Entrando, en la dehesa de los Caballos, Platero ha comenzado a cojear. Me he echado al suelo…
— Pero, hombre, ¿qué te pasa?
Platero ha dejado la mano derecha un poco levantada, mostrando la ranilla, sin fuerza y sin peso, sin tocar casi con el casco la arena ardiente del camino.
Con una solicitud mayor, sin duda, que la del viejo Darbón, su médico, le he doblado la mano y le he mirado la ranilla roja.
Una púa larga y verde, de naranjo sano, está clavada en ella como un redondo puñalillo de esmeralda. Estremecido del dolor de Platero, he tirado de la púa; y me lo he llevado al pobre al arroyo de los lirios amarillos, para que el agua corriente la lama, con su larga lengua pura, la heridilla.
Después hemos seguido hacia la mar blanca, yo delante, él detrás, cojeando todavía y dándome suaves topadas en la espalda.
Al escribir Juan Ramón Jiménez estas líneas de Platero y yo, en las que el animal sufre la herida de su pata, el poeta se pone en su lugar para plasmar unas manifestaciones de dolor que comenzarán a remitir solo cuando el escritor extrae la púa que mortifica al animal y le alivia con el agua fresca del arroyo.
¿Sentía dolor Platero realmente o simplemente Juan Ramón recurrió a la prosopopeya? Antonio Damaso, neurólogo, premiado con el Príncipe de Asturias, nos ofrece unas pistas a este respecto:
Por supuesto que sí. Creo que el perro, el chimpancé o el gato son conscientes. Especialmente los animales domésticos, que se han desarrollado evolutivamente con muchas características que están en coevolución con los humanos, ¡por supuesto que tienen conciencia y sentimientos! Creo que sería un error terrible suponer lo contrario. Me parece que la postura que hay que adoptar es ésta: no se puede demostrar científicamente de un modo satisfactorio que un perro tenga sentimientos. ¡Pero tampoco se puede demostrar lo contrario! Concedámosle el beneficio de la duda. Si sabemos el tipo de cerebro necesario para los sentimientos y la conciencia, preguntémonos si este animal tiene este tipo de cerebro. Y si el animal tiene ese tipo de cerebro y se comporta como si fuera consciente, entonces probablemente tenga sentimientos. Además, me parece que esto es muy importante para tratar correctamente a los animales.
Efectivamente, resulta harto complejo conocer cómo sienten el resto de seres vivos y la neurociencia aún no ofrece respuestas sobre las percepciones pero sí sobre los mecanismos que desencadena el dolor.
The recognition, assessment and effective alleviation of pain in animals is necessary for their proper clinical management and should be an important objective in research facilities. Any procedures that cause pain or distress in humans may be assumed to cause pain in animals, and it has been shown that analgesic therapy is effective in animals.
“Assessment of pain in laboratory animals”, Elisa French, BS, LATg et al.
No hace mucho escribía una entrada sobre cómo el exceso de vehemencia en la transmisión de un mensaje podía truncar la recepción del mismo, ya por saturación, ya por suspicacia ante lo que con tanto ímpetu se nos desea convencer. Ponía por ejemplo, al haberme encontrado en numerosas ocasiones ante ello, a grupos de defensores de los derechos de los animales. No porque una acción sea loable va a recibir una mejor percepción por parte de los receptores del mensaje, como decía, si este se transmite con atropello e, incluso, impositivamente o cargado de histerismo. Siendo fundamental el contenido, no es cuestión baladí la del continente.
Hace unos días me topé en Twitter con una conversación entre un periodista que trabaja para una radio pública y una serie de personas que tildaba peyorativamente de animalistas. La discusión había surgido a raíz de una manifestación a favor de los derechos de los animales, y había devenido en un debate sobre las corridas de toros. Afirmaba el reportero que el toro embiste repetidamente cuando él mismo o su mascota huirían, lo que al parecer convierte al toro en una superbestia indolente. Aferrado al argumento de la ausencia de estudios neurocientíficos sobre el dolor del toro, denostaba cualquier afirmación que presentase, por ejemplo, a la etología como ciencia que estudia el comportamiento animal y que podía explicar claramente esas embestidas como un reflejo del dolor del animal y única salida al encontrarse en la encerrona de la plaza, de donde no es posible huir.
No sé si me preocupó más la cerrazón del individuo o que percibiese parte de sus emolumentos, si no todos, de una radio pública que, a fin de cuentas, pagamos entre todos. Tras indagar un poco más en sus comentarios, pude comprobar que se trataba de un provocador nato, instigando a quienes promueven la defensa de los derechos de los animales como si de un banderillero o un picador a caballo se tratase. Algo muy apropiado, dadas las circunstancias.
Tras intentar debatir con él y comprobar que ante cualquier argumentación presentada salía, como suele decirse, por peteneras, mezclando churras con merinas o, en su caso, cocodrilos y osos o elefantes y lobos, equiparando el comportamiento de ataque de cada una de estas especies haciendo caso omiso a que ocupan distintos nichos ecológicos y obviando las diversas circunstancias en las que puede producirse el ataque, comprobé que además ignoraba supinamente cualquier alusión a los estudios de Lorenz, entre otros etólogos, sobre el comportamiento animal y la agresividad. Tan poco afán puso en pensar acerca del debate que mantenía (sí así puede llamarse a arrojar mensajes sin contexto que parecían lecciones aprendidas de memoria) que ignoró mi sexo, dirigiéndose a mí como a una “señora” y llegó un momento en que dejé de ver sus mensajes en las alusiones a mi cuenta de Twitter: me había bloqueado.
Siendo así, ante semejante falta de interés por llegar al fondo del asunto, cabe esperar que no se plantease que los toros también se enfrentan entre ellos (como ocurre con los ciervos, los machos monteses o los leones, por ejemplo) para defender su harén y su derecho a procrear. Estando en juego antes la perpetuación de sus genes que su propia supervivencia, estos animales están preparados para continuar luchando aunque presenten heridas importantes, lo que no quiere decir que no les duela. Algo así ocurre durante un combate de boxeo o cuando se produce un altercado y varias personas se pelean, por ejemplo. En esos momentos los golpes duelen menos porque sube el nivel de adrenalina en sangre, pero no quiere decir que no sufran ni que por ello los golpes sean menores.
Sin embargo, cuando uno de estos animales se encuentra con sus depredadores el comportamiento es distinto. La primera respuesta es la huida, pero esta cambia radicalmente si el animal se ve acorralado: entonces vuelve grupas y arremete contra su atacante. Ante la ausencia de vías de escape, tal y como ocurre en una plaza de toros, la única oportunidad de supervivencia del animal es el ataque. Si a eso sumamos el estrés acumulado por el animal durante el la captura en el campo, el transporte, encierro, salida a una plaza donde cientos de personas le rodean y hacen ruido… la respuesta agresiva es más que razonable. Esto es lo que aprovecha el negocio del toreo (pues únicamente de negocio y dinero estamos hablando) en su beneficio. Y esto último no es afirmación baladí, si no, os invito a leer de primera mano la descripción que ofrece Francisco González Ledesma en su artículo “La memoria del llanto”.
Como la cosa no termina aquí, y el presunto periodista (ya cuestiono hasta esta circunstancia, cuando las faltas de ortografía que comete son numerosas y parece más interesado en suscitar polémica que en debatir o informar, cual si de un personaje protagonista de ciertos programas televisivos se tratase) parecía aferrarse al sector de la ciencia que más le interesaba para, por falta de estudios al respecto, afirmar que el toro no siente dolor, pensé escribir esta entrada para recoger algunos puntos de reflexión y referencias a estudios sobre el comportamiento del toro.
¿Cómo saber si el toro siente dolor? No es posible sentir el dolor de los otros, sean humanos o no. Sabemos que alguien siente dolor porque así nos lo expresa o porque observamos sus reacciones ante el mismo, que pueden ser similares a las nuestras. Si nos cortamos con un cuchillo o nos quemamos con aceite hirviendo retiramos la mano de inmediato y pueden darse expresiones de dolor como lanzar un grito o el llanto. Si sufrimos una luxación o una púa se clava en nuestro pie cojeamos. Si el toro tiene una herida en la pata también cojea, como lo hacía Platero al comienzo de la entrada.
Dejando esta escena literaria a un lado, a menos que concibamos que un supremo creador nos ha hecho de la nada, distintos a todo lo vivo, es decir, a menos que abracemos al creacionismo y demos de lado las evidencias que los estudios en Paleontología o en Biología han puesto ante nosotros, hemos de admitir que el ser humano (Homo sapiens sapiens) es un homínido, por tanto del Orden de los Primates, Clase Mamíferos, Filo Cordados y Reino Animal. El toro bravo (Bos taurus) es un bóvido del Orden de los Artiodáctilos, Clase Mamíferos, Filo Cordados y Reino Animal. Por tanto, compartimos no solo una historia evolutiva sino un buen trecho del camino en común. Todos los vertebrados compartimos un sistema nervioso con idéntico origen y funciones comunes que, entre otras, comprende la de actuar como sensor para evitar daños que pongan en peligro la supervivencia del individuo. El dolor constituye, por tanto, una señal de alarma de que algo malo está ocurriendo y existe, que se sepa, en todos los cordados. Tanto es así, y tan similar ha de ser el desarrollado sistema nervioso de los mamíferos que, tras ser sometido a estudio, buena parte de los descubrimientos realizados sobre animales han encontrado una aplicación práctica en los humanos. ¿Es posible que la relación sea, en términos matemáticos, únicamente inyectiva? ¿No es asumible una cierta biyectividad basada en los resultados de muchos de estos experimentos, similares cuando son efectuados sobre diversas especies?
En el campo de la neurociencia uno de nuestros científicos destacados fue el neurofisiólogo malagueño José Manuel Rodríguez Delgado, fallecido hace solo unos meses. Trabajó en EEUU (Universidad de Yale) y España (UAM, centro Ramón y Cajal), y fue un pionero en su campo. Uno de sus experimentos más conocidos fue el control de un toro de lidia mediante una serie de electrodos implantados, y durante toda su vida estudió los efectos terapéuticos de la estimulación cerebral para el tratamiento del dolor y diversas enfermedades.
La ciencia a día de hoy aún no ha descubierto cómo siente el dolor un animal mas sí los mecanismos que este desencadena. Los estudios en neurociencia se acercan cada vez más al conocimiento (y reconocimiento) del dolor en animales. Así, la International Brain Research Organization, durante el 8º IBRO World Congress of Neuroscience celebrado a mediados de julio en Florencia, presentaba un artículo titulado “Do animals feel pain in the same way as humans?” donde concluyen:
Animals used in pain research are still often tested only for simple physical responses, such as reflex withdrawal, or basic changes in behaviour. But in more recent studies, rats have been trained to recognise the reward “of pain relief. Now new approaches are emerging that attempt to measure some aspects of cognitive processing of pain, such as facial expression which can be identified in mice on the mouse grimace scale”. The results of these types of investigations contribute to growing evidence that suggests that the experience of pain in animals shares some similarities to pain in humans.
“With more knowledge of how animals feel about pain, will be able to conduct research much more effectively and more humanely in the future, which is better for the animal and better for science,” said Professor Flecknell.
Algo en común debemos tener con los toros y no es la suspicaz cornamenta. Si nos sentimos atacados y sin salida, respondemos con el ataque, si un filo cortante penetra nuestra piel sangramos y mostramos una expresión que llaman de dolor, y si somos heridos repetidamente cometemos la estulticia de morirnos.
Para saber más:
Nota:
Gracias a quienes me habéis echado una mano, especialmente con la bibliografía. Todo el mérito de la entrada es vuestro, y cualquier incorrección, por supuesto, no es más que un una manifestación de mi mal hacer. Espero y deseo que, con sus defectos, os resulte interesante.
Actualización (16/12/2011):
Se ha descubierto que la rata topo desnuda o heterocéfalo, un roedor conocido por su vida subterránea y por su comportamiento eusocial similar al de las colonias de hormigas o termitas, no presenta reacciones de dolor ante el ácido. Un estudio más sobre la presencia de dolor en animales que viene a corroborar cuanto afirmaba en el artículo. En conclusión, y para algunos: «si no sabes torear, Manolete, “pa” qué te metes».







Creo que se debería diferenciar lo que es un sentimiento o emoción como el cariño, de algo puramente físico como es el dolor (físico). Sin entrar a valorar si un animal puede sentir tristeza o pena, cualquiera que conozca minimamente algo de fisiología animal (y humana) determinará que, como es obvio, los animales sí sienten dolor físico. Es tan simple como ver que el sistema nervioso de un mamífero como el toro es similar al nuestro. El tipico argumento de que el toro embiste y por lo tanto es una máquina de matar no es más que la muestra de su ignorancia. Si un humano en peligro se defendiese a nadie se le ocurriría criticar su bravura. En fin. Que que triste es algunos aún consideren a los animales máquinas, como Descartes en el año catapúm, que decía algo así como que cuando chillaban no era por el dolor, sino el ruído que podría hacer una máquina mal engrasada.
Enhorabuena por la entrada. Tienes toda la razón.
Pero es que todavía hay mucha gente que necesita creer que los hombres somos seres superiores y que el resto de la naturaleza está para servir a nuestros deseos y placeres (lo cual los degrada bastantes escalones en la pirámide, diría yo). Algunas religiones han hecho mucho mal en la actitud humana hacia la naturaleza.
Quien haya oído los sonidos lastimeros de un pobre perro apaleado no tiene ninguna duda en que los animales sienten dolor. Quien no sienta empatía hacia ese dolor es más primario que el animal.
En fin, Trotalomas, que a veces se encuentra uno cada cosa en el timeline…
Un abrazo
En la vida por desgracia hay individuos que siguiendo las filosofias caducas de siglos pasados parece que encuentran respuestas o coincidencias que pueden responder superficialmente a cosas tan obvias como la realidad de que una animal si se le agrade sufra y reacciones.Es algo tan simple como el principio de accion y reaccion pero aplicado a la supervivencia.Yo he saltado cercas llenas de toros bravos en sierra morena y no ha pasado nada porque esos bichos solo comen hierba y no invito a nadie a que haga semejantes cosas para averiguarlo pero lo cierto es que como dices un animal solo ataca por depredacion o por huida y yo a un toro por lo pronto no le he visto colmillos no es otra cosa que una vaca con pene.Lo que sucede en las plazas de toros es vergonzoso porque pensar que semejante tortura no hace sufrir al animal es ser demasiado ignorante y como ha dicho Ana mas arriba compartimos el mismo sistema nervioso y por lo tanto la sensacion de dolor debe de ser similar.El caso mas evidente de si siente dolor o no sin tener que recurrir a un estudio de ondas cerebrales que implica la interpretacion de las ondas y la calibracion de las mismas ante los estimulos ,es una explicacion tan simple como el fragmento literario de Platero que cojea por una espina como cualquier ser humano.Preocupante la sed de sangre de la gente que va a ver una corrida de toros opino que deberian de ser observados por un sicologo porque regodearse o disfrutar con el espectaculo dantesco de hacer sufrir a un animal es repudiable.Por desgracia la falta de empatia por el dolor animal acapara todas las esferas sociales inclusive las que podrian explicar que esos animales sufren como ocurrio en una lamentable capea que presencie por parte de la plantilla medica de un hospital ,espectaculo chabacano y grotesco propio de un cuadro de Goya.Chico he leido superficialmente a Lorenz pero durante todos estos años de observador de la naturaleza he llegado a la conclusion de que los seres humanos y los animales no somos tan diferentes en comportamiento y digo siempre un dicho ” cuanto mas observo a los animales mas conozco a las personas” porque no somos tan diferentes y nos movemos por instintos enmascarados de razon pero hay una diferencia entre los humanos y el resto de los animales y es que el ser humano es el unico animal que se ensaña con sus semejantes sin razon ni tampoco beneficio ni siquiera explicable para la superviviencia ,quizas si seamos en eso diferentes .
La entrada es perfecta y totalmente acertada, Trota. Diría tantas cosas sobre el contenido del post, que me bloqueo, debido a la rabia contenida ante tanto periodista cretino. Con razón dice Arturo Pérez Reverte de este tipo gente del periodismo y dedicada en la actualidad a informar de modo interesadamente parcial y ahora metida en tertulias radiofónicas y televisivas que, hablan de todo sin tener ni puñetera idea de nada.
Considerar las corridas de toros con todos sus incongruentes razonamientos esgrimidos por personas como la que escenificas, como una lucha entre hombre y animal sin por su bravura sentir este último nada de dolor, es sin lugar a dudas la razón y cultura de un conjunto de personas o seres que dejaron de evolucionar desde que apareció este evento tan discutible hace unos cientos de años. Creo que son el eslabón más cercano a nuestros parientes de Atapuerca. Con todos mis respetos a los parientes (espero que me comprendan). El sistema nervioso de todos los seres vivos, de una forma o de otra, mediante el dolor etc, advierte a su organismo del peligro que corre por pequeño que este sea. Aunque haya organismos incapaces de entenderlo.
Saludos.
Últimamente (sí, el últimamente puede ser prácticamente de un año) estoy demasiado perdido en el blog y no puedo responder a los comentarios con la prontitud que me gustaría.
Quería agradeceros que, a pesar de todo, sigáis por aquí, enriqueciendo el blog con vuestras ideas, y aprovechar para felicitaros estas fiestas.
Estoy dándole vueltas a unificar los blogs en el año entrante o a organizarme de otro modo, pues tengo entradas pendientes desde hace más de un año. Y no termino de estar muy contento con lo que escribo, la verdad.
Gracias, en fin, por seguir ahí, y un fuerte abrazos y muchos besos.
¡Felices fiestas!