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Archive for 6/03/12

Cuando pensé en escribir esta entrada creí que la comenzaría con una frase como «Hace unos días…», pero ha pasado el tiempo y sería más correcto afirmar que «semanas atrás se me pasó por la cabeza escribir una entrada bastante personal sobre la ciencia». Mi idea venía, por un lado, por las excelentes jornadas sobre divulgación científica llevadas a cabo en Murcia y, si bien no pude participar en ellas, al menos he estado disfrutándolas a través de las grabaciones de las ponencias disponibles en Internet.

Además, por otra parte, la invitación hace unos meses de Enrique Royuela para participar en Journal of Feelsynapsis me facilitó entrar en contacto con mucha y muy buena gente que “hace ciencia”. A algunos ya les conocía a través de la blogosfera o Twitter, fundamentalmente. Respecto a los demás, podría decir que aún no tenía el placer de conocerles, pero finalmente he podido acercarme mucho a todos ellos más gracias a esa invitación a participar en un proyecto para el que —no lo demoremos más, por doloroso que resulte— no soy digno. Al decir esto no quiero cuestionar en modo alguno el criterio de Enrique: cuando decidió contactar conmigo para hacerme partícipe del proyecto que se traía entre manos quiero creer que algo vio en mí (o en mis escritos, pues de momento no hemos tenido la suerte de conocernos), por más que se me escape qué pudo ser. Más bien soy indigno porque lo que me llevo del proyecto es infinitamente más de lo que puedo aportar a él, pero me siento como en casa; así, mientras no me echen, tienen Trotalomas para rato, aunque sea en pequeñas dosis.

Instrumental y cuaderno de laboratorio.

Instrumental y cuaderno de laboratorio.

Mi relación con la ciencia se remonta a tiempos inmemoriales, de modo que casi podríamos pensar en términos geológicos si, remitiéndonos a mi niñez, me permitís que os relate algunas de mis andanzas. Para quienes conocéis mínimamente el blog no será un descubrimiento en absoluto saber que mi pasión, desde siempre, fueron las ciencias naturales y, en concreto, la biología. No obstante, el pequeño niño pedante que fui se deleitaba aprendiendo con libros de todo tipo, desde obras de divulgación de física, química o meteorología a otras enciclopédicas, como Fauna, las matemáticas recreativas de Gardner o Smullyan, o sesudos libros universitarios que apenas comprendía pero que anhelaba entender. No todo eran libros, por supuesto, y allí me teníais montando y desmontando extraños artilugios compuestos por motores, interruptores, bombillas y, por supuesto, las sempiternas pilas de petaca de 4,5 V. No me cabe la duda de que MacGyver tenía algo que ver (no en balde crecí en los 80), pero tampoco de que detrás de todo aquello, de las noches pasadas al raso con los prismáticos de mi padre observando las estrellas y los días levantando piedras buscando insectos o con el cazamariposas detrás de todo bicho alado, había un científico en potencia, aunque fuese discretito. Fueron el «Quimicefa», la lupa y un microscopio que era poco más que un juguete, junto a mis libros (y ahí entran ya tanto los de ciencia como la literatura, mi otra gran pasión), los compañeros inseparables de mi infancia.

El libro de experiencias químicas de Quimicefa.

El libro de experiencias químicas de Quimicefa.

Pasaron los años y la vida me llevó, o me dejé llevar, por un camino que no era el soñado hasta el lugar en el que me encuentro hoy día. Podría arrepentirme de ello (y no sería la primera vez), pero haciéndolo no me acercaría un ápice al lugar en el que me gustaría estar. Por eso, hace unos pocos años me decidí a actuar, a cambiar el rumbo del barco. Posiblemente no llegase a marcar el deseado, pero si conseguía escorarlo un poco tal vez pudiera llegar a atisbar en lontananza la tierra deseada. Comencé a estudiar Ciencias Ambientales, y hoy por hoy estoy encantado con la carrera, si bien soy consciente de que difícilmente conseguiré dedicarme a trabajar en algo relacionado con la naturaleza y la ciencia (falta un trozo de papel donde debería estar la palabra “imposible” en mi diccionario), aunque nada me gustaría más.

El efecto invernadero.

El efecto invernadero. La caligrafía no ha mejorado con los años, así que dad gracias a que me leéis en "electrónico". 😉

Y llegamos al día de hoy. Sintiéndome más ambientólogo que informático (aunque me queda muchísimo por aprender para poder decir que lo soy), deseando aprehender cualquier conocimiento mínimo sobre etología, ecología, entomología, antropología… y disfrutando como años atrás de la física, las matemáticas o la química, sintiéndome rodeado de entusiastas compañeros que roban tantas horas al sueño como yo, que hablan con pasión de ciencia y viven con verdadero fervor el enamoramiento, porque así cabe llamarlo, hacia su vocación.

¿Y a qué viene este pestiño de entrada, os preguntaréis? Bueno, simplemente me apetecía compartirlo, rememorar los tiempos en los que un par de libros de Asimov eran mi “Biblia”, retomar fuerzas tras todo este tiempo desaparecido de mis blogs y anunciaros que estoy deseando volver a escribir con más fuerza y ánimo que nunca. Que os coja confesados… 😉

Por lo pronto, os dejo en buena compañía. Con todos vosotros,

Journal of Feelsynapsis n.º 3.

¡Feliz lectura!

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