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Archive for noviembre 2009

Ayer hablaba con un compañero acerca de las problemáticas por las que están pasando las poblaciones de murciélagos en nuestro país. Comentábamos la noticia del virus que les está atacando, similar al Ébola pero que -según dicen- no parece patógeno. Le decía a mi amigo que, entre otros muchos problemas, nuestros hermosos quirópteros (la belleza, dicen, está en los ojos de quien mira, ¿no? Je, je) sufren el envenenamiento progresivo de los campos, devorando insectos que presentan en sus organismos numerosos compuestos químicos provenientes de herbicidas, insecticidas y demás pesticidas con que se aderezan los productos de la industria agrícola de nuestros días.

El caso es que, habla que te habla, y ya que veía la gran importancia de estos mamíferos en el control de plagas, le pregunté a mi compañero si había pensado en la cantidad de murciélagos que podía ver en las noches de verano (tan propicias para observarles en la anochecida) cuando era joven, y los que veía hoy día. Confirmó lo sabido: «¡Ostras! Es verdad, ahora no se ven tantos.»

Me acordé entonces de un artículo que escribí hace años para una revista cultural que comenzamos a publicar unos amigos y yo y que, aunque no alcanzó tan larga vida como otra musical que la precedió, sí que nos proporcionó bastantes satisfacciones. He recuperado el texto tal y como lo escribí en su momento,  y aquí os lo traigo, solicitando benevolencia para con él. Espero que os guste.

oOo

Resulta preocupante -o así debiera ser- para cualquier sociedad avanzada el comprobar de qué manera va perdiendo no sólo sus propios valores y costumbres, sino incluso su patrimonio cultural y biológico. Este último, el biológico, no parece haber sido nunca tomado demasiado en cuenta. Y, creo yo, y a buen seguro también tú, lector -y excúsame ese trato de confianza-, que no es cosa de tomarse a broma el perder un patrimonio irrecuperable, extenso por cuanto lo diverso de las especies, ecosistemas, climas, etc. que lo componen, y tan frágil que un ligero desequilibrio en esta tupida red que interrelaciona todos los componentes de cualquier ecosistema, conlleva una sucesión de acontecimientos difícilmente reparables por la pequeña mano del hombre, por más que, encerrados en nuestra actitud ególatra, nos creamos dueños de «echar a nuestra cazuela» todo lo que corra, nade, o vuele.

Tal vez creamos que no hay por qué ser tremendistas, que todo tiene solución o que realmente no puede llegar a afectarnos. Cuando se habla de medio ambiente, no se habla de las amapolas de un verde campo de trigo, ni de las abejas que polinizan dichas flores, ni de una perdida y lejana selva amazónica. Se habla del entorno que nos rodea, de la interacción del hombre con el mismo, de la ciudad donde vivimos, del aire que respiramos, en suma, de nosotros mismos. Y, aunque sólo fuera por eso, por simple y mero egoísmo, deberíamos ser más exigentes con nuestros gobiernos, con nuestros conciudadanos y con nosotros mismos, para intentar conseguir unas mejores y más óptimas condiciones de vida.

Quizá aún pienses que todos esos problemas están lejos. Que a ti no te afectan, o que no llegas a ver ninguna consecuencia directa de los mismos. Ya vivamos en la ciudad o en un perdido pueblito rodeado de campos de cultivo, podremos observar secuelas de la presión que ejercemos sobre nuestro medio ambiente. Pensemos tan sólo por unos instantes en qué echamos de menos a nuestro alrededor. Yo propondré un ejemplo. Después, te toca a ti, ¿de acuerdo? Llega ahora el verano, y con el estío, las tardes se prolongan y extienden bajo un calor soporífero. Pero, con la caída de la noche, refresca un poco, y todos nos disponemos a pasear, a tomar unas cañas en la terraza de ese bar de la esquina, o a leer un libro en un parque cercano. Miremos por un instante al cielo. ¿Qué vemos? Tal vez el lucero del alba ya titila, solitario aún. Una perdida nube. Algún tejado bajo cuyo alero aún quedan las marcas de un nido de vencejos arrancado y caído. Pero, ¿qué es lo que no vemos? Por ejemplo, el vuelo zigzagueante y (aparentemente) sin rumbo de los murciélagos. Tal vez veamos uno, dos, tres de estos mamíferos voladores buscando su alimento durante el crepúsculo. Hace cinco, diez años, su número habría sido muchísimo más elevado. Recuerdo, en mi caso, cielos abarrotados de pequeños murciélagos que con su vertiginoso vuelo rasante, con aquella danza macabra que ejecutaban cada noche, me embelesaban y me hacían indagar en los misterios de la física y la vida. El radar con el que tan ingeniosamente dotó Madre Naturaleza a los quirópteros. Este es sólo un ejemplo de cómo un animal beneficioso para nosotros, ya que la ingesta de pequeños insectos que realiza cada noche resulta necesaria y útil, desaparece en pos de un progreso en el que, encontrado el DDT y más eficaces insecticidas y pesticidas con los que rociar nuestros campos, no hay cabida para un animal que perece envenenado por alimentarse de insectos emponzoñados. Pero no sólo él, sino muchas avecillas insectívoras mueren por esto, o resultan dañadas. Los huevos de muchas aves cada vez muestran un menor número de nacimientos debido a que los pesticidas dañan los mismos. Pero no divago más, y te dejo el turno: espero tu ejemplo.

No es éste -no, al menos, en primer término- el tema de mi artículo. Tan sólo pretendía exponer el hecho de que todo, aunque no nos lo parezca, nos influye y toca de cerca. ¿Recuerdas que ocurrió con el bucardo? El bucardo, esa cabra montés pirenaica, se extinguió hace un par de años. Su último ejemplar, una anciana hembra, murió aplastada por un árbol caído. Un triste final para una especie autóctona, irrepetible, que era parte de nuestro patrimonio biológico. Una pérdida irreparable, en suma. Yo pretendía, al comenzar el artículo, hablar un poco sobre el lince ibérico (Lynx pardinus). Sobre nuestro pequeño tigre peninsular.

Estudios de la Consejería de Medio Ambiente indican que el número de ejemplares lince es de unos quinientos. Teniendo en cuenta que su número está en grave recesión (su población se ha reducido al 50% en los últimos 10 años), y lo dificultoso de la reproducción en ejemplares tan dispersos geográficamente, llegamos a la conclusión de que nuestro lince se encuentra en graves problemas de supervivencia como especie. Especie que se encuentra gravemente amenazada por la pérdida de su hábitat, la disminución de alimento disponible por la regresión de su presa básica (el conejo), así como por la mortandad no natural de ejemplares por atropellos, cepos, disparos… Según datos de la Unión Mundial para la Naturaleza (UICN), el lince ibérico está considerado como el felino más amenazado del mundo.

Se creyó durante mucho tiempo que el lince ibérico (lynx pardinus) era una subespecie del lince boreal o eurasiático (lynx lynx), y esta confusión -además de la dejadez y mal hacer de unos gobiernos poco interesados en la conservación de nuestro entorno- ha conllevado a una mala y escasa política de conservación del lince ibérico. Por poner un ejemplo, el gobierno español pagó generosamente la destrucción de linces hasta los años 50, no siendo declarado especie protegida hasta 1973. Actualmente hay sanciones por el asesinato de un lince que llegan incluso a la cárcel.

¿Qué sabemos sobre el lince? Todos hemos visto en alguna ocasión en televisión a este pequeño cazador. Hagamos memoria: a buen seguro nos llamó la atención este singular felino por sus orejas rematadas por pequeños «pinceles» de pelo negro, cuya finalidad es la de descomponer la redonda silueta de su cabeza y aumentar así el mimetismo con su entorno. También recordaremos sus patillas que le cuelgan de las mejillas y le proporcionan tan singular apariencia. Los machos, por cierto, las tienen más grandes que las hembras, pero en ambos casos esas patillas crecen durante toda su vida. Y su pelaje, pardo-grisáceo con los flancos moteados de negro, que tan bien le camuflan en los bosques mediterráneos con abundante matorral que conforman su entorno.

Su entorno, su territorio, que viene a ocupar unos 10 kilómetros cuadrados, y cuya extensión está delimitada por la cantidad de presas que allí habiten. Territorios que, cada vez más, aparecen degradados por la mano del hombre, separados por barreras de todo tipo, lo que consigue aislar a los linces en poblaciones fragmentadas, incomunicadas, que dificultan la reproducción, e impiden en último término el intercambio genético de la especie.

Los problemas ante los que se encuentra el lince, son por tanto, el descenso de las poblaciones de conejo, su máxima fuente alimenticia; la pérdida de su hábitat, al que han afectado tanto las repoblaciones con especies inadecuadas, de crecimiento rápido, como el pino o el eucalipto, que evitan el crecimiento de matorral, como la ganadería intensiva, que sobre-explota el estrato herbáceo, limitándose así las poblaciones de conejos. Y por último, actividades de caza furtiva, con uso de cepos y lazos, las muertes indirectas por accidentes, etc.

Habida cuenta de la situación de tan emblemática especie, los biólogos no quieren arriesgarse a que una inesperada enfermedad, o cualquier situación imprevista, llegue a mermar más aún la población de linces ibéricos. Por ello, entre las acciones que se están llevando a cabo para la recuperación de la especie, se encuentra la cría en cautividad. Es el medio de conservación que se usa cuando todos los demás han fallado, y en la actualidad sólo se usa este método con el quebrantahuesos y, próximamente, con el águila imperial. Sin embargo, no es algo tan fácil. Las especies salvajes tienen serios problemas para la procreación cuando se encuentran en cautividad, y así, por ejemplo, aunque se han producido puestas de quebrantahuesos cautivos, no ha sido con éxito. A esta iniciativa del Grupo de Trabajo del Lince Ibérico se ha sumado por primera vez Portugal, donde existen unos 60 ejemplares de lince. Así pues, se intentará la reproducción de linces en el centro de «El Acebuche», en Doñana, y hasta dentro de 8 ó 10 años no se cree que puedan introducirse algunos de esos linces en zonas donde la especie ha desaparecido o está en franco retroceso… y pueda conseguirse con éxito. Esto sólo sería posible si las condiciones que provocaron la desaparición del lince hubieran cambiado. Es por ello que el biólogo Miguel Delibes apunta que, si bien el Ministerio de Medio Ambiente con esta iniciativa intenta la recuperación de la especie, no actúe de forma incongruente con su política de aguas, aprobando la construcción de embalses que, como el de la Breña II, amenacen hábitats de linces.

Resumiendo, tenemos linces que, como aquellos murciélagos que ponía por ejemplo algunos párrafos más arriba, cada vez son menos avistados. Más escasos. En recesión. ¿Hasta qué punto queremos imponernos la medalla de permitir la desaparición de una especie? ¿Aun así, nos consideramos avanzados, civilizados… racionales? No creamos que todo nos pertenece y que podemos destruirlo a nuestro antojo… o creámos que sí, que es nuestro, y asumamos la responsabilidad que nos corresponde: defendamos, con uñas y dientes, pero sobre todo con inteligencia, aquello que es nuestro más preciado tesoro. He dicho.

(Este artículo apareció publicado en el nº 2 de la revista cultural «Al-Margen». Otoño de 2001).

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Hace unos fines de semana aproveché el buen tiempo del falso otoño que vivimos para hacer una escapada a un entorno realmente maravilloso por lo singular de sus formaciones geológicas, y de lo que allí aconteció os voy a contar hoy algunos pequeños detalles.

El arce solitario.

El arce solitario.

Había transcurrido bastante tiempo desde mi última visita al Torcal, un Paraje Natural (el primero de Andalucía en ser reconocido Espacio Natural Protegido, ya en 1929) situado en el municipio de Antequera, muy ceca de la capital malagueña, y lo cierto es que disfruté mucho con el reencuentro. Ya en la subida a este paraje pudimos contemplar el sosegado vuelo de los buitres, que evolucionaban sobre los riscos buscando su condumio diario, y al llegar al centro de interpretación nos encontramos con una tremenda afluencia de gente, aprovechando lo que parecía ser el inicio de un buen fin de semana para disfrutar con una salida al campo, siempre gratificante. Una vez allí, me encontré con la grata sorpresa de que uno de los recorridos que entrañan una mayor amplitud, y que llevaba un tiempo clausurado, había sido abierto al público nuevamente aunque –mi gozo en un pozo- mis acompañantes decidieron acometer el sencillo. Igualmente, nada –o eso creía yo, iluso de mí- estropearía la visita.

Viento en popa, a toda vela...

Viento en popa, a toda vela...

El Torcal encierra en una reducida extensión, de apenas 20 km2, una impresionante muestra del paisaje cárstico de toda Europa. Sus orígenes se remontan al Jurásico, cuando por esta zona transcurría un pasillo marítimo que unía unos primitivos océano Atlántico y mar Mediterráneo. Durante la Era Terciaria, gracias a la orogenia alpina, los sedimentos marinos emergieron a la superficie (prueba de ello es una de las fotografías que acompañan a la entrada) y quedaron expuestos a la erosión. El viento y el agua (en particular en su estado sólido) moldearon las rocas calizas del Torcal (oolíticas, brechoides y clásticas), creando grietas y sistemas de fallas que produjeron corredores y dieron forma al entorno que hoy conocemos.

Ideal para una película de Sergio Leone

Ideal para una película de Sergio Leone

De su fauna, salvo alguna lavandera y los buitres, únicamente pude avistar un par de hembras de cabra montés

De su fauna, salvo alguna lavandera y los buitres, únicamente pude avistar un par de hembras de cabra montés

Su última escalada

Su última escalada

El día dio de sí, aunque el excesivo número de visitantes que presentaba este espacio natural no me dejó desconectar demasiado. Soy animal solitario, y gusto de salir al campo evitando en lo posible el contacto con mis semejantes. Que conste que creo interesante que la gente salga al campo y lo conozca, porque solo así es posible proteger a la naturaleza. También es cierto que tanto derecho tienen otras personas como uno mismo a disfrutarlo, pero siempre me enseñaron que mis derechos terminaban donde empezaban los de los demás. Es decir, que no puedo ampararme en mi derecho a algo para perjudicar al prójimo. Desgraciadamente, y aun presentando una avanzada edad, al grupo que nos precedía no debieron de explicárselo en su día, pues si no, no me explico tal cantidad de gritos, de llamadas entre sí, de risas injustificadas e, incluso, el triste alarido que, emulando a un hipotético Tarzán que no sé a las fieras, pero a mí consiguió espantarme.

¡Menuda fauna!

¡Menuda fauna!

Después de completar el recorrido, nos desviamos para visitar los fósiles presentes en una de las elevaciones del terreno, que constituye además un excelente mirador de la comarca de los Montes de Málaga. Durante la subida, pude contemplar unas pinturas rupestres…

Como dicen en mi pueblo: "el nombre de los tontos, en todos lados aparece escrito"

Como dicen en mi pueblo: "el nombre de los tontos, en todos lados aparece escrito"

… aunque el enfado se me pasó un poco al encontrarme ante los hermosos ammonites, disfrutar del vuelo de los buitres sobre y bajo mi cabeza y degustar finalmente, en buena compañía y espléndido debate, una buena “comida de los Montes”, que terminó por reconciliarme con la especie.

Ammonites en la cima

Ammonites en la cima

Sobre sus alas.

Sobre sus alas.

Sin dudarlo ni un momento, y dentro del plan de turismo alternativo que os propongo para Málaga, os recomiendo visitar este paraje si pasáis en algún momento por la provincia; estoy seguro de que disfrutaréis de lo lindo.

¡A por la pitanza!

¡A por la pitanza!

Hay que ahorrar agua...

Hay que ahorrar agua...

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El pasado fin de semana disfruté como un niño de la película de ciencia ficción “Moon”, dirigida por el hijo de David Bowie, Duncan Jones, que ha resultado ser una verdadera revelación en los festivales de medio mundo. Conocí la película gracias a la recomendación de Isi, que me habló muy bien de ella, y de Mork, que ya la reseñara en su blog.

Hacía tiempo que no me enfrentaba a una buena película del género en la que primase la historia y la interpretación por encima de los efectos especiales y las batallas intergalácticas (tengo pendiente ver “Distrito 9”, y posiblemente también la traiga al blog cuando llegue el momento). Desde los memorables tiempos de “Blade Runner”, “Atmósfera Cero”, “Solaris” o “2001: Una odisea del espacio”, a las que se hace un claro homenaje en algunas escenas de “Moon”, echaba de menos este tipo de ciencia ficción, comprometida y cuyas historias que dan que pensar.

El argumento de la película es simple pero efectivo. En un futuro cercano la Tierra se abastece de energía gracias al Helio 3 que es extraído de la cara oculta de la Luna. Más del 70% de la energía consumida proviene de la compañía Lunar Industries, que tiene instaladas en nuestro satélite varias cosechadoras que son controladas desde una base espacial en la que trabaja Sam Bell, nuestro astronauta, que es el único en habitarla. Le acompaña únicamente Gerty, un robot mucho más humanizado y simpático que el ya clásico HAL 9000. Sam, que está a punto de finalizar su contrato de tres años con Lunar Industries, empieza a mostrar síntomas de cansancio y desorientación debidos a la prolongada estancia espacial y lo que más desea es volver a la Tierra para reunirse con su familia; sin embargo, durante una salida a la superficie lunar en su vehículo de exploración, sufre un accidente que tendrá inesperadas y dramáticas consecuencias.

Sin querer entrar en mayor profundidad en la trama para no desvelar los acontecimientos que sobrevendrán al accidente ni la resolución que tendrán estos, os diré que la película presenta un ambiente algo claustrofóbico, con escenarios limitados a la base espacial y a los recorridos por la yerma superficie selénica. La única presencia en toda la película de Sam Bell, interpretado magistralmente por Sam Rockwell, contribuye a la sensación de angustia que crea la soledad absoluta en la que vive y que le lleva a tomar por amigo y compañero a Gerty. El guión de Nathan Parker, que da forma a la idea de Duncan Jones, es uno de los platos fuertes de la película. Sabe llevarnos a un terreno desconocido e incierto sin que apenas nos demos cuenta de ello, y plantea numerosas cuestiones sobre las que reflexionar: ¿Hasta qué punto puede llegar el hombre para colmar sus necesidades? ¿Supera el bienestar de la mayoría al de la minoría o, incluso, al de una sola persona? ¿Es ético asumir, consciente o inconscientemente, el dicho de “ojos que no ven…”?

Únicamente el final de la película resulta algo predecible, con un desenlace que, a mi parecer, habría quedado mejor con un final más abierto. Pero esto son meras apreciaciones personales, en vista de lo cual, ¿os animáis a embarcaros en este viaje lunar?

Ficha de la película en IMdB.

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No hace mucho, mi alter ego Homo libris hablaba en el blog de Lammermoor sobre las continuas mudanzas que había sufrido (sí, en propias carnes) durante los últimos años. Esta vida de emigrante que no envidiarían ni los pueblos nómadas se ha mostrado dadivosa en situaciones peculiares. Entre ellas, hay una que ha quedado grabada a fuego en mi memoria, aunque tal vez sería más adecuado adjudicarle el más líquido de los elementos a la hora de conformar esta locución verbal, como si hubiera sido la erosión de un rítmico, marcado y paciente oleaje el que hubiese moldeado los recuerdos. Algo así, en efecto, como lo que no hace mucho os contaba acerca de la preciosa Cueva del Tesoro. Pero vayamos al grano.

Lo primero que tengo que deciros es que, si una vez vais a alquilar una vivienda y el arrendatario se llama Eduardo Mendoza (y no es el escritor, en este caso simplemente pedidle un autógrafo), no os fiéis. Puede que os encontréis ante un ejemplar de Homo chapucirratensis, una mutación perdida del Homo habilis de la que nos quedan algunos indicios de la industria lítica que desarrolló, basada fundamentalmente en la fabricación de percutores que dieron en llamar machotas. No conoció esta especie afán de especialización alguno, sino que gracias a su oportunismo ocupó un nicho ecológico realmente amplio. Tan efectiva fue su adaptabilidad al medio que hoy día aún es posible encontrarles entre nosotros. Su aspecto, realmente similar al del humano moderno, impide que puedan ser reconocidos a primera vista. Sin embargo, tarde o temprano terminan por delatarse, bien sea por sus palabras o, en el peor de los casos, por sus actos, que pueden provocar daños de índole diversa en nuestros hogares y que suelen venir acompañados por la solicitud de unos emolumentos inversamente proporcionales al dinero invertido en la adquisición de materiales, cantidad que suele ser escasa cuando no realmente ridícula. Algunos de los Homo chapucirratensis más conocidos son Pepe Gotera y Otilio, Manolo y Benito o el ya citado Eduardo Mendoza.

Como ya supondréis, esta historia va de una vivienda, de un alquiler y un Mendoza que no es ni el autor de Sin noticias de Gurb ni el ex presidente del Real Madrid, pero lo que jamás podríais imaginar son los singulares infortunios que en aquella acaecieron, ni el trágico desenlace que desembocó en nuestra marcha del lugar. Pero eso estoy aquí, claro está, para narrarlo sucintamente y desvelaros el origen del nombre que, a mucha honra, preside esta bitácora.

Nos mudamos a Málaga por motivos laborales y, debido a la urgencia del traslado, miramos unas pocas viviendas, la que nos ocupa no nos disgustó y nos la quedamos. Inicialmente todo fue bien, aunque tuvimos que tolerar los ruidos de un par de obras menores que el propietario decidió emprender en la vivienda justo tras ocuparla nosotros. Los problemas comenzaron cuando los vecinos de la casa de abajo, una pareja de ancianos, comenzaron a quejarse por las manchas que la humedad dejaba en su cocina, y cuyo origen parecía estar en nuestro cuarto de baño, ubicado justo encima de la misma. Hablando con ellos, descubrimos con consternación que llevaban esperando casi un año para que el seguro de nuestro casero arreglase el techo del comedor, que también se había visto afectado en el pasado por las fugas de agua de alguna tubería. Vamos, que no estábamos ante ninguna novedad y que el amigo Mendoza había estado dando largas a nuestros vecinos durante once meses. Poco podíamos hacer más que exigir la reparación de una avería que, según nuestro Homo chapucirratensis y los informes de su compañía aseguradora, tenía su origen en el inodoro. Las reparaciones infructuosas se fueron sucediendo semana a semana, y si la memoria no me falla pudieron alcanzar las ocho intervenciones. Entretanto, mi pareja y yo habíamos comentado al casero y a los sucesivos operarios que vinieron a la casa que bajo el plato de ducha se oía un sospechoso ruido acuoso tras ducharnos pero, claro está, éramos jóvenes e inexpertos: ¡qué íbamos a saber de un tema tan complejo y apasionante como es el de la fontanería doméstica! Así siguieron las cosas hasta que, llegada la época estival, los vecinos volvieron a insistirle en la reparación, impensablemente él accedió y se dispuso a cambiar la ducha y las tuberías. Por supuesto, la fecha elegida por él fue la de mis vacaciones, así que me negué a que se realizara en ese momento. Esta decisión me costó hacérsela entender a él y a los vecinos pero, como tal y como les dije, si iba a estar en casa y cortaba el paso de agua, no debería haber problema. A esas alturas, y a la vista de los hechos, me negaba rotundamente a dejar la vivienda a la libre disposición del arrendador. Al fin, tras debatirlo, decidieron aplazar una semana la reparación y así se hizo.

Tras esto, ese dechado de virtudes que era nuestro casero procedió a arreglar el baño y todo fue bien hasta que un mes después la vecina de la casa de al lado llegó corriendo a casa diciéndonos que se le había inundado al ducharnos. En efecto, el agua salía a borbotones por el rodapié, y llamé urgentemente al propietario de la casa para que pasara a verlo. El buen hombre andaba almorzando con unos amigos y me aseguró que vendría por casa durante la tarde. La tarde pasó, llegó el día siguiente, domingo, y tampoco apareció. Le llamé y, tras insistir en numerosas ocasiones, finalmente respondió al teléfono, terminó por pasarse y nos dijo que iba a mirar lo de la reparación y nos avisaría.

Ahora viene lo bueno, señoras y señores. Al día siguiente le llamé (obvia decir que él no tenía pensado hacerlo), y me comentó que el seguro no se hacía cargo (la nueva ducha la había instalado él mismo), y que iba a arreglarlo por su cuenta. La solución no me hizo mucha ilusión, como comprenderéis, pero de momento tragué con ella. Esa misma tarde, hablándolo con los vecinos (a estas alturas de la historia habíamos terminado por hacer un frente común ante la desgracia de conocer a semejante individuo), el hombre mayor dijo algo que pasó a la historia: “¿Ese? ¿Que va a arreglarlo ese? Ese lo que va a hacer es buscar a otro trotalomas como él, que cree saber mucho y no sabe de nada, y volverán a hacer una chapuza”. La expresión me encantó, por su sonoridad, por sumarse a una larga lista de trotamundos y trotaconventos de posibilidades infinitas, y con una carcajada la hice mía.

Etimología del trotalomas.

Parece que mi buen vecino lo tenía bien calado. El trotalomas en cuestión trajo los materiales para la obra y me informó de que iba a arreglarlo con un primo suyo (el otro trotalomas) que sólo tenía los fines de semana libres. Es decir, que pretendía levantar todo el cuarto de baño, revisar las tuberías y repararlo trabajando un par de mañanas a la semana. Pero no solo eso, sino que, ya puestos a hacer obra, pensaba cambiar los azulejos y la grifería. Le echaba al asunto, así por encima, más de mes y medio. Aquí mi paciencia, que suele rivalizar con la del santo Job, dijo que había tocado fondo. Se lo hice saber y le exigí alternativas. Llevábamos varios días acudiendo a la casa “suegril”, situada a 50 kilómetros de nada, para poder ducharnos, y una situación como esta, con todo el cuarto de baño inhabilitado durante semanas, era insostenible. ¿Su respuesta? Que no podía (o quería, entiéndanlo como quieran) hacerlo de otro modo. ¿La nuestra? Que nos marchábamos.

Y así lo hicimos, notificando el motivo, llegando a un acuerdo que nos costó el dinero por diversas manifestaciones más de racanería y mala sangre, aunque no entraré ahora en ello. Aún me acuerdo y me enciendo.

Me quedo con lo bueno de todo esto: con un nombre original y sonoro que quise dotar de un significado más positivo que el dado por el buenazo de mi vecino, con un cobayo adoptado algo después que lleva ese nombre con mucha honra (aunque le llamamos por el diminutivo familiar de Trotty) y, por último, con un blog que representa las andanzas (hasta ahora fundamentalmente campechanas y naturalistas) de este, vuestro seguro servidor, que espera contar por mucho tiempo con vuestra buena disposición e interés.

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El cartel original de la película.

El cartel original de la película.

He aprovechado el ventoso fin de semana para, además de descansar un poco, ver la película “Cuando el destino nos alcance”. Basada en la novela ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! de Harry Harrison, podría encuadrarse dentro de la ciencia ficción social al presentarnos, igual que la obra en que se inspira, un mundo distópico situado en un hipotético futuro en el que la superpoblación de la ciudad de Nueva York, con cerca de 40 millones de habitantes en el año 2022, nos hace vislumbrar un porvenir incierto y sombrío para la humanidad.

La película resulta interesante desde los propios títulos de crédito, donde se introducen, mediante una sucesión de imágenes, las circunstancias que han llevado al planeta a la situación en la que se desenvuelven nuestros protagonistas.

Roberth Thorn, un policía saturado de trabajo, vive en un piso de unos pocos metros cuadrados compartido con Sol Roth, un anciano ingeniero retirado que le ayuda en sus investigaciones. Pueden sentirse afortunados, pues la mayor parte de la población sobrevive hacinada en las escaleras y pasillos de los edificios, o duerme en la calle, bajo los vehículos ya inútiles por la falta de combustible. Aun así, deben generar su propia energía pedaleando en una bicicleta que recarga las baterías que almacenan la electricidad, han de abastecerse de agua usando unas garrafas de plástico y se alimentan de lo que el resto de la gente: Soylent Yellow y Soylent Red, alimento sintético proveniente en su mayor parte de las algas oceánicas. El acceso a la verdura o la carne es posible únicamente para un reducido grupo de personas, ricas y con poder. Sol Roth, que vivió épocas mejores, recuerda en ocasiones a Thorn cómo era el mundo antes de comenzar las restricciones, cuando aún había disponibilidad de recursos y la población del planeta no había alcanzado un nivel tan preocupante, mermando claramente la calidad de vida de sus habitantes.

Tras recibir el aviso del asesinato de Simonson, un acaudalado residente de la zona más elitista de la ciudad, Thorn visita el lugar del crimen y conoce a Shirl, una hermosa muchacha que compartía su vida con el difunto a cambio de un hogar y protección. Como tantas otras chicas, es tratada como un bonito “mobiliario”, que embellece el entorno de quienes se lo pueden permitir. La pasión surgirá entre la chica y el policía, en tanto las investigaciones de este le llevan a descubrir el inquietante secreto que se esconde tras la multinacional alimenticia que suministra los Soylent Red, Soylent Yellow y el novedoso Soylent Green a los ciudadanos.

La película de Richard Fleischer está interpretada por Charlton Heston (Robert Thorn), Leigh Taylor-Young (Shirl), Joseph Cotten (Simonson) y, sobre todo, por un maravilloso Edward G. Robinson (Sol Roth) que, ya enfermo cuando rodaba la película, interpretó en ella un último y emotivo papel.

Es interesante la forma en que la película plasma cómo la moralidad afecta al modo de vida futuro. Se permite a los ancianos ejercer su derecho a la eutanasia, yendo a morir cuando creen que no tienen motivos para seguir viviendo pero, como contrapartida, los sistemas de control de la natalidad están prohibidos por un gobierno autoritario que dicta cómo ha de vivir la gente, provocando un incremento de los nacimientos que no se corresponde con la disponibilidad de recursos. Esto me ha parecido interesante respecto al debate que surgía en el blog hace unos días, donde se hablaba de la educación como un elemento imprescindible ya no para la autorregulación del crecimiento de la población, sino para la relación con nuestro propio entorno.

Aparte de las diferencias entre la novela y la película (aquella simultaneaba varias historias, además de poner mayor énfasis en la relación entre el policía y la amante del asesinado; esta otra presentándonos un final ciertamente más sobrecogedor y macabro), en ambas se plantea una de las inquietudes que Harry Harrison tenía respecto al futuro del hombre en un planeta cada vez más poblado y con unos recursos limitados.

Hay que tener en cuenta que el momento en que se escribió la novela (1966) coincide con el importante incremento de la población debido a la explosión de natalidad (el conocido baby boom) posterior a la Segunda Guerra Mundial. Aunque rodada unos años después (1973), es interesante comprobar que Fleischer exhibe la superpoblación de Nueva York mediante calles atestadas de gente y multitudes que claman frente a fallos en el suministro de alimentos sintéticos, los únicos a los que tienen acceso. No habría que llegar a situaciones tan desesperadas, no obstante, para encontrarse ante un caso de exceso de moradores en un determinado lugar. Pensemos que el espacio es uno de los factores que limitan el crecimiento de las poblaciones, pero que los recursos de la zona de que estemos hablando son realmente los que actúan como condicionantes de la posibilidad de existencia de vida. Cabría pensar en los extensos yermos de las zonas cercanas al Ártico, que si bien acogen a una importante fauna y flora, muestran una biodiversidad mucho más reducida que las ricas regiones de las selvas tropicales en áreas considerablemente menos amplias.

En el caso del hombre, como animal social que habita a día de hoy en la gran “aldea global”, cabría preguntarse hasta qué momento continuará (continuaremos) considerando ajenos los problemas alimentarios y sanitarios de la mayor parte de habitantes del planeta, y cuánto estamos dispuestos a sacrificar nuestro ritmo de vida para que aquellos puedan incrementar el suyo hasta el nivel de que su supervivencia se convierta, simple y llanamente, en una vida digna.

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