre que utilicemos nuestros conocimientos para la satisfacción a corto plazo de nuestros deseos de confort, seguridad o poder; encontraremos, a plazo algo más largo, que estamos creando una nueva trampa de la que tendremos que librarnos antes o después».

He aquí, sabiamente sintetizado, el gran error de nuestro tiempo. El hombre se complace en montar su propia carrera de obstáculos. Encandilado por la idea de progreso técnico indefinido, no ha querido advertir que éste no puede lograrse sino a costa de algo. De ese modo hemos caído en la primera trampa: la inmolación de la Naturaleza a la Tecnología. Esto es de una obviedad concluyente. Un principio biológico elemental dice que la demanda interminable y progresiva de la industria no puede ser atendida sin detrimento por la Naturaleza, cuyos recursos son finitos.

Toda idea de futuro basada en el crecimiento ilimitado conduce, pues, al desastre. Paralelamente, otro principio básico incuestionable es que todo complejo industrial de tipo capitalista sin expansión ininterrumpida termina por morir. Consecuentemente con este segundo postulado, observamos que todo país industrializado tiende a crecer; cifrando su desarrollo en un aumento anual que oscila entre el dos y el cuatro por ciento de su producto nacional bruto. Entonces, si la industria, que se nutre de la Naturaleza, no cesa de expansionarse, día llegará en que ésta no pueda atender las exigencias de aquélla ni asumir sus desechos; ese día quedará agotada.

[…]

La pueril idea de un mundo inmenso, inabarcable e inagotable, queacompaña al hombre desde su origen, se esfuma a mediados de este siglo con laaparición de aviones supersónicos que ciñen su cintura -la del mundo- en unashoras y con el primer hombre que pone su pie en la Luna.

Las fotografías tomadas desde los cohetes lunares muestran al planetaTierra como un pequeño punto azul en el firmamento, lo que equivale areconocer que 100.000 millones de otras galaxias pueden albergar, cada una,cientos de miles de sistemas solares semejantes al nuestro. La técnica, quepuede mucho, evidencia que somos poco. Esto supone para el orgullo delhombre, en cierto modo, una humillación, pero también una toma deconciencia: la de estar embarcado en una nave cuya despensa, por abastecidaque quiera estar, siempre será limitada.

Esta convicción destruye la idea peregrina de la infinidad de recursos y presenta, a cambio, de cara al futuro, el posible fantasma de la escasez. Mercedal perfeccionamiento de las técnicas de prospección, el hombre empieza a tocar ya las tristes consecuencias del despilfarro iniciado con la era industrial.

Miguel Delibes, Un mundo que agoniza.

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Como avanzaba en la anterior entrada sobre el Valle del Genal, durante la pasada semana asistí al curso “Caminando hacia la sostenibilidad” organizado por la Asociación de Educación Ambiental y Ecología Social, Aulaga. Desde que resido en Málaga mis actividades con Auca -la Asociación de voluntariado ambiental de Santa Fe, donde desde hace lustros he desarrollado mis principales trabajos de estudio y conservación del entorno natural junto a tantos y tan buenos compañeros- se han visto reducidas a colaboraciones con la redacción de escritos de toda índole y la participación esporádica en actividades presenciales. Por esto, echaba mucho de menos el contacto con gente sensibilizada con las problemáticas ambientales que aquejan a nuestras sociedades y con la conservación de la naturaleza. Aunque durante este tiempo he seguido asistiendo a algunos cursos y charlas cuando me era posible y descubría su existencia, lo cierto es que poder dedicar cuatro tardes a aprender, reflexionar y aportar ideas en torno a un concepto tan usado en los últimos tiempos que corre el riesgo de diluirse, de convertirse en otra palabra huera tan del gusto de paraecologistas (me gusta más este neologismo que el término inglés de greenwash, más centrado en el conjunto de prácticas y mensajes intencionalmente cercanos al ecologismo que únicamente buscan un lavado de cara de quienes los llevan a cabo) como es la sostenibilidad.

Resumir en una entrada que equivaldría a un par de páginas A4 el contenido del curso constituiría un propósito abocado al fracaso desde su concepción. Se habló de desarrollo sostenible desde una perspectiva aglutinadora de los diversos usos de los recursos naturales por parte del hombre, estableciéndose una red tupida entre cada uno de nuestros actos y las repercusiones que tienen sobre nuestro entorno natural y social, desde la contaminación de acuíferos o la sobreexplotación de bosques primarios al empeoramiento de la calidad de vida de las poblaciones humanas del llamado Tercer Mundo. No se trata de no hacer nada, de no vivir, como muchos plantearían, sino de hacerlo con seso y asumiendo la propia responsabilidad, la que nos corresponde a individuos y sociedades. Un camino para ello es el que plantea el decrecimiento, que pasa por la propia decisión voluntaria de cada cual y que apuesta por la búsqueda de la felicidad antes que por la del crecimiento económico. Por cierto, en relación a este tema hace unos días publiqué algo en otro de mis blogs, a medio camino entre este y Lobosoft.

Cubrir las necesidades de una población creciente es otro de los problemas a los que se enfrenta nuestro planeta. Las soluciones biotecnológicas pueden contribuir a mejorar el rendimiento de las cosechas o la salud de las personas, pero tan malo como negar sus beneficios puede resultar confiar ilimitadamente en la capacidad de la ciencia y la tecnología para “sacarnos de problemas” (maltusianos vs cornucopianos). De cualquier modo, el uso de la tecnología sin conocer las repercusiones que tendrá en un futuro –incluso a corto o medio plazo, como ya denunciara Commoner en alguna de sus obras– puede acrecentar los problemas que se intentan resolver o hacer que aparezcan otros nuevos, y es que cuando hablamos de un sistema a gran escala como es el planetario es inevitable que surjan problemas retorcidos difíciles de solventar.

Entre todo este maremágnum de ideas, acciones y repercusiones, se encuentran la naturaleza –lo que nos queda de ella- y el medio ambiente –como suma de naturaleza, sociedad e interacciones entre ambos-, si es que no son una misma cosa, peligrando su conservación a causa de muchas de las acciones del hombre. En el curso pudimos ver casos concretos, como el de la Sierra de Mijas, en Málaga, en los que la preservación del entorno no se está llevando a cabo de una forma del todo adecuada y en la que la aparición de especies introducidas por el hombre (los jabalíes) están alterando el ecosistema permitiendo así la llegada y adaptación de otras especies foráneas que desplazan a las locales, entre las que se encuentran algunos endemismos. Los errores de este tipo se han repetido a lo largo de la historia y en el curso pudimos recordar algunos que podrían ser definidos como crímenes de lesa humanidad, si no de hecatombes ambientales, como el de la “guerra contra los gorriones” en China.

Como es necesario conocer algo para amarlo y protegerlo, el turismo puede ser una herramienta de educación ambiental de inestimable valor. Sin embargo, hoy día se genera muchísima contaminación gracias a la proliferación de vuelos baratos y un incremento del tráfico aéreo que nos permite llegar más lejos e interactuar con los miembros de otras sociedades en todo el mundo. El turismo sostenible debería pasar por una reducción de la polución asociada al mismo y por el respeto a las sociedades que visitamos. Algunas de sus modalidades pasarían por el trabajo y colaboración en actividades propias del lugar de destino, estableciéndose así una relación más estrecha con las poblaciones locales y una contribución a su desarrollo (sostenible, claro está).

 

Parte exterior del salón de actos del OMAU.

Parte exterior del salón de actos del OMAU.

Por último, e independientemente del curso, pude visitar el sábado el edificio del Observatorio de Medio Ambiente Urbano (OMAU) de Málaga (En el blog de Agustín Rivera es posible ver una fotografía de conjunto del edificio y encontrar un enlace interesante a un artículo sobre la nueva educación superior y “Bolonia”). Una visita interesante a un edificio domótico donde el consumo energético está regulado por ordenador, intentando minimizar el impacto que conlleve su mantenimiento. Aunque según nos comentaron se había edificado con material extraído del propio lugar de edificación, no se hacía necesario apenas el sistema de climatización, las plantas eran de zonas mediterráneas y el agua utilizada para su riego procedía en su mayor parte de una balsa situada sobre la terraza que recogía el agua de lluvia, no me cupo en la cabeza que el salón de actos no contase con ninguna ventana que aportase luz natural (máxime cuando está en la parte superior del edificio), evitando así el consumo obligado de energía eléctrica, por más que las placas solares situadas en la terraza produjesen más energía de la necesaria para el edificio. Esto, junto a mencionar lo bien que se adaptan y viven especies invasoras como el periquito o la cotorra argentina, liberadas por algún dueño cansado de estas aves- al vecino Parque Morlaco (con lo que se daba una visión excesivamente bondadosa de un problema ciertamente grave para el medio ambiente, urbano o no), enturbiaron el concepto positivo que podría haber extraído de la visita y me hicieron pensar –mucho- en la relación entre medio ambiente, clase política y greenwashing –o paraecologismo-.

 

Interior del salón de actos del OMAU, escasamente sostenible.

Interior del salón de actos del OMAU, escasamente sostenible.

Os dejo con  un vídeo, para finalizar, sobre el falaz crecimiento ilimitado de la economía con una metáfora simple pero esclarecedora: el hámster imposible.

Salud, y buen fin de semana.

Para saber más:

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Cuarenta y dos es el equivalente en sistema decimal de la notación binaria correspondiente a 101010. Hoy es 10/10/10 (si se permite el juego de reflejar así la fecha, obviando los 2000 años que habría que sumar al año y que romperían así el ensueño de encendidos y apagados, de ceros y de unos, del número en cuestión), lo que la hace una fecha llamativa, singular, interesante para plantear actividades, reivindicaciones o, simplemente, la necesidad de disfrutar de un domingo, día de descanso estemos inmersos en un “puente” festivo o no, al menos en muchos lugares de España.

Hoy pretendo únicamente traeros un vídeo que me ha venido a la memoria tras enterarme de que el pasado viernes la televisión pública de nuestro país emitió en ese espacio particular que constituye La 2 (serían notables los resultados de un estudio “biogeográfico” de las especies que pueblan esta particular isla televisiva) un documental de David Suzuki, el conocido científico y activista medio ambiental  canadiense, de origen nipón, que fuera hace un año galardonado con el “Premio Nobel Alternativo” de la fundación Right Livelihood Award, que ha sido dirigido por Tony Papa en un formato realmente innovador. Se trata de un trabajo que aborda los riesgos medioambientales a los que nuestra especie permanecerá expuesta a corto plazo y que tendrá que afrontar si seguimos el rumbo que nos hemos marcado (o que han querido marcar por nosotros, en muchos casos). Aunque no pude verlo en su momento (no “gasto” de la televisión al uso y, además, me enteré esta misma mañana de la emisión) la verdad es que por lo poco que he podido ver del mismo (el tráiler y algunos fragmentos) lo cierto es que parece de lo más interesante. Su nombre, “David Suzuki Speaks: It’s Not Empty Space”.

De cualquier modo, el vídeo que quería dejar por aquí fue grabado hace 18 años y la protagonista es, precisamente, la hija de Suzuki: Severn Cullis Suzuki. Pronunció su discurso durante la Cumbre de la Tierra de 1992 en Río de Janeiro y,  a día de hoy, sigue estremeciendo escucharla, máxime cuando nos damos cuenta de que los grandes, los poderosos, siguen haciendo oídos sordos al clamor que reivindica un mundo más justo. Ella sigue en la lucha (se licenció  en biología evolutiva y ecología por la Universidad de Yale y sigue siendo una activista medioambiental con fuertes convicciones) aunque sus palabras sonrojaran a un mundo que, aún hoy, ignora a los desheredados de esta Tierra. Naciones Unidas, insisten en llamarse en un aberrante oxímoron. Os dejo con ella.

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Escuchar a José Luis Sampedro, entrevistado en La 1 de Televisión Española en el programa “En noches como esta”, es siempre una delicia. Os dejo con un fragmento dentro del blog como adelanto a una entrada que pronto aparecerá en Homo libris. Espero que os guste (la entrevista completa es posible verla en la página enlazada previamente).

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Los chicos de la BP parece que han abierto una caja de donetes porque le salen amigos  por todas partes. Lo cierto es que, dentro de lo trágico del asunto que nos ocupa, hay diversos colectivos y personas que han decidido poner un punto de humor negro (sí, me consta que es un mal chiste) al vertido de petróleo de la compañía británica en el Golfo de México.

Por un lado tenemos la campaña lanzada por Greenpeace (cómo no) que, aunque no se trate de una organización perfecta en absoluto, lo cierto es que siempre consigue dar una importante visibilidad a este tipo de problemáticas, lo cual sí que es de agradecer. Greenpeace quiere cambiar el logotipo de BP por uno más adecuado a los tiempos que corren.

Una iniciativa muy interesante es la de un anónimo autor que ha utilizado la red social de microblogging Twiter para hacerse pasar por un directivo de relaciones públicas de BP e ir plasmando con total ironía y desparpajo sentencias como estas:

You don’t know what you’ve got til it’s gone. Right now, we know we’ve got a ton of turtles, a whale and beautiful beaches.

Hopefully Oprah will narrate our follow up to the BBC LIFE series entitled DEATH. Attenborough won’t return our calls. ;(

We’ve eliminated the huge turtle surplus in the gulf. Next on our list: dolphins, whales, and reporters. http://ow.ly/26x6u

Of course we pay the cops. All this bad press has been criminal! Plus they let us play with their guns. http://ow.ly/24Yqa

Su nombre de usuario es @bpglobalpr y ya ha concedido alguna entrevista a los medios en la que aparece enmascarado para evitar ser identificado.

Un par de iniciativas que, como decía, me han parecido simpáticas dentro de la gravedad de la situación y que no dejan de criticar lo criticable, nos arrancan  una sonrisa de paso (con lo de la continuación de la serie documental  “Life” de la BBC no podía parar de reír) y  que no quería dejar de compartir desde el blog.

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Cuando llegó a clase, el profesor portaba un recipiente de 20 litros con la boca ancha y cuatro bolsas repletas de materiales diversos. Nada más entrar, dejó el gran recipiente de vidrio sobre el escritorio y empezó a llenarlo de grandes piedras que iba cogiendo de una de las bolsas, hasta que el recipiente estuvo lleno de ellas. Tras hacer esto, preguntó a sus alumnos: “¿está lleno el recipiente?” La respuesta unánime fue: “Está lleno; no le cabe nada más”.

El profesor tomó la segunda bolsa, que estaba llena de arena, y fue dejándola caer en el recipiente hasta que quedó lleno de arena. Tras esto, volvió a preguntar: “¿Al recipiente le cabe algo más?”. La respuesta ahora fue que “tal vez sí”.

Sin añadir nada tomó la tercera bolsa, rellena de sal en este caso, y empezó a verterla sacudiendo de vez en vez el recipiente para que la sal llenara los huecos entre los granos de arena y fuera asentándose. Por tercera vez el profesor preguntó: “¿creen que al recipiente le quepa algo más?”. Los alumnos se mantuvieron en silencio.

Finalmente, el profesor tomó la última bolsa, sacó una botella y empezó a verter agua hasta que cubrió totalmente el recipiente…

Si preguntamos a cualquier persona cuánta leche cabe en una botella de un litro nos responderá que precisamente la indicación de la capacidad del recipiente nos da la respuesta: un litro, mil mililitros o cualquier otra medida equivalente. Si intentamos verter más cantidad esta rebosará del recipiente. Jugando con un globo y agua, ahora que llega el verano, esa misma persona podrá decirnos que la capacidad del globo es más variable, que dependerá de la flexibilidad del material y de su resistencia. Pero nadie nos negará que, si llenamos el globo más allá del límite terminará por estallar.

La fábula de las piedras nos enseña muchas cosas, entre otras, que no hay que dar nada por supuesto y que, con ingenio e inventiva, es posible superar ciertos límites, optimizando en este caso la capacidad para acumular materiales de nuestro recipiente. Sin embargo, ¿es posible llegar a hacerlo ad infinitum? Es más, ¿tenemos en cuenta las implicaciones que esto conlleva? Nuestro recipiente lleva ahora piedras, arena, sal y agua. Pero la arena y las piedras estarán mojadas y el agua salada. ¿Qué quiero decir con esto?

En la anterior entrada citaba un fragmento de una entrevista a José Saramago, fallecido el pasado viernes, en la que instaba a los habitantes de los países avanzados, del llamado Primer Mundo, a frenar el ritmo de crecimiento para permitir a los del eufemísticamente llamado Tercer Mundo alcanzar un nivel de vida similar al que disfrutamos hoy día. Sin cuestionar lo deseable de que todo el mundo tenga acceso a los recursos necesarios para vivir y realizarse como personas, así como a una sanidad y alimentación más que dignas, lo cierto es que todos estos buenos deseos no podrán verse cumplidos sin que medie por nuestra parte (ciudadanía y políticos, así como del mercado) el ánimo de cambiar las cosas.

Aprovechaba el descanso del fin de semana para ver un documental que tenía pendiente desde hacía un tiempo: “¿Cuánta gente cabe en el planeta?”, producido por la BBC y presentado por el insigne científico británico David Attenborough. Lo cierto es que el vídeo me ha parecido de lo más interesante, ya que presenta un tema tan delicado como la necesidad de controlar el crecimiento poblacional aportando datos rigurosos y desde una perspectiva totalmente razonable. Los seres humanos somos dependientes del medio y de los recursos que nos ofrece el planeta, especialmente del agua, el alimento y la energía. Así, el documental realiza un recorrido en torno a las problemáticas del abastecimiento de agua potable y las carencias que existen en diversos territorios a este respecto; a la producción de alimentos, que se ha visto incrementada notablemente en el último par de siglos y, en particular, durante este último, con la aparición de fertilizantes químicos y la mecanización de los procesos productivos; finaliza resaltando la necesidad imperiosa que tenemos de energía y la dependencia hacia los combustibles fósiles, no renovables, que estamos dilapidando a un ritmo vertiginoso.

A lo largo de la Historia ha sido frecuente que se intentase estimar el límite del planeta a la hora de albergar nuevos seres humanos. Ha llovido bastante desde que van Leeuwenhoek publicase su comunicado estimando el número máximo de personas que cabrían sobre la superficie de la Tierra, y contamos con datos más fiables sobre las tendencias poblacionales y un mayor conocimiento de las limitaciones de los ecosistemas. En ecología se puede definir la capacidad de carga como la población que puede soportar un entorno determinado. Es posible aplicar dicho concepto al ser humano y a su entorno, la Tierra, intentando estimar la población máxima que esta podría sustentar, una vez calculada la productividad de la misma y las necesidades de la población. Si compartiésemos de forma equitativa la biocapacidad productora de la Tierra (sus aportes de agua, alimento y energía al ser humano) habría dos hectáreas globales para cada persona. Sin embargo, este reparto, como es por todos sabido, no se realiza en igualdad, y así, existen países donde apenas se llega a ese consumo y otros donde se supera con creces. Unido a la emisión de gases y desechos, obtendríamos la huella ecológica de cada habitante del planeta, bastante desigual por otro lado según el lugar donde viva esa persona. Por ejemplo, la mayor parte de África usa poco más de 1,37 hectáreas por persona y la India 0,89 hectáreas por persona mientras que en Europa consumimos 4,45 hectáreas por persona, el Reino Unido 5,33 y EEUU 9,42.

¿A cuánta gente puede mantener la Tierra? Según los cálculos anteriores, si todos los habitantes del planeta se mantuvieran en la media de los hindúes, la población podría llegar a 15.000.000.000 de personas. En cambio, si consumimos al ritmo que lo hacen los estadounidenses, la Tierra únicamente podría albergar a 1.500.000.000 habitantes. Y esto en un hipotético “mejor caso”, ya que habría que tener en cuenta el deterioro del planeta debido a un uso intensivo de sus recursos y la imposibilidad de renovar a corto o medio plazo de muchos de ellos. De ahí que resulte necesario reducir nuestras necesidades, la población o incrementar la productividad. Se trata, ni más ni menos, de los términos de la conocida ecuación “IPAT” de Ehrilch, a saber:

I = P x A x T

donde:

I = Impacto ambiental de la humanidad.
P = Población.
A = Afluencia, nº de productos o servicios consumidos por persona. Un término de consumo como puede ser el PIB si usamos el lenguaje economicista.
T = Impacto Ambiental por unidad de producto o servicio consumidos o, lo que es lo mismo, el factor de eficiencia tecnológica.

Esto es, para poder mantener un nivel de impacto ambiental que permita la subsistencia de vida en nuestro entorno podemos optar entre reducir la población y/o el consumo, o bien mejorar la eficiencia productiva mediante el uso de la ciencia y de la tecnología. Ciertamente, hemos conseguido alcanzar un cierto desacoplamiento entre los materiales necesarios para la producción y los resultados de esta, lo que mejora la tasa de eficiencia tecnológica, pero no basta con esto último en exclusiva (es más, sectores de servicios como el de las telecomunicaciones, que ha imprimido un fuerte avance a la industria en las últimas décadas, suelen ser bastante dependientes de determinados recursos; por ejemplo, para la constante miniaturización de los componentes electrónicos se precisa tantalio, que se extrae de minas de coltán en paupérrimas condiciones de seguridad en países como el Congo).

¿Cómo controlar el crecimiento incesante de la población? Como ya decía, se trata de un tema ciertamente peliagudo. El control estatal, en las ocasiones en que ha sido puesto en práctica, ha sido desde insuficiente (por ejemplo, en India, donde un mal enfoque llevó a que se subvencionaran las vasectomías pero los hombres que acudieron a percibir las ayudas eran, en su mayoría, padres ya de familias numerosas) hasta abominable (como en China, con la represión a las familias y los “efectos colaterales” de las niñas abandonadas, asesinadas o los numerosos abortos cuando ya se tenía un hijo en la familia). En el documental se habla de la educación como motor de cambio, ya que en las sociedades donde la mujer tiene acceso a la educación suele casarse más tarde y sus objetivos en la vida van más allá de tener una familia numerosa. Incrementando el nivel educativo y el de bienestar de las poblaciones se alcanza un equilibrio, con familias de uno, dos o, a lo sumo, tres hijos, con lo que la población tiende a estabilizarse (incrementándose ligeramente posiblemente a causa de la mayor longevidad que permite el acceso a una sanidad de calidad).

Por supuesto, la reducción de la población no es la solución (o no la única) a un problema manifiestamente retorcido como es dar respuesta a la pregunta que plantea el documental. Sería necesaria la aplicación de diversas medidas (educación, sensibilización respecto a la producción/consumo -cuando no consumismo- y sus implicaciones, mejora de la eficiencia tecnológica sin perder de vista una ética social… como afirmara Beck en su obra La sociedad del riesgo, “sin racionalidad social, la racionalidad científica está vacía; sin racionalidad científica, la racionalidad social es ciega”.

Volviendo a la fábula del comienzo de la entrada, la Tierra sería nuestro recipiente. Si el Primer Mundo actúa como las piedras acaparará gran parte del espacio y de los recursos, obligando a los más débiles a seguir siendo arena que haga uso de los intersticios que vaya dejando. Es, por tanto, nuestra responsabilidad decidir en qué tipo de mundo queremos vivir aunque alcanzarlo, posiblemente, no sea fácil. Sin tender hacia visiones apocalípticas como la mítica película de ciencia ficción “Soylent Green”, sí que creo que resulta interesante llevar a cabo un ejercicio de reflexión en torno a este asunto. Os recomiendo, en cualquier caso, ver el documental.

La búsqueda de lo que queremos sólo es racional en la medida en que tenemos razones fundadas para juzgar qué es lo merece-ser querido. La cuestión de si lo que preferimos es preferible, en el sentido de merecer la preferencia, es siempre relevante. Los fines pueden y, en el contexto de la racionalidad, deben ser valorados. No se trata meramente de que las creencias puedan ser estúpidas, desaconsejables e inapropiadas —es decir irracionales— pues los fines también pueden serlo. Nosotros los humanos podemos buscar (y lamentablemente, a menudo lo hacemos) fines que son contraproducentes, autodestructivos o viciosos.

(Razón y valores en la Era científico-tecnológica, Nicholas Rescher)

Para saber más:

Actualización a 2/11/2011:

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