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Julio Anguita presentando su nuevo libro

Julio Anguita presentando su libro.

¿Con qué política económica pueden actuar los Estados miembros para combatir el paro si dicha política económica está enajenada en los criterios de convergencia obligatorios para todos los Estados?

El problema que quieren ignorar es que cuando el tipo de cambio sea único e inamovible, los ajustes económicos repercutirán casi exclusivamente en la pérdida de más puestos de trabajo; salvo que cualquier país no esté permanentemente flexibilizando el mercado laboral. Porque lo que de verdad se ha venido cumpliendo en este proceso es el desarrollo de las condiciones que los padres de la idea han concebido: flexibilizar los mercados laborales e incrementos salariales (cuando los haya) por debajo de la productividad. Cuando opere el Pacto de Estabilidad, y por mor de lo que tanto seduce a tantos: la competitividad, nos encontraremos ante una carrera de beneficios al capital (por no haber armonización fiscal) y ante otra carrera de abaratamiento de los salarios. Al final y de manera especial los países periféricos de la Unión, verán cómo no se crea empleo de manera eficaz y el que se cree cada vez será más precario.
[…]
¿Se está construyendo Europa? Se está construyendo algo similar al monstruo de Frankenstein que se volverá contra sus creadores. No hay construcción europea sin unión política. No hay construcción europea sin política exterior y de seguridad común estrictamente europea (la OTAN y la construcción europea son incompatibles). No hay construcción europea si no hay una auténtica unión económica y ello pasa por tres requisitos básicos:

  1. Un presupuesto europeo a la altura de las necesidades: paro, desequilibrios sociales y territoriales, marginación, etc.
  2. Una Hacienda europea que sirva para organizar la convergencia de las economías.
  3. Una Política Fiscal común.

No hay construcción europea si la prioridad de verdad no es la creación de empleo y la aplicación de una Carta Social. No hay unión europea si el Parlamento de Estrasburgo, surgido de las urnas, no marcha en el camino hacia lo que constituye el papel y la importancia de un auténtico Parlamento. No hay construcción europea, sólo un proceso para la moneda única. Y un proceso con economías dispares, en las que los mecanismos políticos de intervención quedan difuminados ante la preeminencia del Sistema de Bancos Centrales Europeos o del futuro Banco Central Europeo, a los cuales, como es natural, el problema del empleo les es indiferente porque su misión es simplemente la estabilidad monetaria. Estabilidad.
Este es el nuevo hallazgo semántico al que nuestros autistas enajenan su capacidad de ver lo que está ocurriendo a su alrededor. Estabilidad. ¿de quién, de quiénes, de qué? No ven los datos de la realidad; no presienten ni quieren presentir a dónde puede conducir el paro y la precariedad crecientes. Estabilidad es la palabra que conforma los acercamientos políticos y los tálamos contra natura. Estabilidad como ausencia de crítica, de cuestionamiento o de lo que es peor, como ausencia de pensamiento. Estabilidad como sinónimo de pensamiento único y de opción única. Estabilidad como narcótico de la libertad y de la exigencia de desarrollar la democracia.

Julio Anguita, “Autistas”. El Mundo, 14 de enero de 1997. En su libro Combates de este tiempo. Ed. El Páramo, 2011.

Nota: La fotografía de la entrada es propiedad del diario Público.

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Acabo de comenzar a leer El futuro de la vida, de Edward O. Wilson. Constituye el prólogo de este libro (sobre el que profundizaré en Homo libris más adelante, a buen seguro) una carta del eminente mirmecólogo a Thoreau, uno de los padres del movimiento conservacionista del que algo cité no hace demasiado tiempo por aquí, y de su visión del trabajo hace ya bastante.

De este prólogo emotivo, apasionado, sentido, quería extraer un fragmento que me ha gustado sobre qué es ser un naturalista. Aquí os dejo con Wilson dirigiendo la palabra a Thoreau. Espero que lo disfrutéis.

Existen dos tipos de naturalistas, y en esto coincidirás conmigo, definidos por las imágenes de búsqueda que los guían. El primero (los de tu tribu) está constituido por los naturalistas interesados en encontrar organismos grandes: plantas, aves, mamíferos, reptiles, anfibios, quizá mariposas. Las personas que buscan organismos grandes están atentos a los gritos de los animales, escudriñan en la bóveda arbórea, hurgan en los huecos de los árboles, buscan cagarrutas y rastros en las orillas fangosas. Su línea visual vacila a lo largo de la horizontal, primero hacia arriba para examinar la bóveda arbórea, después hacia abajo para fijar la vista en el suelo. Las personas de organismos grandes buscan un solo hallazgo que sea lo suficientemente bueno para el día. A ti, recuerdo, no te importaba andar siete kilómetros o más para ver si determinada planta había empezado a florecer.

Yo soy un miembro de la otra tribu: un amante de las cosas pequeñas; también un cazador, pero más en la línea de una zarigüeya que husmea que en la de una pantera que rastrea. Pienso en milímetros y minutos, y no soy en absoluto paciente mientras merodeo, porque la riqueza de los invertebrados y la recompensa rápida por un pequeño esfuerzo me han viciado para siempre. Si penetro en un trecho de bosque rico, raramente ando más allá de unas pocas decenas de metros. Me detengo frente al primer tronco en putrefacción prometedor que encuentro. Arrodillándome, le doy la vuelta, y el pequeño mundo que vive debajo me proporciona siempre una gratificación instantánea. Se separan raicillas y filamentos fúngicos, caen a tierra fragmentos adheridos de corteza. El olor húmedo, dulce y mohoso del suelo sano se eleva como un perfume hasta los orificios nasales que lo aman. Los habitantes del tronco que quedan a la vista son como los ciervos iluminados de repente por los faros de un vehículo en una carretera comarcal, congelados en un momento de su vida secreta. Se dispersan rápidamente para evitar la luz y el aire desecante, cada uno de ellos maniobrando de la manera particular de su especie. Una araña lobo macho sale zumbando precipitadamente, recorre varios cuerpos de longitud y, al no encontrar refugio, se detiene y se queda rígida. Su tegumento moteado le proporciona camuflaje, pero la cápsula ovígera de seda blanca que transporta entre sus pedipalpos y quelíceros la descubren. Cerca de ella, milpiés iúlidos, que ramoneaban moho cuando llegó el cataclismo, arrollan su cuerpo en espirales defensivas. En el extremo alejado de la superficie expuesta, un gran ciempiés escolopéndrido se encuentra parcialmente escondido bajo fragmentos de corteza en descomposición. Sus escleritos constituyen una armadura parda reluciente; sus mandíbulas, agujas hipodérmicas llenas de veneno; sus patas, hoces curvadas hacia abajo. La escolopendra no supone ninguna amenaza a menos que la cojas. Pero ¿quién se atrevería a tocar a este dragón en miniatura? En lugar de ello la golpeo con la punta de una ramita. ¡Fuera de aquí! Se retuerce, da media vuelta y desaparece en un instante. Ahora puedo registrar sin peligro el humus con mis dedos, en busca de especies menos amenazadoras.

Edward O. Wilson, El futuro de la vida.

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En estos días aciagos en los que la grandiosa magnificencia de nuestro país es puesta en tela de juicio por grandes y poderosas fortunas (a.k.a. eufemísticamente como «los mercados» o «los dueños del mundo»), no está de más recordar nuestro rico refranero, fruto del ingenio del pueblo llano y parte intrínseca de nuestra cultura. Ahí van, para solaz de muchos y escarnio de unos pocos, algunos de nuestros refranes más conocidos junto a una breve explicación de su significado. Por supuesto, aunque son todos los que están, no están todos los que son. Así que os invito a dejarnos alguna perla

«Mal de muchos, consuelo de tontos». 

Los muchos somos quienes vamos a pagar los desmanes y recortes de los que se consolaban ayer mismo en sonriente onanismo.

«A buenas horas mangas verdes».

Este refrán tiene una aplicación directa sobre las actividades de los bancos y los especuladores durante la negada llamada «burbuja inmobiliaria» o «burbuja del ladrillo». Viene a decir que en buena hora se dedicaron a robar (mangar) a manos llenas. El verde es el del dinero, claro está. El del dólar o el de los billetes de mil pesetas, pues la cosa viene de lejos. Euros verdes no tenemos, pero el cambio cromático de los billetes no llegó a alterar las ansias de acapararlos de muchos.

«Poderoso caballero es don Dinero».

Acuñado (nunca mejor dicho) por don Francisco de Quevedo, sobra cualquier intento de explicación sobre el mismo. Antes que eso, cabría recordar el comienzo de tan insigne poema:

Madre, yo al oro me humillo,
Él es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado
Anda continuo amarillo.
Que pues doblón o sencillo
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

«Otros vendrán que bueno te harán».

Este refrán se ha convertido en el favorito del antiguo presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ZP. No digo más.

«A perro flaco todo son pulgas».

Dícese del pueblo español (y, por extensión, de cualquiera de los «muchos» del primer refrán, sea cual sea su procedencia) y de los efectos urticantes que provocan en el mismo las medidas de ajuste (también conocidas como «recortes», «pérdida de derechos» o «mala uva») llevadas a cabo por el Gobierno de la nación.

«No dejes camino viejo por sendero nuevo».

En este refrán se encuentra el origen del bipartidismo en España. Entre el «todos son iguales» y el mal llamado voto útil, vamos haciendo zigzag entre los dos partidos que todo el mundo conoce, de acera a acera, bandeando como etílico marinero en tierra.

«Pan para hoy, hambre para mañana».

Es el efecto que suelen tener las burbujas económicas. Para salir (eso nos dicen y quieren hacer creer) de la última de ellas, nuestro actual gobierno, haciendo un ejercicio intelectual digno de sus pensadores más destacados, le ha dado la vuelta a la tortilla: «hambre para hoy, pan para mañana», nos dicen.

«Cuando el gato no está, los ratones hacen fiesta».

Hasta no hace mucho podríamos haber pensado que es lo que habían hecho los bancos ante la falta de control de los gobiernos. Sin embargo, el tiempo, que todo lo pone en su lugar, ha venido a demostrar que el gato trabaja para los ratones y que todos ellos, metafóricamente unidos, son unas ratas de alcantarilla llamadas «Mercados».

«A falta de pan, buenas son tortas».

Órdenes recibidas por la Policía para dar una digna acogida a los manifestantes y gentes que, de buena fe, se reúnan para criticar al Gobierno. El último ejemplo lo hemos tenido con los mineros llegados a Madrid.

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… han transcurrido desde que le perdimos, y sigue siendo usted, maestro, tan necesario como siempre. Como cuando hace 13 años nos adelantaba una situación que hoy día sigue siendo, desgraciadamente, tan vigente.

La alternativa al neoliberalismo se llama conciencia. Podéis decir: «Pero conciencia no es un sistema económico». No, no es un sistema económico. «Conciencia no es la organización del mercado». Tampoco lo es. Conciencia no es eso. «Y no es un régimen político nuevo». No, no es eso. No lo es. Pero es algo más que todo eso. Es la conciencia que hay que tener, contra todo y contra todos los que precisamente entienden que lo único que no hay que tener es conciencia. Eso es [aquello en] lo que tenemos que formarnos todos los días; en la reflexión, en el debate, en el examen profundo de las cosas y de las circunstancias.

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Ahora vemos los comienzos de la censura en nuestra sociedad. Conducidos por la extrema derecha, vigilantes autodesignados se abalanzan sobre las escuelas y las bibliotecas para quitar libros de las estanterías, porque contienen palabras atrevidas, o ideas atrevidas o sencillamente porque van contra alguna creencia de esos vigilantes.

Si estos censores aficionados logran su objetivo, entonces, porque a ellos no les gusta un libro determinado […], primero, no se permitirá su lectura a ningún niño en la escuela, luego, estoy seguro, no se permitirá su lectura a ningún niño en ninguna parte y, finalmente, estoy seguro, no se permitirá su lectura a ninguna persona, cualquiera sea su edad, en ninguna parte y en ningún tiempo.

Y de los libros pasarán a las canciones, al lenguaje, al pensamiento, y crearán una América (si pueden) a su propia imagen.

Imaginemos una América moldeada a esa imagen, la imagen de la Mayoría Moral, superpatriota, superrespetable, definiendo como patrióticosy respetables sólo ciertos puntos de vista estrechos. Imaginemos una sociedad gris y sin sentido del humor, con idénticas ideas de un océano a otro y donde no se permite nada más. Imaginemos una América comprimida, estrecha, de una sola idea, ignorante. Ha habido muchas sociedades semejantes en la historia.

Isaac Asimov, «Censura progresiva» en La mente errabunda.

Leyendo a Asimov y pensando en las noticias que nos llegan día a día, pienso que este texto podría aplicarse dentro de no mucho en España. Con un cantautor ajusticiado juzgado por la difusión de un vídeo humorístico (de mayor o menor gusto según para cada cual, pero perfectamente lícito en ¿democracia?), con un Gobierno que da la palmadita a la  organización religiosa a la que no quiere cobrar impuestos por los edificios que no están en uso para el culto, que salva entretanto a una entidad bancaria mal gestionada (por muchos de sus afines) con el dinero de todos pero no piensa en abrir una rigurosa investigación sobre lo ocurrido y que se dedica a recortar a mansalva en sanidad, ciencia y educación, es difícil pensar de otro modo…

Más, aquí:

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